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Relatos Ardientes

La tarde que mi cuñada cambió todo entre nosotras

Sofía tenía dieciocho años y vivía en esa zona imprecisa entre la adolescencia y la vida adulta donde todo parece provisional. Estudiaba el último año del bachillerato, dormía hasta tarde cuando podía, y tenía muy pocas cosas en las que pensar más allá de sus exámenes y sus planes vagos para el verano. Era delgada, morena, con esa clase de belleza que todavía no sabe que lo es.

Valentina era otra cosa. Veinticinco años, pelo negro hasta los hombros, ojos oscuros que siempre parecían estar evaluando algo sin que nadie lo notara. Llevaba cinco años con Marcos, el hermano mayor de Sofía, y para la familia ya era parte del mobiliario sin que nadie lo hubiera dicho en voz alta. Venía a cenar los domingos, se quedaba a dormir cuando Marcos llegaba tarde del trabajo, ayudaba con las compras del súper y discutía de series en el sofá como si siempre hubiera vivido ahí.

Sofía la quería como a una hermana mayor. Y Valentina la trataba como a una amiga, lo que a veces dejaba a Sofía con una incomodidad que no sabía nombrar.

***

Ese viernes Sofía se despertó cerca del mediodía. La casa estaba limpia, el piso recién barrido, y olía a café reciente. Sus padres habían salido a trabajar desde temprano, y Marcos también. Solo quedaban ellas dos.

—Creí que ibas a dormir hasta las tres —dijo Valentina desde la cocina cuando la oyó bajar las escaleras.

—No exageres —respondió Sofía frotándose los ojos.

—Hay cereal en la mesa. Siéntate.

Sofía se sentó y desayunó despacio mientras Valentina terminaba de doblar una manta en el sillón del salón. Hablaron de nada importante: una serie que Valentina quería ver, una chica del instituto que Sofía no soportaba, el calor que había hecho esa semana. Era una de esas conversaciones que fluyen solas porque ninguna de las dos tiene prisa.

—Oye —dijo Valentina de repente—, ¿qué tienes que hacer hoy?

—Nada.

—Perfecto. Acompáñame al centro comercial. Quiero buscar algo de ropa.

Sofía no tenía motivos para decir que no, así que subió, se duchó y se arregló. Media hora después estaban en el coche.

***

Pasaron casi tres horas en el centro comercial. Valentina entraba a cada tienda con esa calma de quien no tiene prisa pero sabe exactamente lo que quiere. Sofía la seguía, opinaba cuando le preguntaban, y aprovechó para comprarse unos vaqueros oscuros y un top que llevaba semanas mirando en internet sin decidirse.

Comieron en una hamburguesería del segundo piso. Valentina pidió sin mirar el menú. Sofía tardó cinco minutos en decidirse. Hablaron de Marcos, de lo mucho que trabajaba últimamente, de que Valentina quería que se fueran de viaje los dos en agosto a algún sitio cerca del mar.

—¿Tú has viajado sola alguna vez? —le preguntó Valentina.

—No. Todavía no.

—Tienes que hacerlo. Cambia algo en cómo te ves a ti misma.

Sofía pensó en eso mientras terminaba su refresco. Era el tipo de cosas que Valentina decía a veces, frases que sonaban a consejo pero que también podían ser otra cosa. Como si supiera más de Sofía de lo que Sofía sabía de sí misma.

Llegaron a casa a eso de las cuatro de la tarde. Dejaron las bolsas sobre la mesita del salón y se sentaron juntas en el sofá a revisar lo que habían comprado, sacando cada prenda y comparando.

***

Valentina sacó de su bolsa un top de encaje negro, muy escotado, con las costuras visibles en los laterales. Lo sostuvo frente a ella un momento y luego, sin decir nada, se quitó la blusa que llevaba puesta. Lo hizo con naturalidad absoluta, como si Sofía no estuviera ahí, o como si su presencia no fuera relevante.

Sofía apartó la vista de golpe. La volvió a mirar casi enseguida, sin poder evitarlo. Los pechos de Valentina eran generosos, firmes, con los pezones oscuros y ya erectos por el aire de la habitación.

