Mis tres amigas me enseñaron a besar en la piscina
Me llamo Marina y, cuando ocurrió todo esto, acababa de cumplir veintiuno. Tenía —y sigo teniendo— tres amigas con las que lo compartía casi todo: Bruna, Inés y Vera. Habíamos coincidido en la carrera, pero nuestra amistad iba mucho más allá de las clases. Éramos de las que se cuentan absolutamente todo, sin filtros y sin vergüenza.
Era pleno julio y hacía un calor que no dejaba ni pensar. El sol caía a plomo desde primera hora y la ciudad parecía a punto de derretirse sobre el asfalto. Fue entonces cuando Bruna nos propuso un plan que sonaba perfecto: pasar el fin de semana en la casa de campo de sus padres, a las afueras de un pueblo en mitad de la nada. Solas las cuatro, con piscina y sin nadie que nos molestara. No tuvimos que pensarlo. Era justo lo que necesitábamos.
Quedamos el sábado para comer en el centro. Antes, Vera y yo aprovechamos para pasar por una tienda y comprarnos un bikini nuevo cada una, con la excusa de renovar el armario. Después tomamos un autobús y nos plantamos directas en la casa de Bruna.
En cuanto llegamos, soltamos las mochilas en el recibidor, nos cambiamos al instante y salimos al jardín. La piscina brillaba bajo el sol como una promesa. Sabíamos que iba a ser un fin de semana especial, aunque ninguna imaginaba todavía hasta qué punto.
Os describo cómo somos, que viene al caso.
Bruna tiene el pelo largo y rubio, y aquella tarde llevaba un bikini de colores que resaltaba su piel dorada por el verano. Siempre ha tenido una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera. Es de estatura media, con buena delantera y un trasero firme y respingón.
Inés, a su lado, estrenaba un bikini blanco. Lleva el pelo corto y castaño, y sus ojos marrones tienen una chispa de picardía permanente. Su cuerpo es atlético, de los que se ganan a base de horas de bicicleta y gimnasio: piernas duras y un culo redondo como una manzana. Es la de menos pecho de las cuatro, aunque lo tiene muy bien puesto.
Yo soy morena, de pelo oscuro y largo, con una piel que el sol vuelve casi de bronce. Siempre he sido la más tímida del grupo. Aquel día estrenaba un bikini verde. Soy la del pecho más grande y, también, la del trasero más generoso, para qué negarlo.
Y luego está Vera, pelirroja, con un puñado de pecas salpicándole la cara. Es la chispa que prende cualquier mecha, la de la risa contagiosa. Alta y delgada, no presume de curvas, pero es guapísima y lo sabe.
Pasamos un par de horas entrando y saliendo del agua, jugando con las palas y tostándonos al sol. Al final nos acomodamos en las tumbonas que Bruna había colocado junto al borde, con una cerveza fría en la mano y la brisa de la tarde acariciándonos la piel.
—Este verano es perfecto —dijo Vera, dándole un sorbo a su lata con los ojos cerrados.
—Demasiado perfecto —respondió Inés—. Ojalá no se acabara nunca.
—¿Sabéis qué? —solté yo, mirando al cielo—. He estado pensando en una cosa.
Bruna, que parecía perdida en sus pensamientos, alzó una ceja.
—¿En qué has estado pensando?
—Es un poco ridículo… pero creo que nunca he besado a nadie —dije, con una risita nerviosa, como si no estuviera segura de que mis palabras fueran a caer bien.
Un silencio breve se instaló entre nosotras. Mis amigas se miraron, sorprendidas. No porque no lo creyeran, sino porque siempre había sido la más reservada cuando se hablaba de chicos y de relaciones.
—Eso no tiene nada de ridículo —dijo Vera, incorporándose en la tumbona con una sonrisa comprensiva—. Si quieres, podemos practicar.
—¿Practicar? —pregunté, desconcertada. Inés nos miraba con los ojos como platos.
—Sí, ¿por qué no? —se sumó Bruna, sorprendida de su propia propuesta pero sin titubear—. Entre nosotras es más fácil. ¿No?
