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Relatos Ardientes

Carla me llevaba 20 años y fue mi primera mujer

Llevábamos casi un año hablando todas las noches. Empezó por una tontería en un grupo de lectura por internet y terminó siendo lo único que esperaba al volver del trabajo. Carla vivía a cuatrocientos kilómetros de mí, en una ciudad costera que apenas conocía de pasada, y aun así sentía que nos conocíamos desde siempre.

Yo tenía veintiséis años. Ella, cuarenta y seis. Veinte años exactos de diferencia que en los mensajes no pesaban nada, pero que esa tarde, cuando bajé del tren y la vi esperándome en el andén con un pañuelo verde al cuello, se hicieron de pronto muy reales.

—Pensé que serías más alta —dijo, sonriendo.

—Y yo pensé que tú serías más tímida —respondí.

Nos abrazamos como dos personas que sabían que ese abrazo era una pregunta. Olía a algo cítrico, a colonia barata, a cigarrillo apagado hacía rato. Sentí que se me aflojaba algo en la nuca.

Su casa era pequeña, llena de libros y plantas que parecían sobrevivir por terquedad. Cenamos en la cocina. Habló mucho ella, hablé mucho yo, y entre vino y vino se nos fue olvidando que era la primera vez que nos veíamos en persona. A medianoche puso un disco viejo que yo no conocía y se sentó en el suelo, cerca de mis pies. No me miró cuando dijo:

—Te he preparado el cuarto de invitados, pero no creo que duermas ahí.

—Yo tampoco lo creo —contesté, y me sorprendió cuánto tardé en escuchar mi propia voz.

Ninguna de las dos había estado nunca con una mujer. Eso lo habíamos hablado por chat, entre risas, como si fuera un dato menor. Ahora, sentadas en su cama con la luz baja, la información pesaba el doble.

Empezamos por la boca. Fue Carla quien se acercó primero, lentamente, dándome tiempo a echarme atrás si quería. No quise. Su beso era distinto a cualquiera que recordara: pausado, atento, sin esa urgencia masculina de ir hacia algún lugar. Como si el beso fuera el lugar.

Le acaricié la espalda por encima del pijama. La tela era suave y se le pegaba al cuerpo, y yo no podía dejar de pensar en cómo sería tocarla debajo. Mi mano se quedó un rato en su cintura, indecisa.

—Puedes —murmuró.

Metí la mano por debajo de la tela. La piel de Carla era cálida y un poco más firme de lo que esperaba. Subí despacio hasta su pecho. No llevaba sujetador. La sentí endurecerse contra mi palma y respiré contra su boca.

—Estás temblando —dijo.

—Tú también.

***

Era curioso descubrir que algunas cosas se sabían sin haberlas aprendido. Carla me besó el cuello, la clavícula, fue bajando hasta el borde de mi camisón. No me lo quitó. Me lo iba apartando con el dorso de la mano, centímetro a centímetro, como si lo importante fuera el camino y no el destino.

Cuando descubrió un pecho, se detuvo. Me miró con una mezcla de duda y hambre que no le había visto nunca en la cámara. Le sostuve la mirada hasta que entendió que no tenía que pedir permiso para nada más.

Tardó dos segundos en cerrar la boca alrededor del pezón. Dos segundos exactos. Después dejó de ser tímida.

Lo hizo bien. Demasiado bien para alguien que decía no haberlo hecho nunca. Me chupaba como si recordara algo, como si su boca supiera por su cuenta lo que su biografía no le había dado tiempo a aprender. Yo le hundí los dedos en el pelo y me oí decir tonterías, frases que no tenían sujeto ni verbo.

Está pasando, está pasando de verdad, pensé, y cada vez que el pensamiento volvía me mojaba un poco más.

Sentía la humedad escurrirme por el muslo. Las bragas eran un trapo inútil ya, una formalidad. Carla seguía con la otra mano acariciándome el pecho que tenía libre, sin prisa, sin método aprendido. Estaba inventándolo todo conmigo.

Después de un rato largo, levantó la cabeza, sonrió y bajó la mano hasta la cinturilla del pantalón del pijama. Lo bajó con cuidado, mirándome a la cara, no al cuerpo. Como si quisiera ver si pestañeaba.

No pestañeé.

***

Sus dedos jugaron primero en la parte de arriba, en el monte, sin entrar en ningún sitio. Me dibujaba círculos lentos con la yema del índice, y yo me retorcía sin moverme apenas, porque cada milímetro que avanzaba era una pequeña victoria. Cuando por fin me tocó los labios mayores, soltó un sonido bajo, casi un quejido.

—Estás empapada —dijo.

—Llevo así desde que bajé del tren.

Se rió contra mi cadera. Después abrió los labios con dos dedos, despacio, como quien aparta cortinas, y empezó a acariciarme por dentro. No buscaba el orgasmo. Lo entendí en seguida. Carla quería conocer cada repliegue, cada relieve, cada cambio de textura. Me exploraba con el cuidado de alguien que sabía que iba a tener una sola primera vez con esto y no pensaba desperdiciarla.

