La noche que mi amante y mi novio se conocieron
Me llamo Mariana y llevo ocho años con Diego. Yo tenía veintidós cuando nos fuimos a vivir juntos; él, treinta y ocho. Esa diferencia que al principio asustaba a mis amigas terminó siendo lo mejor de nosotros. Diego nunca quiso encerrarme, y yo nunca quise encerrarlo a él.
Desde el segundo año empezamos a hablar de lo que sentíamos cuando mirábamos a otra gente. No prometernos mentir. No prometernos no desear. Solo contarlo, cuando saliera, sin drama. Él sabía que hacía meses me veía con Camila, una chica de veintiséis años que había conocido en el gimnasio. Nunca me pidió detalles. Una vez me preguntó si era cariñosa conmigo y nada más.
Diego también había estado con alguien. Una compañera de la editorial donde trabaja. Tampoco me lo había escondido, pero yo no quise saber nombres ni horarios. A cada quien su parte de silencio.
El sábado que cambió todo no estaba planeado. Fuimos a tomar algo a un bar pequeño en el barrio de San Telmo, uno de esos lugares con velas en las mesas y demasiado ruido. Pedimos whisky con hielo y empezamos a hablar de un viaje que queríamos hacer en verano. Y entonces se abrió la puerta y entró Camila.
Me la quedé mirando como si se hubiera equivocado de bar. No nos habíamos visto en quince días. Llevaba el pelo recogido y una camisa negra abierta hasta el tercer botón. Cuando me reconoció, frenó en seco a tres metros de la mesa.
—Diego —dije sin mirarlo todavía—, te presento a Camila.
Lo dije así, sin rodeos, porque cualquier rodeo iba a ser peor. Diego se levantó, le dio dos besos como si la conociera desde siempre y le acercó una silla. Camila se sentó muy derecha, con las manos cruzadas sobre la mesa, y miró el vaso vacío que el camarero le acababa de poner enfrente.
—Pedile lo que quieras —dijo Diego—. Yo invito.
Pasaron diez minutos raros y, de pronto, ya no fueron raros. Diego le preguntaba por su trabajo, por sus hermanas, por una película que había visto. Camila se reía con esa risa baja que yo conocía bien, la que aparece cuando empieza a estar cómoda. Yo me bebí dos whiskies seguidos sin decir casi nada.
Cuando Camila se levantó para ir al baño, Diego me apoyó la mano en la rodilla.
—¿Querés que vengamos a casa los tres?
—¿Vos querés? —le pregunté—. ¿Estar con las dos?
—No sé si quiero estar yo. Pero quiero verte con ella. Si Camila acepta, vamos.
Lo miré tratando de descifrarlo. Hacía ocho años que dormía a su lado y todavía me sorprendía. Camila volvió del baño y se quedó parada al lado de la mesa, esperando.
—¿Te venís a casa? —le dije.
—¿Los tres? —preguntó ella, y la voz le tembló apenas.
—Los tres —respondió Diego.
Camila se sentó otra vez, se tomó el resto del trago de un sorbo y asintió.
***
El viaje en taxi fue silencioso. Camila iba en el medio, con la cadera apretada contra la mía y la rodilla rozando la de Diego. Nadie hablaba. Cada bache de la avenida nos acercaba un poco más. Yo le buscaba la mano por debajo del abrigo y se la encontraba, fría.
En casa, Diego cerró la puerta con llave y se dirigió al mueble del living.
—Suban —dijo sin mirarnos—. Yo me sirvo un whisky y voy en un rato. Empiecen sin mí.
Camila subió primero. La seguí por la escalera mirándole los hombros, esa línea de la nuca que tantas veces le había besado en su departamento, a oscuras, con la sensación de estar robando algo. Ahora no robábamos nada.