Inés se giró hacia mí, seria, pero con un brillo de complicidad.
—Solo será algo nuestro. Una especie de entrenamiento.
Me quedé colorada, pero curiosa. Asentí con un suspiro suave.
—De acuerdo. Tampoco voy a quedarme para siempre sin saber.
***
Las tres se agruparon a mi alrededor. Primero fue Bruna, y después Inés y Vera: un beso suave de cada una, en la mejilla, como un gesto de cariño. Estaba nerviosa, aunque también más relajada de lo que esperaba.
—Bueno, ahora viene lo bueno —dijo Bruna. Y sin avisar me besó en los labios, un beso corto y cálido—. Lo de la mejilla era solo para romper el hielo. Anda que no nos hemos dado besos ahí.
Como había pasado antes, Vera e Inés me besaron también en los labios, una detrás de otra.
—¿Qué tal? ¿Te ha gustado? —preguntó Bruna.
Sin pensarlo dije que sí, que me había encantado sentir los labios de las tres y que tenía ganas de seguir aprendiendo. Aquello bastó para que Bruna decidiera subir el nivel: tocaba morrearse de verdad. Inés dudó al principio, pero Vera respondió enseguida que le parecía bien, que nunca lo había hecho con otra chica y que quería probar.
Cuando la oí decir eso, puse la única condición: pasara lo que pasara, quedaría entre nosotras cuatro. Nadie más tenía que enterarse. Inés asintió y Bruna lo prometió sin dudar.
Bruna se acercó y me miró a los ojos.
—Abre un poco la boca y, cuando yo me acerque, deja que nuestras lenguas se rocen.
Empezamos a besarnos y aún recuerdo lo mucho que disfruté de ese momento: el roce de sus labios, su lengua jugando despacio con la mía. Así que esto era lo que me había estado perdiendo.
Inés y Vera no nos quitaban ojo, pero al poco empezaron a besarse entre ellas. Cambiamos de pareja: yo besaba a Inés mientras Vera lo hacía con Bruna. Volvimos a rotar y terminé morreándome con Vera, con Inés y Bruna enredadas a un lado. No me lo creía. De no haber besado a nadie en mi vida a estar enrollándome con mis tres amigas en una sola tarde, y eso que la cosa no había hecho más que empezar.
Al rato nos separamos, nos miramos y rompimos a reír, comentando lo divertido que estaba siendo y lo suaves que teníamos los labios. Nos abrazamos las cuatro y volvimos a la carga, todas a la vez, en una maraña de bocas y lenguas que terminó en carcajadas.
***
Entre risas, Vera se lanzó:
—Como Marina ya ha conseguido lo que quería, ahora me toca a mí. Nunca nos hemos visto desnudas y me gustaría veros las tetas. ¿Qué decís?
—Esto se pone interesante —dijo Inés.
—A mí me parece bien —respondí yo.
Y para cuando quise darme cuenta, Bruna ya se había quitado la parte de arriba del bikini. Los ojos se nos fueron directos a sus pechos, redondos, con los pezones duros y las areolas de un rosa pálido.
—Madre mía, Bruna, qué bien puestas las tienes —dije, sin poder apartar la mirada.
—Normal que los tenga así de duros —contestó ella, riéndose—, con el rato que llevamos morreándonos. Venga, quitaos el sujetador, que quiero ver las vuestras.
—¡Todas con las tetas al aire! —exclamó Inés.
En topless, y como era de esperar, las mías acapararon la atención.
—Menudas tetazas, Marina —dijo Bruna—. Qué grandes y qué pezones.
Intenté desviar el foco hacia las demás. Las de Bruna, redondas y firmes, con areolas rosadas. Las de Inés, pequeñas, pero con unos pezones puntiagudos que se le marcaban como nunca. Las de Vera, algo más llenas, de pezones oscuros. Y las mías, las más grandes, de areolas anchas.
—Hay algo que nunca he hecho y me apetece —dijo Inés.
—¿El qué? —pregunté.
—Tocarle las tetas a otra chica.
—También tengo curiosidad —admití.
