La chica del husky terminó desnuda en mi sofá
Decidí adoptar a Trufa después de mudarme sola al ático del barrio de Almagro. Sí, un bichón maltés, lo sé, todo un tópico para una mujer soltera de treinta y dos años. Pero cuando volvía del despacho a un piso vacío, necesitaba que alguien moviera la cola al oír mis llaves girando en la cerradura.
Lo que no había calculado era el resto del paquete. Bañarla, alimentarla, sacarla tres veces al día. Esto último resultó ser lo mejor del trato. La rutina del parque me obligaba a salir aunque lloviera, y al cabo de unas semanas empecé a reconocer caras: el señor del dóberman, la pareja que paseaba siempre en silencio, la familia de los gemelos con su mestizo nervioso.
Y luego estaba ella. Mariana.
La vi por primera vez una mañana de mayo, corriendo detrás de un husky siberiano que parecía tirar de ella más que al revés. Llevaba unas mallas negras que se ajustaban a sus muslos como una segunda piel y un top deportivo gris que dejaba ver un vientre plano y bronceado. Tendría veintipocos, calculé. Demasiado joven para mí, pensé, sin saber muy bien por qué pensaba en eso.
Durante semanas solo cruzamos saludos cordiales. Trufa y Thor se olfateaban, se gruñían un poco, terminaban tolerándose. Ella siempre tenía prisa, y yo siempre la veía marcharse de espaldas, con la coleta rubia balanceándose al ritmo de su zancada.
El sábado siguiente, después de verla pasar trotando por décima vez, entré en una tienda de ropa deportiva y me compré dos pares de mallas iguales a las suyas, un top de tirantes y un sujetador de licra. Frente al espejo del probador no me reconocí. A los treinta y dos años todavía tenía un cuerpo decente: las caderas firmes, el vientre razonablemente plano. Solo que jamás me había puesto algo tan ceñido.
—¿Vas a empezar a correr? —preguntó la dependienta.
—Solo a pasear al perro —contesté—. Pero a paso ligero.
***
El lunes me planté en el parque con el conjunto nuevo y Trufa atada de la correa rosa. Sentía que todos me miraban, aunque seguramente nadie me prestaba atención excepto Mariana. Ella sí. Vi cómo aflojaba el ritmo al reconocerme, cómo Thor casi la tira al cambiar de dirección, cómo se acercó a saludarme con una sonrisa distinta a las anteriores.
—¡Vaya cambio! —dijo, apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aire—. Te queda fenomenal.
—Gracias. Me animé. Aunque dudo que vaya a hacer marcas de velocidad como tú.
—No hace falta. Con esas piernas no necesitas correr para que se te note.
Lo dijo sin mirarme a los ojos, observándome los muslos. Sentí que me ardían las orejas y disimulé fingiendo que Trufa tiraba de la correa.
—Tampoco te queda nada mal la minifalda que llevaste el viernes —añadió—. Te lo digo en serio.
Así que se había fijado en mi minifalda del viernes.
—Si quieres te presto alguna —le ofrecí—. Con tu cuerpo te quedarían mejor que a mí.
—Tengo varias. Pero no me las pongo para correr con Thor.
Nos reímos. Estuvimos hablando casi media hora apoyadas en el respaldo de un banco. De ropa, del barrio, de lo difícil que era encontrar piso decente. Mariana vivía con sus padres mientras terminaba la carrera de Biología, y la sola idea de pasar otro verano allí le quemaba la paciencia.
—Si te apetece pasarte un día a tomar algo, vivo a tres calles —le dije sin pensarlo demasiado—. Conozco la cara que se le pone a una cuando los padres asfixian.
—Pues si va en serio, hoy tengo la tarde libre. Creo que estos dos —señaló a los perros, que dormitaban a nuestros pies— ya han cumplido con su parte.
Se refería a los animales, claro. Yo ya estaba pensando en otro tipo de ejercicio que no implicaba correa.
***
En el ascensor noté que se peinaba con los dedos. Yo procuraba mirar al techo. Trufa y Thor compartían el espacio con dignidad, ignorándose mutuamente.
