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Relatos Ardientes

Mi tutora me descubrió con su vibrador en la mano

Estaba en el último mes de tesis y mi tutora se había convertido en mi punto de referencia. Mariela vivía sola, en un piso amplio del barrio norte, y había dejado de tener sentido vernos por videollamada cuando faltaban tan pocos días para la defensa. Llegaba a su casa a media tarde, ella me servía café, y nos sentábamos a corregir capítulos hasta que se hacía de noche.

Tenía cuarenta y cuatro años, era alta y caminaba como si estuviera en una pasarela vacía. Ojos marrones muy claros, pecas en la cara y, según pude comprobar muchas veces sin querer, también pecas en el escote. Usaba blusas que se le abrían un botón de más cuando se inclinaba sobre la laptop, y entonces yo descubría una bandera de pecas que bajaba hacia unos pechos grandes, sostenidos por encajes que ella ni se molestaba en disimular. Era preciosa, y lo sabía.

Llevaba dos semanas yendo a diario. Aquella tarde, después de discutir un capítulo entero sobre marcos teóricos, ella cerró la laptop y se reclinó en la silla con los ojos cerrados.

—Sofi, decime una cosa —dijo, sin abrir los ojos—. ¿Cuánto cogés con tu novio?

Casi me atraganto con el café.

—¿Qué clase de pregunta es esa, profe?

—Una de las útiles. Se nota cuando una mujer está bien atendida y cuando no. Vos no lo estás.

Me reí, más por nerviosismo que por gracia. Le conté, hablando rápido para esconder lo incómoda que estaba, que entre la tesis y el turno noche de Mateo, mi novio, terminábamos coincidiendo en la cama dos veces por semana en el mejor de los casos.

—Ay, querida —dijo, mirándome por fin—. Si yo fuera hombre, no te dejaría en paz ni para ir al baño.

Lo dijo riéndose, pero la frase me quedó adentro toda la tarde.

***

A las seis empezó a llover. No esa lluvia fina de mayo que termina rápido, sino un aguacero pesado que golpeaba las ventanas. Mariela se quejó de la cervical. Llevaba todo el día encorvada sobre la pantalla y, según ella, ya casi no podía girar la cabeza.

—Esperá —le dije—, dejame que te dé un masaje. Mi mamá es kinesióloga, algo aprendí.

Mentí lo del oficio de mi mamá. La verdad era que llevaba meses pensando en tocarla y nunca había tenido una excusa tan limpia.

Me indicó dónde estaba un gel mentolado, y empecé por los hombros. Tenía la piel tibia y firme. Cuando bajó los hombros para soltar tensión, la blusa se le abrió todavía más, y desde arriba pude ver sin ningún esfuerzo cómo aparecían sus pechos blancos, los pezones rosados y anchos, marcados por dos hijos que ya estudiaban en otra ciudad. Tragué saliva. No era la primera vez que le veía algo así, pero antes había sido un vistazo de medio segundo. Ahora la tenía debajo de mis manos.

—Te juro que tenés manos de masajista —dijo bajito—. Mejor vamos al cuarto y me acuesto, así me podés trabajar la espalda completa.

—Como diga, profe.

***

En la habitación, Mariela se sacó la blusa antes de que yo pudiera reaccionar. Quedó en topless frente a mí, sin la menor incomodidad, y se dejó caer boca abajo sobre la cama. Yo me arrodillé al lado, con el frasco de gel todavía en la mano, y traté de respirar normal.

—Empezá despacio —murmuró contra la almohada.

Hice lo que pude. Le trabajé la nuca, los hombros, los omóplatos. Mariela hacía pequeños sonidos guturales cada vez que encontraba un nudo, y cada uno de esos sonidos me iba humedeciendo más por dentro. Después de un rato se quedó callada. Cuando bajé el ritmo de las manos, ya respiraba profundo. Se había dormido.

Me levanté con cuidado y me alejé hacia la ventana. La lluvia seguía cayendo con la misma fuerza, y mi laptop estaba en el living. Iba a tener que esperar a que parara para volver a casa.

Fue ahí cuando vi el cajón entreabierto de la mesa de luz. Algo brillaba adentro. No sé qué me llevó a tirar, pero tiré, y el cajón se deslizó completo. Adentro había un plug terminado en una piedra azul que reflejaba la poca luz que entraba por la ventana, un dildo grande y grueso de un negro mate, y un vibrador de silicona rosa palo.

