Vestía mi mismo cosplay y me llevó a su cama
Trabajo como azafata de eventos desde hace tres años y nunca me había arrepentido de una sola jornada. Hasta esa mañana, cuando entré a la agencia y mi jefa me extendió una caja blanca con una sonrisa demasiado satisfecha.
—Tendrás que ponerte esto —dijo, arrastrando la última palabra como si esperara verme protestar.
Abrí la caja sin decir nada. Dentro había dos triángulos de chapa dorada unidos por una cadena fina, un tanga del mismo material y una falda larga de gasa transparente que servía más para sugerir que para cubrir. El cosplay clásico de la princesa cautiva en el palacio del villano gusano. Cualquier aficionado lo reconocería al instante. Cualquier salido también.
—Es eso o nada —agregó.
Iba a pasearme delante de cientos de personas casi desnuda, y aun así sonreí. Lo que mi jefa no entendía es que aquel personaje me encantaba justamente por lo contrario de lo que parecía. La princesa no era una víctima en ese bikini: era una mujer que terminaba estrangulando a su captor con la misma cadena que él le había puesto en el cuello. Esa contradicción siempre me había gustado.
—Perfecto —contesté—. ¿A qué hora empieza?
Lo único que dejé en la caja fue el collar de esclava y la cadena. Eso no iba conmigo.
***
El Centro Ferial estaba dividido en pasillos llenos de cosplayers, ilustradores, mesas de merchandising, vitrinas con prototipos de juguetes y proyecciones constantes en pantallas gigantes. Una productora había organizado todo aquello para promocionar una nueva película de ciencia ficción que se estrenaba el fin de semana siguiente, y la apuesta era recuperar la inversión en los primeros días de taquilla.
En el vestuario común vi de todo. Monos plateados de licra tan ajustados que era imposible llevar ropa interior debajo. Atuendos de tiras de cuero, vestidos de gasa de princesas medievales, falditas de colegiala salidas de algún anime, tangas y sostenes de malla metálica para guerreras bárbaras. Yo no era la única caminando por allí con la piel al aire. Éramos un pequeño ejército de azafatas de varias agencias, cada una con un disfraz más mínimo que el anterior.
Tampoco las azafatas éramos las únicas disfrazadas. Entre el público vi guerreros con armadura de cartón, magos con barbas postizas, klingons, vulcanos, jedis. Algunos de los chicos más atrevidos se paseaban con tangas de cuero y hachas de utilería. Y también había chicas del público vestidas con tan poca tela como nosotras, o con menos.
Llevaba media mañana repartiendo folletos entre los stands cuando la vi acercarse desde el otro lado del pasillo. Venía derecha hacia mí, con un bikini casi idéntico al mío, falda incluida. La había abierto por los lados hasta la cadera, igual que yo, dejando que la tela colgara por detrás como una capa. Cada paso le descubría las piernas hasta la ingle.
No era una compañera. Me habría fijado en ella si me la hubiera cruzado en la agencia o en los vestuarios. Tenía el pelo negro recogido en una trenza gruesa, los ojos azules y un cuerpo más pleno que el mío, más curvo en las caderas y en los pechos. Me sonrió antes de que yo abriera la boca.
—Bonito bikini —dijo.
—Gracias. El tuyo no se queda atrás.
Tenía razón en algo: no eran del mismo modelo. El suyo era ligeramente distinto en los detalles de la cadera y en el tono dorado, un poco más oscuro. Alrededor se había formado un círculo de chicos que la miraban con la boca entreabierta. Aproveché para terminar de repartir los folletos antes de que se me cayeran de las manos.
—¿Dejamos que estos amables caballeros nos hagan unas fotos? —le susurré al oído, pasándole el brazo alrededor de la cintura desnuda.
—Llevo toda la mañana esperando que alguien me lo proponga.
