Mi novia me pidió matrimonio mientras me penetraba
Me quité la blusa despacio, mirándola a los ojos. Marina me observaba desde el centro del comedor con esa expresión que siempre me quitaba el aliento: los labios entreabiertos, las manos quietas a los costados, esperando.
—Cómo te voy a coger, Lucía —murmuró, y su voz grave me recorrió la espalda entera hasta clavárseme entre las piernas.
Me desabroché el sostén y lo dejé caer. Me toqué los pezones despacio, los pellizqué entre el índice y el pulgar hasta ponerlos duros como piedras, y vi cómo a Marina se le entreabría más la boca. Luego bajé las manos, desabroché el botón del jean y bajé el cierre sin apartar los ojos de ella.
Esa noche había sido mi cumpleaños. El mejor que había tenido en años. Y la mejor parte no había sido la cena ni las copas: había sido el momento en que Marina se arrodilló frente a mí con un anillo en la mano y me preguntó si quería casarme con ella. Todavía no había asimilado el sí que le di cuando ya estábamos aquí, en el comedor, quitándonos la ropa.
Me quité los zapatos, terminé de bajar el jean y la ropa interior. Marina me miraba como si nunca me hubiera visto desnuda, aunque llevábamos casi dos años juntas. Se mordió el labio inferior y se pasó la lengua por la comisura. Yo estaba parada frente a ella completamente en bolas, con los pezones erectos y el coño ya empezando a mojarse solo de sentir cómo me devoraba con la mirada.
La rodeé por el cuello y nos besamos. Profundo, sin apuro, la lengua adentro de su boca, los dientes mordiéndonos los labios. Le agarré una mano y me la llevé entre las piernas para que sintiera cómo estaba. Marina metió dos dedos de una y soltó un jadeo grave contra mi boca al comprobar lo empapada que ya me tenía.
—Estás chorreando, amor —me susurró.
—Por vos —le respondí, y le mordí el labio inferior—. Vamos a la cama.
La tomé de la mano y la llevé conmigo. En el cuarto la fui desvistiendo yo. Le levanté la remera, le desabroché el sostén, le acaricié los pechos despacio, me agaché y le chupé un pezón, después el otro, sin apuro, escuchándola respirar cada vez más pesado. Ella me hundió los dedos en el pelo y me apretó la boca contra su teta.
—Me estás poniendo loca —murmuró contra mi piel cuando volví a subir a besarle el cuello.
—Eso es exactamente lo que quiero —le respondí, y le mordí el lóbulo de la oreja.
Le bajé el jean y la ropa interior. Pasé un dedo por el centro de su coño y la encontré completamente mojada, los labios hinchados, el clítoris ya duro. Se me fue un suspiro de la boca. Le hundí dos dedos de una, hasta el fondo, y Marina se agarró de mis hombros y separó las piernas para dejarme entrar mejor.
—Puta —jadeó—. Así no llegamos al arnés.
—Aguantá, entonces —le dije, y le saqué los dedos manchados en su propia mojadura para chupármelos delante de ella, uno por uno.
Le vi la cara. Casi me tira sobre la cama ahí mismo. Pero me contuve. Fui hasta el cajón, saqué el arnés y volví. Me arrodillé delante de ella y se lo coloqué con cuidado, ajustándole las correas en las caderas, en los muslos, revisando que la base le quedara bien pegada al pubis. Marina dejó que lo hiciera sin moverse, solo mirándome desde arriba. Cuando terminé de ajustárselo, no me pude aguantar: le agarré la polla de silicona con la mano, la miré a los ojos y me la metí en la boca.
—Lucía… —gimió ella, agarrándome de la nuca.
Se la chupé despacio, hasta el fondo, marcándole el ritmo con la mano. Sabía que del otro lado del arnés la base le apretaba el clítoris con cada movimiento, y por la forma en que se le hincharon las venas del cuello me di cuenta de que le estaba gustando. Le pasé la lengua por la punta, por el largo, y volví a tragármela entera hasta que se le escapó un jadeo largo.
