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Relatos Ardientes

La mañana que crucé la línea con mi hija Marina

Llevaba toda la noche dándole vueltas a lo que me había dicho mi hija por teléfono. Tengo cuarenta y seis años y a esa hora ya debería estar dormida, pero la frase se me había clavado entre las costillas y no me dejaba respirar. «Mamá… a veces me pregunto cómo sería con una mujer. Solo me da curiosidad… pero me pongo mala de pensarlo». Marina lo soltó riéndose, como quien dice una tontería antes de colgar. Yo me quedé mirando el techo del dormitorio con la boca seca.

A las cinco de la mañana ya estaba empapada. Había soñado con ella. Con mi Marina de veintisiete años, casada hacía dos veranos, embarazada de ocho meses y con esa barriga redonda y firme que se me había metido en la cabeza desde la última cena familiar. En el sueño la tenía desnuda en mi propia cama, le pasaba la mano por debajo del vientre y ella suspiraba: «sí, mamá… cómeme, soy tuya». Me desperté con las bragas pegadas a la piel y una decisión tomada.

Hoy iba a ser el día. Hoy iba a ser yo. No otra mujer. No otra desconocida en algún bar. Yo, su madre, la que mejor sabía dónde estaban las cosas que importaban. Quería que su primera experiencia con una mujer fuera conmigo, en su cama, con su marido a miles de kilómetros en aquel congreso médico que llevaba meses anunciando.

Me duché con prisa. Me puse un vestido suelto de algodón, sin nada debajo, y unas sandalias planas para no tener que pensar en nada al subir las escaleras de su edificio. El coche lo dejé dos calles más allá, por costumbre vieja de no dejar huellas donde no toca.

Marina me abrió la puerta descalza, con un camisón corto de hilo blanco que le tapaba a duras penas el culo. Llevaba el pelo negro corto, todavía revuelto del sueño. Estaba más guapa de lo que recordaba: delgada como un junco, esa tripa redonda asomando por debajo del camisón y, sobre todo, esas dos tetas pesadas, llenas, surcadas por venas finísimas, con los pezones oscuros marcándose contra la tela.

—Mamá —dijo sorprendida, frotándose un ojo—. ¿Qué haces aquí tan temprano? ¿Pasa algo?

—Nada, hija. Pasaba a verte.

Cerré la puerta detrás de mí. Le puse las dos manos en la cara, despacio, y le di un beso suave en los labios. Apenas un roce. Ella se quedó muy quieta, sin apartarse, mirándome con los ojos muy abiertos.

—Marina, mi amor… anoche me dijiste algo por teléfono que no me he podido sacar de la cabeza —le susurré pegada a su boca—. Que querías saber cómo era con una mujer. Y yo llevo media vida sabiéndolo. No quiero que lo descubras con cualquiera. Quiero ser yo.

—Mamá… yo…

—Déjame, hija. Solo déjame.

Le rocé la barriga con la palma, bajando muy despacio hasta el borde del camisón. Marina respiró hondo, sin contestar, y noté cómo se le aceleraba el pulso en la garganta. La piel le olía a jabón nuevo y a sueño caliente.

—Estoy embarazada, mamá… y casada. Tú lo sabes…

—Por eso mismo —le dije, besándole el cuello—. Porque estás preciosa, porque estás llena, porque hace meses que nadie te toca como te mereces. Déjame cuidarte. Una vez. Si después no quieres más, no vuelvo. Pero déjame una vez.

Le metí la mano por debajo del camisón y le subí los dedos por el vientre hasta rozar la base de un pecho. Pesaba. Estaba caliente, tenso, casi temblando bajo mi mano.

—Joder, mamá… —murmuró, cerrando los ojos.

—Ven.

La cogí de la mano y la llevé al dormitorio. Eché el pestillo. Le pedí que se sentara en el borde de la cama y me arrodillé delante de ella. Le subí el camisón muy despacio, deslizándolo por los hombros hasta dejarlo caer al suelo.

Sus pechos colgaron libres, blancos, pesados, con esas venitas azules que tienen las embarazadas cerca del nacimiento. Los pezones, oscuros y duros, ya goteaban un brillo lechoso. La barriga redonda, el ombligo asomado, las caderas estrechas y, entre los muslos, un sexo hinchado por el embarazo, con los labios externos más carnosos de lo que serían en cualquier otra mujer.

—Mírate —le dije, mirándola entera—. Mírate, hija. Estás para comerte así, despacio, sin prisa.

