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Relatos Ardientes

La esgrimista que me hizo bajar la guardia

Renata no recordaba la última vez que había terminado un asalto con ganas de quitarse la careta. Hacía tanto que el metal y el sudor eran su única piel que ya ni notaba la diferencia entre el uniforme y ella misma.

Desde el primer día del clasificatorio no había hablado con nadie más de lo imprescindible. Entraba a la pista, ganaba, se marchaba. Sus combates eran quirúrgicos, rápidos, casi clínicos. Tocaba y se apartaba antes de que la otra entendiera siquiera dónde la habían herido.

Bastaba un mal apoyo de la rival para que ella encendiera ese instinto frío de cazadora. Las hacía llorar sobre la pista y no lo lamentaba. Es más, había noches en que se preguntaba si no llegaba a disfrutarlo, mientras se quitaba la chaqueta con las manos todavía tensas de contener al mundo entero.

Esa tarde, sin embargo, algo se torció. No en el resultado. Después. Cuando salió por la zona de carga del polideportivo rumbo a su coche, creyó que por fin se había librado de todas las miradas. Y entonces escuchó pasos. Un nombre dicho a media voz. El suyo.

Selene.

No se volvió. No por soberbia, sino por miedo. No sabía qué le daba más vértigo: su voz, o esa manera que tenía de mirarla como si todavía valiera la pena rescatarla.

Aun así sintió el impulso de detenerse. Solo un segundo. Solo para comprobar si de verdad estaba ahí. Pero subió al coche sin mirar atrás, y esa noche, por más que lo intentó, no consiguió dormir.

Por primera vez en años alguien no quería derrotarme. Quería quedarse.

Y eso, para Renata, era más peligroso que perder.

***

La residencia del centro de alto rendimiento tenía un silencio distinto al de cualquier otra parte. No era calma. Era una espera tensa, la de un animal que no duerme y solo acecha.

Renata se quitó la chaqueta con movimientos meticulosos. Debajo seguía llevando la malla del uniforme, pegada al cuerpo por el sudor seco. No se había molestado en cambiarse desde el torneo. El florete descansaba sobre el escritorio como si todavía pudiera herir solo por estar ahí.

El cuarto era austero: una cama individual con las sábanas estiradas hasta la perfección, una repisa con medallas que no brillaban más que las cicatrices que había aprendido a esconder. Se sentó al borde del colchón sin encender la luz, dejando que la penumbra la envolviera. Esa oscuridad le parecía más honesta que toda la rigidez del día.

—Selene —dijo en un susurro, y algo parecido a una sonrisa le rozó la boca.

El nombre llevaba horas dándole vueltas en la cabeza como una nota sostenida demasiado tiempo. No era el parecido. Esos ojos color miel la habían descolocado desde el primer cruce de hojas, sí, pero había algo más. Un eco, como si esa mujer no fuera una desconocida en absoluto.

Y entonces lo recordó.

***

Seis años atrás. Una final universitaria, el pabellón lleno, los focos cegando por momentos. Renata acababa de estrenar el maillot de la selección y a su lado estaba Daniela, riéndose antes de calarse la careta.

—Tienes una admiradora preciosa —le dijo entre risas—. La del uniforme azul de la grada. No te ha quitado los ojos de encima desde que entraste.

Renata la había buscado con la mirada. En la tercera fila, justo en el centro, una chica de unos veinte años, con el pelo recogido en una trenza apretada, la observaba con una intensidad casi solemne. Tenía esos ojos enormes que parecían beberse cada movimiento, como quien estudia un mito en marcha.

No reaccionó. Solo se sintió incómoda. Daniela, en cambio, soltó una risita de celos fingidos.

—Oye, que ni a mí me miras así.

Renata se rió y le dio un codazo flojo.

—Cállate, tonta.

—Ya verás —siguió Daniela, con picardía—. Esa chica va a estar en todos los torneos. ¿No la ves? Hasta está tomando apuntes, como si fueras una clase magistral. Le importas más a ella que a tus entrenadores.

Renata no le dio más vueltas. Una rival en formación, otra cría con ídolos. Pero no fue la última vez que la vio. La misma chica volvió a aparecer en dos regionales, después en una final nacional. Siempre en las gradas, siempre con esa mezcla de devoción y nervios. Nunca se acercó. Nunca habló. Pero estuvo ahí, con esa mirada de miel que Renata jamás llegó a olvidar del todo.

—¿Eras tú? —murmuró ahora, en la oscuridad de su cuarto.

