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Relatos Ardientes

Lo que nadie vio entre dos mujeres al cerrar

El pasillo entre cocina y sala tiene apenas tres metros, pero en esos tres metros ocurren cosas. Cada vez que Valeria pasaba a recoger los platos, me miraba un segundo de más. Solo un segundo, pero suficiente. Sus ojos oscuros, brillantes bajo los focos fríos de la cocina, decían algo que ninguna de las dos se atrevía a pronunciar en voz alta.

Llevábamos así casi dos meses. Miradas. Sonrisas que se cortaban a la mitad. Un roce en el brazo que podía haber sido accidental y que las dos sabíamos que no lo era. Un martes me colocó bien el cuello del uniforme antes de que yo saliera a sala, y me quedé quieta un momento como si me hubieran pasado una corriente por la nuca.

Yo no quería mover ficha. Valeria estaba casada, tenía dos hijos, una vida entera construida con otra persona. No iba a ser yo quien le metiera el dedo en ese engranaje y lo hiciera saltar. Así que me limitaba a mirarla, a devolverle las sonrisas, y a fregar la plancha con más energía de la necesaria cada vez que se me pasaba por la cabeza algo que no me debía pasar.

Esa noche había tocado cerrar tarde. Servicio de cena de viernes, más de cien cubiertos, la cocina sin parar desde las siete. Cuando el último comensal pidió la cuenta eran casi las doce y yo tenía las piernas como de cemento y los brazos como de plomo.

Valeria fue mandando gente a casa en cuanto la sala se vació. Primero los dos camareros del turno de refuerzo. Luego la chica del guardarropa, que se fue sin preguntar. Después el otro cocinero, que agradeció la noche libre sin pedir explicaciones. Yo terminé de fregar la plancha, vacié los cubos, barrí el suelo de cocina y cerré el extractor. El ruido del motor al apagarse dejó un silencio que se notaba más de lo habitual. Éramos solo dos personas en el edificio.

Fui al vestuario. Estaba vacío y olía a producto de limpieza y a la noche entera. Al fondo de la sala se oía el sonido suave de la caja registradora. Valeria haciendo el cierre. Sola.

Me quité los zuecos, el uniforme, el delantal manchado con las salsas de la noche. Saqué mis cosas de la taquilla y empecé a vestirme sin ninguna prisa: los vaqueros primero, luego la camisa. Me quedé con los últimos tres botones sin abrochar, la camisa abierta por el centro, mirando sin ver los azulejos del fondo del vestuario. Estaba demasiado cansada para pensar con claridad. O eso me decía a mí misma.

Entonces noté una mano sobre mi brazo. Suave, pero firme.

Me giré.

Valeria estaba a menos de un metro, con el delantal todavía puesto y un mechón suelto pegado a la frente por el sudor de la noche. Las mejillas coloradas. La respiración un poco más acelerada de lo normal, como si hubiera venido corriendo desde la caja o como si llevara un rato trabajándose el valor para empujar esa puerta.

Se estaba mordiendo el labio inferior.

No dijo nada. Bajó la vista hacia mi mano y la tomó, entrelazando sus dedos con los míos. La suya estaba helada y le temblaba, así que por instinto cerré los míos alrededor. Ella apretó también. Nos quedamos así un momento, mirando nuestras manos unidas como si fueran de otra persona, como si lo que estaba pasando entre nosotras necesitara ese punto de apoyo para sostenerse.

Luego alzó la vista.

Su otra mano subió despacio hasta mi cara, todavía fría, todavía temblorosa, y me giró hacia ella con una delicadeza que me apretó algo en el pecho. Nos fundimos en un beso largo y quieto. Sus labios eran suaves y sabían a café y a la noche entera. No hubo prisa. Solo ese contacto sostenido, como si las dos necesitáramos comprobar que era real antes de seguir adelante.

Cuando separé la boca de la suya, me salieron las palabras solas:

—Valeria, no deberíamos hacer esto.

Ella puso un dedo sobre mis labios.

—Sé que no deberíamos —dijo, con la voz ronca de quien lleva mucho rato sin hablar—. Pero llevaba demasiado tiempo pensando en este momento. Por favor, no pares ahora.

