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Relatos Ardientes

Cuando el cornudo del gimnasio me pidió su novia

Siempre he cuidado mi cuerpo con la misma constancia con que otros cuidan sus finanzas. El gimnasio no es para mí un lugar de sacrificio sino un ritual: el orden del esfuerzo, la claridad que viene con el cansancio físico, la cabeza que se vacía cuando todo el peso recae en los músculos. Con el tiempo, terminas conociendo las caras, los horarios, los cuerpos de quienes comparten tu turno habitual.

Nadia y Bruno empezaron a venir a principios de otoño. Él era ancho de hombros pero descuidado en la técnica, de los que compensan la falta de método con carga excesiva. Ella era otra historia. Nadia tenía el cabello oscuro y liso, siempre recogido durante el entrenamiento, y una forma de moverse que parecía simultáneamente descuidada y calculada.

No era el tipo de cuerpo que saltaba a la vista desde lejos; era el tipo que descubrías despacio: las líneas del abdomen cuando levantaba los brazos, la curva de la cadera cuando se agachaba a atarse el calzado, el gesto de morderse el labio inferior cuando algo no le salía del todo bien. Tenía las tetas pequeñas, firmes, apenas contenidas por el top deportivo, y un culo respingón que se marcaba obsceno cada vez que hacía sentadillas.

Me pedían ayuda con la técnica de vez en cuando. Al principio los dos juntos, luego cada vez más ella sola. Bruno se distraía con el teléfono o con algún conocido del lado de los pesos libres. Nadia, en cambio, prestaba atención. Hacía las preguntas correctas y se quedaba cerca mientras yo le mostraba el movimiento, mirándome de reojo para confirmar que lo ejecutaba bien.

La tensión entre nosotras creció sin que ninguna la nombrara. Era de esas cosas que existen precisamente porque no se dicen: una presencia constante, tirante, que se siente más cuanto más se intenta ignorar. Había algo en la forma en que Nadia me buscaba con los ojos durante los ejercicios, algo en cómo dejaba que mi mano corrigiera su postura sin apartarse un centímetro, que dejaba pocas dudas sobre lo que estaba pasando debajo de la superficie.

Bruno lo notaba. Estaba convencida de ello. Pero nunca dijo nada, y esa misma omisión decía mucho.

***

La tarde del vestuario fue un martes. Llegamos al mismo tiempo, casi sin hablar, con esa familiaridad que habíamos construido en semanas de entrenamiento compartido. El vestuario estaba vacío a esa hora, una condición que ninguna de las dos ignoró. Nadia empezó a desvestirse frente a su taquilla, de espaldas a mí. Yo debería haber mirado hacia otro lado.

No lo hice.

Miré cómo se sacaba el top y le veía la espalda desnuda, brillante de sudor, y cómo se bajaba los leggings arrastrando la ropa interior a medias, dejando ver la curva perfecta del culo antes de volver a subírsela. Me acerqué con la excusa de agarrar mi toalla. Ella se giró apenas, con una sonrisa que ya no disimulaba nada.

Lo que empezó con bromas y cosquillas terminó con mis manos en sus caderas y mi boca en su cuello. Nadia no se movió. Respiró hondo, cerró los ojos, y cuando la besé en los labios se giró hacia mí como si llevara meses esperando ese momento concreto.

El beso fue largo y urgente. Tenía el sabor salado del esfuerzo y la boca caliente de alguien que ya no quería contenerse. Le metí la lengua hasta el fondo y ella me la chupó con una necesidad que no había mostrado nunca. Le subí las manos por debajo del top hasta agarrarle las tetas, sentí los pezones duros contra las palmas y se los pellizqué hasta arrancarle un gemido corto.

—Aquí no —susurró, pero se apretó contra mí, restregándome el coño por encima de la ropa.

—Sí, aquí —le contesté.

La apoyé contra los casilleros con suavidad, le bajé la ropa interior con un solo gesto y le abrí las piernas con la rodilla. Le pasé dos dedos por la raja y estaba empapada, tanto que el sonido húmedo se oyó por encima del zumbido de la ventilación. Me arrodillé frente a ella. El tiempo que teníamos era limitado y las dos lo sabíamos; eso hizo que todo fuera más directo, más honesto.

