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Relatos Ardientes

La semana más larga terminó como merecía

Volvimos del viaje el domingo a la tarde, con las maletas todavía sin deshacer y el apartamento con ese olor a cerrado de cuando uno se ausenta demasiados días. El cumpleaños de Camila había sido perfecto, pero la vuelta a la realidad se sentía como un golpe: ropa sucia apilada, heladera vacía, trabajo al día siguiente. Nos repartimos las tareas sin hablar demasiado. Ella ordenaba las valijas; yo metía tandas en la lavadora y preparaba algo de comida para dejar lista en el congelador.

Estaba inclinada sobre la lavadora acomodando la última prenda cuando sentí sus brazos rodeándome por la cintura. No la había escuchado acercarse. Me apoyó la boca cerca del oído y dijo en voz baja:

—Así que no me ibas a dar nada antes de dormir, ¿eh?

Me reí.

—¡Si en cuanto llegamos te di una buena cogida, amor!

—Sí —reconoció—, pero me dejaste caliente en el camino de vuelta.

Para quien no lo sepa: andamos desnudas por el apartamento. El calor y el amor tienen esas ventajas.

—Sentí lo que tengo —me dijo.

Tenía puesto el arnés.

—Qué rico lo que tienes, mi amor —le respondí.

—Abre las piernitas, mamita.

Separé las piernas y me aferré al borde de la lavadora. Ella entró de un golpe, profundo, hasta el fondo, y solté un gemido ahogado que se me quedó atascado en la garganta. Sus manos subieron a mis pechos, me pellizcó los pezones con suavidad, y el cuerpo respondió de inmediato. Se movía con ritmo firme mientras yo me apoyaba contra la máquina, diciéndole entre dientes todo lo que se me cruzaba por la cabeza.

—Qué bien coges, hija de puta —le dije.

—¿Te gusta así, mamita? —respondió con la voz ronca.

Asentí sin palabras. El orgasmo me llegó desde adentro, intenso, y sus dedos pasaron a amortiguarlo masajeándome el vientre. Me di vuelta y la besé largo rato, con las manos todavía apoyadas en la lavadora.

—Me voy a lavar —dije cuando me separé.

—Yo no terminé.

—¿No acabaste?

—Sí, pero te quiero seguir cogiendo.

—Ah, okey.

Me senté en el borde de la lavadora. Ella me tomó de las piernas por debajo, abiertas y levemente elevadas, y volvió a hundirse. Así quedamos: su boca junto a la mía, mordiéndose el labio mientras me miraba. Yo con los ojos entrecerrados, buscándole la lengua. Los dos pies apoyados en sus caderas para mantener el equilibrio.

—Cómo te gusta cogerme, perra —murmuré.

—Me encanta verte la cara —respondió—. Adoro tus piernas.

El segundo orgasmo me dejó temblando. Cuando terminamos, se agachó y me pasó la lengua con calma, recorriendo cada centímetro. La tomé del cabello y la apretué contra mí. Después se levantó y me besó con sabor a mí.

—Tremendas cogidas me diste, perra. Me encantó —le dije.

Ella sonrió y fue a lavarse las manos.

***

Y después de ese fin de semana para no olvidar, llegó el maldito lunes.

La semana fue un desastre desde el primer día. Las dos con trabajo acumulado, reuniones que no terminaban, mensajes que llegaban a deshora. Llegábamos al apartamento y nos tirábamos en el sofá sin siquiera sacarnos los zapatos. Comíamos lo que había, nos desnudábamos y nos íbamos a dormir. Ni fuerzas teníamos para besarnos como se debe. Una noche, casi dormidas ya, Camila me acarició el pecho sin intención de ir a más y se quedó así, con la mano apoyada, hasta que las dos nos dormimos.

Un día, tirada en el sofá con la cabeza apoyada en su hombro, le dije:

—Cuando pase esto del trabajo, te voy a partir en dos.

Ella levantó una ceja sin abrir los ojos.

—Jajaja, mirá quién habla. Mejor que vayas poniendo el culo en remojo.

Las dos terminamos riendo en el silencio del apartamento. Nos dimos un beso breve, nos acariciamos un poco, y nos fuimos a dormir. Nada más. Pero era suficiente.

