La superstición de mi compañera de habitación
Juego al voleibol desde los quince años. A los veintiuno fiché por un club que competía en la liga nacional, y por primera vez sentí que mi carrera deportiva iba en serio. Para entonces ya sabía perfectamente lo que me gustaba, aunque no se lo había contado a nadie. Me atraían las mujeres. Lo tenía claro desde hacía tiempo, pero todavía no había estado con ninguna.
Quería centrarme en el deporte. Se me daba bien, entrenaba duro y creía que podía llegar lejos si no me distraía. El problema llegaba siempre al final, en los vestuarios, cuando nos duchábamos todas juntas después de un partido o un entrenamiento largo. Veía a mis compañeras desnudas, el vapor pegándose a la piel, y tenía que morderme la lengua y mirar al suelo para no delatarme.
Alguna también me miraba a mí, o eso me parecía. Pero yo no dejaba entrever nada. Ni un gesto, ni una mirada de más. No quería ser la chica nueva con fama de algo. Mido un metro ochenta, no tengo mucho pecho ni mucha cadera, llevo el pelo castaño recogido en una coleta cuando salgo a la pista, y dicen que tengo una sonrisa bonita. Lo demás lo guardaba para mí.
Un fin de semana viajamos a una ciudad lejana, a varias horas de distancia. Jugábamos el domingo por la tarde, así que la noche anterior dormíamos en un hotel. Esos viajes en autobús se hacían eternos. Lo único que querías era llegar, cenar algo y meterte en la cama. Pero aquella noche no se pareció en nada a las demás.
Mi compañera de habitación habitual estaba lesionada esa semana y no había podido venir, así que la delegada me asignó a otra.
—Nadia, esta semana te toca la habitación con Carla. Ella también se ha quedado sin pareja de cuarto.
—Sin problema —respondí.
Carla era más veterana que yo, tendría unos veintiséis. Llevaba el pelo muy corto, teñido de un rojo intenso, los ojos verdes y los labios finos. Era un poco más baja que yo, pero de pecho y de cadera más generosa. Había llegado al club esa misma temporada y apenas habíamos cruzado dos frases. Era reservada, de las que observan mucho y hablan poco. Después de cenar subimos a la habitación y empezamos a deshacer las maletas.
—¿Me dejas elegir lado? —me preguntó, refiriéndose a la cama y al armario.
—Me da igual, Carla. El que quieras.
—Entonces el de la derecha —dijo con una seguridad rara para una decisión tan tonta.
—¿Por algún motivo? —pregunté, intrigada.
—Es una manía. Una superstición. Todas las jugadoras tenemos las nuestras.
—En eso tienes razón. Yo piso siempre la pista primero con el pie izquierdo.
—Vamos al revés, entonces —se rió—. Anda, dúchate tú primero si quieres.
Así lo hice. Me metí en la ducha, dejé que el agua caliente me soltara los músculos del viaje y salí ya preparada para dormir, con la camiseta verde de manga corta que uso siempre. Tiene una frase en inglés que significa «dulces sueños». Cuando salí del baño, Carla estaba de pie esperando su turno, completamente desnuda, sin ninguna prisa por taparse. Mis ojos se fueron solos hacia su pecho. Intenté disimular, miré a otro lado, pero creo que lo notó. Esas cosas siempre se notan.
—¿Y esa camiseta tan mona? —preguntó, sin moverse.
—La uso para dormir la noche antes de cada partido —le expliqué.
—Vas a acabar teniendo más manías que yo —dijo, y desapareció en el baño.
Me metí en mi cama e intenté dormir, pero no había manera. Notaba el cuerpo cansado y la cabeza despierta, dándole vueltas a la imagen de Carla desnuda en mitad de la habitación. Unos minutos después salió del baño envuelta en una toalla. La dejó caer al suelo, se quedó otra vez desnuda sin el menor pudor y se metió en su cama. Apagó la luz. Yo seguía con los ojos abiertos en la oscuridad.
—¿Estás dormida, Nadia? —susurró.
—No, no tengo sueño —respondí en el mismo tono bajo.
—¿Te puedo contar otra de mis supersticiones?
—Claro.
Escuché el roce de las sábanas. Carla se levantó de su cama, cruzó el medio metro que nos separaba y se metió en la mía, colocándose despacio encima de mí. El corazón me dio un salto.
—¿Qué haces? —pregunté, más sorprendida que asustada.
—Verás —dijo en voz muy baja, casi pegada a mi oído—. La noche antes de cada partido fuera de casa me gusta acostarme con mi compañera de cuarto. Me trae suerte.
—Esto no está bien —protesté, girando la cara—. Vuelve a tu cama, Carla.
—No levantes la voz —me pidió, sin moverse—. Te he visto cómo me mirabas antes. Me deseas tanto como yo a ti. No lo niegues.
—No es verdad. Por favor, vuelve a tu cama.
Pero no me hizo caso. Buscó mi boca y yo aparté la cara. Insistió, con paciencia, sin forzar, solo rozando mis labios con los suyos cada vez que me quedaba quieta un segundo. Entonces bajó una mano por debajo de las sábanas, por encima de mi ropa interior, y empezó a acariciarme muy despacio, apenas con la yema de los dedos.
—No me digas que no te gusta —murmuró—. Estás mojada, Nadia.