Selene. El nombre cobraba otro sentido. No era una aparición nueva. Era un eco que había estado esperando años a que ella se diera cuenta. Quizá por eso, desde el primer toque, fue su cuerpo el que la reconoció antes de que su mente entendiera nada.

***

Llamaron a la puerta a las dos de la madrugada.

Renata supo quién era antes de abrir. Lo supo por el modo en que se le aceleró el pulso, traidor, idiota. Cuando giró el picaporte, Selene estaba apoyada en el marco con el pelo suelto sobre los hombros y una chaqueta deportiva que no terminaba de cerrar.

—No deberías estar aquí —dijo Renata.

—Lo sé. —Selene no se movió—. Y aun así no me has cerrado la puerta.

Tenía razón. Renata se odió un poco por eso. Se hizo a un lado lo justo, y la otra entró como si llevara años teniendo derecho a hacerlo.

La habitación pareció encogerse. Selene olía a jabón barato y a algo más cálido debajo, a piel después del esfuerzo. Se quedaron de pie, demasiado cerca, midiéndose igual que en la pista, solo que esta vez ninguna de las dos llevaba careta.

—Te he mirado durante seis años —dijo Selene en voz baja—. Aprendí esgrima por ti. Aprendí a perder por ti. Lo único que nunca aprendí fue a dejar de querer acercarme.

—No soy lo que crees que soy.

—No me importa lo que seas en la pista. —Levantó una mano y le rozó la mandíbula con las yemas, despacio, como si comprobara que era de verdad—. Me importa lo que tiemblas ahora mismo.

Renata estaba temblando. La detestó por notarlo y se detestó más a sí misma por no apartarse.

Fue ella quien acortó la distancia. La besó con la misma precisión seca con la que tocaba en un asalto, rápido, sin aviso, buscando el punto exacto. Pero Selene no era un blanco que cayera. Le devolvió el beso lento, abriéndole la boca, mordiéndole el labio inferior hasta arrancarle un sonido que Renata no recordaba ser capaz de hacer. Le metió la lengua entera, se la enroscó en la suya, la chupó como si llevara años relamiéndose los labios pensando exactamente en eso. Renata sintió cómo se le encharcaban las bragas en dos segundos, así, sin más, con una humedad que no había pedido permiso.

—Despacio —murmuró Selene contra su boca—. No estás compitiendo.

Esas dos palabras le desarmaron algo por dentro. Renata dejó caer las manos sobre la cintura de la otra, tiró de la chaqueta hacia abajo y la dejó resbalar al suelo. Debajo no llevaba nada que ocultara gran cosa: una camiseta fina, sin sujetador, los pezones marcándose duros contra la tela. Se los pellizcó por encima del algodón, primero uno y después el otro, retorciéndolos entre los dedos hasta que Selene abrió la boca en un jadeo mudo. Le levantó la camiseta con las dos manos y se agachó a chupárselos directo, sin preámbulos, atrapando uno entero contra el paladar mientras le pinzaba el otro entre el índice y el pulgar. Los tenía pequeños, oscuros, tan tensos que se le clavaban en la lengua.

—Esto es lo que querías —dijo Renata, ronca, con el pezón todavía entre los dientes—, ¿todos estos años?

—Esto y todo lo demás. Todo, joder.

La empujó con suavidad hasta la cama. Selene cayó sentada y la arrastró consigo, y de pronto Renata estaba a horcajadas sobre ella, con la malla del uniforme todavía puesta y la otra tirando del cierre para bajárselo de los hombros. La tela cedió hasta la cintura. Selene le besó la clavícula, el hueco entre los pechos, fue bajando con la boca abierta y caliente hasta cerrarla sobre un pezón. Se lo mamó lento, como si tuviera hambre acumulada, tirando de él hacia arriba hasta soltarlo con un sonido húmedo que hizo que a Renata se le contrajera el coño de golpe.

Renata echó la cabeza hacia atrás. Una corriente le subió por la columna, brusca, casi dolorosa de tan necesitada. Hundió los dedos en el pelo de Selene y la sostuvo ahí, sintiendo la lengua girar, los dientes apenas rozando, el tirón húmedo que le llegaba directo al vientre, más abajo, hasta clavársele entre las piernas. Empezó a mecerse encima de su muslo sin darse cuenta, restregando el coño empapado contra la tela del pantalón deportivo, dejándole una mancha oscura que a las dos se les quedó grabada.

—No pares —pidió, y la palabra le supo a rendición.

