Mi primera vez con una mujer fue detrás del mostrador
Eran las nueve y media de la noche y me quedaban siete días para cobrar el sueldo. Mi cuenta marcaba menos de lo que necesitaba para llegar a fin de mes, y yo seguía con la lista del super en la mano, recorriendo los pasillos del minimarket de la esquina sin terminar de aceptar que iba a tener que dejar algo afuera.
Era un local pequeño, de esos que abren hasta tarde y donde nunca hay más de un cliente a la vez. Pasta, aceite, café, papel higiénico, una caja de tampones. Cosas que no se pueden postergar.
Cuando llegué a la caja con la cesta llena, me crucé con la mirada de la cajera y se me cortó por un segundo el discurso interno de los precios.
Se llamaba Camila — lo decía la plaquita pegada al uniforme negro — y debía tener veintipocos. Piel oscura, brillante, recién hidratada. El pelo recogido en dos trenzas largas que le caían sobre los hombros, con esos remates impecables de quien se peina con paciencia frente al espejo. Pestañas largas, labios carnosos, una sonrisa profesional que no terminaba de comprometerse.
—Buenas noches —dijo mientras empezaba a pasar los productos por el lector.
—Hola —contesté, y me quedé mirándole las manos.
El total apareció en la pantalla y supe, antes de meter la mano en la cartera, que no me iba a alcanzar. Conté los billetes despacio, deseando que multiplicarse fuera una opción. Faltaban casi cuatro mil pesos.
—¿Hay algún problema? —preguntó.
—Me falta —dije, y se me prendió la cara.
—Puedes dejar algo y…
—No puedo dejar nada —la interrumpí—. Lo necesito todo.
Ella se encogió de hombros con esa amabilidad cansada de quien repite la misma frase veinte veces por turno, y me explicó que no había sistema de fiado, que no podía hacer descuentos, que el dueño revisaba la caja por video. Le creí cada palabra. Aun así, me apoyé en el mostrador y bajé el tono.
—¿Puedo proponerte algo? —dije.
Ella inclinó la cabeza, esperando. Y entonces, sin saber muy bien por qué — o quizás sabiéndolo perfectamente — me acerqué un poco más, hasta que mi boca quedó cerca de su oído, y le susurré exactamente lo que estaba pensando: que me dejara pagar el resto con la lengua, que me la dejara comer entera atrás en el depósito, que me llevara los productos y a cambio la hacía correrse dos veces antes de irme.
Camila se echó hacia atrás como si la hubiera quemado. Los ojos se le abrieron, la sonrisa profesional desapareció, y por un segundo creí que iba a llamar a alguien. Pero no llamó a nadie. Se mordió el labio inferior, miró hacia la puerta, miró las cámaras, me miró a mí, y se quedó callada.
—No tienes que aceptar —agregué—. Si te molesté, perdón. Me voy.
—Espera.
Lo dijo bajito, casi para ella misma. Después caminó hasta la puerta, le pasó la traba, dio vuelta el cartel a «cerrado» y me dijo:
—Ven atrás.
***
El depósito era angosto, con estanterías de metal cargadas de cajas, una mesita de madera contra la pared y un olor mezcla de cartón, jabón y algún ambientador barato. Una luz de tubo zumbaba en el techo. No era el escenario que una elige para nada de esto.
Pero estábamos solas, la puerta principal estaba cerrada, y yo había cruzado un umbral del que no se vuelve. Camila se apoyó en la mesita, con los brazos cruzados, y me miró sin decidirse.
—¿De verdad lo vas a hacer? —preguntó, no a mí, sino al aire entre nosotras.
—Solo si tú quieres. Pero si me dejás, te la voy a chupar tan bien que te vas a olvidar de las cámaras, del jefe y de todo lo demás.
Se rio, nerviosa. Una risa corta que se le escapó sin permiso.
—Nunca con una mujer —dijo, y no terminó la frase.