Posamos. Flashes, móviles, un par de cámaras profesionales. Uno de los aficionados nos prestó dos pistolas láser de plástico para completar la pose. Nos arrodillamos espalda contra espalda, apuntamos a enemigos imaginarios, nos sostuvimos mutuamente como si una hubiera salvado a la otra de algún peligro. Las dos juntas funcionábamos mejor que cada una por separado, eso era evidente desde el primer flash. Si esas fotos no me servían para conseguir más contratos, no me llamaba Mariana.
Mientras posábamos le hablé al oído. Le pregunté por qué había elegido ese disfraz y no otro.
—Soy tan friki como cualquiera de estos —contestó—. Y porque es el más sexi que encontré. ¿No te parece?
—Me encanta. Por eso preguntaba. Y me gusta más cómo te queda a ti que como me queda a mí.
Sentí en la oreja el roce suave de la punta de su lengua. No fue un beso. Fue una promesa.
—Cuando termine esto puedes venir a tomar algo a mi casa. No queda lejos. Tengo más disfraces, si te interesa.
—Me interesa todo de ti —contesté sin pensar.
—Mejor. Porque pensaba enseñártelos puestos. Y también quitándomelos.
***
La megafonía anunció el cierre de la primera jornada poco después de las siete. Pasamos la última hora juntas, paseándonos entre stands, moviendo las caderas más de lo necesario, riéndonos en voz baja de las reacciones del público. Cuando recogí la mochila del vestuario ni siquiera me molesté en cambiarme. Ella tampoco había llevado ropa de recambio.
—Vamos a llamar la atención por la calle —dije.
—Mejor. Que miren.
Salimos del recinto bajo el sol del final de la tarde. Hacía calor, un calor pegajoso de verano. La gente nos miraba sin disimulo. Algunos reconocían el cosplay y lo señalaban. Otros se quedaban mirando sin necesidad de reconocer nada. Caminamos despacio, sin agacharnos, como si lo más natural del mundo fuera cruzar la ciudad con dos triángulos de chapa por toda ropa.
Su edificio quedaba a diez minutos. En el ascensor, antes de que cerraran las puertas, me empujó contra el espejo.
—Bésame, Mariana.
Abrí la boca y la recibí. Su lengua era cálida, juguetona, y se enredó con la mía hasta que perdí la cuenta de los segundos. Cambiamos la saliva de una boca a la otra. Le mordí el labio inferior. Mis manos le recorrieron la espalda hasta llegar al culo, ya descubierto bajo la falda de gasa. Las suyas hicieron exactamente lo mismo con el mío. Cuando el ascensor se abrió en el cuarto piso, salimos despeinadas y todavía con las manos pegadas a la piel de la otra.
Cruzamos el pasillo de su apartamento sin separarnos. En el salón estaba su hermano. Lo recuerdo de reojo: alto, atractivo, con la boca abierta y un control remoto en la mano que olvidó apretar. No nos detuvimos a saludarlo. Ella me empujó suavemente hacia un pasillo lateral, abrió una puerta, me hizo entrar y echó el pestillo.
—Aquí estamos tranquilas —dijo.
***
Su habitación olía a perfume floral y a ropa limpia. Una cama doble cubierta por una colcha azul oscuro, un armario de dos puertas, una lámpara baja en la mesita de noche. Apagó la luz del techo y encendió la de la mesita.
Me levantó la gasa de la falda y deslizó la mano por la cara interna de mi muslo. La caricia era lenta, deliberada. Subió hasta el borde del tanga y se quedó ahí un instante, jugando con el elástico, antes de apartar la tela hacia un lado. Sus dedos encontraron lo que buscaban sin tantear.
—Estás empapada —dijo.
—Llevo así desde el ascensor.
—Llevas así desde antes.
