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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la ducha entre cuatro amigas

Marina y sus amigas —Lucía, Paula y Noa— llevaban meses planeando aquel viaje. Eran amigas desde el colegio, todas rondaban los veinticinco, y la idea de pasar una semana entera en una playa nudista les parecía la mejor forma de celebrar que por fin tenían vacaciones a la vez. Habían reservado un hotel de lujo con todo incluido, frente al mar, en una cala discreta del sur. Sol, arena, cócteles y la libertad de estar desnudas sin que nadie las juzgara.

Llegaron a media mañana. La suite era enorme: una cama inmensa, un baño abierto a la habitación con una ducha en la que cabían de sobra cuatro personas, un pequeño jacuzzi y un balcón con vistas al agua. Dejaron las maletas tiradas por el suelo y, sin perder un minuto, se pusieron los bikinis, cogieron las toallas y bajaron directas a la playa.

Buscaron un rincón apartado, lejos de las miradas curiosas, donde poder tumbarse tranquilas. Lucía, la más lanzada del grupo, fue la primera en quitarse la parte de arriba y luego la de abajo. Se quedó de pie frente a las demás, las manos en las caderas, sonriendo.

—¿Qué pasa, chicas? ¿No os desnudáis? —dijo con un tono pícaro.

Las otras tres se rieron y la imitaron. La ropa quedó hecha un ovillo sobre las toallas. Se tumbaron al sol, abrieron unas cervezas frías y dejaron pasar la tarde entre baños, charlas y risas. A medida que el sol bajaba y las cervezas se acababan, la conversación fue subiendo de temperatura.

Lucía hablaba con Marina cuando, de pronto, se quedó mirándole el pecho sin disimulo.

—Mira que las tienes bonitas, joder. Qué suerte —soltó, casi sin pensar.

Marina se puso colorada. Paula y Noa se echaron a reír.

—Eso, encima vosotras dos riéndole la gracia —protestó Marina, lo que provocó más carcajadas en el grupo.

Noa se incorporó de golpe y, señalándose la entrepierna, se quejó de que la piel se le irritaba cada vez que se depilaba y de que no sabía qué hacer. La tenía enrojecida del rasurado de antes del viaje.

—El mío está igual y no tengo ese problema —dijo Lucía, mostrándolo sin pudor—. Uso una maquinilla especial, de las buenas.

Paula y Marina, que llevaban el vello bien recortado pero presente, enseñaron también su sexo y comentaron que ellas no sufrían esa irritación.

—A mí me gustaría tenerlo del todo liso —confesó Marina—, pero no me atrevo a rasurarme entera. Me da miedo cortarme. Estaba pensando en buscar un sitio que lo haga bien.

Lucía arqueó una ceja.

—¿Y vas a dejar que una desconocida cualquiera te meta la mano ahí? ¿No es mejor que te lo arreglemos nosotras?

Marina dudó. Se mordió el labio.

—No sé qué prefiero, la verdad. Si que me toque una extraña o que me toquéis vosotras.

—Anda, anda, no seas tonta —contestaron sus amigas casi al unísono.

—Lo llevas muy bien, eh, no te creas —insistió Lucía—. Pero ese estilo ya no se lleva. Te lo dejamos perfecto.

Paula, que había estado callada observándolas a todas, decidió hablar.

—Oye, pues yo sí quiero. Si me lo queréis arreglar, encantada.

Lucía y Noa la miraron sorprendidas.

—Pues no se hable más. En cuanto volvamos al hotel, te lo hacemos —dijo Lucía. Luego se giró hacia Marina—. Y tú deberías animarte también.

Marina aceptó con la boca pequeña, aunque en el fondo lo deseaba. Solo le daba un poco de vergüenza reconocerlo.

Eran cerca de las ocho cuando Noa miró el cielo anaranjado.

—¿Nos vamos ya? Que si encima nos tenemos que duchar y hacer todos esos trabajitos, cenamos a las tantas.

Recogieron las cosas, se pusieron los bikinis por encima y enfilaron hacia el hotel. Pocos minutos después entraban por la puerta de la suite.

***

Marina y Paula empezaron a desnudarse mientras Lucía y Noa preparaban el material. Lucía había traído un cortapelo pequeño para rebajar el vello y varias cuchillas nuevas para el apurado final. Lo dejó todo sobre el lavabo y se volvió hacia las demás.

—Como la ducha es grande y cabemos las cuatro, nos duchamos juntas y así no tardamos tanto. ¿Os parece?

Asintieron y se metieron bajo el agua caliente. Se enjabonaron despacio, se quitaron la arena y la sal, y se ayudaron unas a otras con la espalda. El vapor lo llenaba todo, los cuerpos se rozaban en aquel espacio reducido y nadie parecía tener prisa por salir. Cuando terminaron, Lucía se dirigió a Noa con una sonrisa.

—Trae dos de esas sillas de plástico, anda, para que las señoritas se sienten mientras les arreglamos el matojo.

Noa obedeció muerta de risa. Marina y Paula la miraron con cara de pocos amigos.

—Oye, si algún día te quedas sin trabajo, te vas de monologuista —le soltó Marina—. Seguro que triunfas.

Todas se rieron de la ocurrencia. Lucía señaló las sillas.

—Venga, sentaos aquí. Marina, delante de mí. Paula, delante de Noa. Os paso primero el cortapelo y luego rasuramos.