***

El viernes me levanté con otra energía. Me duché temprano, me maquillé con cuidado, me pinté los labios. Cuando salí del baño, Camila estaba sentada en la cama y me miró de arriba abajo sin decir nada durante unos segundos.

—Mierda. ¿A dónde vas?

Me reí a carcajadas.

—A ningún lado, amor. Voy con vos al trabajo.

—Cualquiera diría que vas de levante.

Me acerqué, le tomé la cara con las dos manos y le dije:

—¿Para qué, si te tengo a vos?

Le di un beso. Luego otro. Le agarré la cola con las dos manos y la apretué contra mí.

—Hoy es viernes —le dije entre besos—. Te amo. Y este culito me tiene completamente loca.

Ella abrió los ojos bien grandes.

—Mirá vos. ¿Y te pintaste así solo para mí?

—Solo para vos, mi amor.

—Esperame. No te vayas.

Se metió al baño y salió diez minutos después con el pelo recogido en una cola alta, maquillada, los ojos marcados con delineador oscuro. Me quedé mirándola desde el pasillo sin poder moverme.

—Hija de puta —le dije—. Si no fuera que vamos al trabajo, te cojo acá mismo.

Soltó una carcajada que llenó el apartamento entero. Agarró la cartera y me miró.

—Bueno, vamos antes de que cambies de idea.

En la oficina fuimos el centro de atención sin proponérnoslo. Nos mandábamos mensajes todo el día, nos cruzábamos en el pasillo y nos reíamos de nada. Había algo en el ambiente, una tensión suave y agradable, como la espera de algo que sí va a pasar.

Cerca del final de la jornada le pregunté cómo venía con el trabajo. Me respondió que ya estaba al día. La miré a los ojos y, sin decir nada, me pasé la lengua por el labio inferior en círculo y me mordí el labio inferior. Me llegó su respuesta en treinta segundos: «creo que me vas a coger». Le escribí: «estás en lo cierto, putita». Me mandó el emoji de la chica tapándose la boca, fingiendo sorpresa.

Sonreí sola frente a la pantalla.

***

Salimos juntas, felices. La semana había sido un infierno pero lo habíamos superado. En el auto, Camila no tardó en provocarme: se desabrochó dos botones de la blusa y se abanicó con la mano.

—Qué calor...

La miré. Ella puso cara de inocente y señaló el parabrisas con la cabeza.

—Mejor que prestes atención al tránsito, que nos matamos, mamita.

—Mejor que tengas el culito bien entrenado —le respondí.

Se rió fuerte, y me contagió. Llegamos al apartamento riéndonos todavía.

Entré, dejé la cartera en la mesa, me quité toda la ropa. El ritual de siempre. Desde el baño llegó un silencio que duró demasiado. Después escuché un shhh suave, el de la puerta al abrirse.

Me di vuelta.

Camila estaba parada en el marco de la puerta del dormitorio. Conjunto de lencería negro, pelo recogido, el maquillaje retocado. El corpiño le ajustaba los pechos y los levantaba. La tanga apenas cubría lo necesario. Tenía esa sonrisa que sabe exactamente el efecto que produce.

—Aquí estoy, mamita.

Caminé hacia ella sin decir nada. La tomé por la cintura y le comí la boca. Le recorrí la cola con las palmas, despacio, apretando con cuidado, mientras nuestras lenguas se encontraban sin apuro. Podía sentir que ella también llevaba todo el día pensando en esto.

La acerqué al borde de la cama. Le corrí la tanga a un costado y me agaché.

Me tomé mi tiempo. Le pasé la lengua por todas partes, separé las nalgas con las manos y le escupí el ano. Ella enterró la cara en la almohada y soltó un sonido largo, apagado.

—Aaah, qué rico, amor. Chúpame bien el culo.

Me coloqué el arnés. Así como estaba, apoyada en cuatro, la penetré por la vagina. Entró entera de un empuje. Un grito ahogado salió de ella.

—Dame toda, mi amor —dijo—. Aaah, aaah, así.

—Sí, putita mía —le respondí, inclinándome sobre su espalda.

Nos movimos juntas, con ritmo, hasta que me pidió lo que sabía que iba a pedir tarde o temprano.

—Rómpeme el culo, amor.

Salí y volví a entrar por donde me pedía. Otro grito ahogado, más largo esta vez. Las manos de ella se cerraron sobre la sábana.

