El brindis con mi mejor amiga terminó en mi cuarto
Empiezo por decir que llevo días con la cabeza en otra parte y necesitaba escribirlo, porque si no se lo cuento a alguien voy a explotar. Tengo diecinueve años y, hasta hace una semana, jamás se me había cruzado por la cabeza estar con una mujer.
Camila y yo nos conocemos desde el secundario, pero recién nos volvimos cercanas el año pasado, cuando las dos cortamos con nuestros novios casi al mismo tiempo. Los chicos eran mejores amigos entre ellos, así que romper nosotras también nos dejó libres para juntarnos sin la incomodidad de tener que verlos en grupo. Empezamos a salir a tomar algo, después a quedarnos a dormir una en la casa de la otra, y de ahí no paramos.
No sé exactamente cuándo cambió la cosa. Fue como una corriente eléctrica que apareció sin avisar y se quedó. Una tarde, ella se cambió de ropa en mi cuarto y se quedó en corpiño más tiempo del necesario. Otro día, yo me metí a la pileta en bombacha y remera mojada, y la sorprendí mirándome cuando se suponía que estaba con el celular. Esa clase de cosas. Detalles chiquitos que se iban acumulando.
Después estaba lo otro, lo que no me animaba a admitirme. Empecé a tocarme pensando en ella. Y eso sí que me resultaba extraño, porque yo nunca había fantaseado con una amiga, ni siquiera con una mujer en general. Pero ahí estaba, de noche, con la mano debajo de las sábanas y la imagen de su boca cerrada sobre el pico de la botella.
Llegó la nochevieja. Brindamos cada una con su familia, y a la una y media de la mañana ella se vino a casa porque mis viejos se habían ido al campo con mi hermano menor. Quedaba la casa sola, una botella de espumante todavía sin abrir y una caja de bombones que nadie había tocado.
—Estás rara —me dijo apenas cerró la puerta.
—¿Yo? Vos sí que venís rara desde Navidad —le contesté.
Se rió, me empujó con el hombro y fue derecho a la cocina. Volvió con dos vasitos y la botella de tequila que mi viejo guardaba en el aparador. No preguntó. Sirvió. Brindamos por algo estúpido, por nosotras, por el año nuevo, por dejar atrás a los pelotudos de nuestros ex. Tomamos uno, dos, tres shots, y el cuarto ya no lo conté.
Pusimos música en el living. Bailábamos descalzas sobre la alfombra y nos chocábamos a propósito. En un momento, ella se sacó la campera y quedó con una musculosa blanca finita, sin corpiño, y yo no pude dejar de mirarle el pecho. Camila se dio cuenta. Me sostuvo la mirada un segundo de más y después se rió y giró la cabeza.
—Vení, vamos a mi pieza —le dije, porque el living empezaba a sentirse chico.
Subimos. Apenas entramos, me tiré boca arriba en la cama y ella se tiró al lado mío, riéndose. Le pegué un manotazo en el muslo, en joda, y ella me devolvió otro en el culo. Empezamos a pelearnos así, riéndonos como nenas chiquitas, hasta que en un momento ella quedó arriba mío sosteniéndome las muñecas contra el colchón.
Se hizo silencio.
Estábamos las dos respirando agitado y la habitación olía a tequila y a algo más, a esa cosa que siempre estuvo ahí pero que ninguna había nombrado todavía.
—Cami —dije en voz baja.
—Qué.
Y le di un beso. No fue un pico de los nuestros, esos rápidos en los labios para saludarnos. Fue un beso de verdad, con la boca abierta, con la lengua. Esperé a que se apartara, a que se riera y dijera «che, estamos re borrachas». No lo hizo. Me devolvió el beso con una intensidad que me dejó sin aire.
—¿Estamos muy en pedo o esto está bien? —murmuré contra su boca.
—Está bien —dijo—. Llevo meses queriendo hacerlo.
Esa frase me prendió fuego algo adentro. Me incorporé un poco para sacarle la musculosa y la primera vez que vi sus tetas de cerca, sin filtro, sin la excusa del corpiño asomando, casi se me corta la respiración. Eran más grandes de lo que parecían, con los pezones chiquitos y muy duros. Le pasé la lengua por uno antes de animarme a chupárselo entero, y ella arqueó la espalda y me agarró la cabeza con las dos manos.
—Más fuerte —pidió.
Le hice caso. Le hice todo lo que se me ocurría, todo lo que había imaginado mil veces tirada sola en esa misma cama. Le mordí los pezones suave, después no tan suave. Le pasé la lengua por el medio de los pechos, le besé el cuello, le tiré del lóbulo de la oreja con los dientes. Camila temblaba debajo mío y yo sentía el calor saliendo de su cuerpo como si tuviera fiebre.
