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Relatos Ardientes

Me quedé otra noche con mi amante en la obra

Cuando abrí los ojos, mi brazo descansaba sobre su pecho y la habitación estaba bañada por la luz tibia de la mañana. Renata era una isla de calma en aquella cama improvisada, la marea suave de su respiración subiendo y bajando bajo mi mano, y una sonrisa apenas perceptible jugaba en sus labios. Me quedé mirándola un rato largo, intentando entender cómo había llegado hasta ahí.

Me incorporé despacio para vestirme, pero su voz me detuvo, una caricia ronca apenas susurrada desde la almohada.

—Buen día, amor. No te levantes todavía.

No pude resistirme. Volví a recostarme y nos acomodamos de costado en aquella precaria cama, mirándonos tan cerca que casi podía leer sus pensamientos. Nuestras manos se buscaron, se encontraron, y un suspiro compartido selló el momento.

—Buen día, amor —le respondí.

Renata me dio un abrazo apretado, como si quisiera fundirse conmigo. Nuestros corazones parecían latir al unísono. Ella jugó con mi pelo, que se extendía sobre la almohada, y después puso su dedo índice sobre mis labios y empezó a pasarlo con suavidad por ellos. Luego lo llevó por mi cuello, bajando la mano hasta mi muslo. Me gustaba sentir sus manos sobre mi cuerpo, y sus ojos brillantes, llenos de fascinación y ternura, no dejaban de mirarme.

Nuestros cuerpos pegados dejaron nuestras bocas a centímetros una de la otra, regalándonos el aliento cálido, y al final se juntaron para devorarse en una pasión desbordada. Metí mi mano entre sus piernas y empecé a acariciarla con suavidad. De cuando en cuando, aquella mujer morena dejaba escapar un gemido en mi oído que aumentaba mi excitación.

Renata me metió dos dedos hasta el fondo y un grito agudo se me escapó. Arqueé la espalda y, casi por instinto, hice lo mismo con ella. Lentamente metía y sacaba los dedos, y ella respondía con el mismo ritmo. Empezamos a sudar, y la habitación ya olía a sexo.

Nuestros sexos pedían otra cosa a gritos. Yo estaba tan excitada, tan caliente, que tenía unas ganas desaforadas de seguir gozando con aquella diosa del ébano. Hasta que, por fin, ella me tumbó y quedó sobre mí. Me abrió las piernas y pegó su vagina contra la mía, y comenzamos un vaivén lento y suave de caderas, empujando un sexo contra el otro sin dejar de gemir. Con una mano flexionó mi pierna derecha hacia atrás, pegando mi rodilla a mi pecho, y yo la sostuve con firmeza.

—Sí, justo ahí, qué rico —le dije.

Nuestros clítoris se rozaban, y nuestras caderas intensificaron el ritmo hasta que el crujir de la cama precaria empezó a escucharse y a ir en aumento. Nuestros sexos empapados se besaban, aplastándose, y hacían un sonido impúdico al friccionar. Las dos nos movíamos cada vez más rápido, como olas chocando contra las rocas. Nos tomamos de las manos con fuerza y entrelazamos los dedos: era la señal de que faltaba poco.

—¿Te gusta cómo te cojo? —me dijo Renata.

—Sí, sí, más fuerte, cariño —le respondí.

Estimulada al máximo, me cogió con más fuerza, y la cama empezó a golpear la pared. Aquella morena me daba duro, y yo no me quedaba atrás. Corrimos el precario colchón de costales unos centímetros sobre el piso. Ninguna de las dos aflojaba entre gemidos y gritos, hasta que no pudimos más y estallamos en un volcán de placer que nos inundó todo el cuerpo.

—Madre mía, cariño —exclamó ella—. Ha sido un mañanero espectacular.

Yo sonreí. Nos abrazamos muy fuerte y volví a besarla.

—Qué rico es frotar mi cuerpo con el de otra mujer —le dije, sudada y agotada.

Después de un rato largo de caricias y besos, me levanté con la intención de ir al baño a higienizarme.

—No te vayas, aguanta un poco más —me pidió.

—Estuvo todo muy bien y vamos a repetirlo pronto, pero ya casi es mediodía. Me voy.

—Qué poco aguante tienes. ¿Me vas a dejar sola?

No respondí. Recogí la ropa y salí al baño.

