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Relatos Ardientes

La propuesta que no esperaba en mi cumpleaños

La primera señal llegó un martes por la tarde, con un mensaje de mi familia anunciando que el sábado nos esperaban a Sofía y a mí para festejar mi cumpleaños. Le avisé a ella en cuanto colgué el teléfono. Su respuesta fue un «qué bien», dicho sin levantar la vista de la cómoda que estaba ordenando. Algo en el tono me pareció distinto. No dije nada más; la dejé con lo suyo. Pero empecé a estar pendiente.

Los días siguientes transcurrieron sin novedades aparentes. Sofía no sacó el tema, yo tampoco. Lo normal, en apariencia. Pero yo la conozco bien, y ella estaba guardando algo.

***

El lunes por la noche llegué tensa del trabajo. Maldije mientras intentaba picar unas cebollas y Sofía, que me escuchó desde la sala, vino por detrás sin hacer ruido. Pasó los brazos por encima de mis hombros, me acarició los pechos con ambas manos y me besó el cuello despacio.

—¿Qué te pasa? —me dijo al oído—. ¿Quieres que te haga el amor ahora?

—Sí, por favor —respondí sin dudarlo.

—¿Y por qué no me lo pediste antes?

Me encogí de hombros como una niña caprichosa. Ella sonrió contra mi piel. Con una mano siguió acariciándome los pechos y con la otra bajó entre mis piernas, despacio, sin apuro. Me apoyé contra su cuerpo, dejé caer la cabeza hacia atrás y la busqué con la boca. Nos besamos así, de pie en la cocina, mientras sus dedos me abrían poco a poco y su pulgar encontraba el punto exacto que hace que me olvide de todo lo demás.

—No me hagas esperar más —le dije en un susurro.

Me dio la vuelta, me besó, y me llevó hasta el sofá con una facilidad que siempre me desarma.

Fue al cuarto a buscar el arnés. Cuando volvió, ya lo tenía puesto. Me levantó una pierna contra el respaldo del sofá, separé la otra, y sin preámbulos me penetró hasta el fondo. Arqueé la espalda. Nos movimos juntas en ese ritmo que ya conocemos de memoria, esa sincronía que solo se construye con el tiempo y con ganas. Le pedía que no parara; ella me preguntaba si me gustaba, y yo movía la cabeza porque las palabras ya no alcanzaban. Llegamos al mismo tiempo, apretadas la una contra la otra, jadeando.

Después, Sofía me acarició la cara y me preguntó si estaba mejor.

—Sí —admití—. Estaba nerviosa.

—¿Por qué? ¿Pasa algo?

Le puse un dedo en los labios antes de que siguiera.

—No pasa nada serio. Solo soy una tonta. Te quiero.

Ella me miró unos segundos, como midiendo si creerme, y decidió dejar el tema. Hicimos la cena juntas, hablamos de cualquier cosa, nos reímos. Nos fuimos a la cama abrazadas, su cuerpo tibio pegado a mi espalda, y así terminó el lunes.

***

El martes pasó sin pena ni gloria. El miércoles, Sofía me avisó en el trabajo que iría a ver a su hermana Patricia por la tarde. Mis sospechas crecieron otro poco. Cuando llegué al departamento ella ya había vuelto; me dijo que había pasado a saludar y a consultar algo de salud. «Todo bien», dijo. Nada más.

Me dormí antes de lo habitual, vencida por la ansiedad acumulada durante días.

***

Algo me sacó del sueño. Una mano en mi hombro, una voz que me llamaba desde cerca.

—Cariño. Cariño, despierta.

Abrí los ojos a medias. Sofía estaba sentada al borde de la cama, vestida, con una sonrisa que no intentaba disimular.

—Feliz cumpleaños, mi amor —dijo, y me extendió un paquete envuelto en papel negro.

Me senté, todavía adormecida, y lo abrí. Era un vestido lencero de tirantes color vino, con un corte en la pierna derecha. Me lo puse ahí mismo, sin esperar. Me quedaba perfecto.

