Lo que pasó con mi mejor amiga estudiando en mi cama
A Lucía la conocí el primer día de clases, en la fila de inscripción de Arquitectura. Estaba parada delante de mí con un café gigante en una mano y una carpeta nueva que se le caía a pedazos en la otra. Cuando se giró para preguntarme la hora, lo primero que pensé fue que no iba a sobrevivir el cuatrimestre sentándome cerca de esa boca.
Tenía el pelo rubio, con rulos suaves que se le pegaban al cuello cuando hacía calor, y los ojos de un celeste casi transparente. Era flaca pero con caderas, esa clase de cuerpo que parece dibujado a propósito para volverte loca. Yo, que hasta entonces solo había estado con chicos —y sin demasiado entusiasmo, para ser honesta—, me pasé las dos primeras semanas convenciéndome de que era una admiración estética. Cosa de mujeres. Nada raro.
Mentiras, todas mentiras.
Para el final del primer mes ya éramos inseparables. Compartíamos apuntes, almorzábamos juntas en el bar de enfrente, nos íbamos a estudiar a mi casa porque la suya quedaba lejos y porque mi madre nunca estaba antes de las ocho. Lucía se acostumbró a mi cuarto, a mi cama, a mi forma de subrayar con tres colores. Yo me acostumbré a oler su champú de coco cada vez que se sentaba a mi lado.
Esa tarde de mayo, sin embargo, fue distinta desde que tocó el timbre.
—Vengo destruida —dijo, entrando sin saludar—. Si no apruebo Civil II me tiro por el balcón.
Llevaba un short rojo cortísimo, de esos que se suben cuando una se sienta y dejan ver el inicio del muslo, y una remera blanca tan corta que mostraba todo el abdomen liso. Sin corpiño, además. Lo noté apenas se agachó a dejar la mochila.
—No te tires por el balcón —le dije, intentando que la voz me saliera normal—. Te tomo lección yo. Si la pasas conmigo, la pasas con cualquiera.
—¿En serio? —se le iluminó la cara—. Eres lo mejor que me pasó este año, Camila.
Subimos a mi cuarto. Yo cerré la puerta por costumbre, no porque hubiera nadie en la casa. Ella se tiró boca abajo en la cama, con las piernas dobladas hacia arriba y el short subiéndosele un centímetro más a cada movimiento. Me senté apoyada contra el respaldo, con el código abierto sobre las piernas, y traté de mirar la página y no la curva exacta donde le terminaba la tela.
—A ver, repíteme qué es un contrato —le dije.
—Un acuerdo de voluntades entre dos o más partes…
—Voluntario. ¿Y qué más?
—Que las partes se obligan a cumplirlo. Que tiene que haber consentimiento, objeto y causa.
—Bien. ¿Vicios del consentimiento?
Se quedó callada. Levantó la cabeza, apoyó la pera en las manos y me miró con esa carita de cachorro mojado que sabía que me daba ternura.
—Camila, no me puedo concentrar.
—Te falta una hora, vamos.
—No es eso —dijo, y se incorporó despacio—. No me puedo concentrar por ti.
Se me secó la boca de golpe.
—¿Por mí?
—Tienes esa musculosa puesta y se te marca todo. Y haces cara de profesora estricta y me distraes.
Me reí porque no supe qué otra cosa hacer. Una risa nerviosa, fea, que me delató enseguida. Ella no se rió. Se quedó mirándome con una seriedad nueva, como si por primera vez estuviera diciendo en voz alta algo que llevaba meses pensando.
—¿Te molesta que te lo diga? —preguntó.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
Y entonces ella, sin avisar, se movió hacia mí y se sentó a horcajadas sobre mis muslos. Apoyó las manos en mis hombros. El código se cayó al piso con un golpe que ninguna de las dos miró.
—Dime que pare —susurró.
—No.
—Dime que no quieres.
—No te lo voy a decir.
Y por dentro pensé: por favor no pares, por favor no pares, por favor.
***
Le subí las manos por la espalda, por debajo de la remera blanca, y le toqué la piel por primera vez sin la excusa de pasarle un cuaderno o acomodarle un mechón. Tenía la espalda caliente, suave, con una pequeña pelusa rubia en la nuca que solo se notaba de cerca. Le bajé los dedos hasta la cintura del short y ahí me quedé, esperando, dándole el segundo final para que se arrepintiera.
No se arrepintió. Se inclinó y me besó.
El primer beso fue corto, casi tímido, como si las dos estuviéramos comprobando que el mundo no se desarmaba. El segundo fue otra cosa. Me abrió la boca con la lengua y yo le respondí con todo lo que tenía guardado desde febrero. Le agarré la cara con las dos manos para que no se fuera. Ella me agarró del pelo con esa fuerza justa que no duele pero te recuerda que el otro está ahí, decidido.
—Sácate la remera —le dije contra los labios.
Se la sacó. La tiró al piso sin mirar. Tenía los pechos chicos, redondos, con los pezones rosados que se le pusieron duros apenas el aire frío del ventilador les dio encima. Bajé la cabeza y le besé uno, despacio, sintiendo cómo se le aceleraba la respiración cada vez que pasaba la lengua. La escuché soltar un quejido bajo, gutural, que no le había escuchado nunca.