Tenía razón. Llevaba así desde que la había visto cruzar el pasillo del Centro Ferial. Nos besamos otra vez, más despacio ahora, mientras ella seguía moviendo los dedos dentro de mí y yo le buscaba el cierre del sostén de chapa. Cuando se lo desabroché, los pechos cayeron sueltos sobre mi pecho. Eran enormes, firmes, con los pezones oscuros y duros como dos garbanzos. Me agaché y los tomé en la boca, uno y otro, alternando lengua y dientes. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido que enseguida intentó tragarse.
—Tu hermano va a oírnos —murmuré.
—Que oiga.
***
Nos terminamos de desnudar entre besos y empujones torpes. Mi tanga acabó en el suelo junto al suyo. La falda de gasa quedó enredada en una de las puertas del armario. Nos miramos un segundo en silencio, las dos completamente desnudas, los cuerpos brillantes por el sudor que el calor de la calle y el de la propia habitación nos había arrancado.
—Levántate —me pidió—. Quiero verte entera.
Lo hice. Giré para ella como si todavía llevara el cosplay puesto, posé como había posado para los flashes de la convención. Me separé las nalgas con las dos manos y le mostré que por detrás también me gustaba que me tocaran. Ella me observó sin hablar.
—Ven aquí —dijo al final.
Me empujó hacia la cama y me abrió las piernas. Soy flexible, así que se las puse fácilmente sobre los hombros. Empezó por los pies. Me metió uno en la boca y lamió cada dedo despacio, uno a uno. Subió por la pantorrilla, por la rodilla, por la cara interna del muslo, sin prisa. Cuando llegó a donde quería llegar, no se conformó con la lengua. Usó los labios, los dientes, los dedos, todo a la vez. Me corrí la primera vez antes de darme cuenta de que estaba a punto de correrme.
—Espera —jadeé—. Espera. Que respire.
No esperó. Siguió, bajó hasta donde la lengua no debería bajar, y me tocó allí también. Y cuando lo hizo me volví a correr. Y cuando lo volvió a hacer me corrí otra vez. Perdí la cuenta. Hundí las manos en su pelo y dejé de hablar.
***
Después no recuerdo si fueron diez minutos o media hora. Sé que en algún momento ella se acostó a mi lado y me abrazó. Yo apoyé la cara en sus pechos y cerré los ojos. Por la ventana entraba la luz anaranjada del final de la tarde, ya casi noche. Su mano me recorría la espalda con calma. Después de tantas horas de pie, de exhibirme, de repartir folletos, lo único que necesitaba era exactamente eso.
—¿No querías ver los disfraces? —dijo al cabo de un rato.
—Claro que quiero. Me interesa todo lo tuyo.
Se levantó y abrió las dos puertas del armario. Tenía la ropa colgada en perchas, ordenada por colores, y entre las prendas normales había una sección entera de cosplays. Empezó por el uniforme de colegiala japonesa, con una falda tan corta que apuesto a que no le cubría las nalgas del todo. Después un mono de licra blanca de piloto de mecha, tan ajustado que parecía pintura corporal. Un vestido de princesa de gasa tan transparente que se vería la lencería que llevara debajo, si llevara alguna. Un body de tiras de cuero finísimas, para hacer de esclava de alguna raza alienígena que reconocí pero no quise nombrar. Un uniforme azul de oficial médica de una serie clásica de ciencia ficción, con minifalda incluida.
—Pensé que tendrías uno o dos —dije.
—Pensaste mal.
Extendió uno sobre la cama, otro a mi lado, otro a mis pies. Yo seguía desnuda. Ella también. Me reí.
—Sé que alguno te quedaría bien —dijo—. Si algún día quieres acompañarme a otra convención, o podemos disfrutarlos aquí. Solas.
—Las dos cosas.
Me besó otra vez, despacio. Apoyó la frente contra la mía.
—Quédate esta noche. Mañana vamos juntas al segundo día.
No tuve que pensarlo. Asentí con la cabeza, apreté uno de sus pechos con cariño y volví a tumbarme.
Aquel trabajo me trajo muchas cosas. Algún día contaré las demás.