Empecé por los pies. Le cogí el pie derecho con las dos manos y se lo acerqué a la boca. Le lamí la planta, saboreando ese punto salado y leve que tiene la piel recién levantada. Le chupé los dedos uno a uno, metiéndomelos enteros en la boca, succionando con la lengua plana y caliente. Marina suspiró, se mordió el labio y dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Ay, mamá… qué cosa más rara… qué a gusto…

Subí por las pantorrillas, lamiendo la piel suave. Le besé la cara interna de las rodillas, esa zona que casi nadie atiende y que pone a cualquier mujer en alerta. Ella abrió un poco las piernas, sin pensarlo. Llegué a los muslos, los mordí muy suavemente, lamí la cara interna hasta que se le puso la piel de gallina y se le escapó un gemido bajito que ella misma intentó tragarse.

Me detuve en su vientre. Lo besé entero, rodeando el ombligo, lamiendo la línea oscura que le bajaba hacia el pubis. Olía a mujer embarazada, a piel caliente, a leche y a deseo. Le metí la punta de la lengua en el ombligo y ella se rio nerviosa, pero se arqueó.

—Joder, mamá… me estás volviendo loca…

Subí a sus pechos. Los cogí con las dos manos, los levanté, los sopesé. Pesaban una barbaridad. Estaban duros y blandos a la vez, llenos hasta el límite. Me llevé el pezón derecho a la boca y succioné.

Un chorro caliente, dulce y espeso me llenó la boca. Tragué sin pensarlo, gruñendo bajito de gusto. La leche salía a chorros, tibia, con ese sabor único y un punto metálico al final. Marina gimió alto, agarrándome la nuca con las dos manos.

—Así, mamá… mámame… las tengo tan llenas que me duelen… sí, así…

Cambié al otro pezón. Chupé con hambre, mordisqueé el borde de la areola, tiré del pezón con los labios. La leche me chorreaba por la barbilla y caía sobre su barriga redonda. Seguí mamando, alternando un pecho y otro, tragando, mientras le sobaba con las manos para que saliera más. Le pellizcaba con dos dedos el pezón libre mientras le chupaba el otro.

Marina temblaba, respirando entrecortada.

—Mamá… nunca me habían mamado así… ni siquiera él… sigue… no pares ahora…

Bajé despacio, besando centímetro a centímetro su vientre hasta llegar al sexo.

Estaba hinchado, los labios externos gruesos, oscuros y brillantes de humedad. El olor era fuerte, dulce, ácido y salado a la vez. Le separé los muslos con las dos manos y le acerqué la cara muy despacio, soplando antes de tocar.

—Ay, mamá… por favor…

Primero le lamí despacio los labios externos, saboreando el jugo espeso y caliente. Recorrí cada pliegue con la lengua plana, de abajo arriba. Luego le separé los labios con la boca y le metí la lengua dentro. Estaba ardiendo, apretada por el embarazo, mojada hasta el muslo.

El sabor era intenso, salado-dulce, con ese toque metálico tan rico que tienen las embarazadas. Le chupé el clítoris hinchado, lo rodeé con la lengua, lo succioné suavemente, tirando de él con los labios.

Marina empezó a gemir más alto, moviendo las caderas hacia mi boca.

—Ay, mamá… qué boca… cómemelo… cómeme entera… qué gusto, joder…

Le comí el sexo con hambre. Lengua plana lamiendo de abajo arriba, luego punta metida dentro, follándole el agujero con la lengua. Le rodeaba el clítoris, lo chupaba, tiraba un poco de él entre los labios. Mis manos no paraban: le apretaba las tetas, le acariciaba el vientre, le masajeaba los muslos, le sobaba las caderas.

Su primera corrida llegó pronto. Se puso rígida, agarró las sábanas con las dos manos y gritó:

—¡Mamá! ¡Me corro! ¡Sí! ¡Sí!

Un chorro caliente y abundante me llenó la boca. Jugos espesos, dulces, que tragué mientras seguía lamiendo muy despacio, alargándole el orgasmo hasta que tembló entera.

No le di tregua. Bajé un poco más y le separé las nalgas con las manos. Su ano estaba ahí, pequeño, arrugado, rosado y limpio. Olía a mujer caliente y a piel íntima. Pasé la lengua plana por encima, lamiendo en círculos lentos. Marina gimió más fuerte, casi asustada de sí misma.

—Joder, mamá… ahí no… ahí no… ¡ay, sí, sigue!

Le metí la lengua dentro todo lo que pude, mientras la nariz se me apretaba contra el sexo chorreante. El sabor era más fuerte, más íntimo, más prohibido. Chupé, lamí, succioné, entrando y saliendo con la lengua.