—Más fuerte —me pidió.
La mordí con cuidado y ella arqueó la espalda. Mientras tanto le bajaba las manos por la cintura, por la curva de la cadera, hasta meter los dedos por debajo del short. No tenía bombacha. Lo descubrí ahí, y se me cortó la respiración un segundo entero.
—¿Viniste sin nada? —le pregunté.
—Sabía lo que iba a pasar —contestó, y se rió bajito contra mi pelo.
Me bajé la musculosa por la cabeza y quedé igual que ella, sentada con la espalda contra el respaldo, mi amiga encima, las dos casi desnudas en una cama llena de fotocopias arrugadas. Le agarré el culo con las dos manos —esas nalgas firmes que llevaba meses imaginando— y se lo apreté hasta marcarle los dedos en la piel.
—Camila —susurró—, no me dejes pensar.
—No vas a pensar nada.
La hice girar y la acosté contra el colchón. Me puse encima, con cuidado, y la miré un instante completo desde arriba. Tenía las mejillas rojas, el pelo desparramado contra la almohada, la boca hinchada de tanto morder. Era la cosa más hermosa que había visto en mi vida y la tenía debajo, mirándome con los ojos entrecerrados como si fuera ella la que llevaba meses esperando.
Le terminé de sacar el short. Lo dejé caer al costado de la cama y le abrí las piernas con la rodilla. Estaba mojada. Tanto que cuando le pasé un dedo por encima, la yema se me deslizó sola, sin esfuerzo. Lucía cerró los ojos y se mordió el labio.
—Mírame —le pedí—. Quiero que me mires.
Abrió los ojos. El celeste se le había puesto más oscuro, casi gris.
Le metí dos dedos despacio, sintiendo cómo se le iba acomodando el cuerpo a la intrusión. Empecé lento, marcando un ritmo suave, dejando que se acostumbrara. Ella suspiraba con cada empuje, agarrándose de las sábanas, levantando un poco la cadera para encontrarse con mi mano. Cuando sentí que ya podía pedir más, sumé un tercer dedo y empecé a moverlos en círculos, presionando hacia arriba con la yema, buscando ese punto exacto que algunas chicas me habían dejado tocar antes y otras no.
Lo encontré. Lo supe porque dio un brinco en la cama y soltó un gemido largo, sin filtro, que me hizo apretar las piernas yo también.
—Camila, no pares.
—No paro.
Bajé la cabeza y le pasé la lengua por encima del clítoris mientras seguía con los dedos adentro. Ella me agarró del pelo y me empujó contra su pubis, sin delicadeza, sin pedir permiso. Me encantó. La chupé con ganas, recorriéndola entera, alternando entre besos suaves y vueltas firmes con la punta de la lengua. El sabor era distinto a todo lo que había probado: dulce y salado al mismo tiempo, como ella misma, suave por fuera y mucho más intensa por dentro.
—Me voy a venir —avisó.
Le aceleré los dedos. Le clavé la boca con más presión. Ella levantó la cadera, se quedó suspendida un segundo entero en el aire, y después se le sacudió todo el cuerpo en una serie de espasmos cortos, intensos, que me empaparon la mano y la cara. Mientras se acababa, no dejó de gemir mi nombre.
***
Cuando volvió a respirar normal, me tiró del pelo para que subiera. Me besó hondo, sin importarle el sabor de ella misma en mi boca, y me hizo girar para quedar arriba.
—Ahora vos —dijo.
Se acomodó entre mis piernas, pero no bajó enseguida. Primero me besó el cuello, después los pechos, después el ombligo. Cada beso era un poco más abajo, un poco más despacio, hasta que sentí su aliento entre las piernas y me pareció que iba a explotar antes de que me tocara.
—No me hagas esperar —le supliqué.
—Llevo cuatro meses esperándote —contestó—. Esperá un poco vos.
Y me hizo esperar. Me lamió por afuera, con la lengua plana, despacito, evitando el punto exacto que más quería. Cuando por fin me chupó de lleno, ya estaba al borde. Bastaron treinta segundos de su boca para que se me arquearan los pies y se me escapara un grito que probablemente escuchó hasta el perro del vecino. Me importó cero. La casa estaba vacía y ella me estaba haciendo terminar con una intensidad que no recordaba haber sentido nunca.
Cuando terminé, ella subió, se acostó a mi lado y me apoyó la cabeza en el hombro. Sudada, despeinada, con la sonrisa más tranquila del mundo.
—Camila —dijo, después de un rato largo de silencio.
—¿Qué?
—Creo que igual me tomo otra lección. Para asegurarme.
Me reí contra su pelo, todavía con el corazón disparado.
—La próxima clase es mañana —le dije—. Y traete los apuntes, por las dudas.
—No los voy a necesitar.
Tenía razón. No los necesitó. Ni esa tarde, ni la siguiente, ni la que vino después. El parcial de Civil II lo sacamos las dos con un ocho, y nunca más volvimos a estudiar realmente en mi cama. Pero esa es otra historia, y va a tener que esperar a que me la pidan.