Tenía razón y eso me daba una vergüenza que no sabía manejar. Me gustaba sentir su peso encima, el calor de su cuerpo, sus pechos apretándose contra los míos cada vez que respiraba. Me gustaba todo, y al mismo tiempo quería desaparecer.
—¿Qué te pasa? —preguntó, notando que me había puesto rígida.
—Es que… nunca he hecho esto. Con nadie.
Se quedó un momento callada. Cuando volvió a hablar, su voz era distinta, más suave.
—No tienes que hacer nada —dijo—. Solo relájate y déjate llevar. Yo me encargo.
Esas palabras me desarmaron. Dejé de apartar la cara. La siguiente vez que buscó mi boca, se la di. Sus labios eran suaves, su lengua entró despacio y se encontró con la mía, y las dos empezamos a movernos juntas mientras sus manos recorrían mis caderas y subían a mi pecho. Yo, sin pensarlo, le acariciaba la espalda y bajaba hasta sus nalgas. Carla se detuvo un instante.
—La camiseta está muy bonita —dijo con media sonrisa—, pero ahora mismo molesta.
Me la quitó por la cabeza y yo dejé que lo hiciera, casi riéndome de los nervios. Volvió a besarme y entonces sí, sentí su pecho desnudo contra el mío, sus pezones rozando los míos. Fue una sensación nueva, eléctrica, que me recorrió entera. Carla dejó mi boca y acercó uno de sus pechos a mis labios. Lo sostuve con la mano y empecé a besarlo, a pasarle la lengua por el pezón hasta notarlo endurecerse.
—Así —me animaba, casi sin voz—. Lo haces muy bien.
Cuando terminé con uno, me ofreció el otro y repetí, ahora con más confianza. Después subió el cuerpo, se incorporó sobre las rodillas y se colocó sobre mí, abriendo las piernas a la altura de mi cara.
—Ahora hazme lo mismo aquí —pidió, despacio.
Nunca lo había hecho, pero lo deseaba con una intensidad que me sorprendió a mí misma. Empecé a besarla, primero con timidez. Estaba mojada y su sabor, su olor, me excitaron todavía más. Saqué la lengua y empecé a lamerla mientras le sujetaba las caderas con las manos. Carla empezó a gemir bajito, conteniéndose para que no nos oyeran a través de las paredes, y a moverse despacio contra mi boca.
Mientras tanto, deslizó una mano por mi cuerpo, por debajo de la sábana, y metió dos dedos por dentro de mi ropa interior. Estaba empapada y, en cuanto me tocó, fui yo la que no pudo contener un gemido. Me tapé la boca con la mano libre.
***
Carla cambió de postura. Se giró sobre el colchón de modo que, sin dejar de tenerla yo entre las piernas, su cabeza quedó a la altura de la mía. Me bajó del todo la ropa interior y empezó a lamerme con ganas. Tuve que parar lo que estaba haciendo y morder la almohada, porque el placer me llegó de golpe, distinto a todo lo que había sentido antes. Era complicado quedarse callada, pero lo intenté con todas mis fuerzas. Nadie de las habitaciones de al lado debía oírnos.
En cuanto recuperé un poco el control, volví a sujetarle las caderas y seguí. No sé cuánto tiempo estuvimos así, las dos a la vez, ayudándonos con los dedos, que entraban y salían cada vez con más facilidad. Solo sé que el placer iba creciendo y creciendo, que notaba a Carla temblar igual que yo, y que cada movimiento se volvía más urgente. Llegamos juntas al final. Su cuerpo cubría mi boca y eso amortiguó un grito que esa vez no habría podido contener.
Se apartó, se tumbó a mi lado un momento para recuperar el aliento y volvió a besarme. Después me abrió las piernas y colocó las suyas de manera que quedáramos pegadas, sexo contra sexo. Sujetándome un muslo, empezó a empujar despacio contra mí.
—Empuja tú también —me susurró—. Con fuerza.
Le hice caso. Le agarré las nalgas y empujé, y ella empujó contra mí, las dos a la vez, y el placer volvió a apoderarse de nosotras. Esta vez podía verle la cara en la penumbra, los ojos cerrados, los labios entreabiertos, y eso me excitaba aún más. Solté sus nalgas y subí las manos a sus pechos; ella hizo lo mismo con los míos. Nuestros movimientos se volvieron más fuertes, más rápidos, hasta que caímos otra vez juntas en un orgasmo que nos dejó sin respiración.
Para no gritar, nos besamos y nos abrazamos con fuerza, hasta que el temblor pasó y nos quedamos tumbadas, una junto a la otra, sudadas y agotadas. Nos besamos de nuevo, más despacio ahora, sin prisa, hasta que se nos cerraron los ojos.
***
Al día siguiente jugamos el partido. Ganamos por poco, en el último set, y Carla anotó el punto definitivo. Cuando volvíamos al autobús, se acercó, me pasó un brazo por el hombro como una compañera más y me dijo al oído, con una sonrisa que solo entendíamos las dos:
—¿Ves? Funciona. Te lo dije.
No supe qué contestar. Me limité a sonreír y a mirar por la ventanilla durante el viaje de vuelta, pensando que a partir de ahora iba a desear que mi compañera habitual siguiera lesionada una semana más. Y que, quizá, las supersticiones no eran tan tontas como yo creía.