El juego que cambió lo que sentía por mi mejor amiga
El viernes había arrastrado lluvia desde la mañana, y a Mariana y a mí no nos quedaron ganas de salir. Nos encerramos en mi habitación con dos latas de cerveza, una playlist vieja y la persiana medio bajada para que la tarde se sintiera más larga de lo que era. Llovía con esa lluvia mansa que no termina de irse nunca.
Llevábamos seis años de amistad. De esas amistades en las que sabés cuándo la otra está mintiendo solo por cómo respira, o cuándo está triste por la forma en que apoya el vaso. Lo que nunca habíamos hablado era lo otro: eso que se cruzaba entre nosotras desde el verano anterior, cuando vino a dormir a casa después de pelearse con su novio y terminamos compartiendo cama sin que pasara nada y, al mismo tiempo, sintiendo que todo había pasado.
—¿Verdad o reto? —preguntó esa tarde, girando la lata entre las manos.
—¿Tenemos quince años?
—Si te animás, lo hacemos en serio.
Me quedé mirándola. Tenía la sonrisa torcida que se le ponía cuando estaba a punto de hacer una idiotez. Solté una carcajada y le tiré una almohada a la cara.
—Dale.
Las primeras rondas fueron tontas. Confesiones viejas de la facultad, retos absurdos como llamar al delivery y colgar antes de que atendieran, contarme la última vez que había llorado y por quién. Pero a la cuarta cerveza, ella estiró las piernas sobre mi colchón, dejó la lata en el suelo y dijo, sin mirarme del todo:
—Le falta sal. El que pierde se saca una prenda.
No respondí enseguida. Sentí el calor en las orejas antes que en cualquier otra parte. La miré tratando de entender si estaba hablando en serio o si esperaba que me asustara y dijera que no.
—Trato hecho —contesté.
La primera ronda con la regla nueva la perdí yo. Mariana levantó las cejas y señaló mi remera con un dedo.
—Esa.
Me la saqué sin teatralidad, pero sentí cómo me recorría con la mirada desde el cuello hasta la línea del corpiño. Era un corpiño de algodón, sin gracia, blanco, y a ella le brillaron los ojos como si fuera lencería de catálogo.
La siguiente la perdió ella. No le di tiempo a elegir.
—El pantalón.
Se levantó de la cama y se lo bajó despacio, dándome la espalda primero, después girando. Llevaba una bombacha negra finita, casi nada, y la piel del muslo le temblaba apenas cuando dobló las piernas para volver a sentarse. Las dos nos reímos, pero la risa ya no era la misma. Era una risa de adolescentes, mezcla de nervios y vértigo.
***
Tres rondas después, Mariana estaba en corpiño rojo y bombacha negra. Yo me había quedado sin el mío y trataba de cruzar los brazos sin que se notara que los cruzaba. Ella ni siquiera disimulaba que me miraba.
—Reto —dijo cuando le tocó.
—Besame el cuello.
Lo dije sin pensarlo, como si lo hubiera tenido guardado meses. Ella se acercó gateando por la cama hasta quedar a un palmo. Su pelo me rozó el hombro. Después la boca, primero apenas apoyada contra el costado del cuello, después abriéndose, más caliente de lo que me esperaba. Sentí la punta de su lengua trazándome una línea corta detrás de la oreja y todo el vello del brazo se me puso de punta. Cuando me soltó, yo tenía los ojos cerrados y las bragas ya empapadas contra el elástico del short.
—Otra ronda —dijo bajito, y la voz se le había puesto ronca.
Perdí otra vez. Me sacó el short. Me sacó las medias. Después le tocó a ella, y se sacó el corpiño con las dos manos en la espalda, mirándome como si me estuviera dando un permiso. Tenía las tetas más chicas de lo que yo había imaginado las pocas veces que me había permitido imaginarlas, los pezones rosados y duros como puntas, y un lunar diminuto debajo del derecho. Me quedé en silencio mirándole cómo se le movía apenas el pecho con la respiración.
Ya no había juego.
—Tu reto —murmuré.
Mariana respiró hondo. Pensó un segundo. Y después, con una calma que me desarmó, soltó:
—Tocate. Pero no cierres los ojos. Mirame a mí.
***
Me apoyé contra el respaldo de la cama. Metí la mano por debajo del elástico de la bombacha y sentí, al primer roce, lo mojada que estaba. Los dedos me resbalaron enteros, sin resistencia, hasta el clítoris hinchado que latía como si tuviera pulso propio. Ella no se movió. Estaba sentada de rodillas frente a mí, con los muslos abiertos, las manos sobre las rodillas como si estuviera meditando, y la mirada fija en la mía.
—No cierres los ojos —repitió.
