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Relatos Ardientes

Las dos chicas del cuarto de enfrente en Mallorca

Hace un par de años conocí a Sienna por internet. Era mitad inglesa, mitad española, y vivía en Mallorca. Nos habíamos visto en persona una sola vez, cuando ella vino a mi ciudad para visitar a un amigo en común. Era de las mujeres más hermosas que había tratado: bajita, un metro sesenta y cinco, piel de porcelana, cabello castaño oscuro con las puntas más claras y unos ojos azules tan pálidos que casi se veían grises.

Lo que más me gustaba de ella, sin embargo, era el tatuaje del antebrazo derecho: un sauce llorón con hojas violetas que destacaba sobre la piel blanca como una firma. Durante meses hablamos por mensajes y videollamadas. Me describía Mallorca, las calas escondidas, las terrazas con sal en el aire, y me invitaba sin invitarme, con esas frases que se quedan a medio camino entre la cortesía y la promesa.

Yo no tenía dinero para cruzar el océano. Tampoco tenía valor. Hasta que gané un concurso de cuento. El premio incluía la publicación de mi obra y un adelanto decente. No lo pensé dos veces: saqué el pasaporte, compré pasaje y elegí junio, porque Sienna me había dicho que era el mejor mes para las playas.

Iría dos semanas, con la esperanza vaga de que algo se rompiera entre nosotros en el buen sentido. Yo mido un metro setenta y cinco, tengo el pelo castaño, no hago demasiado ejercicio, pero toco batería en una banda de metal y eso me había moldeado los brazos y la espalda. Mi único defecto, según yo, son los lentes que me cubren los ojos. Aun así me consideraba presentable.

Le escribí desde el aeropuerto de Palma, sin avisarle antes. Quería darle una sorpresa.

—Lo siento muchísimo —me dijo del otro lado del teléfono, con un tono que se le quebraba—. Estoy en Sevilla. Vine a visitar a mis abuelos. Si me hubieras avisado, lo habría pospuesto. Vuelvo el viernes.

—Tranquila —contesté, intentando que no se notara la decepción—. Yo voy a estar dos semanas. Nos vemos cuando regreses.

Colgué con un sabor a metal en la boca. No todo estaba perdido, me dije. Era una isla preciosa, y yo tenía días por delante para perderme en ella.

Tomé un taxi al Airbnb que había reservado. No me alcanzaba para hotel, así que había agarrado una casa compartida con piscina, bastante barata. Lo único raro: la aplicación decía que los inquilinos eran hombres, y yo, pese a no ser quisquilloso, prefería entrar en territorio conocido.

Toqué la puerta. Me abrió una chica de rasgos asiáticos, alta, con piel canela y el pelo negro lacio cayéndole hasta la mitad de la espalda. Llevaba un top corto gris y una falda con flores. Se notaba que entrenaba.

—Tú debes ser Diego —dijo en español, con un acento bueno pero no del todo natural.

—Sí. Disculpa, creo que hay un error. La aplicación decía que iba a compartir con hombres. ¿Eres la novia de alguno?

—Mi novio Étienne también rentó la casa. Me llamo Mei.

Me ofreció la mano y la miré confundido.

—Soy vietnamita y francesa —añadió, leyendo mi cara.

—Ah, perdón —dije estrechándosela.

—Entra. Las cosas cambiaron a último momento.

El pórtico daba a una sala enorme. En el sofá había tres mujeres más. Me quedé clavado en la entrada.

—Chicas —anunció Mei—, llegó el otro inquilino.

—Creí que…

—Sí, lo sé —dijo Mei, riéndose—. Étienne iba a venir con sus amigos, pero al final ellos cancelaron. Liberamos los cuartos y ellas los rentaron.

Mei las presentó una por una.

—Hailey —dijo, señalando a una rubia con bikini y short de mezclilla.

—Hi. Nice to meet you —me saludó en inglés. Tendría unos veintiséis. La sonrisa le iluminaba toda la cara.

—También hablo inglés —le dije, y la vi relajarse.

—Daphne, de Grecia.

La pelirroja se levantó para darme la mano. Tenía el pelo de un color de fuego natural, hombros pecosos, una piel blanquísima que hacía resaltar el rojo como una pintura. Era la más joven del grupo, calculé.

—Y Charlie. Inglesa.

—Bienvenido —dijo ella con un acento marcado.

Charlie tenía la piel un poco más tostada que las otras, el pelo a la altura del mentón y unos ojos azules brutales, casi tan claros como los de Sienna. Algo en cómo me miró —sin sonrisa, sin esquivar— me incomodó un segundo.

—Disculpen las molestias —dije—. Si están incómodas con que esté aquí, puedo buscar otro lugar.

—Para nada —cortó Daphne con su acento marcado—. Si el novio de Mei va a venir, ya somos pares. Tranquilo.

—Podemos salir a tomar algo después —agregó Mei.

—For sure —sonrió Hailey.

Elegí el cuarto más alejado del pasillo principal. Cerré la puerta, dejé caer la mochila y me senté en la cama. El jet lag me golpeó como un martillo y me dormí vestido.