Valentina se quitó también el sujetador con un movimiento rápido y fluido, se puso el top de encaje y se giró hacia Sofía.

—¿Qué tal?

El encaje era tan fino que los pezones se marcaban con claridad a través de la tela, con las areolas dibujándose oscuras bajo el negro del encaje. Sofía se concentró en el borde del cuello del top.

—Está bien. Te queda bien.

—¿Crees que le gustará a Marcos?

—Supongo que sí.

Valentina sonrió, se lo quitó sin prisa, sacó otro sujetador de la bolsa —este de encaje rojo, igual de escaso— y se lo puso mirando a Sofía con una expresión que no era exactamente curiosidad pero tampoco era inocente.

—¿Y este?

Sofía notó que tenía calor en la cara. Se encogió de hombros.

—También está bien.

—Anda —dijo Valentina—, tú también pruébate lo que compraste. Estamos entre mujeres, sin pena.

Sofía dudó. Luego se levantó, le dio la espalda a Valentina, se quitó la camiseta y desabrochó su sujetador. Sacó el que había comprado y empezó a ponérselo.

—Espera —dijo Valentina detrás de ella—. Ese no te queda bien así.

Sofía sintió las manos de Valentina en su espalda antes de poder responder nada. Las manos ajustaron los tirantes, recorrieron el cierre con la yema de los pulgares, y luego se desplazaron hacia los costados hasta quedar apoyadas sobre sus pechos desde abajo.

—Estaba mal abrochado —dijo Valentina en voz baja, muy cerca de su oído.

Sofía no contestó.

Las manos de Valentina ya no estaban ajustando nada. Apretaban despacio, con una presión que Sofía no sabía cómo interpretar. Los pulgares le rozaron los pezones y Sofía sintió cómo se le endurecían al instante, traicionándola. Dio un paso hacia adelante, alejándose.

—Ya está —dijo—. Me voy a mi cuarto a probármelo todo tranquila.

Fue hacia el sofá para recoger sus bolsas. No llegó.

***

Valentina la sujetó por los hombros desde atrás y la giró con firmeza hasta dejarla contra la pared. No fue brusco, pero tampoco fue suave. Sofía se quedó quieta, con la espalda pegada al muro, mirando a Valentina sin terminar de procesar lo que estaba pasando.

—Valentina —dijo.

Valentina no respondió. Se acercó y la besó.

Sofía apartó la cara. Valentina la besó otra vez, más despacio esta vez, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no le preocupara lo más mínimo que Sofía intentara esquivarla.

—Para —dijo Sofía.

Valentina se separó un centímetro. La miró a los ojos. Luego, sin apartar la mirada, puso el antebrazo sobre el pecho de Sofía —no con fuerza pero con una firmeza que no dejaba dudas sobre su intención— y con la otra mano empezó a acariciarla entre las piernas, sobre la tela de los vaqueros, presionando con la palma justo sobre el coño.

Sofía juntó los muslos con fuerza. Valentina aplicó una presión mínima con el antebrazo, suficiente para que Sofía entendiera que eso no iba a funcionar.

—Relájate —dijo Valentina en voz muy baja—. Abre las piernas.

Sofía apretó los dientes. La mano de Valentina se movía con lentitud deliberada, presionando, frotando el coño de Sofía a través de la mezclilla, sin prisa. Sofía sintió que el calor que tenía en la cara bajaba por el cuello, por el pecho, por todo el cuerpo, hasta concentrarse ahí abajo, en el punto exacto donde la palma de Valentina insistía.

No quería que le gustara.

Le gustó.

Sus piernas cedieron un poco. Valentina notó el cambio y aceleró el ritmo, presionando con más firmeza, dibujando círculos sobre el clítoris a través de la tela. Sofía sintió que la tela se humedecía —una humedad caliente, pegajosa, que se filtraba por la mezclilla— y cerró los ojos, avergonzada de eso, completamente incapaz de evitarlo. Dejó escapar un suspiro que intentó contener demasiado tarde.