—Basta —me dijo entre dientes—. Basta o me corro así, mirándote.
Me saqué la polla de la boca con un chasquido y le sonreí. La guié hasta la cama. Me acosté boca arriba, abrí las piernas todo lo que daban y la miré. Me acaricié el coño delante de ella, me abrí los labios con dos dedos para que viera cómo estaba de mojada, roja, brillando.
—Hazme tuya —le dije—. Cogeme fuerte, amor. Rompeme.
Se colocó sobre mí, apoyó la punta contra mi entrada y preguntó en voz baja, medio sonriendo:
—¿Estás lista?
—Metémela ya.
Me penetró en un solo movimiento, profundo, hasta el fondo. Ahogué un grito entre el dolor y el placer, encorveé la cintura y la envolví con las piernas cruzándolas en su espalda baja para tenerla lo más adentro posible. Marina se quedó quieta un segundo, apoyada sobre los codos, mirándome la cara.
—Mírame —me pidió—. No cierres los ojos.
Empezó a moverse: lento al principio, profundo, sacando la polla casi entera y volviéndomela a clavar hasta la base. Sentía cómo cada embestida me golpeaba adentro, cómo la base de silicona chocaba contra mi clítoris hinchado y me mandaba una descarga por toda la espalda. Marina apoyó una mano en mi cadera y me sostuvo firme para poder cogerme más fuerte.
—Lucía —dijo entre embestidas, la voz entrecortada—, ¿aceptás a Marina como tu esposa, hoy y siempre?
Me reí con lo poco de aire que me quedaba y la besé al mismo tiempo, mordiéndole el labio.
—Sí, amor. Hoy y siempre. Ahora seguí cogiéndome, no pares.
Aceleró. Me la clavaba cada vez más rápido, más profundo, y yo le clavaba las uñas en los omóplatos y le rogaba al oído que no parara, que así, que más fuerte. La cama crujía con cada embestida. Sentía la corrida acercarse desde muy adentro, apretándose en el bajo vientre como un puño.
Antes de terminar la di vuelta. Marina cayó de espaldas, sorprendida, y yo quedé encima de ella con el arnés todavía dentro mío. Me acomodé, apoyé las manos en su pecho y empecé a cabalgar. Subía hasta dejarla casi afuera y me dejaba caer de golpe hasta el fondo, cada vez que bajaba se me escapaba un gemido bien de puta. Marina me acompañó el ritmo, sus manos me recorrieron los pechos apretándomelos, la cintura, las caderas, y me guió el vaivén clavándome los dedos en el culo.
—Así, mi amor —jadeaba ella desde abajo—, cabalgame, cogete la polla…
—Es tuya —le contesté, agitada—, esta concha es tuya, boluda, toda tuya.
Me llevé una mano al clítoris y me lo froté con dos dedos mientras seguía moviendo las caderas. Sentí cómo se me contraía todo por dentro. Marina me miró desde abajo, con la boca abierta, y le vi la cara de cuando estaba por venirse: los ojos vidriosos, la mandíbula tensa.
—Vení conmigo —le dije—, vení ya.
Aceleré más. Ella aceleró desde abajo, empujando la cadera hacia arriba para clavármela hasta el fondo con cada bajada mía. Los dos cuerpos buscando la misma llegada. Sentí la corrida partirme al medio, una ola caliente que me subió desde el coño hasta la garganta y me hizo aullar. Marina se corrió abajo mío casi al mismo tiempo, apretándome las caderas con las dos manos, dejando escapar un gemido ronco entre los dientes.
Nos corrimos al mismo tiempo, y me quedé tirada encima de ella temblando, con la polla todavía adentro, hasta que se me pasaron los espasmos.
Después me deslicé a un costado y quedé tendida de espaldas, sin habla, con el corazón desbocado y el coño palpitando. Marina se levantó a lavar el arnés. Cuando volvió se acostó pegada a mi espalda, su piel caliente y sudada contra la mía. Un escalofrío me recorrió. Sus labios rozaron mi nuca.
—Te amo —dijo.