Le abrí el coño con los pulgares y le vi el clítoris hinchado, la carne rosada y brillante pidiendo lengua. Empecé despacio, con la punta de la lengua sobre el clítoris, dando vueltas suaves. Nadia me agarró del pelo enseguida y me apretó la cara contra su coño sin pedir permiso. La comí con ganas, primero recorriéndole los labios enteros con la lengua plana, después metiéndosela por dentro todo lo que podía, saboreándole el flujo que le bajaba pegajoso por los muslos.

—Joder, joder —jadeaba, tapándose la boca con el dorso de la mano para amortiguar cualquier sonido.

Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris. Le hice el gesto de gancho hacia arriba, buscándole el punto, y cuando lo encontré Nadia arqueó la espalda y golpeó los casilleros con la nuca. Le clavé los dedos más adentro, con ritmo, mientras le lamía el clítoris en círculos rápidos. Sentí cómo se le contraía el coño alrededor de mis dedos, cómo empezaba a temblarle todo el interior de los muslos.

Cuando se corrió, lo hizo en silencio pero temblando de pies a cabeza, con el coño apretándome los dedos en oleadas y una humedad nueva bañándome la barbilla. Saqué los dedos despacio y me los chupé delante de ella, sin cortarle la mirada. Nadia se mordió el labio.

Salimos separadas, con la calma de quienes saben guardar un secreto. Durante el resto de la semana el tema no existió en voz alta entre nosotras. Pensé que había sido una sola vez, uno de esos errores que el instinto comete y que la razón archiva como excepción.

Me equivoqué.

***

El viernes siguiente, Bruno me interceptó antes de que saliera del gimnasio.

—Valeria, ¿tienes planes esta noche? —dijo con una naturalidad que no cuadraba del todo con la situación.

—No especiales. ¿Por qué?

—Nadia y yo queremos invitarte a cenar. Nada formal. Ya tienes ganas de algo que no sea barra y mancuerna, ¿no?

Acepté. ¿Por qué no iba a aceptar? En apariencia era una cena entre personas del gimnasio. Solo que yo sabía lo que había pasado en el vestuario, y Bruno me miraba con una calma que no terminaba de encajar.

Su apartamento era amplio y ordenado, de los que revelan buen gusto o que alguien con buen gusto decoró por ellos. Comimos bien, bebimos con moderación, y la conversación fluyó sin esfuerzo. Nadia estaba encantadora esa noche: hablaba con soltura, se adelantaba a sus propias bromas, me miraba con una calidez diferente a la del gimnasio. Más abierta. Más consciente de sí misma, como si hubiera tomado una decisión que la tranquilizaba.

Cuando la cena terminó y los tres seguíamos en la mesa con las copas vacías, Bruno apoyó los codos y me miró directamente.

—Quiero hablarte de algo —dijo.

—Adelante.

—No sé si lo que pasó el martes fue accidental. Pero sé que pasó.

El silencio duró apenas dos segundos. Ahí estaba.

—No fue accidental —respondí sin apartar la mirada—. Le comí el coño en el vestuario y se corrió en mi boca. Por si querías el detalle.

Bruno tragó saliva y asintió despacio, como si mi respuesta confirmara algo que ya daba por sabido. Nadia mantenía los ojos bajos, pero tenía las mejillas levemente coloradas y las piernas apretadas por debajo de la mesa.

—Bien. Entonces quiero pedirte algo —dijo Bruno—. Quiero que te folles a Nadia. Aquí, esta noche. Y quiero verlo.

Las palabras aterrizaron con una precisión extraña. No había ironía en su voz ni nerviosismo visible. Lo decía como si fuera una propuesta razonable que esperaba que yo considerara con calma.

—¿Ella quiere eso? —pregunté, mirando a Nadia.

Nadia levantó los ojos. Sonrió de una forma que no era inocente en absoluto.

—Llevo pensando en esto desde el martes —dijo—. Me he corrido tres veces esta semana acordándome de tu lengua.

***

Bruno se acomodó en el sillón del fondo de la sala. Nadia desapareció en el dormitorio un momento y volvió completamente desnuda, con una calma que me sorprendió. Llevaba en la mano un vibrador de silicona alargado, grueso, con una curva pronunciada, notablemente más grande de lo que Bruno podría ofrecer, cosa que deduje en pocos minutos. Lo dejó sobre el sofá sin ceremonia y se quedó de pie, mirándome, con los pezones ya duros y una humedad brillante en la cara interna de los muslos.

