La domé esa noche con mi vestido de látex negro
El vestido brillaba bajo la lámpara y ella no podía apartar los ojos. Antes de la cena ya estaba desnuda en mi habitación pidiéndome que le enseñara mi mundo.
El vestido brillaba bajo la lámpara y ella no podía apartar los ojos. Antes de la cena ya estaba desnuda en mi habitación pidiéndome que le enseñara mi mundo.
El borracho salió corriendo en cuanto vio el uniforme, pero ella no se separó ni un centímetro. Entendí que la madrugada iba a ser larga.
Hicimos fila para los toboganes toda la mañana, pero fue en el agua, con su mano deslizándose por mi cintura, cuando entendí lo que de verdad quería de mí.
Siempre la había deseado en silencio, escuchándola desde mi cuarto. Esa madrugada, con dos copas de más, dejé de pretender que solo era curiosidad.
Creía que yo seguía dormida mientras ella se tocaba en el suelo, junto a mi cama. No me moví. No quería que parara, todavía no.
La diferencia de edad debía ser un problema, no una invitación. Pero cuando ella dejó caer los zapatos y me miró desde el sofá, supe que iba a obedecer cada orden.
Bastó que ladeara la cabeza hacia la puerta del fondo para que yo dejara mi copa en la barra y la siguiera sin pensarlo dos veces.
Cuando se sentó en la barra y me sonrió, pensé que solo compartiríamos un trago. No imaginé que unas horas después estaría desnuda, esperando su próxima orden.
Yo solo servía las bebidas. Ella me miraba desde el otro lado de la barra como si ya supiera, antes que yo, cómo iba a terminar esa noche.
Cuando se quitó la blusa frente a la ventana abierta, supe que no iba a parar aunque medio barrio estuviera mirando. Y yo tampoco quería que parara.
Me empujó contra la pared con un beso lento, bajó la voz hasta el susurro y me dijo que sería una buena niña. No supe su nombre, pero la obedecí.
No quité los ojos de ella cuando se acercó a la cama. Sabía que lo que iba a pasar no debía pasar, y aun así dejé que se sentara sobre mis piernas.
Cuando me sirvió el cuarto shot y me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta, supe que esa madrugada íbamos a cruzar la línea que llevábamos meses esquivando.
En la fila de los tragos me pidió oler mi perfume. Cuando se inclinó contra mi cuello entendí que esa noche el recital iba a terminar en cualquier lugar menos en mi casa.
Estaba aburrida, estresada y caliente cuando una chica de pelo lavanda apareció en mi privado y me preguntó si quería más que un simple chat de juego.
Llegué a la ciudad sin conocer a nadie y, esa misma tarde, una desconocida me ofreció una porción de pizza. Ninguna de las dos sabía adónde nos llevaría ese gesto.
El cartel pedía ayudante sin experiencia y horario corto. No pregunté qué clase de servicios ofrecían en la trastienda; debí haberlo hecho antes de firmar.
Salió del baño en lencería, posó delante de mí y me preguntó del uno al diez cuánto de buena estaba. Yo ya sabía adónde iba a terminar aquella noche.
Marqué cuatro anuncios con bolígrafo rojo, pero solo una voz al teléfono sonaba como si fuera a quedarse conmigo hasta el amanecer.
La habitación tenía una sola cama, enorme, y mi amiga de toda la vida me propuso ducharnos juntas para ganar tiempo. Lo que vino después no lo esperaba.