***

Cuando abrí los ojos ya era de noche cerrada. Salí al pasillo. A través del cristal vi a Hailey y a Daphne en la piscina, riendo. En la cocina, Charlie hervía agua para un té. Llevaba una camiseta que le quedaba enorme y no, claramente, sostén. La tela le caía justo donde no debía caer, marcándole la curva de un pecho.

La piel era tersa, el abdomen estaba marcado, las piernas larguísimas. Parecía bailarina o gimnasta.

—¿Dormiste bien? —dijo, y me cacheteó el cerebro: me había estado quedando viéndola sin querer.

—Doce horas de vuelo me dejaron destruido. Voy a darme un baño.

—Hay dos baños. El del fondo tiene tina, y los dueños dejaron sales. Por si te interesa.

—Gracias.

—Bienvenido a Mallorca —me dijo, y me guiñó un ojo.

Fui al cuarto a buscar toalla. Le mandé un mensaje a Sienna mientras caminaba al baño del fondo: que ya estaba instalado, que la esperaba. En eso oí algo que me hizo detenerme.

Un gemido bajo. Una mujer. Me quedé quieto en mitad del pasillo, sin saber qué hacer. Pensé que sería Mei con su novio, que ya habría llegado. Avancé un poco más hacia el baño y el gemido se volvió más nítido. Venía de adentro. Puse la mano en la perilla. El gemido se cortó de golpe.

—¡Pero dijiste que ibas a llegar hoy! —oí, ya con la voz a flor de piel—. Llevo esperándote desde la mañana. Estaba lista. ¡Eso no me alcanza! ¿Sabes qué? Te llamo después.

La puerta se abrió y Mei casi se choca conmigo. Pegó un salto.

—Disculpa —dije, retrocediendo—. No quise…

—¿Me escuchaste? —preguntó, y se quedó parada mirándome de arriba abajo. Vi cómo se mordía el labio inferior un segundo.

—Lo siento. Pensé que…

—No, tranquilo. Era Étienne. No viene hasta dentro de dos días. Una emergencia de trabajo.

—Qué bajón.

—Sí. Es solo que…

No terminó la frase. Volvió a mirarme. Y otra vez ese gesto.

—¿Solo qué?

—Nada. Disfruta —y salió del baño, cerrando la puerta tras de sí.

Me quedé un segundo digiriendo lo que acababa de pasar. Después llené la tina, eché sales y me hundí. El calor y el cansancio me volvieron a tumbar. Me dormí ahí mismo.

***

Cuando abrí los ojos otra vez, el agua estaba tibia y la casa, en silencio absoluto. Me sequé, me puse un short y una remera, y fui a la cocina por algo que comer. El reloj del horno marcaba la una de la mañana. Todas las luces estaban apagadas. No se oía nada.

Me serví un tazón de cereal y caminé de vuelta al cuarto. Para llegar tenía que cruzar el pasillo largo del fondo. En mitad del trayecto me detuve: la puerta del segundo cuarto a la izquierda estaba entornada, y por la rendija escapaba una luz tenue, amarilla, y dos voces de mujer riéndose en susurros.

—No seas así.

—¡No! Nos van a oír.

Tendría que haber seguido caminando. No lo hice. Apoyé el hombro en la pared del lado opuesto, dejé el tazón en el suelo y me acerqué a la rendija lo justo para ver.

Charlie estaba arrodillada sobre la cama, inclinada hacia adelante, intentando besar a Daphne. La pelirroja le esquivaba la boca con una risa pequeña, mordiéndose el labio. Las dos tenían medias largas y una camiseta corta. La de Charlie era gris, la de Daphne naranja. La luz era la de una lámpara de mesa cubierta con una tela.

—Charlie, no —decía Daphne, riéndose—. ¿Y si alguien viene a ver?

—Si vienen… que vean —contestó Charlie. Y la pelirroja, en lugar de cerrarse, le ofreció la boca.

El beso se volvió lento, profundo, con la lengua de Charlie entrando claramente en la boca de Daphne. La pelirroja le agarró la nuca, la jaló hacia sí, y se acostó dejándola encima. Yo no me moví. No podía.

Charlie bajó por el cuello de Daphne con la boca abierta. La camiseta naranja se le subió un poco y dejó ver el costado pálido del abdomen. La inglesa siguió bajando por las costillas, por la cintura, hasta llegar a las medias. Le mordió un muslo. Daphne se llevó dos dedos a la boca y empezó a chupárselos, con los ojos cerrados.

Charlie le bajó las medias despacio, las dejó a un lado de la cama, y volvió a subir besándole las piernas hasta llegar al borde de la camiseta. Tomó la tela con los dientes y se la fue levantando. Daphne intentaba bajársela, jugando, riéndose entre dientes.

—Ven aquí —dijo Charlie, y la sentó sobre la cama. La besó masajeándole los pechos por encima de la tela hasta que terminó de quitarle la camiseta de un tirón.