Bajé la mano por su panza. Tenía el jean puesto todavía. Apoyé la palma encima, sobre la tela, y le hice presión. Camila levantó las caderas para encontrarme.
—¿Seguro que está todo bien? —le pregunté otra vez, porque necesitaba escucharlo de nuevo.
Me agarró la muñeca, se la metió debajo del pantalón y me hizo frotarla a través de la bombacha.
—Más seguro que esto, no se puede.
Sentí la humedad atravesando la tela. Le desabroché el jean con la otra mano y se lo bajé como pude, todavía con las medias puestas, riéndonos las dos del bardo. Cuando quedó solo en bombacha, me bajé yo también de la cama un segundo para apagar el velador. La luz que entraba por la ventana del pasillo alcanzaba para verla, pero no para que me diera vergüenza lo que iba a hacer.
Volví a la cama y se la saqué. Me la quedé mirando un instante. Recién entonces tomé conciencia real de lo que estaba pasando: mi mejor amiga, desnuda en mi cama, esperando a que la tocara. Pensé que iba a dudar. No dudé.
Le abrí las piernas, le besé el interior del muslo, después el otro, y cuando bajé la boca entre sus piernas escuché que se le escapaba un gemido tan agudo que se tapó la boca con el dorso de la mano. Le aparté la mano sin dejar de chuparla.
—Quiero escucharte —le dije.
A partir de ahí no se calló más. Le pasé la lengua por todos lados, despacio primero, después con un ritmo que iba y venía. Le metí dos dedos y los curvé buscando ese punto que a mí me funcionaba cuando estaba sola, y por la forma en que ella se apretó alrededor supe que lo había encontrado. Se agarró del respaldo de la cama, se mordió el labio, dijo mi nombre dos veces, una en voz baja y otra casi gritando.
Cuando terminó, se quedó temblando con los ojos cerrados. Yo subí, me acosté al lado suyo y le di un beso largo en la sien. Tenía gusto a ella en la boca y no me importaba en absoluto.
—Te toca —murmuró sin abrir los ojos.
Y me tocó. Pero antes me sacó el vestido y la bombacha sin apuro, como si quisiera mirarme bien. Yo me sentí expuesta de una forma que nunca me había sentido con un tipo, no sé bien por qué. Tal vez porque ella sabía exactamente qué buscar, dónde mirar, qué partes de mi cuerpo eran las que más me daban vergüenza y las que más me gustaban al mismo tiempo.
Se subió arriba mío y empezó a frotarse contra mí. Cadera contra cadera, las dos mojadas, el roce directo. No me imaginaba que algo así pudiera sentirse tan bien sin nada de por medio. Cada vez que ella se movía, me arrancaba un gemido nuevo. Le agarré el culo con las dos manos para marcarle el ritmo y ella se dejó.
—Más fuerte —pedí yo ahora.
Camila se inclinó sobre mí sin parar de moverse y me puso una mano alrededor del cuello, no apretando, solo apoyada, pero el gesto solo me hizo cerrar los ojos. Con la otra mano me agarró un pecho y me lo apretó. Yo no podía hablar. Estaba a punto.
—Mirame —me ordenó.
La miré. Y en el momento exacto en el que terminé, ella me sostenía la mirada y se mordía el labio, y creo que esa imagen me la voy a llevar conmigo durante mucho tiempo.
No paramos ahí. Descansamos un rato, le serví agua, ella me hizo reír contándome una pavada del baile, y a los veinte minutos ya estábamos de nuevo enredadas. Esa noche me hizo terminar tres veces más. Una con los dedos, otra con la boca, otra cabalgándome el muslo mientras me besaba como si quisiera tragarme entera.
Cuando empezó a entrar la luz por la ventana, las dos estábamos rendidas, con las sábanas hechas un bollo a los pies de la cama y el cuerpo marcado de besos. Camila se acomodó contra mí, me pasó un brazo por la cintura y me besó el hombro.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Y ahora dormimos —contestó—. Después vemos.
Dormimos. Después del mediodía me desperté con su pelo desparramado sobre mi almohada y me di cuenta de que no me arrepentía de absolutamente nada. Más bien al contrario: tenía ganas de volver a empezar.
Eso fue hace una semana. Hoy ella sigue siendo mi mejor amiga. Y también es otra cosa, todavía sin nombre, que nos llevamos al cuarto cada vez que tenemos la casa sola.