Le caía una lágrima por la mejilla, pequeña y silenciosa, mientras esperaba que yo respondiera. No era manipulación. Era exactamente la imagen de alguien que está haciendo algo que la asusta y que no puede evitar hacer de todas formas. La conocía lo suficiente como para saber la diferencia.

Le cogí la cara con ambas manos y la besé otra vez. Esta vez con más hambre. Ella respondió igual, apretándose contra mí, con las manos buscando mi cintura y mi espalda, aprendiendo la forma de mi cuerpo a través de la camisa abierta.

Mis manos recorrieron la suya: los hombros, la espalda, la curva de las caderas por encima del pantalón del uniforme. Despacio, sin urgencia falsa. Ella se fue relajando poco a poco, el temblor disolviéndose en cada caricia como azúcar en agua caliente.

Cuando su mano descendió y quiso tocarme entre las piernas, di un paso atrás.

—Ahí no —dije, en voz baja.

Ella me miró con los ojos abiertos, sin entender del todo.

—Mi placer no está ahí —expliqué, sin dramatismo—. De cintura para arriba, todo lo que quieras. El sujetador puedes quitarlo si quieres. Los pantalones no, ni lo intentes. ¿Puedes respetar eso?

Asintió, aunque no estaba segura de haberlo entendido del todo. No importaba. Lo entendería en cuanto empezáramos.

Me desabrochó la camisa con los dedos todavía un poco torpes, despacio, como si le diera miedo romper algo. La dejó caer de mis hombros y me recorrió el torso con las palmas, tomándose su tiempo, aprendiendo cada centímetro. Luego se inclinó y empezó a besarme el cuello, la clavícula, el pecho. Su boca era cuidadosa, casi reverente. Cada beso era una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.

Me estremecí de verdad.

La agarré por los hombros y la erguí. Le saqué el polo del uniforme por la cabeza y ella levantó los brazos para ayudarme. Debajo llevaba un sujetador oscuro que contrastaba con la piel clara de su torso. Lo desabroché, lo aparté, y por un momento nos miramos sin movernos, con el vestuario en silencio total alrededor.

Era sencillamente perfecta.

Me incliné y la besé en el cuello, bajé por la clavícula, seguí bajando. Tomé uno de sus pezones en la boca y ella ahogó un sonido entre los dientes, con los puños cerrados a ambos lados. Sus manos subieron hasta mi cabeza, no para dirigirme, solo para aferrarse a algo. Con cada reacción suya algo se apretaba también en mí, una corriente que empezaba en el estómago y se extendía sin pedir permiso.

—Joder —susurró, con la respiración ya desordenada—. No sabía que ibas a tocarme así.

Le respondí sin levantar la cara de su pecho, lamiendo despacio alrededor del pezón, notando cómo se le endurecía bajo mi lengua.

—¿Así cómo?

—Como si supieras exactamente dónde me rompes.

La frase me golpeó en el vientre. La empujé con suavidad contra la taquilla y le levanté la barbilla para besarla en la boca otra vez, más profundo, más sucio. Nuestras lenguas se enredaron y el aire del vestuario empezó a sentirse demasiado caliente, cargado de saliva, de respiraciones cortas, de ropa cayendo al suelo con una torpeza apresurada.

Le deslicé una mano por el costado, por debajo del sujetador, y encontré la curva de su cintura desnuda. Tenía la piel tibia, sensible. Ella arqueó la espalda apenas un poco, buscando más contacto, y se le escapó un gemido breve que le salió demasiado honesto para poder disimularlo.

—No te cortes —murmuré contra su boca—. Si quieres que te toque, dilo.

Tragó saliva. Sus pupilas parecían enormes.

—Tócame.

La voz le salió rota. Más rota de lo que esperaba incluso ella.

Bajé la mano por su vientre, no rápido, no a lo loco, recorriendo cada centímetro como si quisiera memorizarlo. Valeria se agarró al borde de la taquilla con ambas manos y abrió apenas las piernas, un gesto mínimo pero clarísimo. Yo me quedé mirando ese hueco, la forma en que su cuerpo ya se ofrecía antes de que yo terminara de pedirlo, y sentí una punzada de triunfo tan sucia como el deseo.

Le bajé el pantalón con una calma que la hizo soltar un suspiro desesperado. Se lo saqué por las caderas, luego por las piernas, y terminé de apartarlo al suelo. La ropa interior siguió el mismo camino un segundo después, esta vez con menos paciencia. Cuando quedó desnuda de cintura para abajo, no apartó las manos de mí ni un instante.