—Aaah, así, rompémelo bien, no pares.

Me moví hasta el límite. Ella se masturbaba mientras yo empujaba, con los dedos apretados entre sus piernas. Le dije que me iba a venir. Ella respondió que también. Llegamos juntas, con los cuerpos apretados el uno contra el otro, y nos quedamos inmóviles unos segundos antes de desmoronarnos.

Camila se desplomó boca abajo. Yo caí a su lado. Las dos nos miramos y nos reímos sin saber muy bien por qué. Esas risas que salen solas después de algo muy intenso.

—Hija de puta, me partiste —dijo.

—Ya te la bancás sin cremita, putita —le respondí.

Nos besamos despacio, con las lenguas, sin ningún apuro.

***

Un rato después, con las dos todavía tiradas y sin ganas de movernos, le acaricié el ano con la punta de los dedos. Sin intención de nada. Solo porque me gusta.

—Cómo me gusta tu ojete, amor —le dije.

—Es tuyo, mamita. Vos me lo desvirgaste.

Lo besé. Lo acaricié. Me acerqué a ella y la abracé desde atrás.

—Camila. Qué loco que es lo nuestro, ¿no?

—¿A qué te referís?

—A esto. A nosotras dos. Quién nos iba a decir que nos íbamos a amar de esta manera.

—Si querés nos peleamos a trompadas para ponerle más adrenalina —dijo en tono serio.

—Estúpida. ¿Qué decís? —me reí.

Se quedó callada un momento. Después, más tranquila:

—Algo me decía que tenía que estar con vos. No sé cómo explicarlo. Pero nunca imaginé que sería así. El amor que te tengo no lo tuve con nadie antes.

La escuché y sentí que algo se asentaba en el pecho. Como cuando encontrás el lugar donde encajás sin esfuerzo.

—Yo también —le dije—. Te necesito. No puedo estar sin vos. Cuando te hago el amor me sale algo diferente de adentro, algo que no reconozco del todo pero que me gusta. Y ser tu mujer, esto que somos, lo disfruto de una manera que no me esperaba.

—A mí me pasa igual cuando te cojo —dijo—. Me sale algo que no sabía que tenía. Es raro. Pero me encanta. —Hizo una pausa—. Terminamos besándonos.

Y así fue. Sin decir nada más, porque no hacía falta.

***

Los días siguientes volvieron a la normalidad. El trabajo se calmó. Las noches dejaron de ser solamente sueño. Llegábamos al apartamento y en lugar de tirarnos a dormir, nos tirábamos la una encima de la otra. El sexo fue increíble casi todas las noches: a veces largo y lento, a veces rápido y sin mucho preámbulo. Las dos sabiendo exactamente lo que la otra necesitaba.

Un sábado a la mañana me llegó un mensaje de mi hermana: «Las esperamos el domingo en casa para el almuerzo, no falten». Le mostré el teléfono a Camila, que estaba doblando ropa en el sillón.

—Mi familia quiere que vayamos el domingo. Cumpleaños en casa de mi hermana.

—Qué bueno, vamos —dijo, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.

La respuesta fue demasiado tranquila. Demasiado corta. La conozco bien. Cuando Camila dice «qué bueno» con esa voz y no agrega nada, es porque tiene algo planeado y se está haciendo la distraída. Siguió doblando ropa sin hacer ningún comentario. Siguió sin mirarme.

Esta se trae algo entre manos, pensé. Y lo sabe perfectamente.

Le seguí la corriente. A veces, esperar también tiene su encanto.

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Comentarios (6)

Valentina_SCL

Hermoso!! Me encanto como capturaste esa tension acumulada durante la semana. Se siente muy real.

Romi_86

Que final tan merecido jaja, la lenceria negra como colofon perfecto. Seguí escribiendo por favor!

LauraCba2020

Me emocioné leyendolo, no solo por lo erotico sino por ese amor que se siente entre ellas. Muy lindo relato.

Silvana_mdq

excelente!!!

CristinaLZ

Uff, esto me recordo a un viernes que tuve hace tiempo con mi pareja despues de una semana horrible de trabajo jaja. Muy identificada con el relato.

Daniela_OK

Por favor una segunda parte!! Deja con muchas ganas de saber que paso despues

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