Lo agarré sin pensar. El vibrador era pesado, más de lo que esperaba. Apreté el botón y el motor empezó a zumbar bajito contra la palma de mi mano. Sentí el cosquilleo subir por la muñeca y por el brazo. Nunca había tocado un juguete así. Ninguno de los novios que tuve antes de Mateo había sido del tipo que propone esas cosas.

Miré a Mariela. Seguía dormida, con un brazo cruzado debajo de la cara y los pechos aplastados contra la cama. La luz gris de la tarde le marcaba la curva de la cadera y el blanco de la espalda. Mientras la observaba, con el vibrador todavía encendido en mi mano, sentí cómo se me iba humedeciendo el jean blanco que llevaba puesto.

Me metí en el baño con el vibrador escondido entre la blusa, como si pudiera vernos alguien.

***

Cerré la puerta. Casi. Mal, como descubriría después. Me saqué la chaqueta de jean, la blusa, y bajé el pantalón hasta los tobillos. Me quedé en bombacha, una tanga de hilo gris que estaba más mojada de lo que estaba dispuesta a admitir. Me senté sobre la tapa del inodoro y prendí el vibrador en el modo más bajo.

Empecé por encima de la tela. La vibración me llegaba apagada, pero alcanzaba. Imaginé a Mariela todavía boca abajo, con esos pechos enormes apretados contra el colchón. Subí el vibrador al segundo modo, después al tercero. Corrí la tanga a un costado. La punta del juguete me tocó directamente, y solté un suspiro tan fuerte que me asusté yo misma.

Me tapé la boca con la mano libre. Iba a ser rápido. Tenía que ser rápido. Deslicé la punta dentro un par de centímetros, sintiendo cómo el zumbido se transformaba en algo eléctrico que me subía por la pelvis. Empujé un poco más. El primer orgasmo me llegó casi sin avisar, y solté un gemido corto, ahogado, que retumbó contra los azulejos.

Tendría que haber parado ahí.

Vestirme, devolver el vibrador, volver al living, esperar a que Mariela despertara, fingir que había trabajado en mis notas. Pero adentro mío seguía vibrando algo más fuerte que el sentido común. Y me acordé del dildo negro.

***

Salí del baño en ropa interior, descalza, con el vibrador todavía caliente en la mano. Mariela respiraba parejo, profundo. El cajón seguía abierto. Tomé el dildo, que estaba frío, casi metálico al tacto, y volví al baño. Esta vez tampoco cerré bien la puerta.

Me senté otra vez. Lamí la punta del juguete como si fuera un hombre, despacio, mirando mi reflejo en el espejo del baño de mi tutora. Estaba colorada, despeinada, los ojos brillantes. No me reconocía y, al mismo tiempo, nunca me había gustado tanto. Acerqué el dildo a la entrada de mi vagina, lo froté contra los labios, lo presioné hacia adentro. Era grueso. Tuve que entrar de a poco. Cuando ya lo tenía adentro más de la mitad, retomé el vibrador y lo apoyé contra el clítoris.

A partir de ahí perdí el control de los sonidos que hacía. Lo empujaba con la mano derecha y sostenía el vibrador con la izquierda, y cada empuje me arrancaba un gemido más alto que el anterior. Cerré los ojos. No la escuché entrar.

—No pares —dijo Mariela.

Abrí los ojos de golpe. Estaba parada en el marco de la puerta, descalza, con un camisón corto que se había puesto en algún momento mientras yo no estaba, los pezones marcándose en la tela fina. No tenía cara de enojo. No tenía cara de sorpresa. Tenía la cara de alguien que había bajado a chequear un ruido y había encontrado exactamente lo que esperaba.

Me quedé muerta. El dildo todavía adentro. El vibrador todavía encendido en mi mano. Quise hablar y no me salió nada.

—Tranquila, Sofi —dijo, dando un paso hacia adelante—. Estabas yendo muy bien. Te ayudo si querés.

***

Se arrodilló frente a mí. De cerca olía a ese gel mentolado mezclado con su perfume y con algo más, un olor a ella que yo nunca había estado tan cerca de identificar. Me puso una mano en la rodilla, después en la cara interna del muslo, y me apartó los dedos del vibrador con suavidad.