Nos echamos a reír y empezamos a acariciarnos las unas a las otras, pellizcando pezones, dibujando círculos alrededor de las areolas, palpando con suavidad. Hubo un instante en que las tres me rodearon y me tocaron a la vez. Recuerdo lo intenso que fue, y cómo, sin darme cuenta, ya estaba húmeda.
Estábamos sentadas en círculo, manos por todas partes, cuando Inés volvió a la carga.
—Tengo otra idea.
—¿Cuál? —dijimos al unísono.
—¿Y si nos las comemos? Nunca lo he hecho y quiero probar.
—Supongo que podemos —dijo Bruna—. Yo también quiero.
—¿Y cómo lo hacemos? —pregunté.
—Por parejas, como con los besos, y vamos rotando. Así las probamos todas —propuso Bruna, muerta de risa.
Se acercó y empezó a recorrerme los pechos con la boca, alternando de uno a otro, atrapándome los pezones entre los labios mientras Inés hacía lo mismo con Vera. Cambiamos: yo con Inés, Bruna con Vera. Los pezones de Inés, duros y respingones, me volvieron loca. Terminé con Vera, mirándola a los ojos mientras le acariciaba el pecho, disfrutando de su gesto de placer.
No parábamos de jadear ni de mirarnos. Fue de lo más morboso, y me gustó tanto comerles los pechos como sentir las bocas de ellas sobre los míos.
***
A medida que avanzaba la tarde, las cuatro estábamos cada vez más encendidas. Y, como antes, fue Bruna quien terminó de desbordarlo todo.
—¿Sabéis lo que me muero por hacer? —dijo, con la voz ronca—. Veros enteras. Quiero veros desnudas del todo.
Nos miramos entre risas, con la boca abierta y cara de falsa sorpresa, porque en el fondo lo deseábamos las cuatro.
—Total, ya que hemos llegado hasta aquí, ¿por qué no? —dije yo.
—Voy yo primera —se ofreció Bruna.
Se levantó, se deslizó el bikini por las caderas y ahí quedó, completamente desnuda, con el vello cuidado y la piel afeitada. Nos quedamos embobadas, repitiendo lo bonita que era.
Vera, que estaba a su lado, empezó a acariciarla mientras le mordisqueaba un pecho. Bruna gimió bajito. Inés se sumó por el otro lado y yo pedí permiso para tocarla. Ella asintió entre suspiros. Pasé la mano y la noté empapada, ardiendo.
—Estás húmeda, Bruna —dije, masajeándola despacio mientras ella se mordía el labio.
De pie, con Vera e Inés besándole el cuello y los pechos, Bruna se dejaba hacer.
—Ven, siéntate y abre las piernas, que queremos verlo bien —le pedí.
Se sentó en el borde de la tumbona y las cuatro nos inclinamos a mirar.
—Ahora os toca a vosotras —dijo ella, recuperando el aliento—. Quiero veros a las tres.
Mientras me incorporaba, me llevé a la boca el dedo con el que la había tocado.
—Mmm, qué bien sabes —dije.
—Marina, eres una descarada —rio Bruna, mientras Vera e Inés se reían por lo bajo.
Las tres nos pusimos de pie ante ella, mostrándonos. Las manos de Bruna empezaron a ir de una a otra, recorriéndonos, y enseguida volvimos a enredarnos en una mezcla de bocas, pechos y caricias.
—Creo que ha llegado el momento de subir a mi habitación —propuso Bruna—. Estaremos más cómodas. ¿Os parece?
Dijimos que sí a la vez y salimos corriendo detrás de ella.
***
Nos dejamos caer sobre la cama y seguimos donde lo habíamos dejado. Inés y yo nos besábamos mientras nos acariciábamos entre las piernas; Bruna y Vera hacían lo mismo al lado. No había manera de parar.
Vera se incorporó.
—Estamos todas a mil, y he visto a Marina chuparse los dedos después de tocar a Bruna. Quiero probaros a todas.
—Era dulce —dije yo—. Me apetece saborearos a las demás.
—¿Entonces vamos hasta el final? —pregunté.