—Ves —dijo Valentina contra su boca—. Lo sabía desde hace tiempo. Estás empapada.

Cuando Valentina la besó de nuevo, Sofía no apartó la cara. No respondió al beso, pero tampoco lo rechazó. Sintió la lengua de Valentina rozándole los labios, explorando con paciencia, y luego entrándole en la boca despacio, buscando su lengua. Sofía se dejó, y sin quererlo del todo empezó a responder, tímidamente al principio, dejándose enredar la lengua con la de Valentina.

Valentina metió la mano por debajo de la cinturilla de los vaqueros de Sofía, por dentro de las bragas, y le rozó los labios del coño directamente con los dedos. Sofía dio un respingo y soltó un gemido corto contra su boca.

—Mírate cómo estás —murmuró Valentina, deslizando dos dedos por la raja mojada—. Chorreando. Mi cuñadita chorreando por mí.

Le pasó el dedo por el clítoris, muy despacio, en círculos. Sofía echó la cabeza hacia atrás contra la pared y separó las piernas por instinto, dándole más espacio. Valentina bajó los dedos y le metió uno entero, hasta el fondo. Sofía sintió la invasión con una nitidez que la aturdió.

—Ah —dijo.

—Chssst.

Valentina metió y sacó el dedo un par de veces, comprobando lo mojada que estaba, y luego lo sacó. Se lo llevó a la boca delante de Sofía y lo chupó con calma, sin apartar los ojos de los suyos.

—Vamos al cuarto —dijo.

***

La llevó al cuarto de Marcos.

Sofía no protestó. Valentina la tomaba de la muñeca con una mano, caminando delante de ella, y algo en ese gesto —su seguridad, la normalidad con que lo hacía— hizo que Sofía la siguiera sin abrir la boca.

En el cuarto, Valentina la hizo girar, le desabrochó el sujetador y lo dejó caer al suelo. Luego se colocó delante de ella y la miró durante un segundo entero, sin disimulo, como si estuviera terminando de decidir algo. Se pasó el pulgar por el labio inferior mientras le recorría el cuerpo con la vista, deteniéndose en los pechos pequeños de Sofía, en los pezones rosados y ya duros.

Sofía no supo dónde poner las manos. Las dejó caídas a los lados.

—Qué tetas tan lindas tienes —dijo Valentina—. Chiquitas, pero de esas que se comen de un bocado.

La empujó suavemente contra la pared y bajó la cabeza. Empezó a besarle el cuello, la clavícula, el nacimiento del pecho. Sofía sintió el calor de su boca moverse despacio, la presión leve de sus dientes en la curva del seno. Apretó la mandíbula para no hacer ruido y fracasó: un sonido breve y grave se le escapó por la garganta.

Valentina siguió bajando. Pasó la lengua por ambos pechos con atención, lamió los pezones con una lentitud que a Sofía le resultó casi insoportable, los mordió apenas. La piel se le erizó entera. Después chupó uno entero, aspirando fuerte, absorbiendo el pezón hasta el fondo de su boca. Sofía soltó un gemido corto y le agarró la nuca sin darse cuenta. Valentina soltó el pezón con un chasquido húmedo, dejándoselo brillante de saliva, y pasó al otro. Chupó, lamió, mordió, y al final succionó con fuerza sobre la piel blanca del pecho hasta dejarle un chupetón rosado que a los pocos segundos empezó a oscurecerse. Repitió el gesto en otras dos zonas, marcándola con calma, como quien firma algo.

Sofía apoyó la nuca en la pared y miró el techo con los ojos muy abiertos.

Esto no debería estar pasando.

No debería estar pasando y sin embargo no quiero que pare.

Valentina se puso de rodillas frente a ella y le desabrochó los vaqueros. Le bajó la cremallera con los dientes, mirándola desde abajo, y después tiró de la mezclilla hasta las rodillas. Las bragas de Sofía tenían una mancha oscura, redonda, en la entrepierna. Valentina se rio bajo, sin burla, pasándole la nariz por encima.