Selene no paró. Le terminó de bajar la malla, le arrancó las bragas por el elástico con una calma deliberada, como quien desarma un mecanismo de relojería, aunque cuando por fin le vio el coño abierto para ella se le escapó un gruñido bajo, animal, que no tenía nada de calmo. La tumbó de espaldas sobre las sábanas tan estiradas, le separó las rodillas con las palmas y se quedó un instante mirándola, a oscuras, recorriéndola con los ojos antes que con las manos. Los labios de Renata brillaban de lo mojada que estaba, el clítoris ya hinchado y visible entre ellos, como pidiendo boca.

—Llevo media vida imaginando esto —dijo.

—Pues deja de imaginarlo. Cómemelo ya.

Le pasó la lengua por el interior del muslo, primero uno, después el otro, subiendo despacio, esquivando a propósito el lugar donde Renata más la necesitaba. Le mordió la ingle, le lamió el pliegue justo al lado del coño, le sopló encima, y solo cuando Renata levantó las caderas buscándola sola, cuando le agarró la nuca y se la empujó, entonces sí. Cuando por fin la besó ahí, lento y profundo, con la lengua plana repasándola de abajo arriba, de la entrada al clítoris en un solo trazo, Renata tuvo que morderse el dorso de la mano para no despertar a media residencia. Selene se separó un segundo solo para saborearla en el paladar, con los labios brillantes, y volvió a bajar con la boca abierta, chupándole el clítoris entero, atrapándolo con los labios y haciéndolo vibrar contra la punta de la lengua.

El placer le llegó en oleadas que no terminaban de romper, sostenidas por esa boca que parecía conocerla de antes, que sabía exactamente cuándo presionar y cuándo aflojar. Selene la lamía con hambre, con la barbilla ya empapada del jugo que Renata no dejaba de soltar, la nariz pegada a su hueso púbico, la lengua metiéndose dentro cuanto podía antes de volver a subir al clítoris. La estaba comiendo como si llevara años esperando la orden, y a Renata se le escapaban unos gemidos ahogados que no había hecho nunca por nadie.

Le agarró el pelo, le arqueó la espalda, dejó de controlar la respiración por primera vez en años. Selene le hundió dos dedos sin dejar de usar la lengua, curvándolos hacia arriba, buscándole ese punto que la hacía convulsionar. Los metió hasta los nudillos y empezó a follársela con la mano, lento primero, más rápido después, sacándolos brillantes hasta la punta y volviéndolos a hundir de una embestida. El coño de Renata chapoteaba alrededor, obsceno, y ella se moría de vergüenza y de ganas a partes iguales. Selene añadió un tercer dedo, la abrió más, y todo el cuerpo de Renata se cerró alrededor de ese gesto. El orgasmo la sacudió en silencio, con la mandíbula apretada y los ojos llenos de lágrimas que no tenían nada que ver con la tristeza, apretándole los dedos por dentro con tanta fuerza que Selene tuvo que quedarse quieta y dejarla acabar. Renata se corrió mojándole toda la mano, apretándose contra su boca, sintiendo cada latido del clítoris chocar contra la lengua de la otra hasta que ya no pudo más.

Cuando volvió a respirar, Selene había subido a tumbarse a su lado, con la barbilla apoyada en su hombro y los dedos todavía brillantes, y se los pasó por los labios a Renata para que se probara a sí misma. Renata se los chupó uno por uno, sin dejar de mirarla.

—No estás de hielo —dijo—. Nunca lo estuviste. Solo te daba miedo derretirte.

Renata no contestó. Giró sobre el costado, la empujó de espaldas y le quitó la camiseta de un tirón. Quería devolverle cada año de miradas calladas. Le besó el cuello, le mordió la curva del hombro, le lamió el nacimiento de las tetas antes de bajar a chupárselas con la misma ansia con la que se las habían chupado a ella. Selene las tenía más llenas, redondas, y los pezones se le pusieron como piedras entre sus labios. Se los mordió justo lo suficiente para arrancarle un jadeo agudo, y después bajó la mano por el vientre tenso hasta colarla dentro de los leggings.

El coño de Selene estaba tan empapado como el suyo. Renata se lo confirmó con la palma entera, deslizándola arriba y abajo, y sintió el calor pegajoso subiéndole por los dedos.

—Mírate cómo estás —murmuró—. Comerme el coño te ha puesto así, ¿eh?

Selene gimió, esta vez sin disimulo, abriendo las piernas para ella. Renata le bajó los leggings hasta las rodillas de un tirón, se los sacó del todo, y le abrió los muslos con las dos manos para ver bien lo que tenía delante. El coño rosado, brillante, el clítoris ya asomando entre los labios hinchados. Le pasó dos dedos por encima, recogiendo la humedad, y se los llevó a la boca antes de volver a bajar. Le acarició con la palma entera antes de concentrarse en un solo punto, en círculos lentos que aceleraba cada vez que la otra se le clavaba las uñas en la espalda. La conocía sin conocerla. La leía como leía a una rival, anticipando el siguiente movimiento, solo que ahora no buscaba el toque que la derribara, sino el que la hiciera estremecerse.