Me levanté. Me saqué la ropa despacio, dejando que me mirara y que Bruno mirara también. La tomé por la cintura y la besé sin prisa, porque ya no había urgencia de vestuario ni riesgo de interrupciones. Sentí cómo se relajaba contra mí, cómo su respiración se volvía más lenta y más profunda al mismo tiempo, cómo restregaba sus tetas desnudas contra las mías. Le bajé una mano al culo y se lo apreté con las dos manos, separándole las nalgas. Nadia gimió dentro de mi boca.

La llevé hasta el sofá, la senté en el borde y me arrodillé frente a ella por segunda vez en la semana. Le abrí las piernas todo lo que daban y le puse los pies sobre mis hombros. Su coño estaba rasurado, hinchado, con los labios internos asomando rosados y brillantes de flujo. Me quedé un segundo mirándoselo de cerca, respirándole encima.

—Bruno, mira bien —dije sin girarme—. Así se come un coño.

Esta vez no había prisa.

Empecé con la lengua plana, lamiéndole toda la raja de abajo arriba, despacio, deteniéndome en el clítoris para chupárselo con los labios. La abrí con los pulgares y le pasé la punta de la lengua por el agujero, metiéndosela hasta donde llegaba. Nadia soltó un jadeo largo, sin filtro, muy distinto al del vestuario. Aquí podía gritar y quería hacerlo.

—Dios —susurró—. Qué bien lo haces. No pares. No pares, joder.

Le metí dos dedos y volví a buscarle el punto de dentro con el gancho. Se los curveé mientras le chupaba el clítoris entero, envolviéndoselo con los labios y flageándolo con la lengua. El coño le empezó a chorrear literalmente, mojándome la mano hasta la muñeca. Le agarré una teta con la mano libre y le pellizqué el pezón, torciéndoselo justo lo suficiente para arrancarle un gemido más agudo.

Desde el rincón llegaba el sonido discreto de Bruno. Alcé la vista un momento sin soltar a Nadia. Estaba sentado con los pantalones abiertos, manejándose con la mano. Su verga era pequeña, notoriamente más pequeña que el vibrador que Nadia había traído, casi ridícula entre sus dedos. El contraste no podría haber sido más explícito si lo hubieran dispuesto a propósito.

Y lo habían dispuesto a propósito.

Solté a Nadia lo suficiente para mirar a Bruno a los ojos, con la barbilla brillante del flujo de su novia.

—Tu novia se corre mucho mejor conmigo que contigo —dije en voz baja, sin crueldad pero sin suavizarlo—. Mira cómo tiene el coño. Así no te lo pone nunca, ¿verdad?

Bruno no respondió. Apretó la mandíbula y siguió moviéndose con la mano, más rápido. Era su forma de confirmar que eso era exactamente lo que necesitaba escuchar.

Volví a bajar la cabeza y le comí el coño a Nadia sin dejarle recuperarse. Le metí un tercer dedo y se lo abrí a la vez que le chupaba el clítoris con más fuerza. Nadia estalló en un orgasmo corto e intenso, apretándome la cabeza con los muslos, mientras me chorreaba encima de los dedos y de la barbilla. Cuando se recuperó, se deslizó del sofá al suelo, jadeando, y me indicó que me sentara en su lugar.

Me senté con las piernas abiertas y ella se metió entre ellas. Empezó a devolverme el favor con más entusiasmo que habilidad: lametones largos, un poco desordenados, con la boca demasiado abierta. La guié un par de veces, empujándole la cabeza donde la necesitaba y diciéndole que se concentrara en el clítoris con la punta de la lengua. Aprendió rápido, como hacía siempre con todo, y en dos minutos ya estaba chupándomelo con una precisión que me hizo curvar los dedos de los pies.

—Así, muy bien —le dije, agarrándole el pelo—. Métemela dentro. Fóllame con la lengua.

Nadia me obedeció. Me lamió el coño de arriba abajo, me metió la lengua todo lo que pudo, y después volvió al clítoris con los labios cerrados alrededor, chupándomelo como se lo había hecho yo. Cuando sentí que me faltaba poco, se la aparté.