—Claro que sí, hasta el final —respondí a mi propia pregunta—. Quiero saber qué se siente, y mejor con vosotras que con nadie.
Empezamos a besarnos con ganas. Yo me enredé con Bruna, e Inés con Vera.
—Marina, túmbate, que quiero saber a qué sabes —dijo Bruna. Inés le pidió lo mismo a Vera.
Obedecimos. Bruna y Vera se tendieron sobre nosotras y nos recorrieron con la lengua, bajando despacio hasta el centro de las piernas. Abrimos los muslos para que tuvieran sitio. Bruna empezó suave, besándome por dentro de los labios y acercándose poco a poco hasta hacerme vibrar. Me lamía sin dejar de mirarme, y aquello me excitaba todavía más. Nunca imaginé que ver a una amiga clavándome los ojos así me pondría de esta manera.
—Chicas, sabéis demasiado bien —murmuró.
Bruna y Vera nos devoraban mientras Inés y yo, tumbadas en paralelo, nos buscábamos la mano. Las dos disfrutábamos a la vez. Bruna alternaba entre la lengua y los dedos, repitiendo lo bonita que era, hasta que ya no pude más y me deshice contra su boca, temblando.
Cuando me recuperé, me incorporé y la besé. Después empecé yo a recorrerle el cuerpo, primero los pechos y luego más abajo.
Mientras tanto, Vera se había colocado sobre Inés, las dos frotándose y besándose, con las manos por todas partes.
***
Al rato propusimos hacer un círculo y que nos lo hiciéramos las cuatro a la vez. Nos pareció una idea buenísima.
Nos colocamos en la cama, cada una con la cabeza entre las piernas de la siguiente, y empezamos al mismo tiempo. Jadeábamos sin parar, en una cadena que parecía no tener fin. De vez en cuando nos deteníamos para acariciarnos o repartir algún azote.
—Inés, menudo culo —no pude evitar decir—. Se notan las horas de bici.
Me tumbaron boca arriba y las tres se centraron en mí: Bruna y Vera en los pechos, Inés más abajo. Vera me besaba y jugaba con mis pechos, repitiendo lo mucho que le gustaban. Estaban volviéndome loca. En un momento llamé a Bruna y le pedí que se sentara sobre mi cara mientras yo la saboreaba; mientras tanto, Inés seguía entre mis piernas.
Pasamos así un buen rato, rotando, cambiando de pareja, frotándonos hasta que la cama parecía a punto de venirse abajo. Solo se oían jadeos saliendo de las cuatro bocas.
—¿Por qué no lo habremos hecho antes? —dijo Inés entre suspiros.
—Cómo me gusta —respondí yo—. Bruna, quiero hacer un sesenta y nueve.
Nos colocamos Bruna y yo, e Inés y Vera hicieron lo mismo. Las cuatro disfrutábamos del mismo modo, entregadas y sin un gramo de vergüenza. Seguimos así, una contra otra, hasta que llegamos al límite casi a la vez. Después volvimos a besarnos despacio, agotadas.
Acabamos tumbadas en fila sobre la cama. Yo en el centro, entre Bruna y Vera, con Inés al otro lado. Las manos seguían buscándose, perezosas, mientras nos íbamos calmando una detrás de otra, en silencio, mirando al techo.
—Ha sido increíble —dijo Bruna—. Me ha encantado todo.
—Tenemos que repetirlo —añadí yo—. He perdido la cuenta de las veces que me he corrido. Estoy rota.
Al rato nos incorporamos riéndonos y volvimos a darnos un beso entre todas.
—Menuda la has liado —me dijo Inés, partiéndose de risa.
—Nunca olvidaremos esta tarde —dijo Vera, con los ojos brillantes.
—Nunca —respondió Bruna.
Y así, entre risas y complicidad, las cuatro nos prometimos guardar el secreto y, por supuesto, repetirlo. Aquella tarde de piscina se convirtió en mucho más que un plan de verano: fue la tarde en que aprendimos a querernos de otra manera y en que nuestra amistad se volvió, para siempre, algo imposible de explicar a nadie más.