—Me encanta —le dije, y la abracé sin soltarla.

Ella me tomó de la mano y me llevó a la cocina. La mesa estaba preparada para desayunar: café, tostadas, fruta cortada. Pequeñas cosas. Las mejores. Desayunamos juntas, nos cambiamos y fuimos al trabajo.

En la oficina pedí medialunas para compartir con los compañeros y recibí mensajes de felicitación a lo largo del día. Fue un buen día, aunque incompleto: Sofía me avisó que saldría un poco antes que yo, sin más detalles. La dejé ir sin preguntar.

***

Llegué al departamento al caer la tarde. Dejé el bolso en la silla del recibidor y empecé a desvestirme camino al cuarto, recogiendo la ropa del suelo. Tenía la mente en blanco por el cansancio y pensaba en nada en particular, cuando lo escuché.

Una voz. Una canción. Esa canción.

If I should stay… I would only be in your way…

Se me detuvieron las manos. Se me detuvo todo.

Me giré despacio. Sofía estaba parada en el umbral del cuarto, con los ojos brillantes y una expresión que no le había visto antes. Se acercó sin decir nada. Y cuando llegó frente a mí, dobló una rodilla y se quedó en el suelo, mirándome.

Mis manos fueron solas a cubrirme la boca. Las lágrimas empezaron antes de que pudiera hacer nada para evitarlas.

Sofía sostenía una cajita pequeña entre los dedos. Whitney seguía cantando al fondo.

—¿Te casarías conmigo? —dijo. Solo eso.

No pude responder de inmediato. Tenía la garganta cerrada, los ojos llenos de lágrimas y el corazón latiéndome demasiado rápido. Me desplomé al suelo frente a ella, de rodillas, y la abracé con todo lo que tenía.

—Sí —logré decir—. Sí, me casaría contigo mil veces.

Nos quedamos así, abrazadas en el suelo del cuarto, las dos llorando, las dos riéndonos de nosotras mismas por eso. Desnudas y arrodilladas, incapaces de parar.

—Me volviste a sorprender —le dije cuando pude hablar—. Igual que aquella vez que me dijiste que estabas enamorada de mí.

Ella me limpió una lágrima con el pulgar y se le escapó otra propia.

—¿Alguien más lo sabe? —pregunté.

—Nadie.

—Ven —le dije—. Acuéstate sobre mí.

Nos tumbamos en el suelo, ella encima de mí, piel contra piel. Le conté que el lunes, cuando la busqué antes de cenar, estaba enloquecida por el misterio. Que intuía que algo tramaba pero no lograba atar los cabos.

—Ya lo sé —dijo, riéndose—. Cuando te avisé de la reunión familiar casi no reaccionaste, y me di cuenta de que la había arruinado. Pero tenía que seguir el plan.

—Mala —le dije, y la besé.

—Pero valió la pena.

—Más que nada.

***

Le pedí algo en voz baja, con la nariz enterrada en su pelo.

—A partir de ahora quiero ser tu mujer. Tú serás lo que quieras ser para mí. Lograste lo que nadie más se animó a intentar antes.

Ella me abrazó más fuerte, sin decir nada durante un momento.

—Yo también quiero ser tu esposa —dijo al fin—. Y algún día voy a necesitar que cambiemos los roles. ¿Puedo pedirte eso?

—Dalo por hecho —respondí.

Abrimos la cajita juntas. Dos anillos sencillos, de plata mate. Los di vuelta buscando el interior y vi el grabado: uno decía «Sofía» y el otro «Carmen». Tuve que cubrirme la cara de nuevo. Ella se rió entre dientes, fue a buscar pañuelos y me limpió las mejillas con una ternura que todavía me duele en el pecho cuando lo recuerdo.

—¿Por qué no nos conocimos antes? —le pregunté.

—No sé. Pero estamos acá ahora, y nada nos va a separar.

—Nada —repetí.

Sofía se puso de pie, me tendió la mano y me levantó del suelo de un tirón.

—Vamos a comer —dijo—. Me olvidé de decirte: Patricia nos espera a cenar.