—Yo también —respondí.
Y nos dormimos así.
***
Me desperté antes que las alarmas. Marina seguía durmiendo profundamente, con el pelo revuelto sobre la almohada y una expresión de paz que me daban ganas de besarla ahí mismo. Pero teníamos que trabajar, así que me levanté a ducharme sin despertarla.
Mientras me vestía, tomé el celular y puse música a un volumen bajo pero suficiente. Marina abrió los ojos despacio, me vio bailar en ropa interior y se sentó en la cama riéndose.
—Estás completamente loca —dijo.
—Y tú te vas a casar con ella —le respondí.
Se levantó y empezó a bailar también, todavía en calzones, con el pelo hecho un desastre. Nos reímos como idiotas durante cinco minutos seguidos. Llegamos al trabajo más o menos a tiempo, con dos cafés dobles que nos servimos en la máquina del pasillo.
—Somos un completo desastre —me susurró Marina al oído mientras esperábamos que el café cayera.
—Sí —le respondí—, pero somos felices.
Miré a los costados. No había nadie. Le di un beso rápido en los labios. Marina abrió los ojos de sorpresa.
—¿Ya no te importa nada? —me preguntó.
Me di vuelta, caminé hacia mi escritorio y, sin mirarla, hice la señal de «no» con el dedo índice. La escuché reírse sola desde el otro lado de la oficina.
***
El viernes a la tarde le mandé un mensaje antes de que saliera.
«Armá el bolso en cuanto lleguemos. Mañana viajamos temprano.»
Ella respondió con un pulgar arriba.
En cuanto entramos al departamento, dejé la cartera y me fui directo a la habitación a desvestirme. Marina pasó al baño. Cuando volvió y me encontró agachada buscando ropa en el cajón inferior del placard, en tanga y sin corpiño, dijo en voz baja:
—¿Cómo armo el bolso si estás así?
Me tocó la cola antes de que pudiera reaccionar, me metió la mano por debajo de la tanga y me apretó una nalga entera. Me enderecé de golpe y me pegué la cabeza contra el estante de arriba.
—¡La puta madre! —maldije.
Marina se dobló de la risa. Me llevó al baño, me pasó agua fría por el golpe y siguió riéndose mientras lo hacía.
—Estás bien —dijo, tratando de ponerse seria y sin conseguirlo.
—Sí —respondí—, pero sepa que estoy muy enamorada de usted, señorita.
—Yo también, boba.
Nos besamos contra el espejo del baño. Después terminamos de armar los bolsos, preparamos algo liviano para cenar y nos fuimos a dormir abrazadas.
***
Al día siguiente salimos temprano. Viajamos las dos en pantalón corto, zapatillas y lentes de sol. Marina con una musculosa de tirantes y el pelo recogido; yo con una blusa anudada al ombligo y el pelo también recogido. Las dos con los anillos puestos: el que me había regalado ella para el casamiento y el que yo había comprado en la playa el verano pasado.
En algún momento del viaje suspiré largo.
—Uf, qué calor.
Me até la blusa en un nudo y dejé los primeros botones desabrochados. Marina me miró de reojo desde el asiento del acompañante.
—Vamos a matar a alguien —dijo.
—Estamos en la ruta, nadie nos ve.
—Yo te veo a vos.
—Exactamente.
Le puse la mano en la pierna, apenas, a propósito. Ella me la apartó sin despegar los ojos del camino.
—Tranquila, que llegamos en dos horas —dijo.
—Sí, claro —respondí, y le preparé un mate.
Llegamos a la casa de mis padres al mediodía. En cuanto bajé del auto escuché el griterío: mi mamá, mi tía, mi hermano, mi cuñada, mi sobrino. Abrazos, besos, el caos habitual de reunión familiar. A Marina la saludaron como si fuera parte de la familia desde siempre, porque para ese entonces lo era.
Después del almuerzo, cuando todos estaban más tranquilos, les di la noticia.
—Familia, queremos contarles algo. Marina y yo nos vamos a casar.
