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Relatos Ardientes

Mi compañera de camarote y su primera vez conmigo

Me llamo Marina y desde hace tres temporadas trabajo en recepción a bordo de un crucero que recorre el Mediterráneo. Es un mundo extraño: vives encerrada con doscientas personas en un pasillo de acero, conoces a todos y a nadie, y el mar siempre está al otro lado de una ventana que no puedes abrir. Aprendí pronto que en ese encierro las distancias se acortan demasiado rápido.

Comparto camarote con Renata, una chica del equipo de restauración que firmó su primer contrato esa primavera. Para ella todo era nuevo: los turnos imposibles, el vaivén de la cubierta cuando el oleaje arrecia, la sensación de no saber nunca qué hora es en tierra firme. Yo la veía llegar agotada de madrugada y desplomarse en la litera de enfrente sin apenas quitarse los zapatos.

Renata tiene el pelo castaño y ondulado, de esos que se rizan más con la humedad del salitre, y unos ojos de un verde claro que parecen mirar siempre con cautela. Es delgada, pero con caderas que llenan el uniforme, y una manera de morderse el labio cuando duda que me desarmaba sin que ella lo supiera. Desde el primer día que la vi en el comedor de la tripulación, supe que iba a costarme dormir teniéndola tan cerca.

Yo soy distinta a ella. Más alta, con el pelo rubio que llevo casi siempre recogido, y una forma de mirar que la gente confunde con frialdad. No lo es. Simplemente aprendí hace tiempo lo que me gusta y dejé de disculparme por ello. He estado con otras mujeres, las suficientes para reconocer cuándo una chica que se cree heterosexual empieza a mirarte más de la cuenta.

***

Aquella noche terminé mi turno pasada la una. El barco navegaba liso, sin sobresaltos, y los pasillos olían a ese desinfectante dulzón que termina por gustarte. Abrí la puerta del camarote esperando encontrarla dormida, pero la luz de su móvil iluminaba la litera y, sobre la pantalla, su cara estaba surcada de lágrimas.

—Renata, ¿qué pasó? —pregunté, dejando caer la tarjeta de acceso sobre el escritorio diminuto.

Tardó en contestar. Se pasó el dorso de la mano por la mejilla, como si pudiera borrar la evidencia.

—Mateo me dejó —dijo al fin, con la voz rota—. Por teléfono. Dice que no aguanta la distancia, que no sabe cuándo vuelvo, que está cansado de esperar.

Me senté en el borde de su litera y le pasé un brazo por los hombros. Estaba temblando, no de frío sino de ese llanto que se contiene durante horas y de pronto se desborda. La atraje hacia mí y dejé que apoyara la cabeza en mi cuello.

—Lo siento mucho —murmuré—. Pero escúchame: cualquiera que te suelte por teléfono no te merecía. Eres demasiado para eso.

—Siempre me pasa lo mismo —respondió entre hipidos—. Nunca encuentro a nadie que de verdad me cuide.

Me quedé callada un instante, eligiendo las palabras como quien camina sobre cubierta mojada.

—A lo mejor estás buscando donde no debes —dije por fin.

Levantó la cara. Sus ojos verdes, hinchados de llorar, me buscaron con una mezcla de desconcierto y otra cosa que no supe nombrar todavía.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

Que llevo un mes mirándote dormir y muriéndome de ganas de cruzar este metro de pasillo que nos separa.

—Que tal vez la persona que te entienda no sea la que tú esperas —dije, y le aparté con el pulgar una lágrima que le colgaba del mentón.

***

El silencio que siguió fue distinto a todos los silencios de aquel camarote. Renata no se apartó. Tampoco dijo nada. Solo me miró la boca, apenas un segundo, y ese segundo fue suficiente.

Me incliné despacio, dándole todo el tiempo del mundo para frenarme, y la besé. Fue un beso suave, casi una pregunta, con los labios todavía salados de su llanto. Sentí cómo contenía el aliento, cómo su cuerpo se ponía rígido un instante y luego, poco a poco, cedía.

—Marina, yo nunca... —susurró contra mis labios—. Nunca he estado con una mujer.

—Lo sé —respondí—. No tienes que hacer nada. Solo deja que yo te cuide esta noche.

La besé otra vez, ahora con más calma y más hondo, y noté el momento exacto en que dejó de pensar. Sus manos, que hasta entonces colgaban inertes, subieron hasta enredarse en mi pelo. Abrió la boca y nuestras lenguas se encontraron por primera vez, torpes y ansiosas a la vez.

Le acaricié la mandíbula, el cuello, la línea de la clavícula que asomaba por el cuello de la camiseta. Renata se estremecía bajo cada roce, como si su piel llevara meses esperando que alguien la tratara así. Deslicé una mano por debajo de la tela y la apoyé sobre su vientre, sintiendo cómo subía y bajaba cada vez más rápido.

—¿Puedo? —pregunté, con los dedos detenidos justo bajo el borde de su pecho.

—Sí —dijo, casi sin voz—. Por favor.

***

Le quité la camiseta despacio y la litera quedó iluminada solo por la lucecita de emergencia del pasillo, que se colaba bajo la puerta. Sus pechos eran firmes, redondos, con los pezones erguidos por el frío y por las ganas. Me agaché y la besé allí, primero con suavidad y luego cerrando los labios alrededor de uno mientras la otra mano amasaba el segundo. Renata arqueó la espalda y se le escapó un sonido que intentó callar mordiéndose la mano.