***

El baño estaba sorprendentemente limpio y olía bien. Me hice un rodete con el pelo y me dispuse a lavarme un poco. En ese momento, Renata entró de golpe y cerró la puerta con violencia. Yo la miré sorprendida. Irradiaba sexo por cada poro: los pezones duros, la piel oscura cubierta de sudor, la vagina claramente húmeda.

Se acercó por detrás a paso lento, y sentí su mano en mi cintura y su pelvis pegada a mis nalgas. Me apretó contra el lavatorio, y sus pechos se aplastaron contra mi espalda. Como estábamos cerca del espejo, pude observar sus ojos entreabiertos en la penumbra: eran dos brasas que se clavaban en mí, prometiendo seguir con nuestro secreto.

Empezó a besarme el cuello. Yo incliné la cabeza a un costado y la levanté un poco.

—Eres muy bonita —me dijo.

—Mmm... estoy casada y mi marido me espera —le respondí.

—Qué suerte tiene tu marido.

Subió la otra mano y empezó a apretarme un pecho, jugando con el pezón, mientras frotaba su pubis contra mi culo. Empecé a jadear y a sudar otra vez.

—Renata, no sigas con eso... Ya te dije que no me puedo quedar.

—Dime que te gustó lo de anoche.

—Sí, me encantó —respondí, excitada.

—Entonces somos amantes, ¿verdad?

—Sí, lo somos, pero me tengo que ir, amor.

—Quédate un poco más —insistió mientras me apretaba los pechos y seguía frotándose contra mí.

—Renata... te lo pido por favor.

Pero mis súplicas le entraban por un oído y le salían por el otro. Una de sus manos se fue directamente entre mis piernas y empezó a acariciarme, jugando con mi clítoris, y eso me gustaba cada vez más.

—Renata, déjalo ya... tengo que irme.

—Eres preciosa, Lorena. Deseo todo tu cuerpo. Tu marido ya no te quiere... te engaña, y yo quiero tenerte para mí.

La verdad era que la culpa no era mía, ni del lugar donde estaba, ni de cómo había caído en sus brazos. Lo pensé un segundo y me decidí.

Me di vuelta, abrazándome con fuerza a su cuello, y la besé con fuego. Ella me tomó las nalgas con fuerza, abrió mis piernas y metió su muslo contra mi sexo. Yo hice lo mismo.

—Te deseo, Lorena —me decía mientras me llenaba el cuerpo de besos.

—Y yo a ti, Renata.

Nuestras caderas se movían adelante y atrás, en círculos, también de arriba abajo, a menudo en puntas de pie para generar un golpe más seco. La fricción era casi insoportable.

—Sí... sigue así, ya me corro.

En un abrir y cerrar de ojos, estallamos en un mar de lava ardiente, bañándonos las piernas con una humedad caliente que se deslizaba hasta el suelo. Las piernas se nos aflojaron, y nos sostuvimos por las nalgas con fuerza hasta culminar en una relajación profunda.

***

Cuando nos repusimos y nos limpiamos un poco, Renata me cargó con sus brazos fuertes y me llevó de nuevo a la cama improvisada. No dejábamos de hablar y de reírnos del agarrón loco que nos habíamos dado.

Como teníamos hambre, llamó por celular a una rotisería y pidió pizza, empanadas y varias cervezas. Cuando llegó la comida, nos sentamos a la mesa, Renata abrió una cerveza, me sirvió en un vaso y brindamos por nuestra relación.

—Por esto, que recién empieza, amor —dijo. Chin, chin.

Después del almuerzo, prendí un cigarrillo y le convidé otro. Seguimos tomando, charlando y escuchando música. Más tarde, nos acostamos a dormir una siesta. Cuando nos repusimos, agarré mi móvil.

—¿Qué haces, amor? —me preguntó.

—Solo voy a revisar —le dije.

Lo prendí. Tenía varios mensajes de mi marido.

—Claro, pero después lo dejas.

—Sí, no te preocupes, amor.

Como esperaba, mi esposo me preguntaba cómo estaba y si la fiesta seguía. Le respondí que sí, y que me quedaría otra noche en lo de mi amiga. Apagué el móvil, lo guardé en la cartera y me senté en el regazo de Renata, que ya estaba sentada en una silla. Prendimos otro cigarro, y ahí estábamos las dos en la obra, desnudas, charlando, tomando y disfrutando la tarde noche.