Griterío otra vez. Caras de sorpresa, abrazos, alguien que apareció de la nada con copas y espumante. Mi sobrino, que tiene cinco años y no entendía nada, aplaudió igual porque todos aplaudían. Alguien gritó «¡que se besen!» y nos besamos en medio del living con mi mamá emocionada al borde de las lágrimas.
La sobremesa se extendió hasta la tardecita. Mate con torta, conversación que no terminaba. Marina se integró sola al ritmo de la casa: ayudó a juntar los platos, lavó junto a mi mamá, charlaron aparte un rato largo. Yo la miraba de lejos y me costaba creer que esa fuera mi vida.
Mi sobrino me buscó entre todos, me tiró del brazo y me entregó un paquete envuelto en papel de colores.
—Tía, esto es tuyo.
Lo abrimos juntos. Adentro había un jean y una remera preciosa. Tuve que morderme el labio para no llorar delante de todos. Marina, que me miraba desde la otra punta de la mesa, se pasó el dorso de la mano por los ojos muy rápido pensando que nadie la veía.
—Gracias, familia —logré decir. La voz me tembló igual.
Más tarde, cuando ya casi no quedaba gente en pie, mi mamá me tomó del brazo y me llevó un momento aparte.
—Qué alegría, hija. Marina es lo mejor que te pudo pasar.
La abracé fuerte.
—Gracias, Ma. Pero no digas más nada o me pongo a llorar ahora mismo. Desde el jueves no sé de dónde me salen tantas lágrimas.
—Es que estás feliz —dijo—. Y eso me pone orgullosa.
***
Esa noche dormimos en mi cuarto de cuando vivía con ellos. Marina pasó primero por el baño; yo acomodé la habitación. Cuando volví ella ya estaba en la cama, debajo de las sábanas, mirándome.
—Lucía, vení —me llamó, corriendo la sábana a un lado.
Estaba desnuda. Con las piernas apenas separadas, una mano sobre el estómago y la otra rozándose el pezón con la yema del dedo, sin ninguna vergüenza. Me quedé un segundo parada mirándola.
Me senté en el borde de la cama y le pregunté cómo la había pasado. Ella me desabrochó el corpiño mientras respondía en un murmullo:
—Muy bien, amor. Tu familia es un encanto, en serio. Ahora sacate la ropa.
Me quité el resto en voz baja, moviéndonos despacio para no hacer ruido. Mis padres dormían a diez metros. Marina me pellizcó la cola cuando me estaba sacando la ropa interior y solté un grito ahogado que intenté convertir en risa.
—Turra —le susurré.
—A ver, déjame ver si te lastimaste —dijo, y rió bajito.
Me metió una mano entre las piernas, por atrás, y me pasó dos dedos de adelante hacia atrás por toda la raja. Me mordí el dorso de la mano para no hacer ruido.
—Estás toda mojada, mamita —me susurró al oído—. Y ni te toqué.
—Callate y metémelos.
Marina me metió los dos dedos hasta los nudillos, despacio, y empezó a moverlos adentro mío mientras me apoyaba la palma contra el clítoris. Me tapé la boca yo misma con la almohada. Ella me mordía el hombro para no gemir. Sentía cómo me curvaba los dedos adentro tocando ese punto justo que me hacía perder la cabeza, y cómo se le empapaba la mano con cada movimiento.
—Vení acá arriba —le rogué en voz bajísima.
Marina se sacó los dedos y me los pasó por la boca antes de subírseme encima. Me los chupé despacio, sin dejar de mirarla, mientras ella me abría las piernas con la rodilla. Se acomodó entre mis muslos y empezamos a hacer tijera: coño contra coño, los clítoris rozándose, moviéndonos las dos en un mismo balanceo apretado. La sensación era brutal, la piel húmeda de ella pegándose a la mía, el sonido pequeño y mojado que hacíamos entre las dos, que teníamos que ahogar contra la almohada.
—Shhh —me pedía Marina mientras se movía—, shhh, mi amor, callate, no grites…
—No puedo —jadeé pegada a su cuello—, me estás matando.