Empecé despacio. Círculos chicos alrededor del clítoris, cuidando la respiración para que no se me escapara nada todavía. Después bajé dos dedos, los hundí en el coño para mojármelos bien y volví a subir, y el ruido húmedo del movimiento se hizo tan claro en el silencio del cuarto que las dos lo escuchamos. Ella entreabrió los labios. Su mirada era una presión más, otra mano. Era como si estuviera tocándome ella, con los ojos. Le vi morder el labio inferior. Le vi bajar la mano un segundo y apoyársela en el muslo, después subirla despacio, meterla debajo del elástico de la bombacha negra, y quedarse quieta ahí, como si se estuviera conteniendo pero no del todo.
—Sacate la bombacha —le dije, con la voz partida—. Yo también quiero verte.
Levantó las caderas y se la deslizó por los muslos sin dejar de mirarme. Se abrió de piernas frente a mí, y le vi el coño rasurado, rosado, brillante de lo mojada que estaba. Se llevó dos dedos a la boca, los ensalivó despacio, y después los bajó y empezó a tocarse ella también, en espejo, marcándome el ritmo.
—Lo estás haciendo bien —dijo—. No pares.
Aceleré sin darme cuenta. Metí un dedo, después dos, y los curvaba adentro mientras el pulgar seguía dándole al clítoris. Empecé a respirar por la boca, con la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo, los muslos abiertos para ella, las tetas subiendo y bajando. Ella se tocaba igual, con los ojos vidriosos, y de a ratos se sacaba los dedos y me los mostraba, brillando enteros, antes de volver a metérselos.
—Estoy por venirme —jadeé.
—No todavía.
Y entonces, cuando ya no podía sostenerle la mirada del todo, se inclinó hacia adelante, me sacó la mano de un tirón, se llevó mis dedos a la boca y los chupó enteros, mirándome, antes de besarme.
El primer beso fue impaciente, casi torpe. Chocamos los dientes y nos reímos contra los labios de la otra durante un segundo, antes de volver al beso, esta vez con más cuidado. Su lengua entró despacio, con el sabor de mi propio coño todavía encima, y la mía respondió chupándosela. Y la cama, que un minuto antes había sido un campo de batalla para un juego de adolescentes, se convirtió en otra cosa.
***
Nos sacamos lo que quedaba sin decirnos nada. No hicieron falta retos. Quedamos las dos desnudas, una frente a la otra, en una habitación con la luz de afuera ya casi naranja por el atardecer que se filtraba entre las nubes. Ella me miró sin pudor, y yo se la dejé mirar. Tenía la piel más clara que la mía, las caderas anchas, un tatuaje chiquito de una flor en el costado izquierdo que yo había visto cientos de veces en la pileta y nunca había mirado así.
Me empujó hasta acostarme y se acomodó arriba de mí, un muslo entre los míos, las dos respiraciones ya descompuestas. Sentí su coño mojado apoyado contra mi cadera, dejándome un rastro caliente. Me besó el cuello, después la clavícula, después una teta. Cuando me chupó el pezón, tirando con los dientes apenas, sentí un tirón en algún lugar que no sabía que se podía conectar con la boca de otra mujer. Le agarré la nuca con las dos manos y le apreté la cara contra el pecho.
—No pares —le pedí.
Se pasó al otro pezón, lo lamió en círculos, después me lo mordió y yo arqueé la espalda. Bajó más. Me besó el ombligo, las caderas, la cara interna del muslo, mordiendo apenas para dejarme una marca chiquita que no iba a poder explicar. Me abrió las piernas con las dos manos, apoyándome los pulgares en la cara interna de los muslos para dejarme bien abierta, y se quedó un segundo mirándome el coño de cerca, como si estuviera decidiendo por dónde empezar. Yo estaba abierta, expuesta, y por primera vez en la tarde no me importó. Cuando su lengua me tocó, plana y caliente, subiéndome de abajo hacia arriba en una lamida larga, dejé escapar un sonido que ni siquiera reconocí como mío.
Ella lamió con paciencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Rodeaba el clítoris con la punta de la lengua, después lo chupaba entero, después bajaba, me metía la lengua adentro y la movía como si me estuviera cogiendo con la boca. Dibujaba círculos, se quedaba quieta y soplaba apenas para que el frío se me clavara justo ahí. Después me metió dos dedos y siguió chupándome el clítoris al mismo tiempo, curvándolos adentro contra la pared de arriba, y yo me agarraba de la sábana, después de su pelo, después de la sábana otra vez. Le tironeaba del pelo sin querer y ella gemía contra mi coño, y las vibraciones me subían por dentro. Estaba a punto de venirme, con las piernas temblándome sobre sus hombros, cuando paró.
—Todavía no —dijo con la boca brillante, la barbilla mojada de mí.
