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Relatos Ardientes

La talla menor que le di a propósito en el vestidor

Reconocí a Valentina desde que cruzó la puerta de cristal y dejó atrás la luz de la calle. Llegaba a la entrevista con un vestido azul marino, recatado de cuello pero ajustado en las caderas, y un mechón rubio cayéndole sobre la sien izquierda. Tenía un tatuaje pequeño en el hombro derecho —una cascada cayendo hacia un lago— que asomaba bajo la tela de la manga corta cada vez que movía el brazo.

Yo era jefa de personal en la oficina central, llevaba dos años saliendo en serio con Mateo y nunca antes me había detenido tanto en otra mujer. Pero cuando Valentina se inclinó para firmar la planilla de ingreso, no pude evitar mirarle el escote. El vestido intentaba contenerle el pecho sin lograrlo del todo. Su cintura era estrecha, sus caderas anchas, y las piernas terminaban con esa firmeza tranquila de quien ha caminado mucho y nunca lo ha pensado dos veces.

—Vienes muy bien recomendada —le dije, intentando que la voz me saliera normal.

—Gracias. Tenía muchas ganas de esta entrevista —contestó, y al sonreír se le marcó un hoyuelo en la mejilla izquierda.

Me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Yo bajé la vista al papel, como si los datos del formulario me interesaran.

La contraté esa misma mañana. No solo por el currículum: por algo en la manera en que se sentaba, como si le costara ocupar tanto espacio y al mismo tiempo no quisiera disculparse por ocuparlo.

Empezó a los dos días.

***

Esa primera semana intenté tratarla como a una más. Le presenté al equipo, le mostré la cafetera, le expliqué los códigos de acceso. Pero cada vez que pasaba cerca de mi escritorio, yo levantaba la vista. No me daba cuenta hasta que era tarde, hasta que ya había rotado el cuello buscándola entre los cubículos.

Es admiración. Es competencia sana entre mujeres. Es que es muy guapa, no hay más.

El jueves de su segunda semana, Valentina apareció junto a mi silla mientras yo tecleaba un informe.

—Disculpa —susurró—. Me dijeron que tenía que verte para el tema del uniforme.

Giré la silla. La tenía justo arriba, contra la luz cenital, y desde ese ángulo el escote me ocupó toda la vista antes de que pudiera obligarme a mirarle la cara. Tragué saliva sin disimular del todo.

—Claro. Acompáñame.

Caminé delante. La bodega quedaba al fondo del pasillo, una habitación rectangular con estanterías metálicas, dos espejos de cuerpo entero y una cortina que separaba la zona de probador. Hacía meses que nadie entraba ahí más que para inventario.

—¿Qué telas prefieres? —le pregunté, hojeando el catálogo.

—Que respiren, si se puede. Soy de calor.

Sonreí sin mirarla. Apunté la opción.

—Talla.

—M, normalmente. A veces L de hombros.

Asentí. Anoté M en el formulario.

Empezó a contarme, sin que yo se lo pidiera, que venía de un trabajo donde no la dejaban ni respirar, que ahora vivía sola, que su gato se llamaba Pedro, que le encantaba la ropa pero no tenía tiempo de comprarla. Yo le respondía con monosílabos al principio y de a poco con frases enteras. Le hablé de la tienda donde modelé un tiempo. Le hablé del verano en Cabo San Telmo. Le hablé de cosas que llevaba meses sin contarle ni a Mateo.

Cuando levanté la vista del reloj, había pasado casi una hora.

—Carajo —dije—. Tenía una reunión.

—Yo te robé el tiempo, perdón.

—No, lo robé yo.

Nos reímos las dos, cortas, mirándonos demasiado. Me agaché a sacar tres blusas del estante de abajo. Cuando las tomé, no busqué la M. Saqué tres talla S, despacio, sin que ella me viera. Después me erguí y se las entregué.

—Pruébate estas a ver si te sirven. Yo te espero acá afuera.

