La encargada del edificio que cambió mis noches
Voy a contar esto sin filtros, porque si lo edito termino sin creérmelo yo misma. Sigo casada, sigo siéndolo en los papeles y a la vista de mi marido, pero hace ya varios meses que arrastro un secreto que se me humedece entre las piernas cada vez que cierro los ojos en el colectivo.
Antes de mudarnos a la casa que tenemos ahora, viví un año largo en un edificio viejo del centro. Tres pisos, escalera angosta, baldosas frías y una encargada que se llamaba Mariana. Treinta y dos años, el pelo siempre suelto, las uñas pintadas de rojo oscuro y una manera de mirar a las mujeres que parecía un saludo y una pregunta al mismo tiempo.
Mariana no coqueteaba con los hombres del edificio. Los atendía con eficiencia, les firmaba los recibos, les guardaba los paquetes y les hablaba lo justo. Con las mujeres, en cambio, era otra cosa. Se quedaba un segundo de más en el saludo, te tocaba el codo cuando te explicaba algo, te recorría el cuerpo con los ojos como si estuviera leyendo un menú.
—¿Cómo andás hoy, hermosa? —me decía cada mañana, apoyada en el marco de su puerta.
Y yo, que volvía del mercado con dos bolsas pesadas, le sonreía como una idiota.
Al principio fue ese tipo de juego que una se permite porque sabe que no va a pasar nada. Yo era una mujer casada, con dos hijas chicas, con un marido bueno que volvía cansado del trabajo y se dormía antes de las once. Mariana era la encargada, una desconocida con un manojo de llaves. Entre las dos había un universo de cosas que nunca íbamos a hacer.
O eso pensaba yo.
Empezó con las bolsas. Cada vez que me veía cargada, salía corriendo, me las arrancaba de las manos y subía conmigo los tres pisos. Lo hacía pegada a mí, rozándome el hombro, el brazo, la cadera. En la última curva de la escalera, donde nadie nos veía, me ponía la mano en la cintura para «ayudarme a no resbalar». La palma siempre bajaba un poco más de lo necesario. Hasta que una tarde me cubrió toda la nalga y la apretó como si me estuviera midiendo.
—Tenés un culo precioso, te lo digo en serio —murmuró cerca de mi oreja—. Si fueras mía, no te dejaría usar ropa interior.
Me reí, nerviosa. No le contesté. Pero esa noche, mientras mi marido roncaba, me toqué pensando en su mano.
Después de ese día, las cosas escalaron rápido. Mariana me bajaba el pantalón cuando subíamos las escaleras, supuestamente para «admirar el modelo» de la tanga que llevaba puesta. Si llevaba vestido, me lo levantaba un segundo, lo justo para soltar un suspiro teatral. Yo nunca le pedí que parara. Tampoco le dije que siguiera. Me dejaba hacer como quien cierra los ojos en una montaña rusa.
Esto no es nada, me decía. Estos juegos no cuentan.
Por supuesto que contaban.
***
La noche que pasó lo que iba a pasar tarde o temprano, eran las ocho. Mi marido se había llevado a las nenas a la casa de mi suegra y yo volvía sola de una reunión de trabajo, con esa cabeza ligera que dan dos copas de vino mal medidas. Metí la mano en el bolso para buscar las llaves y no estaban. Las había dejado sobre la mesa de la cocina esa mañana. Lo recordé en el segundo exacto en que los dedos tocaron el forro vacío.
Bajé al primer piso y golpeé la puerta de Mariana.
—Disculpame, me olvidé las llaves arriba. ¿Tenés la copia?
Me miró de arriba abajo, despacio. Tenía puesta una musculosa negra sin corpiño y un pantalón corto de algodón. La luz amarilla del pasillo le marcaba todo.
—Tengo —dijo—. Subo con vos.
Subimos en silencio. Yo iba adelante, ella detrás, y sentía la mirada clavada en mi espalda como un dedo. En el descanso del segundo piso me agarró de la muñeca y me hizo girar.
—Esperá.
—¿Qué pasa?
—Nada. Quería verte la cara.
Me sostuvo la mirada tres segundos más de lo normal. Después soltó mi muñeca y siguió subiendo como si nada hubiera ocurrido.
Cuando llegamos a mi puerta, sacó el llavero, encontró la copia y la metió en la cerradura. Pero antes de hacer girar la llave, se volvió hacia mí.
—¿Querés que entre con vos? Por si hay alguien.
—No hay nadie.
—Por las dudas.
Abrió la puerta, me dio un empujón suave en la espalda y entró detrás de mí. Yo todavía tenía el bolso colgando del hombro cuando escuché el cerrojo cerrarse. Me di vuelta y ahí estaba Mariana, apoyada contra la puerta, con la sonrisa de quien lleva meses esperando.
—¿Y ahora? —pregunté, y mi voz salió más baja de lo que esperaba.
—Y ahora dejame hacer lo que vengo queriendo hacer desde que te vi por primera vez.
Caminó hacia mí, me tomó la cara con las dos manos y me besó. No fue un beso tímido ni de prueba. Fue un beso con lengua, con dientes, con planes. Me apretó contra la pared del pasillo y me metió el muslo entre las piernas. Sentí el calor de su pierna contra la tela del pantalón y, sin darme cuenta, empecé a moverme contra ella.
No lo pienses, me dije. Si lo pensás, vas a parar.
Y no quería parar.
Me arrastró hacia la habitación. La habitación donde dormía con mi marido, con la cama tendida y la foto de las nenas sobre la mesa de luz. Eso debería haberme detenido. Tendría que haber sido una alarma. Pero fue lo contrario: el cuarto familiar, el olor a mi vida normal, hizo que todo lo que estaba pasando se sintiera mil veces más prohibido y mil veces más excitante.