—Yo tampoco —contesté, y era cierto. Ninguna de las dos sabía bien qué venía después. Lo único que tenía claro era que se me estaba mojando la bombacha de solo mirarle la boca.
Me empecé a desabotonar la camisa despacio, mirando el suelo. Sentía las manos un poco torpes, los dedos fríos. Cuando llegué al último botón, dejé caer la camisa sobre una caja. Me saqué el pantalón. Camila no movía un músculo, pero respiraba más rápido, y le veía los pezones marcarse debajo de la remera del uniforme. Quedé en sostén y bragas frente a ella, en el medio del depósito, y por primera vez en mucho tiempo me alegré de tener el cuerpo que tengo. Pechos grandes, naturales, marcados por el sostén; cintura corta; caderas anchas que mi madre maldice en cada cumpleaños y que yo aprendí a querer.
—Sos hermosa —dijo Camila, con la voz quebrada—. Mierda, sos hermosa.
—Acércate. Y tocame.
Avanzó dos pasos. Le tomé las manos y se las puse en mis caderas. Estaba helada, le temblaban los dedos. Se las subí despacio hasta los pechos, por encima del sostén, y le apreté los dedos contra mis tetas para que se decidiera.
—Respira —le pedí.
Lo hizo. Una inhalación larga, profunda, y al exhalar la sentí aflojar los hombros y clavar los pulgares en mis pezones. La acerqué un poco más y la besé.
El beso fue desprolijo al principio. Como suelen ser los primeros besos con alguien que no sabe si está nervioso por las ganas o por el miedo. Después se acomodó. La lengua de Camila era suave, dulce, y empezó a seguirme el ritmo con una urgencia que no había en sus ojos un minuto antes. Le mordí el labio inferior, ese que se mordía ella sola, y la escuché soltar un suspiro corto contra mi boca. Le llevé una mano a la nuca y la otra al culo, se lo apreté fuerte por encima del pantalón del uniforme, y ella empujó las caderas contra las mías como si ya no pudiera evitarlo.
—Quiero verte —le dije contra la boca—. Sacate todo.
Ella se separó, se llevó las manos al borde de la remera y dudó un instante antes de quitársela. Debajo tenía un sostén blanco, sencillo, de algodón. Lo desabrochó por delante y lo dejó caer también. Sus pechos eran más chicos que los míos, redondos, los pezones oscuros como el resto de la piel, ya endurecidos por el aire frío del depósito. Me acerqué y los tomé en las manos, primero con cuidado, después con más firmeza, hasta que ella echó la cabeza atrás y se mordió el labio. Le pellizqué los pezones entre el pulgar y el índice, se los enrollé, y ella soltó un quejido que le nació del estómago.
—No puedo creer esto —susurró.
—Pues créelo —le dije, y me agaché para llevarme uno de sus pezones a la boca.
Camila se sostuvo contra la mesita. Sentí que se le aflojaban las rodillas. Le chupé un pecho y después el otro, con la lengua, con los dientes muy suaves, tironeándole el pezón hasta que se le escapaba un gemido cada vez que lo soltaba. Le pasé la lengua entre las tetas, le mordí la piel del esternón, volví a los pezones y se los chupé hasta dejárselos hinchados y brillantes. Mientras lo hacía le bajé el pantalón del uniforme hasta los tobillos. Ella terminó de quitárselo, dando dos pasitos cortos, y quedó en bragas igual que yo.
Le pasé la mano por encima de la tela. Ya estaba mojada. Mucho. Las bragas tenían una mancha clara en el centro y se le escapó un gemido cuando apreté los dedos contra el pubis, buscándole el clítoris a través del algodón. La tela se le hundía entre los labios, empapada. Me llevé los dedos a la boca y la miré chuparlos, y a Camila se le escapó un «puta madre» que no supe si era admiración o vergüenza.
—Estás chorreando —le dije al oído—. Se te nota que hace rato querías que alguien te comiera el coño.
—Callate y hacelo —contestó, y me agarró la muñeca. No para apartarme. Para guiarme.
