Sofía volvió a buscarme y la madrugada nos cambió
Habían pasado unos veinte minutos desde que Renata y su acompañante se marcharon de la cala, y yo seguía con Sofía sentada entre mis piernas. Mis manos descansaban sobre su vientre desnudo, dibujando círculos lentos con la yema del pulgar. La arena estaba tibia. El mar respiraba suave detrás de nosotras. Había un silencio espeso, de esos que no piden ser llenados con nada.
Ella se giró sin separarse de mí, se acomodó a horcajadas y me miró a los ojos. Empezamos a besarnos. Eran besos tibios, sin prisa, con las palmas abiertas sobre mis mejillas. Hacía muchísimo tiempo que nadie me besaba así, como si yo todavía valiera la pena. Sofía interrumpió el beso, apoyó la frente contra la mía y me abrazó como si quisiera asegurarse de que era verdad.
—¿Nos vamos? —murmuró.
—Claro. Tengo hambre.
Recogimos la ropa entre risas, sacudimos la arena de las toallas y caminamos por la orilla con las manos enlazadas. El cielo se estaba poniendo color durazno. Llegamos al hotel, subimos a mi habitación y lo primero que las dos quisimos fue una ducha. Yo entré primero, abrí el agua caliente y dejé que me corriera por la nuca. A los pocos segundos sentí sus brazos rodeándome la cintura desde atrás.
Sus labios fueron dejando una hilera de besos pequeños sobre mi hombro, después sobre el cuello. Sus manos subieron por mi vientre, abrieron camino entre mis senos y se entretuvieron en los pezones, que ya estaban duros desde antes de que ella tocara nada.
—Si seguís acariciándome así me voy a volver adicta a vos —le dije sin mirarla.
—Para mí no es ningún problema. Quiero tenerte conmigo todo el tiempo. Quiero sentir tu cuerpo, tu temperatura, tus uñas, tu boca. Quiero llenarte de besos hasta que te canses.
—Lo que vos quieras, cuando quieras, donde quieras. Solo pedilo.
—Quiero hacerte el amor acá, ahora.
Me hizo girar bajo el chorro y me besó con una intensidad distinta, más oscura. Cortó el beso de golpe, salió de la ducha y a los pocos segundos volvió. Traía el arnés colgándole de las caderas, con esa parte doble que también la llenaba a ella. La vi a contraluz, con el vapor del baño rodeándola, y me di cuenta de que llevaba meses esperando volver a verla así.
Me besó otra vez, esta vez sin paciencia. Se arrodilló sobre las baldosas y me hizo un oral que me sacó el aire por la boca. Cuando me sintió temblando se levantó, me hizo apoyar las manos contra el azulejo y se acomodó detrás de mí. Sentí cómo iba metiendo la punta despacio, midiendo cada centímetro, y después un vaivén lento, profundo, casi cruel de tan suave.
Me besaba el cuello mientras me cogía. Yo sentía cómo se me erizaba la piel en oleadas, como si el calor del agua y el frío de su lengua fueran dos cosas separadas. Susurraba cosas que yo no terminaba de entender porque mis propios gemidos me tapaban. Aceleró el ritmo. Estiró la mano por delante, buscó mi clítoris y empezó a masturbarme al mismo tiempo. No aguanté: el orgasmo me dobló las rodillas y tuve que apoyarme en su brazo para no resbalar.
Me di vuelta entre el vapor, le mojé la cara a besos. La sensación de tenerla pegada, las dos chorreando agua, con la respiración entrecortada, era abrumadora. Terminamos de enjuagarnos sin hablar. Pero ella todavía no había tenido suficiente.
—Vamos a la cama. Quiero cogerte el culito, amor.
—Me vas a volver loca.
—De placer, mi vida.
—Mmm. Qué bueno.
Salimos envueltas en toallas. Ella se acomodó otra vez el arnés mientras yo me ponía en cuatro sobre la cama, con la frente apoyada en la almohada. Empezó por un beso negro lento, con la lengua, mientras me masajeaba la espalda baja. Después me preparó con los dedos, con paciencia, sin saltarse nada. Y recién entonces empujó la punta del juguete y entró centímetro a centímetro. Me clavó las uñas en las nalgas. Yo le sentía la respiración pesada en la nuca.