La miré entre las piernas, abierta delante de mí, húmeda, temblando.

—Estás empapada —dije, sin adornos.

Valeria cerró los ojos un segundo, avergonzada y excitada a la vez.

—Llevo dos meses así contigo delante —confesó—. Dos meses aguantándome para no decirte que me muero por que me metas la lengua donde nadie me ha tocado nunca como yo quiero que me toques.

Solté una risa corta, incrédula, y le besé el muslo por encima primero, luego el otro, dejando pequeños mordiscos que la hicieron encoger la cadera hacia adelante. Después la sujeté por la parte de atrás de los muslos y la levanté apenas para acomodarla mejor contra la taquilla, obligándola a abrirse a mí con más comodidad. Ella emitió un quejido bajo, casi enfadado por lo bien que le sentó ese gesto.

Entonces bajé la boca.

El primer contacto la hizo tensarse entera. Solo un segundo. Luego se derritió con una exhalación larga y temblorosa. La saboreé despacio, sin prisa, recorriendo con la lengua la parte más sensible, separando la carne con los dedos para encontrarle el punto exacto. Ella tenía las manos en mi pelo, apretando y soltando, como si no supiera si mandar o rendirse. Sus caderas se movían por instinto, buscando más presión, más contacto, más de todo.

—Eso, joder, eso —dijo entre dientes—. Así, no pares.

Obedecí, metiendo dos dedos primero, después un tercero cuando su cuerpo me lo pidió con un temblor evidente. No forcé nada. Fui entrando despacio, dejándola acostumbrarse, hasta notarla abrirse del todo a mi mano. El sonido que salió de ella al notar el ritmo fue algo entre un sollozo y una risa rota, como si le diera vergüenza la cantidad de placer que se le estaba saliendo por la boca.

—Mírame —le pedí.

Abrió los ojos con esfuerzo. Me vio arrodillada entre sus piernas, con la boca brillante y la mano trabajando dentro de ella, y se le descompuso la cara por completo. Ya no quedaba casi nada de la mujer seria que daba órdenes en sala, que cuadraba cuentas y sonreía a clientes insoportables. Ahora era solo carne tensa, deseo puro, una respiración que no lograba acomodarse.

Le aumenté el ritmo y empecé a combinar la lengua con la mano, empujando justo donde el cuerpo se le deshacía. Su espalda golpeó suave contra el metal de la taquilla y sus uñas se me clavaron en el cuero cabelludo. El ruido de su respiración era lo único que se oía con claridad en el vestuario, por encima del zumbido lejano de la nevera y del pulso de sangre que me martillaba en las orejas.

—Me estoy poniendo mala —jadeó—. Me estoy poniendo fatal, joder.

—No te pongas buena ahora —le contesté, con la boca húmeda contra ella—. Aguanta un poco más.

La presión se le fue concentrando en todo el cuerpo de una forma casi violenta. Lo noté en la tensión de los muslos, en el modo en que apretaba la mandíbula para no gritar, en la manera en que su cadera temblaba buscando una fricción imposible de ignorar. Y entonces llegó el quiebre: un estremecimiento brusco, un gemido ahogado que le salió desde muy adentro, las rodillas queriendo doblarse mientras todo su cuerpo se sacudía contra mis manos.

Se corrió con la cara echada hacia atrás, los labios entreabiertos, respirando a trompicones. Le temblaron tanto las piernas que tuve que sostenerla por la cintura para que no se deslizara al suelo. La mantuve ahí, comiéndomela aún despacio mientras seguía sintiendo el golpe de su orgasmo en la forma en que se le agitaba el vientre.

Cuando me aparté, ella estaba completamente ida, con los ojos vidriosos y la boca húmeda, respirando como si acabara de subir una cuesta corriendo. Me miró un segundo y luego soltó una carcajada pequeña, incrédula, de pura descarga.

—Tú eres un problema —dijo.

—Tú también.

La besé de nuevo, esta vez subiéndole el cuerpo con ambas manos hasta que quedó pegada a mí, piel con piel, pecho con pecho. Quise sentirla completa, sentir cómo su corazón le golpeaba dentro, cómo todavía le temblaban las piernas aunque ya se hubiera corrido. Ella me abrazó con una fuerza inesperada y me enterró la cara en el hombro.