Bajó la cabeza y le devolvió el favor. Le abrió el coño con los pulgares y le clavó la lengua dentro, la sacó, se la enroscó al clítoris, la volvió a hundir. Selene se retorcía debajo, ahogándose contra la almohada, con las manos crispadas en las sábanas. Renata le metió dos dedos mientras seguía chupándola, encontró el punto exacto donde la carne se ponía esponjosa y empezó a apretarlo en un ritmo firme que hizo que Selene levantara las caderas de la cama.

—Sigue, sigue, joder, no pares —repetía la otra, hecha pedazos, con la voz ya rota.

Renata no paraba. La follaba con los dedos cada vez más rápido, chapoteando entre sus piernas, la lengua pegada al clítoris hinchado, sintiendo cómo el coño de Selene le apretaba los dedos en oleadas que iban a más. Cuando le pareció que estaba al borde, subió la cabeza sin sacar los dedos.

—Mírame —le pidió Renata.

Y Selene la miró, con esos ojos de miel abiertos del todo, sin trenza, sin grada, sin distancia, mientras Renata volvía a agacharse y le chupaba el clítoris con fuerza, empujándola con los dedos hasta el borde y sosteniéndola ahí, temblando, hasta dejarla caer. La sintió contraerse, sintió cómo se le derramaba el orgasmo entero en la mano, oyó su nombre dicho a pedazos contra la almohada, y por un momento pensó que jamás había ganado nada que se sintiera así. Se quedó lamiéndola despacio, limpiándole la corrida, mientras Selene se retorcía con los últimos espasmos y le pedía entre gemidos que parara porque ya no aguantaba más.

***

Se quedaron enredadas mucho después, con la respiración volviendo despacio a su sitio, los muslos pegajosos y las sábanas hechas un desastre. La penumbra ya no pesaba igual.

Sobre la mesilla, casi olvidado, descansaba un anillo de plata sencillo con un grabado por dentro. Se lo había dado Pilar hacía semanas, en un pasillo, con la voz quebrada: era de Daniela, que se lo había confiado antes de marcharse para siempre, con el encargo de devolvérselo a Renata si algún día se perdía intentando ser la mujer que todos esperaban en lugar de la que de verdad era.

Renata lo había guardado sin atreverse a tocarlo demasiado. Ahora estiró el brazo, lo hizo girar entre los dedos y, por primera vez, el metal no le quemó.

—¿Y eso? —preguntó Selene, somnolienta.

—Algo que me dejó alguien a quien quise mucho. —Tragó saliva—. Me hizo prometer que no dejaría de sentir.

Selene le buscó la mano libre y entrelazó los dedos con los suyos.

—¿Y lo cumpliste?

Renata miró el techo, después la miró a ella, a esa rival que había crecido a fuerza de mirarla desde lejos y que ahora dormía medio desnuda en su cama estrecha.

—Esta noche, sí.

Al día siguiente volverían a la pista, frente a frente, con las caretas puestas y el público gritando. Habría que fingir otra vez la frialdad, los toques limpios, la distancia profesional. Pero Renata ya sabía algo que ninguna victoria iba a poder quitarle: que debajo del acero seguía habiendo una mujer capaz de rendirse. Y que rendirse, con la persona correcta, no era perder.

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Comentarios(9)

Valeria_mdp

Que relato tan hermoso, me dejo sin palabras. La tension entre las dos es increible

Brunita_Cordoba

quede con ganas de mas!! necesito la segunda parte ya

Rulo_lector

Lo lei dos veces y la segunda fue incluso mejor. Se nota que sabes escribir, de verdad

Sofi_Baires

excelente!!!

ElenaBaires

La forma en que describis la rivalidad y la tension es de primer nivel, wow

NocheLibre55

jeje la guardia la bajo en todos los sentidos eh 😏 muy bueno

Maru_Ros

Me recordo un poco a mi epoca haciendo deporte, no en ese sentido jaja, pero esa sensacion de que alguien te da vuelta el mundo de golpe... eso lo entendi perfecto

Nati_Lomas

Por favor segui subiendo relatos asi, este es de los mejores que lei en mucho tiempo

Tomas_Cap

Pregunta sincera, escribis desde la experiencia? Se siente muy autentico todo

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