—Bien —le dije—. Pero hoy me quiero centrar en ti.

La recosté sobre los cojines y tomé el vibrador. Lo encendí en la potencia más baja, le pasé la punta por la raja para lubricarlo con su propio flujo y se lo deslicé despacio en el coño mientras volvía a trabajar con la boca en el clítoris. La silicona entró hasta el fondo sin resistencia, se lo veía desaparecer entero dentro de ella, y Nadia levantó las caderas del sofá.

—Mírala —murmuró Bruno detrás de mí, casi sin voz—. Mírala.

Sus manos buscaron mi cabeza sin saber bien qué hacer con ellas. Empecé a moverle el vibrador dentro con ritmo, sacándolo casi entero y volviéndolo a meter hasta el fondo, mientras le chupaba el clítoris sin parar. El coño le hacía un ruido húmedo, obsceno, cada vez que empujaba la silicona hacia dentro.

—Mira a tu novio —le dije, separando la boca un instante—. Dile quién te lo está haciendo mejor. Dile con qué te vas a correr.

Nadia giró la cabeza hacia Bruno. Lo miró con una expresión entre la ternura y el triunfo, con la boca abierta jadeando.

—Ella —dijo con la voz rota—. Ella me lo hace mucho mejor que tú. Me estoy corriendo con la polla de silicona, amor. Con la lengua de Valeria. Nunca me lo has hecho así, nunca.

Bruno cerró los ojos. Sus hombros se tensaron. Le vi la mano moviéndose más rápido sobre su verga pequeña.

Aumenté el ritmo del vibrador, subí la potencia dos escalones y la presión de mi lengua al mismo tiempo. Nadia empezó a temblar entera. La follé con la silicona más fuerte, empujándole en el punto de dentro con cada embestida, mientras le chupaba el clítoris hinchado sin descanso. Se vino con una intensidad que sacudió todo el sofá, gritando sin pudor, con el coño mordiendo el vibrador en contracciones tan fuertes que casi me lo expulsa. Sentí a Bruno correrse casi al mismo tiempo, un jadeo corto desde el sillón.

Le saqué la silicona despacio y le lamí los restos del clítoris para calmarla. Sus piernas quedaron abiertas y sin fuerza durante un buen rato, el coño rojo, hinchado, chorreando semen propio sobre el cojín. Le pasé una mano por el vientre mientras se calmaba y ella me agarró los dedos y los apretó contra sus tetas.

Nos vestimos sin apuro. Bruno se recompuso en silencio, visiblemente satisfecho a su manera: la de alguien que acaba de obtener exactamente lo que buscaba. Terminamos la noche con otra copa y conversación trivial, como si lo ocurrido fuera una extensión natural de la cena y no algo que ninguno de los tres hubiera experimentado antes.

Nadia me acompañó hasta la puerta. Antes de cerrarla, me sostuvo la mirada un instante de más.

—El martes nos vemos en el gimnasio —dijo.

—El martes —confirmé.

Mientras bajaba al ascensor, todavía podía sentir el calor de esa noche en la piel, el sabor de su coño en la boca. Sabía que el martes no iba a ser simplemente una sesión de entrenamiento. Y sabía, con la misma certeza, que eso era exactamente lo que los tres queríamos.

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Comentarios(9)

Dani_88

increible, no me lo esperaba para nada!!

LectorBA_99

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche.

Fede1985

me recordo a una situacion rara que me paso en el trabajo, donde un tipo me propuso algo parecido. nunca lo hubiera imaginado viniendo de el. buen relato!

PabloMdp

lo contas muy bien, se siente natural y creible. nada forzado. sigue asi

Laura_C

jajaja la cara que debes haber puesto cuando te lo pidio sentado en la cena... tremendo momento

Maxibonaerense

Que buena historia. Lo que mas me gusto es como describis la tension previa, las semanas de miradas en el gimnasio antes de que pase algo. Le da un contexto que hace todo mas emocionante. Espero que sigas subiendo mas relatos porque tenes muy buen estilo.

Tomas_noc

Excelente!!! Muy bien escrito, gracias por compartirlo

NicoLector

Se hizo corto jaja, queria que durara mas. Buen trabajo

Caro_norte

no sabo si creer que sea real pero da igual, esta muy bien contado. me encanto

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