Valentina cruzó la cortina. La cortina era pesada, opaca; solo se le veían los pies descalzos sobre el suelo de baldosa fría.

Me senté en el banquito y crucé las piernas. Después las descrucé. Después intenté concentrarme en el catálogo y descubrí que llevaba dos minutos mirando la misma página sin entender qué decía.

***

Pasaron diez minutos.

Pasaron quince.

Iba a llamarla cuando la oí, débil, casi tapada por el aire acondicionado.

—Camila…

—¿Sí?

—Creo que… necesito ayuda.

Me levanté tan rápido que la silla chirrió contra el suelo. Aparté la cortina y me quedé congelada en el umbral.

Valentina estaba de pie en medio del probador, en sostén y braga negros de algodón, ningún encaje, nada elaborado, y de algún modo eso fue peor. Había logrado meter la cabeza dentro de la blusa, pero los brazos se le habían trabado en las mangas y la tela se le había detenido a la altura del pecho. Tenía la cara cubierta por la prenda blanca, los brazos abiertos en cruz, las muñecas atrapadas en los puños demasiado estrechos. El sostén la sujetaba apenas: dos copas tensas que se movían con cada intento de zafarse.

Y detrás de ella, el espejo.

El espejo me mostraba su espalda, la curva de la columna entrando en el resorte de la braga, los hoyuelos sobre el sacro, el muslo apoyado en la otra pierna en un intento de equilibrio. Cuando ella se sacudió para salir de la blusa, el espejo me devolvió su pelvis empujándose hacia adelante en pequeños saltos, los pechos saltando contra el sostén, el cabello rubio aplastado bajo la tela.

No me moví.

—¿Camila?

—Sí, sí, ya voy.

No fui.

Me quedé otro segundo, dos, tres, mirando, sintiendo cómo la cara me empezaba a arder desde el cuello hacia arriba. Después di un paso atrás, hacia la cortina, hice un poco de ruido a propósito como si recién llegara, y entré de nuevo aclarándome la garganta.

—Tranquila. Déjame que te ayudo.

—Me equivoqué de talla —dijo, la voz amortiguada por la tela.

—Es culpa mía. Te traje una S.

—¿Una S?

—Lo siento. Me confundí.

—¿Te confundiste?

No me contestó nada más. No sé si fue porque la blusa le tapaba la voz o porque ya había entendido.

Me acerqué a ella desde atrás. Lo primero que tenía que hacer era pasar los dedos entre la tela y la piel y empujar hacia arriba para sacarle la blusa por la cabeza. Era una operación de diez segundos.

Tardé bastante más.

Le puse la palma abierta sobre la zona baja de la espalda, justo donde la columna se hunde antes del nacimiento de la braga. La piel le ardía. No de calor: de vergüenza, o de otra cosa. Subí la mano despacio, llevándome la blusa con los nudillos. Mis dedos rozaron el cierre del sostén, lo pasaron de largo, siguieron subiendo entre los omóplatos. La blusa se le aflojó. Ella inhaló por la nariz, contuvo el aire un instante y lo soltó muy lento.

—Ya casi.

—Mmh.

No era un sí. No era un no. Era el sonido de alguien que no quería que se acabara.

Le pasé la otra mano por el costado, por la curva debajo del brazo, para liberarle una muñeca. Mis dedos rozaron sin querer la línea exterior del pecho, donde el sostén deja la piel libre. La sentí estremecerse. Yo también.

—Levanta los brazos. Despacio.

Levantó los brazos. La blusa subió hasta dejar a la vista la barbilla, después la boca entreabierta, después los ojos. Tenía las pupilas muy negras y la frente brillante.

Cuando le saqué por fin la blusa por la coronilla y se la dejé colgando de un dedo, Valentina no se movió. Tenía los brazos todavía arriba, las manos en mis hombros, como si no se hubiera dado cuenta de que ya estaba libre.