—No quiero que acabes —murmuró, casi avergonzada de pedirlo.

Le aparté el pelo de la frente y la miré a los ojos.

—Entonces no acabes tú mirando al suelo.

Le hice sentarse en el banco de madera del vestuario. Se abrió de piernas con obediencia cansada y me atrajo hacia sí por la cintura, buscando mi boca como si todavía no tuviera suficiente. Yo me desnudé lo justo para quedarme cómoda, sin quitarme del todo la ropa, y me acomodé encima de ella de un modo que nos dejó a las dos con un jadeo simultáneo. El calor entre sus piernas seguía ahí, húmedo, brillante, listo para volver a empezar.

Valeria me miró con una mezcla de hambre y ternura que me dejó más expuesta que cualquier desnudez.

—Quiero verte cuando te corres —dijo.

—Me vas a ver.

Me empujó un poco hacia atrás, lo suficiente para poder bajar la vista y meter la mano entre nosotras. Sus dedos estaban todavía torpes por el orgasmo, pero encontró mi centro enseguida y empezó a frotar con una insistencia sucia que me arrancó un gemido inmediato. Le guié la muñeca para que supiera cómo tocarme, más fuerte, más arriba, sin miedo a ensuciarse. Ella aprendía deprisa cuando le dejaban hacer.

—Así —dije, respirando contra su cuello—. Joder, así.

La sensación me iba llenando por dentro de una manera lenta, pesada, deliciosa. Su pulso bajo la palma, su respiración golpeándome el cuello, la humedad todavía viva entre sus dedos. Nos besamos con furia contenida, el vestuario convertido en una burbuja mínima donde el mundo entero parecía reducirse a nuestras bocas, nuestras manos y el ruido cada vez más desordenado de nuestros cuerpos.

Cuando me corrí, lo hice agarrada a ella, con la frente apoyada en su hombro y un gemido largo que me salió sin permiso. Ella siguió moviendo la mano un par de segundos más, llevándome hasta el final, hasta dejarme sin aliento. Luego se quedó quieta, acariciándome despacio, con una sonrisa borracha en la comisura de la boca.

Yo me aparté un poco, todavía temblando, y nos quedamos mirándonos como dos personas que acaban de cruzar una puerta de la que no saben si querrán salir.

Le seguían cayendo lágrimas, aunque su cara ya no tenía nada de angustiada. Más bien al contrario.

Me cogió la mano y la apretó. No dijo nada durante un buen rato. La nevera de cocina zumbaba al otro lado de la pared. En algún punto de la calle, alguien pasó con la música del coche demasiado alta y el sonido llegó amortiguado hasta el vestuario y luego se fue.

—¿Y ahora qué? —preguntó al fin, en voz muy baja.

No tenía una respuesta buena para eso. Pero tampoco me arrepentía de nada.

—Ahora nos terminamos de vestir y nos vamos a casa —dije—. Y mañana somos compañeras de trabajo otra vez.

Ella asintió despacio, aunque las dos sabíamos que volver a ser simplemente compañeras iba a requerir más de lo que ninguna de las dos estaba dispuesta a admitir en ese momento. Hay cosas que, una vez que pasan, ya no caben en el mismo espacio de antes. Se quedan ahí, ocupando sitio, cambiando la forma de todo lo que las rodea.

Esa noche fue la primera. No sería la última.

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Comentarios(9)

LectorCba

Increible!!! me dejo sin palabras, muy buen relato

Camila_82

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de mas. Muy bien contado

Nena_curiosa

tremendo!!! se hizo cortissimo, queremos mas

MarisolR

Me recordo a algo que viví hace tiempo. Esa tension que describis esta perfecta, se siente real

Clara_Noche

Me encanto como fuiste construyendo la tension desde el principio, uno siente que algo va a pasar y cuando pasa es perfecto. Muy bien la descripcion emocional, se nota que entendés del tema. Espero segunda parte!!!

Lula_87

Se nota que escribis desde adentro, muy autentico. Saludos!

Valentina_ok

La tension del principio esta perfectamente descripta, lo mejor del relato en mi opinion

PabloM_Cba

excelente!!!

ArielB_Mdq

Te atrapa desde la primera linea. Muy buen trabajo, espero el proximo

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