Mi compañera de cuarto y lo que oía cada noche
Con Mariana éramos amigas con derecho a roce desde que se mudó conmigo al departamento, en su segundo año de carrera. Yo estaba haciendo unas prácticas mal pagas en una agencia de marketing y la mitad del alquiler que ella cubría era lo único que me permitía respirar a fin de mes.
Venía de un pueblo del interior donde la misa de los domingos era ley y donde nadie hablaba de sexo ni en voz baja. La primera vez que llevé a una chica al departamento pensé que iba a empacar sus cosas y rezarme un rosario antes de salir corriendo. En lugar de eso, se quedó toda la noche en su cuarto con la puerta entreabierta. A la mañana siguiente me preguntó, con la voz un poco temblorosa, si siempre era así de intenso. Le contesté que dependía de la chica. Se sonrojó hasta las orejas.
Los meses fueron pasando y la química entre nosotras crecía como una planta a la que nadie regaba pero que se las arreglaba para no morir. Mariana se reía de mis chistes torpes; yo me quedaba más tiempo del necesario en la cocina cuando ella cocinaba en pantalón corto. A veces nos quedábamos hasta tarde tomando vino en el sillón y nuestras rodillas se rozaban como si fuera casualidad.
No era casualidad. Hacía meses que no lo era.
Lo que terminó de romper la cuerda fue una noche de lluvia, a fines de septiembre. Yo tenía planeado verme con Camila, una chica con la que me acostaba sin compromiso desde el verano, y me canceló a última hora con una excusa que ni siquiera me molesté en discutir. Me quedé en el sillón con una camiseta vieja, un poco frustrada, un poco enojada, escuchando la lluvia golpear los vidrios.
Y escuchando, también, lo que venía del otro lado de la pared.
Hacía semanas que Mariana, cuando creía que yo dormía, se tocaba. Yo lo sabía porque las paredes de aquel departamento eran de cartón y porque, sin querer, había aprendido a reconocer el ritmo de su respiración cuando empezaba. Primero un suspiro corto, después una pausa, después el roce suave de las sábanas. Algunas noches terminaba con un gemido contenido que me dejaba despierta una hora, mirando el techo.
Esa noche, con la lluvia y la frustración, fue distinta. Ya no quería escuchar a Mariana. Quería verla.
Me fui a mi cuarto y traté de masturbarme pensando en cualquier otra cosa. No lo conseguí. Pensaba en su pelo recogido en una colita floja, en la forma en que se mordía el labio cuando estudiaba, en cómo me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta. Después de diez minutos me rendí, me senté en la cama, y entonces oí pasos en el pasillo.
La puerta de su cuarto se abrió y la oí cruzar hacia la cocina.
Esperé un segundo, respiré y salí detrás de ella.
Estaba descalza, frente al fregadero, llenando un vaso de agua. Llevaba un camisón blanco de algodón, finito por el uso, que se transparentaba contra la luz amarilla de la lamparita nocturna. La silueta de su espalda, de su cintura, de sus caderas, se marcaba como una invitación que ella ni siquiera sabía que estaba haciendo.
Me acerqué sin hacer ruido. Se enderezó apenas cuando me sintió detrás, lista para girar la cabeza, pero le puse las manos en las caderas antes de que pudiera moverse. Sentí su cuerpo tensarse y, un segundo después, relajarse contra el mío.
—¿Te ibas a dormir? —susurré junto a su oreja.
—S… sí —contestó sin aire.
Le apreté la cintura. Subí las manos despacio, por las costillas, hasta cubrirle los pechos por encima del camisón. Estaban tibios, firmes, y los pezones se le endurecieron contra mis palmas en cuestión de segundos.
—Tal vez esta noche te puedo ayudar yo —le dije, también en un susurro—. Así no tenés que esperar a que me duerma.
Se quedó congelada. Sentí su respiración detenerse, después acelerarse, y muy despacio se dio la vuelta entre mis brazos para mirarme. Tenía los ojos enormes, una mezcla de miedo y de hambre que no le había visto nunca.
—¿Me escuchabas?
—Te escuchaba —le dije, sosteniéndole la mirada—. Te escuchaba tocarte y decir mi nombre. Y me tocaba yo del otro lado de la pared, para no entrar y mostrarte lo que vos me hacías.
No la dejé contestar. La besé.
Su reacción fue inmediata. Me devolvió el beso con una urgencia que no esperaba, abriendo la boca y agarrándose de mi camiseta como si tuviera miedo de que me arrepintiera. Le pasé un brazo por la cintura y la pegué contra la encimera. Estábamos las dos respirando como si hubiéramos corrido.
Le bajé la boca por el cuello, le mordí el lóbulo de la oreja, le besé la clavícula. Con la otra mano fui levantando el camisón hasta tenerlo arrugado en su cintura.
—Decime una cosa —susurré—. ¿Estás mojada para mí?
—Mmm… sí —contestó, con los ojos cerrados.
Hice a un lado la tela fina de la bombacha y bajé la mano. Estaba empapada, caliente, resbalando entre mis dedos antes de que tuviera tiempo de hacer nada. Le tracé una línea suave entre los pliegues y ella se aferró a mis hombros, conteniendo un gemido contra mi cuello.
—Por favor, Lara… —susurró.
Saqué la mano. Le agarré la muñeca y la guié por el pasillo hasta mi cuarto, sin decir una palabra. Ella se dejaba llevar como si no terminara de creer lo que estaba pasando. La acosté en mi cama con cuidado, y cuando su cabeza tocó la almohada me quedé un segundo mirándola desde arriba, con sus ojos azules clavados en los míos.