En el cuarto nos sacamos la ropa sin prisa, como si tuviéramos toda la noche por delante. Nos besamos de pie, junto a la cama, y yo le aflojé el broche del sostén con una mano mientras con la otra le sostenía la cara. Camila tiene la piel muy clara y se le marcan los dedos cuando aprieto fuerte. Esa noche apreté fuerte.
Nos acostamos. Empezó como tantas otras veces: yo encima, ella debajo, mis caderas trabajando sobre las suyas, su lengua en mi cuello. Pero esta vez sabía que en algún momento la puerta se iba a abrir, y eso le agregaba algo nuevo, una corriente que no había estado antes.
Bajé por su cuerpo y le abrí las piernas. Camila se mordió la mano cuando mi lengua la encontró. La conozco. Sé exactamente dónde y cómo. La hice acabar dos veces seguidas, con la cara hundida entre sus muslos y los dedos clavados en sus caderas. Después subí, me senté a horcajadas sobre su boca y dejé que ella me hiciera lo mismo.
En algún momento Diego entró. No lo escuché abrir la puerta. Cuando levanté la cabeza, ya estaba sentado en la silla del rincón, vestido todavía, con el vaso de whisky en la mano. Quise bajarme y acercarme, pero me detuvo con un gesto.
—Mariana, tranquila. Seguí.
Lo miré confundida. Camila lo miró también, sin moverse. Diego se levantó, dejó el vaso sobre la cómoda y abrió el cajón de la mesa de luz.
—Tengo algo para ustedes dos.
Sacó una caja chata, de cartón negro, y la apoyó sobre la cama. Me senté y la abrí. Adentro había un frasco con un líquido ámbar y un cable USB enrollado.
—Es un aceite calentado. Se enchufa, y cuando se prende esa lucecita está listo. La textura cambia con el calor. Sirve para todo el cuerpo. Pueden besarse sobre la piel sin problema, no tiene sabor feo.
Lo miré con la boca abierta. Camila se rio bajito.
—¿En qué momento compraste esto? —le pregunté.
—El martes pasado.
—¿El martes? —Saqué la cuenta. El martes pasado yo había estado con Camila por la tarde.
—Hace tiempo que sé que ibas a traer a alguien a casa. No me imaginaba que iba a ser hoy, pero sabía que en algún momento iba a pasar.
No supe qué decirle. Lo besé largo, en la boca, y él me dejó hacer. Cuando me separé, tenía los ojos brillantes.
—Probalo —dijo—. Quiero verlo.
Enchufé el aceite. Esperamos los dos minutos largos hasta que se encendió la luz. Mientras tanto, Camila me empujó otra vez sobre la cama y me mordió el pezón izquierdo hasta que grité.
El aceite olía a algo entre la madera y la naranja. Me serví un poco en la palma y se lo pasé por los hombros, por el cuello, entre los pechos. La temperatura era apenas tibia, agradable, no quemaba. Cuando mis dedos bajaron por su vientre y entraron, se arqueó como si la hubiera tocado por primera vez. La masturbé despacio, con la otra mano cerrada sobre uno de sus pechos, mientras le besaba la boca y le mordía el labio inferior. Camila no me dejaba mover; tenía mi mano atrapada entre sus piernas y la cabeza pegada contra mi clavícula.
—Mariana, esto es otra cosa —dijo entre dientes—. No quiero que pares nunca.
Bajé con la lengua. La mezcla del aceite y de ella era extraña al principio y después adictiva. Le entré con dos dedos, despacio, y empecé a moverlos contra el punto que sé que la enloquece. Acabó largo, con un sonido que no le había escuchado antes. Mientras todavía temblaba, yo me llevé la mano libre a mi propia entrepierna y me masturbé al ritmo de su respiración.
Diego seguía en la silla. Tenía el pantalón abierto y se acariciaba. No vino a la cama. Cada vez que lo miraba, él me sonreía y me hacía un gesto con la cabeza para que volviera a Camila.
