Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La maestra que respondió mi anuncio aquella tarde

Empezó un martes de mayo, ya casi entrando el frío del sur, cuando el celular vibró sobre la mesa de la cocina mientras yo terminaba de comer un sándwich que ni siquiera había calentado bien. El mensaje venía de un número desconocido y la pregunta era sencilla: cuánto cobraba.

Hacía meses que tenía el anuncio publicado en una red social, uno de esos que se camuflan entre publicidad de uñas y peluquerías a domicilio. Decía algo así como «masajes profesionales con final relajante». Cualquiera con dos dedos de frente entendía. Yo atendía solo a hombres porque así me sentía más segura, porque controlaba mejor la situación y porque, francamente, eran los que pagaban sin regatear. Pero ese mensaje no era de un hombre.

Marisela —después supe que se llamaba Marisela, aunque empezamos sin nombres— me preguntó dos veces si me animaba a hacerle una sesión a una mujer. La primera respuesta que escribí decía que no, gracias. La borré antes de mandarla. La segunda decía que sí, pero más caro. La borré también.

Yo soy lesbiana. Lo aclaro porque en mi trabajo eso confunde a más de uno. Mi pareja de entonces, Daniela, llevaba conmigo siete años, y los últimos dos los pasábamos discutiendo en susurros para no despertar a los vecinos. Ella sabía a qué me dedicaba. Lo habíamos hablado y, en teoría, lo había aceptado como una solución temporal mientras la fábrica donde yo había trabajado durante una década seguía cerrada. En la práctica, cada vez que yo volvía a casa, Daniela se daba vuelta en la cama y fingía dormir.

Llevaba meses sin tocarla. Llevaba meses sin que nadie me tocara con verdaderas ganas, porque mis clientes, por más amables que fueran, querían algo muy concreto y muy rápido. Cuando leí el mensaje de Marisela por tercera vez, sentí algo que no sentía hacía tiempo: curiosidad real. Y un poco de miedo.

Le respondí mi tarifa y le aclaré que era la primera vez que aceptaba a una mujer. Me contestó con un audio de catorce segundos. Tenía una voz baja, pausada, con esa cadencia de quien está acostumbrada a hablar delante de un aula. Me dijo que también era su primera vez pagando por algo así, y que si yo dudaba ella entendía. No dudé.

Quedamos en su casa el jueves siguiente, a las cuatro de la tarde, mientras su hija estuviera en una clase de natación que terminaba a las seis.

***

Me arreglé con calma. No me había puesto así, para mí, desde que cumplí los treinta y eso ya hacía rato. Elegí un conjunto de lencería que tenía guardado en el cajón de abajo, uno color vino que nunca había estrenado porque a Daniela le molestaban los volados. Encima me puse un vestido negro liviano, sin sostén, y unas medias largas que se sostenían solas. Me maquillé los ojos. Me perfumé el cuello, la nuca, las muñecas y, no sé por qué, también detrás de las rodillas.

La dirección quedaba en un barrio tranquilo, con casas bajas y enredaderas en las rejas. Marisela vivía en un departamento de planta baja con un patio pequeño y una higuera vieja. Toqué el timbre y esperé. Pasaron treinta segundos. Pasó un minuto. Empecé a pensar que se había arrepentido y que yo me iba a tener que volver con la peor sensación del mundo. Y entonces se abrió la puerta.

Era más baja de lo que había imaginado. Tendría unos cuarenta y pico, el pelo oscuro con algunas canas en las sienes y los ojos grandes, marrones, asustados. Llevaba un suéter holgado y un pantalón de lino. Olía a colonia cítrica y a un perfume más antiguo debajo, como de jabón de tocador.

—Pasa —me dijo, y se hizo a un costado.

El living estaba en penumbra a propósito, con una sola lámpara encendida y la cortina corrida. Sobre la mesa baja había una botella de vino abierta y dos copas. También una bandeja con quesos que ninguna iba a tocar.

—No te enojes si tomo despacio —me dijo mientras servía—. No estoy acostumbrada a esto.

—Tómate el tiempo que quieras —contesté.