Me reí sola.

—¿Cómo que te olvidaste? Estoy hecha un desastre, mírame la cara.

Ella me dio una palmada cariñosa en la cadera y me empujó suavemente hacia el baño.

—Tienes quince minutos. Estás perfecta.

Mientras nos arreglábamos le pregunté si podíamos contarle la noticia a su hermana esa noche. «Totalmente», dijo. «Se lo merece más que nadie».

***

En casa de Patricia nos recibieron con abrazos y felicitaciones de cumpleaños. Me dieron regalos: una blusa de seda color crema y una cajita pequeña que imaginé llena de chocolates, pero que resultó ser un conjunto de lencería rojo intenso. Me puse colorada y busqué a Sofía con la mirada; ella se hizo la desentendida entre risas apenas contenidas.

Cuando nos sentamos a cenar, pedí la palabra.

—Gracias por los regalos y por recibirnos tan bien. Quería compartir algo con ustedes que para mí es el mejor regalo de cumpleaños que he recibido: Sofía me propuso matrimonio esta tarde, y dije que sí.

Patricia se tapó la boca con ambas manos. Los ojos se le llenaron de lágrimas casi antes de que yo terminara la frase. Se levantó de la silla y abrazó a su hermana con una fuerza que hizo temblar la mesa. Roberto, el marido de Patricia, me estrechó la mano con calidez y después me abrazó. Daniela, que estaba a su lado, también se emocionó y me apretó fuerte.

Cuando Patricia se separó de Sofía, las dos estaban llorando. Y al verlas, yo volví a empezar.

—¡Que se besen! —dijo alguien desde el otro extremo de la mesa.

Sofía me tomó por la cintura con un brazo y con el otro me rodeó el cuello, me inclinó levemente hacia atrás y me besó despacio, sin prisa, como si no hubiera nadie más en la habitación. Aplausos. Risas. Más lágrimas.

La cena duró hasta tarde, con preguntas sobre la fecha, el lugar, los planes. No teníamos nada decidido todavía, y eso era lo de menos. Volvimos al departamento casi a medianoche, con el estómago lleno y el pecho más ligero que en semanas.

***

Mientras subíamos en el ascensor, Sofía me buscó la mano.

—¿Contenta? —me preguntó.

—Más que contenta —le dije—. Estoy en una nube.

Entramos al departamento. Dejé el bolso en el recibidor por segunda vez en el día y me giré hacia ella. Me quité la blusa sin dejar de mirarla. Me desabroché el botón del pantalón y bajé el cierre despacio, sosteniéndole la mirada. Se me acercó y me besó en la comisura de la boca, apenas rozándola.

—¿Sabes qué quiero ahora? —le pregunté.

—Ya lo sé —dijo—. Yo también.

La llevé al cuarto de la mano, dejamos la ropa donde cayó y nos metimos en la cama. Esta vez no había urgencia ni nervios acumulados. Solo nosotras dos, despacio, sin apuro, atentas la una a la otra como si fuera la primera vez y como si lleváramos toda una vida haciéndolo. Sus manos recorrieron cada parte de mí con una calma que me derritió por dentro. La mía hicieron lo mismo con ella, aprendiendo de nuevo lo que ya sabía.

Afuera, la ciudad seguía con lo suyo.

Adentro, en esa cama, el mundo era exactamente del tamaño que necesitábamos.

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Comentarios (6)

Sole_Mdq

Me dejaste con el corazón en la garganta!!! que final tan hermoso, no me lo esperaba para nada

Kamile

Increible relato, se siente tan real. Sigue escribiendo!!

LunaEscondida22

Ay dios mio lei esto de noche y termine llorando jaja. Me encanto como lo contaste, sin rodeos pero con mucho sentimiento

MarisolR

segunda parte por favor!! quede con muchas ganas de saber que pasó despues

RosaLectura

Que lindoo, me recordo a cuando mi ex me sorprendio algo parecido, aunque sin tanto dramatismo jaja. Muy bien escrito

ElenaMdp

buenisimo!!!

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