***
Después de un rato largo, Diego se levantó y volvió con otra cosa. Un arnés negro, con un consolador de un tamaño parecido al suyo. Me reí.
—Vos planeaste toda la noche.
—Planeé la posibilidad —dijo.
Me ayudó a ponérmelo. Las correas se ajustaron sobre mis caderas con un click metálico que me erizó la piel. Camila estaba boca arriba, con las piernas abiertas y los ojos cerrados, esperándome. Le puse aceite al consolador y un poco más entre sus muslos, y la penetré despacio. Camila clavó las uñas en mis hombros y soltó un gemido que era casi un sollozo. Empecé a moverme. Ella subía las caderas para encontrarme. Nos besamos sin parar, con saliva y aceite mezclados en la barbilla.
—Más fuerte —pidió.
La obedecí. La cama empezó a hacer ese ruido contra la pared que cualquier vecino reconoce. Camila tuvo dos orgasmos seguidos, uno largo y otro corto, sin dejar de mirarme a los ojos. Cuando terminó, me empujó suavemente para que saliera y se sentó.
—Ahora yo —dijo.
Me sacó el arnés con cuidado. Me acostó boca arriba y se subió a horcajadas, pero sin penetrarme. Mojó las manos en el aceite y empezó a recorrerme. Hombros, pechos, vientre, muslos. Mis primeros orgasmos llegaron así, sin que me tocara entre las piernas, solo con las manos firmes sobre la piel y la boca cerrada sobre mis pezones.
—Diego, este aceite es brujería —dije con la voz rota.
—Me alegro, amor.
Después Camila bajó. Su lengua hacía dibujos que yo no podía seguir. Me sostenía los muslos abiertos con las dos manos y de a ratos paraba para soplar. Acabé varias veces. Perdí la cuenta. Cuando creí que no podía más, le pidió a Diego que la ayudara a ponerse el arnés.
Pensé que iba a entrar por adelante. Me equivoqué.
Me hizo girar boca abajo y se sentó sobre mis piernas. Sentí el consolador apoyarse entre mis nalgas, sin presión. Echó aceite sobre mi espalda y lo extendió con las dos manos hasta que toda yo brillaba. Después se inclinó hacia adelante y apoyó los pechos contra mi espalda. El aceite hacía que se deslizara, arriba y abajo, mientras me besaba la nuca.
—Abrí las piernas —me dijo al oído.
Las abrí. Su lengua bajó, encontró un lugar que yo no le había dejado encontrar nunca. Le había dicho mil veces que no, ni a ella ni a Diego, que ese era el único sitio que prefería dejar quieto. Esa noche no dije nada. Su lengua jugó despacio, sin pedir permiso, y yo me arqueé contra la almohada.
Pasó los dedos con aceite por el mismo punto. Después apoyó la punta del consolador y se quedó ahí, sin empujar. Volvió a subir, me besó el cuello, me mordió el lóbulo de la oreja. El consolador seguía apoyado, sin entrar.
—Camila —le dije con la cara contra la almohada—, hacelo.
—No.
—Por favor.
—No soy yo la que te tiene que sacar esa virginidad. —Lo dijo bajo, casi en un susurro, y con esas palabras estallé. Acabé tan fuerte que me lloraron los ojos.
Cuando levanté la cabeza, vi a Camila bajarse de la cama, acercarse a Diego, darle un beso corto en la boca y dejarle el arnés en el regazo. Después volvió, se acostó a mi lado y me abrazó por la espalda.
Me quedé quieta un momento largo, deseando que Diego se levantara. No se levantó. Se quedó en la silla, con el arnés en las manos, mirándonos. Después dejó el arnés en la cómoda, vino hasta la cama y se acostó del otro lado. Me besó la frente.
—Hoy no —me dijo.
Cerré los ojos entre los dos. No entendía bien lo que había pasado, ni por qué él había elegido mirar y no tocar. Pero entendía que algo entre nosotros tres acababa de cambiar de forma. No para peor.