Aceleró el vaivén. Yo le clavé los talones en el culo para apretarnos más. Terminamos las dos casi juntas, mordiéndonos los hombros para no gritar, temblando en silencio en esa cama chiquita de mi adolescencia con mis viejos durmiendo del otro lado del pasillo.
Nos abrazamos en la oscuridad, sudadas y con la respiración cortada. Me acurruqué contra ella y estuve un rato así, en silencio, escuchando cómo se le iba calmando el pecho. Entonces me habló.
—Lucía, el lunes necesito que me acompañes a hablar con el gerente.
—¿Qué pasó?
—¿Te acordás el día que nos quedamos tarde en la oficina poniendo al día los informes?
—Sí, me acuerdo.
—Mientras trabajábamos había un tipo mirando desde la sala contigua. Yo no lo vi en ese momento. Era el accionista principal de la empresa.
—¿Y qué tiene que ver eso?
—Que quiere tener un encuentro con nosotras. Acostarse con las dos. A cambio de dinero.
Me incorporé en la cama de golpe.
—¿Qué?
—Shhh —me frenó Marina, poniendo la mano en mi brazo—. Tranquila.
—¿Me estás tomando el pelo?
—No. El gerente me mandó un mensaje diciéndome que a él le parece una bajeza, que trató de convencerlo para que lo dejara y no pudo. Pero el tipo sigue firme.
La miré en la oscuridad. Noté que tenía la mandíbula apretada, los hombros rígidos.
—¿Por qué no me dijiste antes?
—Porque era tu semana de cumpleaños. No quería que la semana fuera horrible con esta porquería.
Le acaricié la cara. El pelo. Le ofrecí el pecho para que apoyara la cabeza.
—Escuchame —le dije—. El lunes vamos juntas, les exponemos nuestra posición y ya. Las opciones son dos: que acepten nuestra negativa o que nos echen. Y si nos echan, nos vamos con la frente en alto.
Marina asintió contra mi pecho.
—Además —agregué—, quiero que sepas algo. Contigo no me falta nada. No necesito a ningún hombre, ni su presencia, ni su dinero, ni nada de lo que pueda ofrecer. Lo que tengo con vos ya es todo lo que quiero.
Me apretó más fuerte. Le besé la frente.
—¿Mejor? —le pregunté después de un rato.
—Sí —dijo—. Contigo siempre estoy mejor.
Al día siguiente, después del almuerzo, emprendimos el regreso. Manejé yo, que conozco la vuelta de memoria. Marina cebó mates todo el camino y hablamos de la fecha de la boda, de cómo organizar los permisos en el trabajo, de si pedir turno en el registro civil antes o después de la reunión del lunes.
En cuanto llegamos al departamento, descargamos las cosas y la abracé. Le hice rodear mi cintura con sus brazos y le rodeé el cuello con los míos.
—¿Cómo la pasaste? —le pregunté—. Te noté más suelta allá y me encantó verte así.
—Muy bien, amor. Tu familia es un regalo.
—Cambiame esa carita, entonces —le dije—. La del accionista no te la lleves a la cama.
—Es que me rompe todo, esas cosas.
—Lo sé. Pero mañana exponemos nuestros argumentos y ya está. ¿Qué puede pasar? Que nos acepten la negativa o que nos rajen. En cualquier caso, seguimos juntas, ¿me entendés?
Marina sonrió un poco.
—Sí —dijo.
—Además, cuando ponés esa carita con esa boquita, me da por distraerme de todo lo que tendríamos que hablar.
Se rió por primera vez en horas. Una risa real, de las que le arrugaban los ojos.
—Estúpida —dijo.
Picoteamos algo, nos duchamos por turnos y nos fuimos a la cama. Antes de apagar la luz le pregunté si andaba mejor.
—Sí, amor —respondió—. Contigo estoy espléndida.
El lunes veríamos qué pasaba en esa reunión. Esa noche solo existía esto: las dos en nuestra cama, los anillos en la mesita de luz, y la certeza tranquila de que nos elegiríamos siempre.