—Sacate todo menos la tanga —ordenó, mientras se sacaba la musculosa de un tirón.
No tenía nada debajo. Pechos chicos, pezones oscuros, una cicatriz vieja sobre el ombligo. Me quedé mirándola como si nunca hubiera visto otro cuerpo de mujer, y en cierto modo no lo había visto: no así, no para tocarlo, no para morderlo.
Me saqué la blusa, el sostén y el pantalón. Quedé en una tanga negra de encaje que me había regalado mi marido para un aniversario y que él casi nunca veía, porque la guardaba para «ocasiones especiales». Esa noche, la ocasión especial era otra.
Mariana también se dejó la suya: una bombachita roja, casi infantil, que contrastaba con todo lo demás de ella.
—No nos las sacamos —dijo, mientras me empujaba sobre la cama—. Me gusta más así.
***
No voy a poder contar las horas siguientes en orden, porque fueron un solo bloque de cuerpo, boca y respiración. Mariana me trataba como si fuera suya desde antes de conocerme. Me corrió la tanga con dos dedos y me lamió despacio, sosteniéndome las caderas para que no me escapara. Yo me mordía la palma de la mano para no gritar, porque por más que no hubiera nadie en casa, gritar me daba vergüenza.
—No te aguantes —me dijo, levantando la cara—. Quiero escucharte.
Pero no podía. No esa primera vez. Lo que sí podía era pedirle más, en susurros, con la cara tapada por la almohada de mi marido. Más, más, no pares, ahí, ahí.
Después fue mi turno. Me dijo que me pusiera arriba, que era la única forma en que iba a aprender. La monté como pude, con las rodillas a los costados de su cara, y ella me agarró las nalgas y me bajó hasta su boca. Le devolví el favor con la lengua y los dedos, copiando lo que ella me había hecho. No sabía si lo estaba haciendo bien, pero por la forma en que me apretaba la cabeza contra su entrepierna, supuse que no estaba tan mal.
En un momento se levantó, fue hasta su bolso —no recuerdo cuándo lo había llevado a la habitación— y sacó un vibrador de silicona morada. Lo apoyó sobre la mesa de luz como quien deja una llave de repuesto.
—Lo trajimos por las dudas —dijo, sonriendo.
—¿Lo trajimos?
—Yo y mis ganas.
Lo usó conmigo, primero acostada, después arriba de ella. Encendió música desde su celular, algo de reggaetón viejo y lento que latía igual que nosotras. Yo no era de escuchar esa música. Esa noche lo fui.
***
Terminamos a las cinco de la mañana. Las dos transpiradas, con marcas de dedos y de dientes en lugares que no se ven con ropa. Mariana se vistió, me besó el hombro y me dijo que durmiera. Antes de cerrar la puerta, se dio vuelta.
—Mañana te toca subir vos. Vení a buscar las llaves que te olvidaste.
No me había olvidado ninguna llave. Las tenía sobre la mesa de la cocina, justo donde las había dejado a la mañana. Pero al otro día, a las ocho de la noche, bajé a su puerta.
Y al otro. Y al otro.
***
Durante meses, cada vez que mi marido estaba de viaje o las nenas dormían en lo de su abuela, Mariana subía a mi cama. Siempre a la nuestra, nunca al sillón ni a la cocina. Ella decía que le gustaba imaginar que era yo quien la había invitado oficialmente, que estaba ocupando un lugar prestado. A mí también me gustaba esa idea, aunque me daba culpa pensarla a la mañana siguiente, cuando cambiaba las sábanas a las apuradas antes de que llegara mi familia.
Me regalaba ropa interior. Tangas de hilo, bombachas con moños, conjuntos de encaje que ningún hombre me habría comprado nunca. Las modelaba para ella en mi propia habitación, frente al espejo del placard, mientras ella me miraba sentada sobre la cama, con un cigarrillo entre los dedos que nunca llegaba a encender.
—Date vuelta —me decía—. Inclinate. Ahora bajá la cabeza. Así. Así me gustás.
Y yo obedecía, como si esa parte de mí siempre hubiera sabido obedecer y recién ahora hubiera encontrado a quién.
***
Nos mudamos hace un par de meses. La casa nueva está a veinte cuadras del edificio viejo. Mi marido cree que dejé atrás el barrio, los ruidos, la encargada chusma. No sabe que Mariana tiene mi nuevo teléfono, ni que me visita una vez por semana cuando él se va a jugar al fútbol los miércoles.
La cama nueva no es tan firme como la otra. Cruje. La primera vez tuve miedo de que se rompiera. Mariana se rio y me dijo que iba a aguantar, que las camas siempre aguantan más de lo que una imagina, igual que las mujeres casadas.
No sé hasta cuándo va a durar esto. A veces me prometo a mí misma cortar, le bloqueo el número durante un día y a la noche lo desbloqueo. Otras veces fantaseo con contarle todo a mi marido, no para pedir perdón sino para ver qué cara pone. La mayoría de las veces, sin embargo, no fantaseo con nada. Espero el miércoles. Pongo sábanas limpias. Me baño. Me pongo la tanga que ella me regaló la última vez.
Adoro ser una mujer infiel. Lo digo con todas las letras y sin pedir disculpas. Adoro la doble vida, la culpa del jueves, la sonrisa estúpida del jueves a la noche cuando mi marido me toca y yo me dejo tocar pensando en otra. Adoro saber que mi cuerpo tiene un lugar al que volver y otro al que escapar.
Y si Mariana algún día deja de subir las escaleras, voy a buscar a otra. De acá ya no se vuelve atrás.