—Dejame —dijo.

Me besó. No fue un beso cuidadoso. Fue un beso de boca abierta, hambriento, con la lengua entrando enseguida, y mientras me besaba bajó la mano hasta donde yo tenía el dildo a medio meter y empezó a empujarlo ella. El ritmo lo puso ella. Más adentro, más afuera, en un movimiento parejo que me hizo gemir contra su boca.

Después bajó. Me besó la clavícula, los pechos por encima del corpiño que no me había sacado, el ombligo. Cuando llegó abajo, sacó el dildo de un tirón y me reemplazó con la boca. Su lengua era ancha, plana, paciente. Me chupó como si tuviera todo el tiempo del mundo, y mientras lo hacía iba metiendo dos dedos. Yo tenía las dos manos enredadas en su pelo y le tiraba sin querer cada vez que me llegaba una oleada.

—Vení a la cama —dije, cuando recuperé un poco el habla—. Acá no puedo más.

***

En la cama me terminó de desvestir. Me sacó la tanga, me sacó el corpiño y se sacó ella el camisón de un movimiento. La tuve por fin entera frente a mí: los pechos enormes con las pecas que ya conocía, los pezones rosados y duros, la cintura que se ensanchaba en unas caderas blancas, el pubis depilado, las piernas largas. Me dio vergüenza y orgullo a la vez tenerla así.

—Ahora me toca a mí —dijo.

Se puso en cuatro sobre el colchón. La nuca me la ofrecía, el culo redondo me lo ofrecía, todo me lo ofrecía. Le pasé el vibrador entre las piernas y se lo dejé apoyado contra el clítoris mientras yo le pasaba la lengua por la espalda baja, por la curva de la cadera, por los labios mojados. Mariela empezó a gemir distinto de como había gemido yo: bajo, ronco, como si las palabras se le estuvieran formando y no llegaran.

—Más fuerte —pidió—. Dame con la mano.

Le di un par de nalgadas, primero suaves, después más firmes, sin dejar de chuparla. Agarré el dildo que había quedado sobre la cama y lo apoyé en su entrada. Estaba empapada. Entró entero al primer empuje. Mariela hundió la cara en la almohada y soltó un gemido largo que se le quebró en dos.

La cogí con el dildo un buen rato, en cuatro, sintiendo cómo el culo se le movía contra mí en cada empuje. Cuando me dijo que no aguantaba más, se dio vuelta y me jaló encima suyo. Quedamos pecho contra pecho, con las piernas cruzadas, mi clítoris contra el suyo. Me empezó a guiar las caderas con las manos.

—Así —dijo—. Así, despacio.

Nos movimos juntas. Sus pezones rozaban los míos, las pecas de su pecho se mezclaban con mi piel, su boca buscaba la mía sin urgencia. Cuando me vine, ella se vino casi enseguida, las dos mordiéndonos el labio inferior para no gritar más fuerte de lo que ya habíamos gritado.

***

Nos quedamos abrazadas en la cama, con la lluvia todavía cayendo afuera, sin decir nada durante un rato largo. Me pasó la mano por el pelo, despacio. Me besó la frente.

—La tesis va a salir bien —dijo, sonriendo—. Pero ya no vamos a poder concentrarnos en ella.

Tuvo razón. Defendí la tesis dos semanas después. La aprobé con honores, aunque yo creo que parte del mérito fue del cajón de la mesa de luz. Mariela y yo seguimos viéndonos, casi siempre los miércoles, después de que su edificio se vacía de gente. A veces la espero yo en el baño. A veces es ella la que viene a buscarme. Nunca volví a usar un vibrador sin pensar en aquella tarde de mayo.

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Comentarios (5)

NocheLinda77

tremendo relato!!! me atrape leyendo hasta el final sin darme cuenta

RubyRosada23

Que situacion mas tensa la del cajon jajaj se me hizo cortisimo, quiero saber que paso despues

LauraPlata99

Me encanto, se nota que esta escrito con detalles que se sienten reales. Espero la segunda parte con muchas ganas

SebasQ

nunca pense que algo tan simple como un cajon entreabierto iba a generar tanto morbo jajaja bien ahi

NadiaSM_76

Por favor seguí contando, quede justo en la parte mas interesante. Saludos desde Mendoza

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