Esa sensación de estar dominada por ella, de saberla apoderada de mi cuerpo, fue lo que me hizo correrme otra vez. Cuando me dejó respirar, me giró y enredamos las piernas en una tijera larga, lenta, donde llegamos juntas a un orgasmo más callado pero igual de hondo.
***
Después se desplomó sobre mí. Quedamos abrazadas, mojadas todavía de transpiración, besándonos cada tanto sin necesidad de decir nada. Hasta que ella habló.
—De verdad te extrañé. Esta mezcla de sexo y locura solo la encontré con vos.
—Yo pensé que te habías ido con él porque te daba todo eso.
—Al principio era así. Después se volvió monótono. Llega tarde, se queda dormido, los fines de semana siempre tiene algo: el fútbol, los amigos, la familia. Hace mucho que dejé de ser su prioridad.
—¿Sabés qué es lo que me da miedo?
—¿Qué?
—Que mañana te arrepientas y salgas corriendo de acá.
—No digas pavadas. Si hay algo de lo que no me puedo arrepentir es de vos y de estos días. Hacía años que no me sentía así. Él me mira y no veo nada. Vos me mirás y me desarmás. Me acariciás y se me eriza la piel. Me besás y me robás el aliento. Cada vez que me hacés el amor, lo único que pienso es que no quiero que se terminen estos días.
—Sabés que no tienen por qué terminarse.
Sofía me miró fijo. Se le aguaron los ojos. Me sonrió, me volvió a besar y así estuvimos un rato largo, descubriéndonos despacio, como si fuera la primera vez. Afuera empezó a oscurecer y nosotras seguíamos en esa burbuja que era únicamente nuestra.
Pedimos comida al cuarto. Comimos en la cama, hablando de tonterías: su trabajo, el mío, una compañera de la oficina que se iba a casar. De golpe se quedó callada, jugando con el borde de la sábana.
—Quiero que vayamos al hotel de tu amiga.
—¿En serio?
—Sí. Vamos. Sería una experiencia divina.
—Divina vos, mi amor. Dame un segundo, le mando un mensaje a Renata.
***
Quedamos en vernos en la discoteca del complejo, esa que está pegada al lobby del hotel donde se alojaba Renata con Daniela. Nos vestimos rápido, ella con un vestido corto color vino y yo con falda y una camisa abierta hasta el medio. Cuando llegamos, ellas todavía no estaban. La música estaba buena. El bar también. Pedimos algo fuerte y nos quedamos bailando, muy pegadas, entre la gente.
—Estoy demasiado excitada —me dijo Sofía al oído—. Necesito estar con vos.
—Yo también necesito cogerte.
Le tomé la mano y la guié por debajo de mi falda. Tenía el arnés puesto desde antes de salir del cuarto, escondido. Cuando le rozó la base se le abrieron los ojos.
—Mmm, alguien vino preparada.
—Con vos siempre hay que ir un paso adelante. Vamos, quiero alquilar un VIP.
Fuimos hasta la recepción de la zona privada. Pagué un cubículo en la parte alta. Nos cambiaron las pulseras, subimos por una escalera lateral y entramos al número seis. Eran espacios chicos, con vista a la pista, separados de los pasillos por cortinas pesadas. Mientras caminábamos hacia el nuestro nos cruzamos con otras parejas que ya se habían rendido a la urgencia: se oían gemidos sofocados, palmadas, el sonido inconfundible de pieles chocando con ritmo.
Apenas cerramos la cortina, Sofía me empujó contra el sillón. Quedé sentada, con la falda subida hasta la cintura. Ella se bajó la bombacha de un tirón, se trepó sobre mí, se acomodó la verga del arnés contra la entrada y bajó despacio, sin dejar de besarme. Después se liberó los pechos del vestido y yo me adueñé de sus pezones con la lengua mientras ella empezaba a subir y bajar.
Me encantaba la presión que ejercía contra mi pelvis. La sostuve por las caderas y la ayudé a marcar un ritmo más profundo. No se cuidaba de hacer ruido: la música estaba alta y no le importaba que del otro lado de la cortina la escucharan. Estaba por correrme cuando vibró mi teléfono en el bolso. La pantalla decía «Renata».