Cuando ya no podía más, me quitó las bragas del todo. Lo hizo despacio, levantándome cada pierna por turnos, besándome la cara interna del muslo. Y entonces hizo con la boca lo que había estado haciendo con los dedos.

Me lamió primero los labios, por fuera. Después respiró contra mí y dijo, casi en un susurro:

—Me encanta cómo hueles. Ven, deja que te beba.

No supe qué contestar. Apreté las sábanas con los puños.

Lo que vino después fue distinto a todo lo que me habían hecho antes. Carla no atacaba el clítoris con frenesí, como si fuera un botón al que hubiera que apretar para activarme. Lo bordeaba. Lo rozaba con la punta de la lengua y se retiraba. Lo chupaba con los labios, suavemente, y volvía a apartarse para soplar despacio sobre la piel mojada. Cada vez que estaba a punto de pedirle más, ella lo notaba y se quedaba un segundo más quieta, justo el tiempo necesario para volverme loca.

—Por favor —dije, sin saber qué estaba pidiendo.

Entonces puso la lengua dura y empezó a penetrarme. Era una sensación nueva, completamente nueva. La lengua de un hombre y la de una mujer no son la misma cosa, eso lo aprendí esa noche. Carla entraba y salía con un ritmo que no se parecía al de ningún sexo que hubiera conocido. Era más cerca, más despierto, más consciente de mí.

***

El primer orgasmo me pilló de sorpresa, aunque llevaba media hora sintiendo cómo se acercaba. Fue largo y silencioso. Me quedé sin aire, con los muslos cerrados contra su cara y los dedos enredados en su pelo, y oí mi propia voz preguntarme cómo había vivido veintiséis años sin saber que el placer podía tener esa forma.

Lo mejor vino justo después.

Cuando ya estaba terminando, cuando los hombres siempre se separan y se tumban a un lado a recuperar el aliento, Carla no se movió. Siguió ahí, entre mis piernas, pero cambió completamente la manera de tocarme. Empezó a darme besos diminutos, besos de pluma, en los labios mayores, en la cara interna del muslo, en el clítoris hinchado. Besos que casi no rozaban.

Era una ternura que no había sentido nunca. Una ternura que no pedía nada. Me dejé llevar por ella con los ojos cerrados, sin entender muy bien por qué me estaban cayendo lágrimas por las sienes.

—Tranquila —dijo, sin levantar la cabeza—. Estoy aquí.

Y siguió. Y sin saber cómo, sin haberlo buscado, empecé a notar otra vez ese cosquilleo bajo la pelvis. Pensé que era imposible. Le dije que era imposible. Ella se rió bajito y me lamió un poco más fuerte, justo en el sitio exacto, y a los pocos minutos tuve otro orgasmo, más corto que el primero pero igual de profundo.

Después vino otro. Y otro.

Perdí la cuenta. Recuerdo flashes sueltos. Recuerdo el techo blanco con una mancha de humedad en la esquina. Recuerdo el sonido de su respiración. Recuerdo mi voz pidiéndole agua y la suya diciéndome que no me moviera, que ya la traía ella. Recuerdo el primer trago, frío, dentro de su boca, pasándolo a la mía con un beso largo.

***

Amaneció antes de que ninguna de las dos hubiera dormido. La luz entraba blanca por la persiana mal cerrada y a Carla se le notaban las ojeras, pero también una calma que no había tenido durante la cena. Estaba apoyada en un codo, mirándome.

—Te toca a ti —dijo.

—Lo sé.

—No tienes que hacerlo igual de bien.

—Voy a intentarlo.

Le aparté un mechón de la frente. Tenía una arruga pequeña ahí, una que en la cámara nunca se veía. Me incliné, le besé esa arruga, y empecé a aprender. Aprendí lo que ella me había enseñado durante toda la noche, traducido a su cuerpo. Lo hice peor, claro. Lo hice torpe. Pero lo hice con la misma atención con la que ella me había hecho a mí, y eso, descubrí, era lo único que importaba.

Cuando terminó, Carla me apretó la mano sin decir nada. Después se quedó dormida un rato, sin soltarme.

Yo no podía dormir. Me quedé mirando el techo manchado, pensando en el tren de vuelta, en el lunes, en el chat al que volveríamos como si nada y en todo lo que sabríamos ahora cuando nos despidiéramos con un «buenas noches, descansa». Sabía que ese año de mensajes había sido una larga seducción que ninguna de las dos había querido ver hasta tener pruebas en la piel.

Llevábamos un año hablando sin tocarnos. En una sola noche pagamos toda la deuda.

Y desde entonces, ella y yo guardamos un secreto que no le contaremos nunca a nadie más.

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