Tuve que recordarme, en ese momento, que Mariana nunca había estado con nadie. Que por más que llevara meses escuchándome y curioseando con su propia mano por las noches, esta era su primera vez. Iba a tomarme mi tiempo. Iba a hacer que no se olvidara nunca de esa noche.
Le saqué la bombacha despacio, deslizándola por sus muslos. Cuando le rocé los tobillos con los dedos, le tembló todo el cuerpo. Le abrí las piernas con suavidad y me quedé sin aire al verla: rosada, brillante, perfectamente expuesta. Se me hizo agua la boca antes de que me diera cuenta.
—Mierda —murmuré.
Me incliné sin más rodeos y la besé ahí, despacio al principio, después con más hambre. Pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, me detuve en su clítoris, lo besé como si fuera su boca, lo mordí apenas. Su sabor era cálido y limpio, ligeramente salado, y se me quedó pegado al paladar como un secreto.
—Ay, ay, ay… —empezó a repetir, casi sin voz.
Sus manos se enredaron en mi pelo. Las caderas se le empezaron a mover solas, buscándome, y yo las seguí. Acompasé la lengua a su ritmo, la presioné cuando ella empujaba, la suavicé cuando se contenía.
—Por favor, por favor… —dijo, y ya no sabía si era una súplica o una orden.
Le metí un dedo. Uno solo, despacio, sintiendo cómo su cuerpo se cerraba alrededor sin querer y volvía a abrirse. Solté un quejido contra ella sin darme cuenta. Empecé a moverlo al mismo tiempo que la chupaba, lento, profundo, escuchando cada uno de los sonidos que se le escapaban.
—Lara, Lara… —murmuraba.
Aceleré. Apreté un poco más con los labios, agregué un segundo dedo cuando supe que estaba lista, y la sentí empezar a temblar. Las piernas se le pusieron rígidas a los costados de mi cabeza. Una mano se aferró a la sábana y la otra a mi pelo. Soltó un grito breve, ahogado en la almohada, y se vino en mi boca con una intensidad que me sorprendió incluso a mí.
Los espasmos duraron lo que parecieron horas. Cuando aflojó, le saqué los dedos despacio, le di un último beso suave en el pubis y subí por su cuerpo, dejándole besos en el ombligo, entre los pechos, en la mandíbula. Me saqué la camiseta en el camino.
—Eso fue… —empezó, con la frente sudada y una sonrisa floja que no se le iba—. Fue mucho mejor que en mi cabeza.
—Todavía falta —le dije, y la besé.
Gimió cuando sintió su propio sabor en mi boca. Le bajé las tiritas del camisón, le saqué la prenda entera y por fin la vi del todo. Tenía los pechos un poco más pequeños de lo que imaginaba, con pezones oscuros, y la piel de un blanco lechoso que se sonrojaba en parches por todo el torso.
Me agaché y le tomé un pezón con la boca. La oí inhalar entre dientes. Lo mordí con cuidado, lo solté, soplé encima, lo volví a tomar. Con la otra mano le amasaba el otro pecho, jugando con la punta entre el pulgar y el índice. Se le empezó a arquear la espalda.
Le levanté la pierna derecha, abriéndola, y me acomodé sobre ella en un ángulo distinto. Apoyé mi pubis contra el suyo, despacio, hasta que nuestros sexos quedaron piel contra piel. Cuando empecé a moverme, las dos soltamos el mismo quejido.
—Dios… —susurró.
Empecé con un roce lento, dejando que nuestra humedad se mezclara y aceitara el movimiento. Cada vez que me deslizaba contra ella, mi clítoris encontraba el suyo y los dos chispazos parecían viajar al mismo tiempo. Aceleré apenas. Mariana cerró los ojos, los volvió a abrir, se le pusieron en blanco un segundo y me agarró los pechos con las dos manos, masajeándolos torpe pero con una intención que me derretía.
—Por favor, Lara —jadeaba—. Por favor, necesito venirme de nuevo.
—¿Querés venirte contra mí, bebé? —le pregunté, sin parar de moverme—. ¿Querés que tu corrida se mezcle con la mía?
—Sí, sí, por favor, más fuerte.
Perdí el control. Mis caderas se descontrolaron, y las suyas también empezaron a moverse, encontrándome a mitad de camino. Era perfecto. El sudor nos pegaba el pelo a la frente, las sábanas se nos iban enredando en las piernas, y el ruido húmedo de nuestros sexos contra el silencio del cuarto era lo más obsceno y lo más íntimo que había oído nunca.
—Vente conmigo, Mariana —le dije, mirándola a los ojos.
Lo hizo. Soltó un grito que ya no pudo contener, y yo me dejé caer con ella. Una luz blanca me cruzó la cabeza, los muslos me temblaron, y el orgasmo me arrasó el cuerpo de la nuca a los dedos de los pies. Me dejé colapsar a su lado, con los pulmones vacíos.
Tardé un rato en recuperar el aliento. Mariana se acomodó contra mí, apoyó la cabeza en mi pecho y se quedó así, escuchando mis latidos volver a su sitio. Le pasé los dedos por el pelo, lento.
—Decime que podemos hacer esto siempre —murmuró, sin mirarme.
Me reí bajito y le besé la coronilla.
—Ay, bebé —le dije—. No te preocupes por eso. Tu coño es adictivo. No te vas a sacar de encima a esta compañera de cuarto tan fácil.
Sentí que sonreía contra mi piel. Afuera la lluvia seguía golpeando los vidrios y yo, por primera vez en meses, ya no tenía nada para escuchar a través de la pared.