Los pechos de Daphne quedaron al aire, redondos, con los pezones rosados parados. Charlie le pidió que se diera vuelta y ella obedeció. Le apartó el pelo rojo hacia un costado y empezó a besarle la nuca, el hombro, mientras le rodeaba el cuerpo con un brazo. La pelirroja cerró los ojos, dejó caer la cabeza hacia atrás, y por su boca empezó a salir un gemido bajo, controlado, contenido.

La mano de Charlie bajó por el abdomen de Daphne y se le metió entre las piernas. No vi exactamente lo que hacía con los dedos, pero vi la cadera de la pelirroja moverse al ritmo de esa mano, vi cómo arqueaba la espalda, cómo le clavaba las uñas en el muslo a Charlie. La inglesa le hablaba al oído, despacio.

—¿Te gusta, amor?

Daphne asintió mordiéndose el labio. Charlie sacó los dedos y se los acercó a la boca. La pelirroja abrió los ojos y se los chupó con una lentitud que me hizo apretar la mandíbula.

Después Charlie la tumbó de espaldas, le abrió las piernas y bajó. Vi su cabeza moverse entre los muslos de Daphne, vi a la pelirroja cubrirse la boca con la mano para no gritar. Vi también, sobre la cama, las medias de Charlie marcando una mancha húmeda en la entrepierna; su mano libre fue ahí y empezó a tocarse mientras le comía a Daphne con la otra. Movía los dedos en círculos pequeños, rápidos, como si tuviera prisa.

—Ven —le dijo Daphne en algún momento, y le agarró la cara para subirla a su altura. Se besaron con la boca todavía mojada de la otra. Daphne le susurró algo al oído. Charlie asintió, le trepó al cuerpo, y la pelirroja le bajó las medias.

Charlie se apoyó en la pared del cabecero con las dos manos. La cabeza de Daphne quedó debajo, entre sus piernas, lamiéndola desde abajo. Vi la lengua subir y bajar. Charlie le agarró los muslos a Daphne con una mano para abrirla más y, sin soltarla, empezó a masturbarse a sí misma con la otra mientras la pelirroja le hacía un oral.

Entonces Daphne, abajo, dobló las rodillas y empezó a tocarse también. Las dos se masturbaban a la vez, una encima de la otra, con la lengua de Daphne todavía en el sexo de Charlie. La inglesa apretó la cara contra la pared, abrió la boca en una O perfecta, y los gemidos se le escaparon más altos, menos controlados.

Yo no respiraba. No me daba cuenta de que no respiraba.

En algún momento se movieron sin separar las bocas de los cuerpos. Charlie giró, quedó de espaldas a la pared, y de pronto las dos estaban en sesenta y nueve, las cabezas hundidas entre los muslos de la otra, los dedos enredados. No despegaba la mirada. Las dos se movían en una sincronía rara, con esa concentración silenciosa que se les pone a quienes ya conocen el cuerpo de la otra.

Y entonces Charlie levantó los ojos.

Me miró directo.

Se me cortó el aliento. Pensé en correr. No corrí.

Charlie no apartó la cara del sexo de Daphne. Siguió lamiéndola, despacio, sin sacarme los ojos de encima. Después separó la boca, metió dos dedos en Daphne, y la pelirroja se arqueó. La inglesa seguía mirándome. Yo era el espectador y ella, la actriz. Más todavía: ella me usaba a mí, su público, para excitarse.

La cara se le descompuso de pronto en un espasmo. Giró la cabeza, movió las caderas con una velocidad nueva contra la boca de Daphne, y dejó escapar un gemido largo, abierto, que me llegó como una bofetada. Se vino mirándome a mí.

Cuando el orgasmo pasó, Charlie se dejó caer al lado de la pelirroja. Se acariciaron en silencio, lentamente, hasta que dejaron de moverse. Las luces ya no me importaban. Recogí el tazón del suelo, volví al cuarto y cerré la puerta.

Me había venido yo también, dentro del short, sin tocarme. Había una mancha tibia que se enfriaba.

Me acosté con el corazón a mil. ¿Las había espiado? Sí. ¿Estaba mal? Probablemente. Pero esa mirada de Charlie al final —esa mirada que no era reproche, sino otra cosa— me decía que ella ya sabía que yo estaba ahí. Quizá desde el principio.

Miré la hora. Las cuatro de la mañana. Dos horas. Habían durado dos horas. Con razón ahora se quedaban dormidas.

Cerré los ojos. Lo último que pensé, antes de hundirme en el sueño, fue que aquel viaje, incluso sin Sienna, podía terminar siendo el mejor viaje de mi vida.

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Comentarios (5)

RafaelQro

tremendo relato, no pude parar de leer

NightReader_ARG

Por favor seguí con lo que pasó después... quedé con ganas de mas

Lorena_vacaciones

Me encantó como esta narrado, se siente que uno está ahí parado en el pasillo. Seguí así!

Tomas_SBA

me recordó a unas vacaciones en la costa que tuve hace años jeje, que tiempos

MatiasC

excelente!! uno de los mejores que lei por aca

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