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Relatos Ardientes

Lo que pasó cuando mi amiga durmió en mi cama

Cuando dejé el pueblo y me mudé a la ciudad para estudiar arquitectura, sabía que iba a extrañar, pero no imaginé cuánto. Mis padres me consiguieron un cuarto en el departamento de mi hermana mayor, que ya estaba recibida y trabajaba en un estudio del centro. Ella casi no paraba en casa: dormía en lo de su novio cuatro de cada siete noches, así que el departamento, en la práctica, era mío.

Las primeras semanas fueron raras. La facultad me consumía las mañanas y parte de la tarde, y los huecos los llenaba con apuntes, con láminas, con cafés tristes en la cocina vacía. Mis amigas del pueblo habían elegido otras carreras —magisterio, contabilidad— y nuestros mundos empezaron a separarse sin que ninguna se diera cuenta. Las llamaba los domingos. A veces les mentía un poco: les contaba que la pasaba bien, que tenía gente nueva, que no las extrañaba tanto. La verdad era otra.

Camila apareció en el segundo cuatrimestre. La conocí en una materia tortuosa de cálculo, sentada justo delante de mí. Tenía el pelo largo, castaño, y una costumbre rara de mordisquear el extremo de la lapicera cuando se concentraba. Un día le pedí prestada la goma; al siguiente, los apuntes. Al tercero ya almorzábamos juntas en el patio de la facultad.

Camila vivía en zona oeste, en lo de sus padres, y le quedaba lejos todo. Cuando empezamos a salir de noche con mis amigas del pueblo —ellas venían los viernes que podían—, le ofrecí que se quedara en casa para no volver sola en el último colectivo. Aceptó la primera vez sin pensarlo. Después se hizo costumbre.

Salíamos. Bailábamos. Tomábamos demasiado. A veces alguna del grupo se enganchaba con un chico y desaparecía hasta el otro día. Camila y yo nos quedábamos hasta tarde, sentadas en algún bar barato, hablando de gente que recién conocíamos y de cosas que ni a nuestras madres les habríamos contado. Después volvíamos al departamento abrazadas, riéndonos por cualquier estupidez, esquivando los baldes de los lavavidrios en los semáforos.

La noche que cambió todo no fue distinta a las anteriores. O eso creía yo.

Era agosto, un invierno húmedo y mezquino. Habíamos salido a un boliche en Palermo con mis amigas; ella había probado un trago dulzón que la dejó risueña y un poco pesada en las palabras. A las cuatro de la mañana entramos al departamento tiritando. La calefacción estaba rota desde la semana anterior y mi hermana, claro, no aparecía por ningún lado.

—Te juro que me muero de frío —dijo Camila, sacándose las botas en el living—. ¿Tenés otra frazada?

—Si querés, dormí conmigo —contesté, sin pensarlo demasiado—. Hace menos frío así.

Lo dije como lo había dicho otras veces. Como una de esas cosas que se dicen entre amigas y que no significan nada más que lo que parecen significar.

Nos pusimos los pijamas. El mío era una remera larga de algodón; el de ella, un short corto y una musculosa blanca. Nos metimos bajo el acolchado y apagué el velador. Por la ventana se filtraba la luz naranja del alumbrado público, lo justo para distinguir el contorno de su cara apoyada en la almohada.

—Buenas noches —murmuró.

—Buenas noches.

Me dormí en cuestión de minutos. Lo que vino después lo recuerdo en fragmentos, como si lo hubiera vivido detrás de un vidrio empañado.

Desperté con su mano en mi espalda. No bruscamente; al revés, como si llevara horas ahí. Sus dedos subían y bajaban en una línea lenta, justo encima de la cintura del pijama. Por un segundo pensé que estaba dormida y que era un movimiento involuntario. Pero después escuché su respiración: estaba despierta. Y demasiado cerca.

Mi propia mano —y juro que no recuerdo cuándo se movió— estaba sobre su muslo, por debajo del acolchado.

Ninguna de las dos dijo nada.

Si me quedo quieta, esto no está pasando.

Pero no me quedé quieta. Mis dedos siguieron la curva de su muslo hasta el borde del short y se detuvieron ahí, indecisos. Ella movió la cadera apenas, un milímetro, lo suficiente para que entendiera que no quería que parara.

Me giré hacia ella. En la penumbra anaranjada le vi los ojos abiertos, fijos en los míos. Tenía los labios apenas separados.

—¿Qué estamos haciendo? —pregunté en voz muy baja.

—No sé —dijo ella—. Pero hace un montón que quiero hacerlo.

Eso fue todo. Esas dos frases, y la frontera invisible que hasta ese momento había estado entre las dos se desarmó como un castillo de naipes.

La besé. O ella me besó a mí. Imposible saber quién empezó. Sus labios eran más suaves de lo que esperaba, más blandos. El aliento le sabía un poco al trago dulzón de antes. Mi lengua encontró la suya y no la soltó. Era distinto a besar a un hombre: sin barba, sin urgencia torpe, sin esa cosa que hacen ellos de querer llegar a algún lado.

Nos sacamos los pijamas debajo del acolchado, casi sin separarnos. Sus pechos eran más chicos que los míos, firmes, con pezones diminutos que se endurecieron apenas los rocé. Me incliné y bajé la cabeza hasta ellos. Cuando los lamí, ella soltó un sonido que no era una palabra, algo entre un suspiro y un quejido, y arqueó la espalda.

Su mano se cerró en mi nuca. La otra bajó hasta mi cadera y me empujó contra ella. Sentí su pelvis levantarse para encontrar la mía y un latido caliente, sordo, que me arrancaba el aire.