Lucía empezó a recortar el vello de Marina con cuidado. De vez en cuando le rozaba el muslo, o apoyaba los dedos sobre el pubis para tensar la piel y pasar mejor la máquina. Marina intentaba quedarse quieta, pero el cuerpo la traicionaba: pequeños espasmos le recorrían las piernas cada vez que sentía aquellos dedos cerca. Cuando Lucía terminó, le pasó el cortapelo a Noa para que hiciera lo mismo con Paula.

Listas ya las dos, Lucía cogió el bote de gel de afeitar.

—Chicas, ahora no os mováis. Tenemos que estirar bien la piel para pasar la cuchilla, así que os vamos a tocar bastante. Lo aviso, ¿vale?

Les puso un poco de gel en la mano y les pidió que se lo esparcieran. Con la espuma blanca cubriéndoles el sexo, Lucía y Noa empezaron a deslizar las maquinillas, sujetando los labios con los dedos para apurar cada zona. Por mucho que lo intentaran, Marina y Paula no podían evitar moverse al sentir aquel contacto resbaladizo. A cada pasada, las manos comprobaban con las yemas si la piel quedaba lisa, y cada roce arrancaba un suspiro contenido.

Las cuatro estaban encendidas. Los pezones se les habían puesto duros, la respiración se había vuelto pesada. Cuando terminaron de apurar, Lucía y Noa retiraron la espuma sobrante con el agua de la ducha cercana. Y entonces, sin pensárselo, Lucía se arrodilló frente a Marina y acercó la boca a su sexo recién depilado.

Marina se quedó inmóvil, las manos agarradas a los bordes de la silla.

—Lucía, ¿qué haces? —susurró.

—Comprobar que ha quedado suave —respondió ella sin apartarse, la lengua trazando un lento recorrido—. Y mírate las tetas, de lo cachonda que estás.

Marina dejó caer la cabeza hacia atrás y se rindió. A su lado, Noa miraba la escena con la boca entreabierta.

—Joder, yo también quiero —dijo, y se lanzó sobre el sexo de Paula.

Las dos lamieron con esmero a sus amigas. Marina y Paula se retorcían en las sillas, gimiendo cada vez más alto, sujetándose la una a la otra de la mano sin darse cuenta. La tensión que habían arrastrado toda la tarde estalló de golpe: las dos llegaron al orgasmo casi a la vez, con un grito ahogado, temblando entera.

***

Lucía no podía más. Se levantó, cogió a Marina de la muñeca y la llevó hasta la cama. Se tumbó boca arriba, abrió las piernas y la miró.

—Ahora tú a mí.

Marina se arrodilló entre sus muslos, todavía aturdida, e intentó devolverle lo que acababan de hacerle. Lo hizo con torpeza al principio, sin saber muy bien por dónde empezar, pero el deseo le enseñó rápido. Pronto Lucía arqueaba la espalda y enredaba los dedos en su pelo.

Mientras tanto, Paula y Noa se acercaron también a la cama, besándose y acariciándose por el camino. Se colocaron una a cada lado de Lucía y, mientras Marina seguía con la lengua, ellas jugaban con sus pechos, los lamían, los apretaban con suavidad.

Lucía estaba en la gloria, rodeada de sus tres amigas, recibiendo placer por todas partes. Cuando se corrió, se incorporó de golpe, agarró a Marina por las caderas y la atrajo hacia sí para devorarle los pechos, esos que tanto había envidiado en la playa. Disfrutó cada centímetro, las aréolas hinchadas, los pezones duros como piedras.

A los pies de la cama, Paula y Noa se habían colocado en un sesenta y nueve. Entre lametones y dedos, se escuchaban suspiros y nombres dichos a medias.

Pasado un rato, Marina quedó tumbada boca arriba. Noa se sentó sobre su cara y, mientras ella la saboreaba, Paula le comía a Marina el sexo y Lucía hundía la cara entre los muslos de Paula. Era una cadena de cuerpos enredados, una buscando el placer de la otra sin parar. Se comieron las unas a las otras, se retorcieron, se corrieron entre gemidos que el agua del jacuzzi vacío parecía devolver multiplicados.

Cayeron rendidas sobre el colchón, las cuatro boca arriba, las respiraciones agitadas. Pero todavía les quedaba cuerda. Empezaron a masturbarse las unas a las otras: Lucía, en el centro, metía la mano entre las piernas de Paula y de Noa al mismo tiempo, y ellas, con los ojos perdidos, gemían en voz baja.

—Ven —le dijo Marina a Paula—, quiero que nos comamos a la vez.

Paula obedeció y se colocaron en un sesenta y nueve, comiéndose con ganas, lengüetazos rápidos, la boca hundida hasta el fondo. A su lado, Noa se había sentado al borde de la cama y Lucía, de rodillas frente a ella, le metía dos dedos mientras la lamía.

Las cuatro llegaron una última vez, casi a la par, y se desplomaron sobre las sábanas revueltas, destrozadas y completamente satisfechas.

Era cerca de medianoche y ninguna tenía ganas de bajar a cenar. Decidieron pedir algo al servicio de habitaciones y meterse luego en el jacuzzi a relajarse, a comentar entre risas todo lo que acababa de pasar. Y quizá, solo quizá, a empezar de nuevo. Al fin y al cabo, les quedaban seis días por delante.

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