Al entrar en casa, exiliamos a los perros a la terraza con dos cuencos de agua. Pasamos por la cocina, agarré dos botellas de refresco frío y la guié hasta el salón. El sudor de la camiseta empezaba a enfriarme la espalda.
—¿Te importa si me la quito? —pregunté, ya tirando del dobladillo—. La tengo empapada.
—Faltaría más. Estás en tu casa.
Me quedé en sujetador deportivo y mallas, sentada a su lado en el sofá. No se me veía mucha más piel que antes, pero ahora se notaban los aros plateados que llevaba en los pezones, además del pequeño anillo del ombligo, que el top había mantenido medio escondido.
Mariana se quedó mirándome el pecho durante un segundo de más.
—No me había fijado en los piercings.
—Normalmente los llevo más tapados. Con esta ropa se notan, sí.
—¿Te dolieron mucho?
—Cuando me los puse, claro. Luego nada. Y son muy excitantes cuando alguien sabe lo que hace.
Lo dejé ahí, ambiguo, sin mirarla. Ella tragó saliva. La conversación quedó suspendida unos segundos mientras nuestros cuerpos buscaban una excusa para acortar la distancia que nos separaba en el sofá.
—Pareces tensa de los hombros —le dije, deslizándome más cerca—. ¿Mucho estudio últimamente?
—Demasiadas horas en la biblioteca. He estado yendo al fisio cada quince días.
—Pues a partir de hoy me encargo yo. Quítate la camiseta.
Lo dije en tono de broma, pero ella obedeció sin titubear. Lanzó la prenda sobre el respaldo de una silla. Después puse mis manos sobre sus hombros, firme pero con suavidad, amasando los músculos como si fuera una rutina antigua entre nosotras.
—Tienes manos suaves.
—Ventajas de no trabajar con herramientas.
Dejé caer los tirantes de su sujetador deportivo por los brazos sin que ella protestara. Fui un paso más allá y solté el broche por detrás. No se molestó. Lo apartó ella misma a un lado, dejando sus pechos al aire como si llevara horas esperando hacerlo. Eran firmes, cónicos, con los pezones oscuros y duros apuntando al techo.
—Y pensar que te molestabas en ponerte sujetador —murmuré.
—Cuando corro, sí. Para no rebotar.
Bajé las manos por sus brazos, las pasé por delante de su cuerpo y le acaricié los pechos con suavidad. Los amasé sin rozar los pezones, como si solo estuviera relajándolos. Sentí su respiración cambiar bajo mis dedos.
—Iba a seguir con los hombros —dije, en voz muy baja.
—Mentirosa.
Se giró sobre el sofá y me besó en la boca, sin preguntar. Fue un beso cuidadoso, suave, los labios apenas mordisqueándose, como tanteando hasta dónde podíamos llegar. Mariana tenía los ojos cerrados; yo no. Quería verla. Quería retener cada gesto.
—¿Llevas mucho tiempo queriéndolo? —pregunté cuando nos separamos.
—Desde la primera mañana que coincidimos. Tú no eras la única que se cambiaba de ropa para impresionar a alguien.
—¿Me permites?
Asintió. Bajé la cabeza hasta su pecho derecho y le besé el pezón, despacio, dándole tiempo. Luego lo capturé entre los labios y lo pasé por la lengua. Mariana arqueó la espalda y dejó escapar el primer sonido que escuché de su garganta esa tarde.
***
Pocos minutos después, ella tiraba de mi sujetador deportivo por encima de la cabeza, hipnotizada por los aros plateados. Los dos pares de mallas nos quedaban ya como una broma absurda: marcaban tanto las caderas que apenas se distinguían los tangas debajo.
—Esto sobra —dijo, enganchando un dedo en mi cintura.
—Tú primero.
Acepté el reto y le bajé las mallas hasta los tobillos con la mano izquierda mientras le rozaba el sexo por encima de la tela con la derecha. Estaba mojada, tanto que la lycra cedía al menor contacto. Cuando metí los dedos por dentro del tanga, su gemido me hizo apretar las piernas para sofocar el mío.
—Estás empapada.
—Tú me has puesto así.
Me sacó las mallas tirando de los tobillos sin elegancia, riéndose al ver que se me enredaban en los pies. Quedamos las dos desnudas sobre el sofá, mi piel contra la suya, todavía algo salada por el sudor del paseo.