Sofía se frenó como si le hubieran echado agua fría. No iba a permitir que cortáramos a medio camino. La bajé del sillón, la puse en cuatro contra el reposabrazos y la volví a penetrar, esta vez sin clemencia. Gritaba contra el cuero del sillón. Tardó muy poco en acabar.
***
Nos recompusimos como pudimos, nos arreglamos el pelo frente al espejo del pasillo y bajamos a encontrarnos con las otras dos. Cenamos algo rápido en el bar y pedimos otra ronda. Renata y Daniela eran amigas desde hacía años, con un acuerdo parecido al nuestro: nada de etiquetas, todo de piel. Volvimos a la zona VIP, ahora a un cubículo más grande, pegado a la baranda.
La música seguía siendo perfecta. Vi cómo Renata, Sofía y Daniela bailaban en el centro, cómo Renata y Sofía se daban besos cortos entre vueltas. Daniela se sentó a mi lado un rato después, mientras ellas seguían moviéndose. Después Sofía se acomodó sobre mis piernas y nos besamos como si no hubiera nadie más. Renata bailaba sola, los ojos cerrados. Daniela, al lado mío, empezó a acariciarse por encima del vestido.
Sin dejar de besar a Sofía, le pasé la mano por el bulto, le levanté la tela del vestido, corrí su ropa interior a un lado y la liberé. La empecé a masajear despacio, con la palma. Se le puso dura en segundos. Renata se acercó, se arrodilló frente a ella y empezó a chupármela a Sofía, mientras yo seguía sin abandonarle la boca. Daniela se acomodó atrás de Renata y la besó por la espalda. Las dos parejas terminaron mezclándose en algún punto.
Renata me miró por encima del hombro.
—¿Cambiamos?
Miré a Sofía, esperando el permiso silencioso. Asintió, se levantó y se sentó en las piernas de Daniela. Renata se vino a mí, me quitó la falda y el arnés con paciencia y se hundió entre mis piernas con la lengua. Después bajé yo también al suelo y armamos un sesenta y nueve sobre la alfombra. De reojo veía a Sofía haciéndole oral a Daniela, y un rato más tarde a Sofía cabalgándola, gritando de placer.
Saqué el arnés del bolso para Renata. Me la cogí de costado, con la pierna de ella sobre mi hombro. Gritaba mi nombre, me pedía más fuerte. Yo sentía cómo nuestros orgasmos se sincronizaban. Daniela, mientras tanto, era una mezcla rarísima de delicadeza y fuerza. La vi sujetando a Sofía por las caderas con autoridad, sin perder ternura. En un punto, Sofía y Renata se enredaron en una tijera larga y yo terminé montada sobre Daniela, sintiéndola entrar profundo. Era una sensación que no había vivido nunca: pechos suaves contra mi espalda y una embestida masculina debajo.
***
Daniela se vino dentro de mí con un gemido grave. Quedamos las cuatro tiradas en el piso, riéndonos, buscando las bebidas frías. Renata sugirió mudarnos a su habitación. Recogimos los bolsos, salimos por la escalera privada y caminamos cuatro cuadras hasta su hotel, todavía riéndonos por la calle.
La madrugada siguió en la suite. Hubo orgasmos repartidos, vueltas, parejas que se desarmaban y se rearmaban. Vi cómo Daniela cogía a Sofía hasta dejarla sin voz, y después cómo Renata y yo nos turnábamos para limpiarla con la boca. El sol apareció por las cortinas cuando yo todavía estaba en cuatro, con Daniela detrás, y Sofía se acomodaba sobre Renata en el sillón.
Cuando ya no quedaba nada en el cuerpo, salimos de ahí en silencio, abrazadas de a dos. Volvimos a mi hotel con Sofía. Nos metimos juntas a la ducha entre besos lentos, las dos demasiado cansadas para hablar. Después nos acostamos abrazadas. Antes de quedarme dormida la miré dormir y entendí que esos días no se iban a terminar tan fácil. Y que tampoco quería que lo hicieran.