Yo tampoco bajé la mía. La tenía apoyada en su omóplato izquierdo.

Nos miramos.

—Camila —dijo en voz muy baja—, ¿me trajiste una S a propósito?

Podría haber mentido. Podría haberme reído, haberle dicho que era un error de inventario, haberle pedido perdón otra vez. La cortina del probador estaba cerrada, la bodega vacía, el pasillo del fondo nunca tenía a nadie a esa hora. Mateo no existía dentro de ese cuarto. Mi vida tampoco.

Apreté un poco los dedos sobre su hombro.

—Sí.

No bajó los brazos. Los dejó donde estaban, alrededor de mi cuello, sin terminar de cerrarlos. Esperaba algo. Yo también lo esperaba, aunque hasta ese momento no había sabido qué.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque desde la entrevista no puedo dejar de mirarte.

—Yo tampoco.

Lo dijo así, sin pausa, como si lo tuviera preparado desde hacía días. Como si lo único que estuviera esperando fuera que yo me equivocara primero.

Sentí su aliento contra mi mejilla. Sentí el aire acondicionado golpearle la piel desnuda de la espalda. Sentí el espejo detrás reflejándonos a las dos en una postura que no podía explicarse de ninguna manera inocente.

Me incliné apenas.

Ella inclinó la cara hacia mí, tan despacio que me dio tiempo de elegir, de retroceder, de decirle que esto no había pasado.

No retrocedí.

La besé.

Fue un beso pequeño primero, apenas un contacto, los dos labios contra los dos suyos. Ella ladeó la cabeza y entreabrió la boca. Yo entreabrí la mía. Cuando su lengua tocó la mía, sentí que se venía abajo todo aquello que llevaba dos años contándome.

Me apartó solo para respirar y volvió a buscarme. Me apretó la nuca con una mano. Con la otra me agarró la solapa de la camisa y tiró, sin abrir, solo afirmando una propiedad.

—Cierra la cortina bien —murmuró contra mi boca.

La cerré sin mirar, palpando, sin separar la cara de la suya.

Cuando me di la vuelta, ella ya se había sentado en el banquito de madera, todavía en ropa interior. La blusa enredada estaba en el suelo, una bola blanca y arrugada. Me extendió la mano. Le di la mía y dejé que tirara de mí hacia abajo.

Pero esa parte de la historia, todavía, no me animo a contarla.

***

Salimos del probador media hora después.

Yo llevaba el pelo desordenado y la camisa con un botón menos. Valentina llevaba puesta una blusa M, la talla que le correspondía, con todo el cuerpo dentro y los brazos perfectamente metidos en las mangas.

Caminamos hasta el final del pasillo sin tocarnos. Cuando llegamos a la puerta de la oficina principal, ella se giró y me dijo:

—Mañana hay que probarme los pantalones.

—Ajá.

—¿Vas a traerme una talla menos?

La miré sin contestar.

—Que sí, Camila —insistió, sin sonreír—. Tráeme una S.

Después atravesó la oficina, saludó a un par de compañeros, se sentó en su escritorio y empezó a trabajar como si nada hubiera pasado.

Yo me quedé apoyada contra el marco. Mi teléfono vibraba en el bolsillo. Era Mateo. No lo contesté.

Por primera vez en años entendí, muy claro, que mi vida acababa de partirse en dos.

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Comentarios (6)

Pauli_89

buenísimo!! me dejo sin palabras

GabiRosa

Que picardía la del vestidor jajaja. Me encanto como lo narraste, se siente muy real.

ValeriaCR

Relato muy bueno, la tension desde el principio es increible. Seguí escribiendo por favor!

NadiaCba

hay segunda parte?? me quede con ganas de saber mas :)

Cris_mdq

No es facil escribir bien algo así y acá se nota que hay talento. Muy bueno.

RoxiMdP

me recordó a algo parecido que viví jaja... esas situaciones son las mejores

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