Más tarde, me sorprendió con una frase directa:

—Dame tu puto culo. Lo quiero.

Y me dio una nalgada que retumbó en toda la obra. Yo me reí.

—Claro, mi amor, tómalo.

Me paré, puse el torso sobre la mesa, separé las piernas y le acerqué el culo, contoneándolo de forma sexy. Renata me tomó las nalgas con ambas manos, las separó y metió la lengua, dándome el beso negro. Mmm, qué rico. Apretaba la cara contra mi agujerito y, con la lengua húmeda, lo atravesaba con la punta una y otra vez, mientras yo empujaba la cadera hacia atrás. Estuvimos así por unos minutos.

Después me tomó de las manos y me guió a la cama. Se puso el arnés con el dildo, me puse en cuatro, y ella, detrás de mí, hincada, me escupió el ano.

—Vas a ver cómo lo vas a disfrutar —me dijo.

Empezó a meter un dedo, primero suave, luego cada vez más rápido y duro. Después agregó otro y estuvo así un buen rato.

—Creo que ya dilataste. Hace mucho que no me follo un culito.

Otro chorro de saliva sobre mi ano.

—Métemela ya, por favor, no aguanto más.

—¿Te han cogido por el culo antes, cariño?

—Sí, sí. ¿Me lo vas a coger o no? —le respondí.

Renata se arrodilló detrás de mí y sentí un escalofrío cuando la punta del dildo tocó mi ano. Empezó a empujar, suave pero firme. Mi ano se fue abriendo para que entrara. Solté un grito agudo y me aferré con ambas manos a los costales.

—Sí, qué rico culo me estoy cogiendo —gritaba Renata mientras lo sacaba y lo metía con fuerza hasta el fondo.

No podía aguantar sus arremetidas. Me tumbé sobre la cama y se me salió. Ella volvió a empotrarme, se puso encima y empezó a bombear lento y suave, pero la intensidad fue subiendo. Cada vez las estocadas eran más rápidas.

Renata embestía como un animal. Sus caderas chocaban contra mi culo, y se escuchaba un sonido seco, junto con el crujido del catre. Yo me agarraba a los costales, y la boca mordía una vieja almohada. Lo único que podía decir eran gemidos roncos, la cara fruncida y roja de placer, la respiración rápida y profunda.

Con energía, me tomó por debajo del cuello con un antebrazo, levantándome un poco, y apoyó la mejilla contra mi oreja derecha. Sentí su aliento en mi cara.

—Qué rico culo tienes, mi amor —me dijo.

Con el ritmo feroz que llevaba, corrimos los costales a un lado de la cama. El golpeteo retumbaba en toda la obra junto con nuestros jadeos. Nuestros cuerpos se tensaron, y se me escapó un grito ronco.

—¡Qué rico, qué rico!

Mi culo se contraía. Al llegar al clímax, fue como una avalancha de fuegos artificiales. Renata apretó la entrepierna contra mis nalgas como un resorte que se libera, y la tensión se concentró en su pelvis, estallando en espasmos rítmicos. Mi cuerpo se arqueó en una ola, cada músculo vibrando con una energía eléctrica contenida.

Las dos, sudadas, terminamos sobre aquella cama precaria. Me sacó el dildo y se acomodó a mi costado. Sus ojos, antes chispeantes, ahora eran pozos oscuros que reflejaban un cansancio que ni el sueño podía aliviar.

—La verdad, nunca la había pasado tan rico con una chica como vos —me dijo.

—La verdad, nadie me lo había hecho así —le respondí.

Se quitó el arnés. Nos acomodamos bien en la cama, nos cubrimos con las cobijas y nos dormimos cansadas, pero satisfechas. Mi marido podía esperar.

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Comentarios (4)

Marisa_K

Dios mio, que relato tan intenso!! me quede queriendo saber que pasa despues.

LecturaClandestina

Lo que mas me gustó es ese detalle del olor de la cama, tan real y tan cargado de todo lo que pasó la noche anterior. Escribis muy bien, se siente autentico.

Paula_lect

Por favor seguí contando la historia, quedé con muchas ganas de saber si el marido llegó a enterarse. Muy bien escrito!

nocturnoXXI

cortito pero intenso!! mas por favor

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