Su segunda corrida llegó mientras le comía el culo. Gritó más alto, las piernas le temblaron y otro chorro me mojó la cara y el cuello.

—¡Sí, mamá! ¡Soy tuya! ¡Me corro otra vez!

La puse de lado, con una pierna levantada para tener mejor acceso. Volví a centrarme en su sexo. Lo comí con devoción absoluta: lengua larga recorriendo cada pliegue, chupando el clítoris hinchado, metiendo la lengua lo más profundo que podía dentro de ella. Mis manos le sobaban los pechos, le apretaban los pezones, hacían salir más leche que caía sobre su vientre y mis dedos.

La tercera vez se corrió como una fuente. Arqueó la espalda, gritó sin aire, y un chorro largo me salpicó la cara entera, el pelo, el cuello. Seguí lamiendo sin parar, tragando lo que podía, hasta que se quedó temblando, gimiendo bajito, agotada.

Mientras le comía el sexo por última vez, me metí yo misma la mano entre las piernas. Me froté el clítoris con furia, dos dedos dentro de mi propio sexo empapado, y me corrí fuerte contra mi mano, gruñendo contra ella, vibrando con la boca pegada a su carne, empapándome los muslos.

Marina suspiró largo, agotada, con esa sonrisa floja de quien ya no puede mentirse.

***

Nos quedamos unos segundos en silencio, solo respirando. Marina tenía los ojos entrecerrados, la cara roja y la barriga subiendo y bajando despacio. Yo estaba empapada de su leche, de sus jugos y de los míos. Me subí a la cama y me tumbé pegada a ella, por detrás, apretando mis pechos contra su espalda y mi sexo todavía caliente contra su nalga. Le besé el cuello despacio.

—Qué rica eres, hija —le susurré—. Tres veces te has corrido con mi boca, y todavía me quedo con hambre.

Marina se giró un poco, todavía jadeando, y me miró con los ojos brillantes de vergüenza y de deseo.

—Mamá… nunca me habían comido así. Nunca. Me has hecho correrme como una loca y me ha gustado demasiado. Me tiemblan las piernas todavía.

Le acaricié el vientre con cariño y bajé la mano hasta rozarle el sexo hinchado, sin meter dedos, solo acariciando con la palma.

—Esto no ha terminado, mi niña. Ahora voy a limpiarte despacio. Quiero que sientas la lengua de tu madre recogiendo todo lo que te ha chorreado.

Bajé otra vez entre sus piernas. Lamí con calma: lengua plana sobre los labios hinchados, recogiendo los restos. El sabor era más suave ya, mezclado con la leche que seguía goteándole de los pezones. Marina suspiró largo y me acarició el pelo.

—Ay, mamá… qué boca… límpiame… me encanta tu lengua ahí…

Le chupé suavemente el clítoris sensible, lo besé, lo lamí con ternura. Después le di lametones largos y lentos un poco más abajo, sin prisa, saboreando lo más íntimo. Marina gimió bajito, casi ronroneando, agarrando las sábanas con un solo puño.

—Qué prohibido es esto, mamá… qué prohibido…

—Lo sé, hija. Lo sé.

Cuando terminé, subí y me tumbé pegada a ella. Me bajé el vestido por encima de un pecho y le ofrecí el pezón.

—Toma, mi niña. Prueba también un poco a tu madre. Quiero que sepas a qué sabe la mujer que te ha hecho esto.

Marina se acercó, dubitativa al principio, y se metió mi pezón en la boca. Succionó suavemente, después con más ganas, y se quedó callada contra mi pecho, los ojos cerrados, como una niña que vuelve a un lugar antiguo. Le acaricié el pelo y le susurré:

—Así, mi vida. Tu primera vez con una mujer ha sido conmigo. Y eso ya no te lo va a quitar nadie.

Marina soltó el pezón un momento y me miró a los ojos.

—Mamá… ¿vas a volver mañana?

Sonreí con esa mueca lenta que pone una mujer cuando ya sabe que ha ganado.

—Voy a volver todos los días que tú me dejes. Mientras estés embarazada, mientras des a luz, y después también. Tu cuerpo ahora tiene a alguien que sabe leerlo. Y esa alguien soy yo.

Marina se acurrucó contra mí, con su barriga pegada a la mía, y suspiró satisfecha.

—Pues ven mañana, mamá. Y tráete más hambre. Porque yo ya quiero repetir.

Me quedé abrazada a ella, oliendo su pelo, su piel, el olor a sexo que impregnaba la habitación, pensando que aquello era el principio de algo muy largo y muy sucio. Y lo mejor de todo era que ella también lo quería.

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