—No te aguantes —le dije, levantando la cara—. Aquí dentro solo estoy yo.

Bajé besándole el esternón, las costillas, el ombligo, deteniéndome en cada centímetro como si quisiera memorizarlo. Le desabroché el pantalón del pijama y ella levantó las caderas para ayudarme a quitárselo. Debajo llevaba una ropa interior sencilla, de algodón, y verla tan vulnerable y tan expuesta me encendió más que cualquier lencería.

Pasé la mano por encima de la tela, presionando despacio, y la noté ya húmeda a través del algodón. Renata cerró los ojos y separó un poco más las piernas, un permiso silencioso. Le retiré la última prenda y la dejé desnuda sobre las sábanas estrechas. Estaba completamente depilada, igual que yo, y su sexo brillaba en la penumbra, rosado y abierto.

—Eres preciosa —murmuré, y lo decía de verdad.

Me arrodillé entre sus piernas, en aquel espacio imposible de la litera, y la besé donde más lo necesitaba. El primer contacto de mi lengua la hizo dar un respingo y agarrar la sábana con las dos manos. Fui lenta al principio, trazando círculos amplios, aprendiendo su ritmo, descubriendo qué la hacía gemir y qué la hacía contener la respiración.

—Madre mía —jadeó—. No sabía... no sabía que podía sentirse así.

Subí un dedo y la penetré con cuidado mientras seguía usando la lengua sobre su clítoris. Estaba tan mojada que entró sin esfuerzo. Renata empezó a mover las caderas contra mi boca, perdiendo la timidez, buscándome ella ahora. Añadí un segundo dedo y curvé los dos hacia arriba, y su cuerpo respondió con un temblor que le subió desde los muslos.

—No pares —suplicó—. Por favor, no pares.

No paré. Sentí cómo se tensaba entera, cómo su respiración se cortaba en una inspiración larga, y entonces se corrió apretándome los dedos por dentro, ahogando un grito contra la almohada. Me quedé quieta, dejando que las últimas oleadas la recorrieran, antes de subir a tumbarme a su lado.

***

Renata tardó un rato en recuperar el aliento. Cuando lo hizo, se giró hacia mí con una sonrisa nueva, una que no le había visto nunca: relajada, casi traviesa.

—Quiero hacértelo yo —dijo—. No sé cómo, pero quiero.

—No hay que saber —respondí, tirando de mi propia camiseta por encima de la cabeza—. Solo haz lo que te apetezca.

Me desnudó con una mezcla de prisa y reverencia que me derritió. Pasó las manos por mis pechos, por mi vientre, descubriendo mi cuerpo con la curiosidad de quien estrena un idioma. Cuando su mano bajó por fin entre mis piernas y me encontró igual de mojada que ella, soltó una risa baja, asombrada.

—Estás... así por mí —dijo, más afirmación que pregunta.

—Llevo un mes así por ti —confesé.

Sus dedos me exploraron despacio, inseguros al principio y cada vez más certeros conforme leía mis reacciones. La guié con la voz, le dije dónde y cómo, y ella aprendió rápido. Me acarició el clítoris en pequeños círculos mientras me besaba el cuello, y yo me dejé llevar por aquella torpeza tan honesta que valía más que toda la pericia del mundo.

Después nos colocamos de lado, enfrentadas, con una pierna de cada una entre las de la otra. Empezamos a movernos en un vaivén lento, rozándonos, sintiendo el calor de la otra contra la piel más sensible. Le sujeté un pecho con la mano libre, sintiendo cómo se le aceleraba la respiración a la par que la mía.

—Mírame —le pedí—. Quiero verte la cara.

Y nos miramos mientras la fricción crecía, mientras el barco se mecía apenas bajo nosotras y el mundo entero se reducía a aquella litera. Llegamos casi a la vez, con las frentes pegadas y los nombres de la otra en la boca, en un orgasmo que nos dejó temblando y riéndonos al mismo tiempo.

***

Nos quedamos abrazadas, pegajosas y sin aliento, escuchando el zumbido lejano de los motores. Renata apoyó la cabeza en mi pecho y yo le acaricié el pelo húmedo hasta que su respiración se volvió pausada.

—No me arrepiento —dijo de pronto, en voz baja—. Por si lo estabas pensando.

—No lo pensaba —mentí un poco, porque sí lo había temido.

—Es raro —siguió—. Esta mañana lloraba por un chico que ni siquiera me echará de menos. Y ahora siento que por fin entiendo algo que llevaba tiempo sin querer mirar.

La besé en la coronilla. No le prometí nada, porque a bordo de un crucero las promesas duran lo que dura un contrato. Pero esa noche, en la privacidad de nuestro camarote, las dos descubrimos algo que ninguna esperaba: ella, su primera vez con otra mujer; yo, que la paciencia de un mes entero puede caber, entera, en una sola madrugada.

Nos dormimos así, enredadas en una litera pensada para una sola persona, mientras al otro lado del casco el Mediterráneo seguía su rumbo sin enterarse de nada.

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