La fiesta a puerta cerrada que solo era de mujeres
Cuando Mariela tomó el micrófono y dijo que el local quedaba cerrado para nosotras solas, entendí que esa noche ninguna iba a volver a casa siendo la misma.
Cuando Mariela tomó el micrófono y dijo que el local quedaba cerrado para nosotras solas, entendí que esa noche ninguna iba a volver a casa siendo la misma.
Cerró la puerta con llave y se la guardó en el bolsillo. —A partir de ahora haces lo que yo diga —susurró, y una parte de mí, cansada de decidir, quiso obedecer.
Acababa de mudarme y no conocía a nadie. Bruna fue la primera en hablarme; nunca imaginé que ella y su pareja tenían un plan para mí esa noche.
Aceptó la sesión buscando fotos elegantes para su perfil. No esperaba que esa cámara antigua terminara desnudándole mucho más que el cuerpo.
Llevaba meses saludándola en el portal, conteniendo las ganas. Esa tarde se le cayeron las bolsas de la compra y por fin tuve una excusa para subir.
Cuando Renata abrió la puerta del cuarto con el arnés puesto y preguntó si había lugar para una más, supe que esa Navidad no íbamos a olvidarla ninguna.
Sentí su mano subir por mi muslo entre el gentío del metro y, aunque no podía moverme ni un centímetro, no quise que parara.
Fui a buscar consejo a la única mujer en la que confiaba, sin imaginar que esa tarde, en la casa de campo, descubriría todo lo que mi cuerpo todavía no sabía sentir.
Pensé que el fin de semana familiar sería como cualquier otro. Hasta que ella cruzó el portón y entendí que el pasado nunca había estado del todo enterrado.
Le había contado mi fijación por las chicas trans, pero jamás pensé que aceptaría sentarse en ese sofá a mirar cómo otra mujer me ponía de rodillas.
Bruna se arrodilló en la ducha frente a su prima y ninguna de las mujeres del baño pudo apartar la mirada. Ni siquiera la madre, que ya tenía la mano debajo del vestido.
Salí de la ducha suave y enjabonada sin sospechar que esa tarde un desconocido fornido nos convertiría a las tres en sus sirvientas obedientes, dispuestas a todo.
Cuando entró al consultorio con esas caderas, supe que la cita no iba a ser de rutina. Lo que no imaginaba era hasta dónde llegaría su revisión.
El rumor recorrió la panadería como pólvora: Espiguita había vuelto. Y el único hombre que la conoció de verdad sintió el pasado caerle encima.
El leggin blanco se me transparentaba bajo la sudadera, y supe que esa noche, en la camioneta vacía, el chófer iba a mirarme de otra manera.
Llevaba años vistiéndome a escondidas con la ropa de mi hermana. La noche que él me esperó en aquel hotel, dejé de fingir y me convertí en quien siempre fui.
Estaba junto a la escultura de bronce, con un vestido negro que parecía enamorado de su cuerpo, y me miró sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer esa noche.
La puerta del fondo decía «acceso a cabinas» y yo no podía dejar de mirarla. La dependienta sonrió al verme leer el cartel, como si supiera lo que pensaba.
Cuando Sofía me invitó a pasar agosto en la casa frente al mar, no imaginé que el regalo de cumpleaños vendría envuelto en seda negra y oliendo al perfume de su madre.
Avancé a la par de mi patrocinadora, no detrás de ella como los otros casos. Yo era el mejor calificado, y esa noche todas querían comprarme.