—Esperaba que pasara esto —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo—. Hace meses. Cada vez que me invitabas a dormir.

No supe qué decir. Yo no lo había esperado, o creía no haberlo esperado. Pero ahora, con su cuerpo desnudo debajo del mío, entendía que tal vez sí. Que tal vez por eso la invitaba. Que tal vez por eso esquivaba a los chicos del boliche cuando ella estaba cerca.

Se dio vuelta y quedó encima mío. Su pelo me caía sobre la cara, los pechos rozaban los míos. Empezó a moverse despacio, con el pubis apretado contra el mío, sin penetración, solo presión y fricción. Me quedé quieta los primeros segundos, sin saber cómo seguir. Después mi cuerpo decidió por mí.

Empecé a moverme con ella. Encontrábamos un ritmo y lo perdíamos; lo recuperábamos. Su mano bajó entre nosotras y sus dedos buscaron mi sexo, abriéndome con una delicadeza que me hizo soltar un gemido más alto de lo que pretendía. Me cerró la boca con la otra mano, riéndose sin reírse.

—Mi hermana no está —jadeé contra su palma.

—Igual.

Sus dedos se hundieron en mí y vi luces. No sé cómo describirlo mejor. Era una mujer la que me tocaba, y ese detalle —que sabía exactamente dónde apretar y con qué fuerza, porque era el mismo cuerpo que el suyo— me derritió. No tuve que explicarle nada. Encontraba todo sola.

El primer orgasmo me agarró desprevenida. Vino largo, en olas, sin dejarme respirar entre una y otra. Le clavé las uñas en el hombro y le mordí la curva del cuello para no gritar. Cuando empecé a aflojarme, ella volvió a empujar y vino otro, más corto, más eléctrico. Y después otro. Nunca antes me habían pasado tres seguidos.

Cuando volví en mí, tenía la cara enterrada en su pelo y los ojos llenos de lágrimas que no eran de tristeza.

—Ahora vos —dijo, agarrándome la muñeca.

Me llevó la mano a su sexo. Estaba mojada, mucho más de lo que yo había estado nunca. Me guió los dedos, me enseñó el ritmo que quería: dos dentro, el pulgar arriba, sin apuro. Mientras, no me soltaba los ojos. Era extraño y hermoso mirarla mientras la tocaba: ver su cara deformarse despacio, la boca abrirse, las pestañas vibrar.

—Más adentro —pidió—. Por favor.

Le obedecí. Después de un par de minutos, me sacó los dedos y se los llevó a la boca. Cerró los ojos y los chupó hasta dejarlos limpios. Nunca olvidé eso. Nunca.

Después me dio vuelta. Me dejó de costado y se acomodó atrás, pegándome el pubis a la mitad superior del culo. Su mano me rodeó la cintura y bajó hasta el clítoris. Empezó a frotarme mientras a la vez ella se refregaba contra mí, despacio al principio, después más fuerte. Sentía su humedad mojándome la piel; sentía cómo su pierna trepaba entre las mías para abrirme más; sentía sus labios en mi nuca, los dientes, la lengua.

—Voy a venirme contra vos —me avisó, casi sin voz.

—Vení.

Lo hizo. Soltó un gemido largo, ronco, que me hizo temblar a mí también. Y mientras se venía siguió moviendo los dedos sobre mí, así que terminé yendo con ella, las dos sacudiéndonos en la oscuridad anaranjada del cuarto, hasta que la respiración se nos calmó y quedamos abrazadas, pegajosas, sin frío por primera vez en toda la noche.

Nos besamos un rato más, despacio, sin hambre. Yo le acariciaba el pelo; ella me dibujaba círculos en la cadera con un dedo. Nos dormimos así, enroscadas, oyéndonos respirar.

***

A la mañana siguiente me desperté con el corazón en la garganta. Tenía la vergüenza de algunas borracheras, esa que te llega antes de abrir los ojos, antes incluso de acordarte de qué hiciste. Pero esta vez me acordaba de todo, perfectamente, y eso era lo peor.

Camila dormía a mi lado. Bocabajo, despeinada, con el pelo cubriéndole la mitad de la cara. Me la quedé mirando un rato largo, calculando qué iba a pasar cuando se despertara. Pensé en levantarme y salir a comprar facturas para tener una excusa, alguna escena cotidiana donde escondernos las dos.

No hizo falta.

Se removió, se estiró como un gato y se giró hacia mí. Tenía la marca de la almohada en la mejilla. Antes de hablar, me dio un beso corto en el cuello, justo debajo de la oreja.

—Buen día —dijo.

—Buen día.

—No me olvidé nada de lo de anoche. ¿Vos?

Me reí, y al reírme me di cuenta de que tenía los ojos llorosos otra vez.

—No —admití—. Yo tampoco.

—¿Y? —preguntó, mordiéndose el labio igual que cuando se concentraba en cálculo—. ¿Cómo la pasaste?

Le agarré la cara con las dos manos y la besé. Despacio, todavía con sabor a noche en la boca, sin culpa por primera vez en muchos meses.

Esa fue mi respuesta. No hizo falta más.

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Comentarios (5)

NocheFelina

Tremendo!! esto si que es calor de verdad jajaja

CamiTDF

Por favor que haya una segunda parte, no puede terminar ahi!!

Valentina_mdp

Me encanto como lo describiste desde adentro, se siente muy real. Se lo mande a una amiga y dice que le paso algo parecido jajaja. Sigan publicando estas historias!!!

LuzMar22

Que relato mas rico, me dejo con ganas de mas. Espero la continuacion!!

toni

increible

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