—Estás empapada, cariño. Mira cómo mojaste las bragas.

Pegó la boca a la tela y lamió por encima, presionando con la lengua sobre el bulto del clítoris. Sofía dejó escapar un quejido y le clavó los dedos en el pelo. Valentina siguió unos segundos más, dejando la tela pegada y transparente, y por fin le bajó las bragas junto con los vaqueros hasta los tobillos.

La tomó por la muñeca y la llevó a la cama. La hizo tumbarse al borde del colchón, con las piernas colgando, y se arrodilló en el suelo frente a ella. Le acabó de sacar los vaqueros y las bragas, dejándola completamente desnuda sobre la cama de su hermano. Luego le separó las piernas del todo, colocándose cada muslo sobre sus hombros.

Sofía cerró los ojos.

—Mírame —dijo Valentina—. Quiero que me mires.

Sofía obedeció. Bajó la cabeza y se encontró con los ojos oscuros de Valentina entre sus piernas abiertas, con la boca de Valentina a un centímetro de su coño.

La boca de Valentina llegó primero suave, explorando con la lengua desde el interior del muslo hacia arriba, tomándose su tiempo. Sofía contuvo el aliento. Valentina le pasó la lengua plana por toda la raja, de abajo arriba, muy lento, recogiendo lo mojada que estaba en un solo trazo. Después lo hizo otra vez. Y otra. Sofía sentía cómo la lengua se le hundía apenas entre los labios del coño, saboreándola, jugando.

—Qué rica estás —murmuró Valentina, hablándole contra la carne mojada—. Sabía que ibas a saber así.

Y entonces encontró el clítoris y dejó de ir despacio. Se lo atrapó entre los labios y lo chupó, primero con una succión suave, después con más fuerza, alternando con la punta de la lengua que le daba latigazos rápidos y precisos. Sofía hundió los dedos en las sábanas. Los gemidos llegaron solos, primero cortos y ahogados, luego más largos, y cuando intentó silenciarlos llevándose la mano a la boca se dio cuenta de que ya había soltado las sábanas sin darse cuenta.

Valentina no paró. Lamía y succionaba con una concentración absoluta, chupaba el clítoris hinchado, se separaba para pasarle la lengua entera por el coño de arriba abajo, y volvía a chupar. La respiración de Sofía se cortó en jadeos irregulares. Valentina le metió un dedo. Después dos. Los curvó hacia arriba, buscando ese punto exacto, y empezó a moverlos con un ritmo firme mientras seguía chupándole el clítoris sin descanso.

Sofía arqueó la espalda de manera instintiva, levantando las caderas contra la boca de Valentina.

—Ay, dios —dijo—. Ay, dios, no pares.

—No pienso parar —respondió Valentina despegándose un segundo, con la boca y la barbilla brillantes—. Voy a hacerte correr en la cama de tu hermano.

Volvió a hundir la cara en el coño de Sofía. Los dedos entraban y salían con un sonido húmedo, obsceno, que llenaba el cuarto entero. Sofía sentía cómo la palma de Valentina le rozaba el clítoris cada vez que empujaba los dedos hasta el fondo, y luego la lengua volvía a atacar directamente, alternando entre lametazos largos y succiones rápidas.

—Valentina —dijo, y no era una protesta.

—Córrete para mí. Córrete en mi boca, cariño.

El orgasmo llegó sin aviso, o llegó con mucho aviso y Sofía simplemente no quiso reconocerlo hasta el final. Lo sintió construirse desde adentro como una tensión que se volvía cada vez más estrecha, más urgente, hasta que se rompió en una sacudida que le recorrió la espalda entera. Se aferró a la sábana con las dos manos, cerró los muslos alrededor de la cabeza de Valentina sin poder evitarlo y dejó escapar un gemido largo, gutural, que no intentó contener. El coño se le contrajo alrededor de los dedos de Valentina, apretándolos, mientras la lengua seguía trabajándole el clítoris hipersensible.