Hablamos un rato de cosas sin importancia. De su trabajo —daba clases de literatura en un secundario de la zona—, del mío —le mentí y le dije que estudiaba enfermería—, del calor que había hecho esa semana y de la higuera del patio, que daba unos higos enormes en febrero. Cada tanto, Marisela me miraba la boca un segundo de más y desviaba la vista. Yo dejaba que me mirara.

En un momento, el aire se llenó de esos bichitos chiquitos que aparecen alrededor de las lámparas en mayo. Uno se me metió por el escote de la espalda. Me retorcí un poco y, antes de pensarlo dos veces, le pedí el favor.

—¿Me rascas? Acá, no llego —le dije, dándole la espalda.

Le tomó dos segundos entender que era una excusa. Sentí su mano fría contra la piel, suave, indecisa. Bajó los dedos por mi columna hasta donde terminaba la tela del vestido. No dije nada. Ella tampoco.

Me di vuelta sin separarme. Quedamos a un palmo. Tenía un pequeño lunar arriba del labio que no había notado antes, y los ojos muy abiertos, como esperando que yo decidiera por las dos. Decidí.

La besé despacio. Apenas un roce, para que pudiera echarse atrás si quería. No se echó atrás. Le besé el cuello debajo de la oreja, y un gemido bajo, casi avergonzado, le salió desde algún lugar que tenía cerrado hacía mucho. Esa fue la primera prueba de que la tarde no iba a alcanzar.

—Ven —me dijo después de un rato largo—. Vamos al cuarto.

—Está bien —respondí, y la seguí por el pasillo angosto.

***

El dormitorio tenía un cubrecama claro, una cómoda con frascos de perfume vacíos y un crucifijo arriba de la cabecera. No le dije nada del crucifijo. Marisela cerró la puerta como si el resto del mundo estuviera escuchando, y eso me gustó. Me gustó pensar que yo era su secreto.

Nos seguimos besando de pie, al lado de la cama, con esa torpeza de las dos primeras veces: la de ella, que nunca había estado con una desconocida, y la mía, que nunca había estado con una mujer en una transacción. Le metí las manos por debajo del suéter y le encontré la piel tibia, los costados blandos, la espalda con un cierre de sostén que no resolvió ningún diseñador funcional. Lo desabroché de memoria.

—Para —dijo de pronto.

Paré.

—¿Está bien si dejo la luz prendida? —preguntó, mirando la lámpara de la mesita—. Quiero verte.

—Está bien —le dije.

Me sacó el vestido por encima de la cabeza con cuidado, como quien desenvuelve un regalo. Cuando vio la lencería color vino se quedó quieta. Le sonreí.

—¿Te gusta?

Asintió sin hablar.

La desnudé yo después. No tenía el cuerpo de una modelo y le importaba. Lo noté en la manera de cruzar los brazos sobre el vientre apenas se sacó el suéter. Le abrí los brazos despacio y le besé los hombros, las clavículas, los pechos, que eran más grandes de lo que parecía y tenían unas marcas de embarazo viejas que la hicieron tensarse. Le dejé un beso largo justo ahí, sobre las marcas, hasta que aflojó.

Caímos a la cama enredadas. La ropa terminó en cualquier parte. Yo después me acordaría de que la ropa interior apareció al día siguiente debajo de la mesita de luz, doblada con cuidado, como si Marisela la hubiera guardado para que no la viera nadie.

La acomodé boca abajo y le pasé las manos por la espalda primero. Estaba pagada para dar un masaje, después de todo. Le apreté los hombros, la base del cuello, los costados. Le bajé hasta la cintura, y después un poco más. Se le escapó un sonido entre risa y suspiro.

—Eres buena —murmuró contra la almohada.

—Todavía no empecé —dije.

Me acomodé detrás de ella, pegada, y la abracé desde atrás. Le rodeé la cintura con un brazo y la apreté contra mi pubis. Le besé la nuca. Le mordí despacio el borde de la oreja. Una mano subió a los pechos y la otra bajó por la cadera, por la cara interna del muslo, hasta encontrarla. Estaba mojadísima. Más de lo que yo esperaba para alguien tan asustada.