—Sos una hija de puta —le dije riéndome, casi sin aire.
—Vas a venirte cuando yo diga.
***
Se acomodó arriba de mí de otra manera. Cruzó una pierna por encima de la mía, hasta que sus caderas y las mías quedaron pegadas, coño contra coño. La sentí caliente, húmeda, abierta contra mí, y el primer roce, piel contra piel resbaladiza, nos hizo gemir a las dos al mismo tiempo. Nos miramos sorprendidas, como si no nos hubiéramos esperado que el sonido coincidiera.
Empezó a moverse. Despacio al principio, buscando el ángulo, restregándose contra mí hasta que los dos clítoris se encontraron y las dos pegamos un respingo. Yo subí las manos hasta sus tetas, se las apreté, le tironeé los pezones entre el índice y el pulgar, después bajé una hasta su cadera y la apreté contra mí para que no se moviera tan lento. Ella entendió. El ritmo cambió.
Se apoyó con las dos manos a los costados de mi cabeza y empezó a cogerme así, mojada contra mojada, clítoris contra clítoris, con las tetas colgándole encima de mi cara. Yo le agarré una con la boca y le chupé el pezón sin soltarla, mordiéndoselo apenas mientras se movía cada vez más rápido. El sonido de la cama, el sonido de nuestros coños chocando, mojados, ese ruido pegajoso e inconfundible que hace la piel resbalando en piel, los gemidos cada vez menos disimulados, todo eso llenaba la habitación con una densidad que ya no se parecía en nada a una tarde de viernes con cerveza.
—Más fuerte —le pedí con la boca todavía llena de su teta—. Más fuerte, Mariana, cogeme más fuerte.
—Decilo otra vez.
—Cogeme.
Se apoyó en una sola mano, dejándome un mejor ángulo, y bajó la otra entre las dos. Empezó a frotarme el clítoris con dos dedos mientras seguía moviendo la cadera, y yo aproveché para tomarla de la cintura con las dos manos y guiarla, casi clavándole los dedos en la piel. Después subí una mano y le metí dos dedos en el coño desde abajo, y ella soltó un gemido largo, gutural, y empezó a moverse contra mi mano y contra mi cadera al mismo tiempo, como si no supiera qué quería primero.
—Así —jadeé—. Así.
—Mirame —me dijo, igual que antes—. No cierres los ojos.
Le sostuve la mirada como pude. Tenía las pupilas dilatadas, la boca abierta, el pelo pegado a la frente por la transpiración, un hilo de saliva bajándole de la comisura. La vi a punto de venirse antes de notarlo en mí: se le tensó todo el cuerpo, se le cerraron los ojos un segundo y los volvió a abrir para no perderse mi cara. Los dedos que tenía adentro los sentí apretados, chupados, como si el coño le estuviera pidiendo más. Yo le di más, curvándoselos, mientras ella no paraba de frotarme el clítoris.
—Vení conmigo —me dijo—. Ya.
Llegamos casi juntas, una un segundo antes que la otra, y la que se vino primero arrastró a la otra con un temblor largo. Sentí cómo se le contraía el coño alrededor de mis dedos en oleadas, apretándolos con fuerza, mientras a mí el orgasmo me subía desde los pies y me hacía arquear la espalda contra el colchón, con un grito que le quedó pegado a la boca porque me besó justo cuando estaba viniendo. Quedamos pegadas, jadeando, las frentes apoyadas, las piernas todavía entrelazadas, los coños todavía chorreando uno contra el otro.
***
Quedamos así un rato largo. Ella encima, yo abajo, todavía conectadas, las respiraciones bajando despacio, la transpiración enfriándonos la piel. Le saqué los dedos con cuidado y me los llevé a la boca para chuparlos, mirándola. Ella se rió bajito y me los sacó de la boca para chupármelos ella. Afuera había dejado de llover. Adentro, en cambio, todo era nuevo.
—No fue un juego —dijo después, hablando contra mi cuello.
—Ya sé.
—Hace mucho que no era un juego.
Le acaricié la espalda de arriba abajo, sin contestarle todavía. Estaba pensando en todas las veces que la había mirado desde lejos, todas las veces que me había mentido a mí misma con un «es solo cariño de amigas», todas las cervezas compartidas esperando, sin saberlo, que alguna nos diera el coraje para una tarde como esta.
—Para mí tampoco —le contesté al fin.
Se rió bajito, todavía pegada a mi cuello. Sentí la risa contra la piel.
—¿Otra ronda? —preguntó.
—Verdad o reto.
—Reto.
—Quedate.
Levantó la cabeza para mirarme. Tenía los ojos chicos por el cansancio y la sonrisa enorme.
—Eso no es un reto —dijo—. Eso ya está ganado.