Valentina la acompañó hasta el final, sin apresurarse, dejando que el cuerpo de Sofía terminara solo. Cuando las contracciones cedieron, sacó los dedos con cuidado, le dio un último beso suave en el coño empapado y se levantó del suelo. Se limpió la boca con el dorso de la mano y se pasó la lengua por los labios, saboreando lo que quedaba.

—Riquísima —dijo.

Sofía seguía tumbada, mirando el techo, con el corazón todavía acelerado, las piernas abiertas sin fuerza para cerrarlas y el coño palpitando.

***

Valentina se sentó a su lado en el borde de la cama. Llevó los dedos —los mismos dos que habían estado dentro de Sofía, brillantes de flujo— a los labios de Sofía y los posó ahí con suavidad. Era un gesto extraño, casi simbólico. Sofía los abrió sin pensarlo y los chupó, reconociéndose, notando su propio sabor salado y espeso en la lengua. Valentina los movió despacio dentro de su boca, hasta el fondo, mirándola.

—Buena chica —dijo.

Los retiró despacio, arrastrando un hilo fino de saliva.

—Cambia las sábanas antes de que llegue Marcos —dijo—. Y vístete.

No fue dicho con crueldad, pero tampoco con ternura. Era una instrucción clara, dada por alguien que no espera que la discutan.

—Sí —dijo Sofía.

Valentina se levantó, se ajustó el sujetador, se puso la blusa y salió del cuarto cerrando la puerta detrás de ella con un clic suave.

***

Sofía se quedó un momento sin moverse, mirando el techo. Las piernas le pesaban. En los pechos tenía una sensación persistente, mitad calor, mitad escozor, donde Valentina había dejado sus marcas. Entre las piernas todavía sentía la humedad, densa, corriéndole por el interior del muslo.

Se incorporó despacio. Quitó las sábanas —había una mancha oscura, húmeda, justo donde había estado su culo—, las echó al cesto de la ropa sucia, sacó unas limpias del armario y rehízo la cama con movimientos automáticos. Recogió su ropa del suelo, la agarró hecha un ovillo con las dos manos y salió al pasillo.

Valentina estaba en el sofá, mirando el teléfono. Levantó la vista cuando Sofía pasó por el salón, y Sofía bajó la cabeza sin que nadie le dijera que lo hiciera, como si el peso de esa mirada fuera algo concreto.

Se encerró en su cuarto. Se sentó en la cama y miró la pared de enfrente.

No sé qué sentir.

Había miedo, sí. Y también algo que no era vergüenza exactamente, pero se le parecía mucho. Y debajo de todo eso, persistente e imposible de ignorar, una sensación de calor entre las piernas que no tenía nada de desagradable. El coño seguía latiéndole, hinchado, sensible al roce de la ropa. Eso era lo que más la desconcertaba.

Se vistió, se peinó frente al espejo del baño sin mirarse demasiado, y bajó al salón. Se sentó en el sillón pequeño, el individual, el que quedaba lejos del sofá donde Valentina seguía con el teléfono.

—¿Pongo algo en la tele? —preguntó Valentina al cabo de un rato, con la misma voz amable de siempre, como si la tarde hubiera sido una tarde completamente normal.

—Lo que quieras —respondió Sofía.

Valentina eligió una película de acción. Las dos la miraron en silencio durante casi media hora sin cruzar palabra.

***

Marcos llegó cuando la película llevaba unos cuarenta minutos. Entró saludando con esa energía de quien llega cansado pero de buen humor, dejó las llaves en el cuenco de la entrada y miró a las dos desde el umbral del salón.

—¿Qué tal el día? —preguntó.

—Bien —dijo Valentina—. Estuvimos en el centro comercial.

—¿Gastaste mucho?

—Algo —respondió ella sonriendo.

Marcos se acercó, la abrazó por detrás del sofá y la besó en el cuello con ese gesto rutinario y cariñoso que tienen las parejas que llevan mucho tiempo juntas. Valentina cerró los ojos un segundo.

Sofía miró la pantalla.