—Ay, perdón —susurró.

—No pidas perdón por eso —le dije al oído.

Le metí dos dedos sin urgencia. Marisela se tensó un instante y después se entregó. Empecé a moverlos despacio, buscando el ángulo, leyendo qué le hacía contener el aire. Cuando lo encontré, lo repetí. Y otra vez. Y otra vez. La pegué más fuerte contra mí, le hablé bajito cosas que no recuerdo, le dije que la quería sentir, le dije que se dejara. Le mordí el cuello con cuidado de no dejar marca.

Marisela acabó así, apretada contra mi cuerpo, mordiendo la almohada para no gritar, mientras yo le sostenía un pecho con una mano y le movía los dedos adentro con la otra. Cuando terminó se quedó temblando largo rato. Yo apoyé la frente en su nuca y la dejé temblar.

***

Me hubiera quedado dormida ahí mismo, pegada a su espalda, oliendo su champú a manzana, si yo no fuera quien soy. Pero soy insaciable y siempre lo fui. Una vez no me alcanza. Dos veces tampoco.

Marisela se dio vuelta, con los ojos brillosos y la cara colorada, y empezó a disculparse por haber acabado tan rápido. Le tapé la boca con un beso y le pasé la mano entre las piernas. Estaba caliente todavía, hinchada, con un brillo que me hizo perder la cabeza.

—Quédate quieta —le dije.

Le abrí las piernas con la rodilla y me ubiqué encima, pero no como me habían enseñado en ningún manual, sino como me enseñó el cuerpo. Apoyé mi sexo contra el suyo, lo justo para que se rozaran. La primera embestida me sacó un quejido a mí, no a ella. Estaba más excitada de lo que me había permitido reconocer.

Me moví despacio al principio, sintiendo cómo nuestras pieles se enganchaban húmedas. Marisela me miraba desde abajo con la boca abierta, asombrada de que esto fuera posible. Le tomé las manos y las apoyé en mis caderas. Le marqué el ritmo. Le dije sin palabras: acompáñame.

Aceleré. Cada roce me subía algo por la columna, una corriente que no encontraba dónde quedarse. Me incliné hacia atrás, apoyé las palmas en sus muslos y la monté con los ojos cerrados. Marisela empezó a gemir más fuerte, sin acordarse de la hija, ni del crucifijo, ni de la vecina del piso de arriba. Yo tampoco me acordaba de Daniela. En ese cuarto solo existíamos las dos y el sonido húmedo de nuestros sexos buscándose.

Acabé yo primero esa vez, fuerte, con un grito largo que se me escapó sin permiso. Marisela me acompañó pocos segundos después, agarrándome las caderas con las dos manos para que no me alejara. Caí sobre ella, las dos pegajosas, las dos sin aire.

Se quedó callada un rato largo, acariciándome la espalda con una distracción que me gustó. Después dijo:

—¿Puedo pedirte que vuelvas?

Me reí contra su cuello.

—Tendrías que pagarme otra vez —le dije.

—Te pago lo que quieras.

No le contesté en ese momento. Me levanté, me bañé en su ducha con jabón ajeno y me fui antes de que volviera la hija de la piscina. En la puerta, mientras me ataba los zapatos, Marisela me agarró del brazo y me besó otra vez, sin la urgencia de antes, con esa calma triste de las cosas que recién empiezan y ya saben que no van a terminar bien.

Esa fue la primera de muchas tardes. La maestra y yo, dos veces por semana, cuando la hija nadaba. Daniela siguió fingiendo que dormía. Marisela siguió pagando. Yo, durante meses, dejé de pensar en el final feliz de mis clientes y empecé a esperar el suyo.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (4)

VickyRos

excelente!! me tuvo pegada de principio a fin

Lucia_camp

Por favor seguila, quede con ganas de mas. No puede terminar ahi!

Flopa99

Me encanto el arranque, eso de romper la propia regla le da un sabor especial a todo el relato

Ro_cba

me recuerda algo que me paso hace tiempo, siempre los momentos inesperados son los que te marcan jajaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.