—No quiero ir rápido —murmuró.
—Entonces no vayas.
La empujé suavemente para que se tumbara boca arriba y bajé por su cuerpo lamiéndolo todo. Empecé por el cuello, donde se le aceleraba el pulso bajo la lengua. Seguí por los pechos, primero uno, luego el otro. Me detuve en el vientre, en el anillo del ombligo, en las caderas. Tenía los muslos firmes, de quien corre todos los días. Me detuve en los pies.
—¿Qué haces? —preguntó cuando le besé el empeine.
—Llevo semanas mirándotelos. Déjame.
—Están sudados.
—Mejor.
Le chupé los dedos uno a uno. Mariana cerró los ojos y se cubrió la cara con el antebrazo. Cuando subí de nuevo por las piernas, las pantorrillas, las corvas, hasta el interior de los muslos, ya respiraba a sacudidas.
El sexo lo tenía depilado, brillante, abierto. Pasé la lengua de abajo hacia arriba muy despacio, como si dibujara una línea, y me detuve en el clítoris. Mariana se aferró al cojín con una mano y a mi pelo con la otra.
—Ahí... ahí... no pares...
No paré. Mientras la lamía, le metí dos dedos dentro y los moví despacio, curvándolos hacia arriba. El primer orgasmo le llegó a los pocos minutos. Lo noté en cómo se le contraían los muslos contra mis orejas, en el grito ahogado contra el antebrazo, en cómo apretaba los dedos dentro de ella.
—No sé cuántas veces voy ya —dijo cuando recuperó el aire—. Qué gusto.
—Quédate quieta. Aún no he terminado.
***
No la dejé descansar mucho. Cuando volvió a abrir los ojos, le pedí que me devolviera el favor. Se incorporó con una sonrisa de niña traviesa, me empujó contra el respaldo y empezó a bajar por mi cuerpo con la misma calma con la que yo había bajado por el suyo.
—Tú no eres mi primera —admití cuando le sentí la lengua en el cuello.
—Ya lo sabía. Tampoco soy la tuya.
—¿Cómo lo sabes?
—Por cómo me has mirado el primer día. Las que nunca lo han hecho miran distinto.
Se detuvo en mis pezones, en los aros plateados, jugando con ellos hasta que tuve que morder el cojín. Después bajó por el vientre, lamió alrededor del anillo del ombligo y siguió hacia el pubis. Cuando su lengua tocó mi clítoris, me arqueé entera.
—Avísame antes —pidió.
—¿Antes de qué?
—De correrte. Quiero notarlo bien.
Me aguanté todo lo que pude, pero acabé avisándola con un gemido que probablemente escucharon los vecinos de abajo. Ella mantuvo los dedos dentro mientras me deshacía debajo de su boca, hasta el último temblor.
—Date la vuelta —murmuró.
Lo entendí sin que tuviera que explicarlo. Nos colocamos cruzadas sobre el sofá, su sexo a la altura de mi boca y el mío al alcance de la suya. Nos lamimos a la vez, despacio al principio, luego sin paciencia. No me había corrido nunca a la vez que otra persona, no exactamente, pero pasó esa tarde. Sus muslos se cerraron sobre mi cara cuando los míos lo hacían sobre la suya.
***
Mucho después, cuando ya éramos un amasijo de piernas en el sofá, nos quedamos abrazadas en silencio. Compartíamos los sabores en la boca. Trufa ladraba algo en la terraza; Thor le respondía con un aullido bajo.
—Creo que voy a venir más veces cuando me agobien mis padres —dijo.
—O cuando saques a Thor a pasear. Te paso a buscar con Trufa.
—Eres una fiera en la cama.
—En el sofá. No hemos llegado a la cama.
—Pues hagamos una segunda vuelta más arriba.
Me lo dijo con la sonrisa que llevaba semanas reservándome y de la que yo aún no me había percatado. Me levanté del sofá, le tendí la mano y fuimos al dormitorio descalzas, dejando un rastro de mallas y sujetadores deportivos sobre la alfombra.
Los perros, en la terraza, ni se enteraron.