Marcos se fue a cambiar de ropa. Valentina lo siguió al cuarto. Sofía oyó la puerta cerrarse y luego, unos minutos después, los sonidos que ya conocía de otras veces: el crujido leve de la cama, unos murmullos, y después los gemidos de Valentina, esta vez más fuertes de lo habitual, sin ningún esfuerzo por bajar la voz. Se oía perfectamente el ritmo de las embestidas, el golpe de la cabecera contra la pared, la voz de Marcos gruñendo por lo bajo. Y sobre todo la voz de Valentina, jadeando cada vez más agudo, gimiendo cosas que Sofía no alcanzaba a entender del todo pero que sonaban demasiado a las mismas cosas que había susurrado antes contra su oreja.

Sofía se dio cuenta de que estaba apretando los muslos sin darse cuenta. Se dio cuenta también de que se había mojado otra vez. Subió el volumen de la tele un par de niveles. Siguió mirando la pantalla sin ver nada.

***

Cuando Valentina volvió al salón, llevaba el pelo levemente revuelto y olía a perfume mezclado con algo más —sudor, sexo, semen—. Sofía intentó mirarla a los ojos y no pudo sostenerlo del todo. Valentina se detuvo junto al sillón donde Sofía estaba sentada, la tomó suavemente por el mentón y la obligó a levantar la cara. Le dio un beso breve en la boca, sin que nadie desde la cocina pudiera verlo.

Sofía no respondió. Sintió la lengua de Valentina rozándole los labios una sola vez, con un rastro de sabor ajeno, salado, que no era suyo.

—Voy a calentar la cena —dijo Valentina, soltándola como si nada.

Y se fue a la cocina.

***

La cena fue normal. Sus padres llegaron poco después y la conversación siguió su curso habitual: el trabajo, los planes del fin de semana, el calor que se avecinaba. Valentina charlaba y reía como siempre, sin ninguna fisura. Sofía comía despacio y respondía cuando le preguntaban con frases cortas que no pedían continuación.

Cuando nadie miraba, Valentina posaba los ojos en ella. Solo un segundo, un instante que nadie más habría notado. Suficiente.

Sofía bajaba la vista a su plato.

***

Esa noche, antes de dormir, Sofía se desnudó frente al espejo de la puerta de su cuarto. Miró los chupetones que Valentina había dejado en sus pechos: tres marcas rosadas que en un par de días se volverían moradas. Las tocó con la yema de los dedos, primero con cuidado y luego con más presión, comprobando la sensación que quedaba. Se pellizcó un pezón sin querer y sintió una punzada caliente que le bajó directa al coño.

Se miró a los ojos en el espejo durante un momento largo.

¿Y ahora qué?

Bajó la mano por el vientre, muy despacio, hasta encontrarse entre las piernas. Todavía estaba húmeda. Se pasó dos dedos por el clítoris y ahogó un gemido apretando los labios. Cerró los ojos y vio la cara de Valentina entre sus piernas, la lengua rosada trabajándola, la voz baja diciéndole córrete para mí. Se frotó más rápido, apoyando la otra mano contra el espejo para no perder el equilibrio, y en pocos segundos se corrió otra vez, mordiéndose el labio para no hacer ruido, con las piernas temblándole.

Se quedó un momento así, con la frente pegada al espejo, respirando fuerte.

No encontró ninguna respuesta. Se puso el pijama, apagó la luz y se acostó boca arriba en la oscuridad.

Tardó bastante en dormirse.

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Comentarios(7)

LuciaMdz

que bueno!!! se hizo cortisimo, quiero mas

Miranda_ok

Esperando la segunda parte, no puede quedar asi. Valentina es un personaje increible

Fernanda_Rosario

Me recordo a algo que viví hace tiempo, esa tensión de no saber si lo que sentis es real o te lo estás imaginando. Lo narraste muy bien.

NocheDeVinos

jajaja la cuñada sabe exactamente lo que hace, que personaje

SoledadBaires

Exelente relato, se siente autentico. Sigue escribiendo asi!

caos2001

Muy buen ritmo, te engancha desde el principio y no podes parar de leer. Gracias por compartirlo

Tomi_BA

continuacion porfavor!!!

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