***
Nos sentamos en el piso, sobre mi camisa estirada como una mantita improvisada. Yo entre sus piernas, ella con la espalda contra la pared. Le bajé las bragas despacio, sin dejar de mirarla a los ojos, y cuando se las saqué del tobillo se las guardé en el bolsillo del pantalón que tenía cerca, como un trofeo. Estaban tibias y pesadas de tan mojadas.
—Mías —le dije, casi en broma.
—Quédatelas.
Le abrí las piernas con las dos manos, y me quedé un segundo mirándole el coño. Tenía el vello prolijo, recortado, los labios oscuros e hinchados, y en el medio brillaba de tan mojado que estaba. Le pasé un dedo por toda la raja, de abajo hacia arriba, y ella arqueó la espalda como si le hubiera clavado algo.
—Mirá cómo estás —susurré—. Toda la concha empapada por una desconocida.
—Por favor —dijo, y no me hizo falta que aclarara qué.
La besé desde el cuello hasta el ombligo, y desde el ombligo hasta más abajo, y cuando llegué con la boca al medio de sus piernas la sentí tensarse y aflojarse al mismo tiempo. Tenía un sabor limpio, salado, con esa nota dulce que no había imaginado. Empecé despacio, con la punta de la lengua, dibujando círculos alrededor del clítoris sin tocárselo del todo, hasta que ella empezó a empujar las caderas contra mi cara, buscándome.
—No juegues —jadeó—, chupámelo bien.
Le hice caso. Le atrapé el clítoris entre los labios y se lo chupé como si le estuviera mamando una polla chiquita, entrando y saliendo con la boca, mientras con la lengua le daba vueltas y vueltas encima. Camila se tapó la boca con el antebrazo para no hacer ruido, pero los gemidos igual se le escapaban por los costados del brazo. Le pasé la lengua entera desde la entrada del coño hasta el clítoris, lento, saboreándola, y después otra vez, y otra, hasta que le vi las piernas empezar a temblar.
Hasta que no aguantó más y empezó a apretarme la cabeza contra ella con las dos manos, moviendo las caderas contra mi boca sin ningún pudor. Le entendí. Aumenté el ritmo, le metí dos dedos de golpe, los sentí entrar hasta el fondo en esa concha apretada y caliente, y los curvé hacia arriba buscando ese punto que algunas dicen no existir. Se lo encontré. La sentí encajar el talón en mi espalda, arquearse entera y apretarme los dedos con las paredes del coño como si no quisiera dejarme ir.
—Me vengo, me vengo, no pares, puta madre no pares —susurró contra su propio brazo, y la sentí venirse encima de mi boca con un grito ahogado, mordiéndose la piel para no aullar. El coño le latía alrededor de mis dedos, tres, cuatro, cinco veces, cada contracción soltándome un chorro tibio en la palma de la mano.
Le seguí lamiendo despacio, saboreándole el orgasmo, tragándome todo lo que me salía a la boca, hasta que me apartó suavemente, riéndose, agotada.
—Para, para —dijo—. Es demasiado, no aguanto más.
Me senté a su lado. Tenía la cara y el mentón brillantes de ella, y me pasé la lengua por los labios sin ningún disimulo. Estaba transpirada, despeinada, con las trenzas medio deshechas, y nunca la había visto más linda que en ese momento.
—Te toca —agregó, todavía con la respiración cortada—. Vení, dejame probarte.
Me corrí de espaldas a la mesita y abrí las piernas. Camila se metió entre ellas con una decisión nueva, distinta a la chica que me había abierto la puerta diez minutos antes. Me quitó las bragas de un tirón — no esperó a pedírmelas — y se las guardó en el zapato.
—Yo también —dijo—, mi recuerdo.
Después se inclinó y me besó por dentro de los muslos, mordiendo apenas, subiendo. Me abrió los labios del coño con los pulgares y se quedó un segundo mirándome, con una sonrisa nueva, media perversa.
—Estás igual de empapada que yo —dijo, y me sopló despacito encima del clítoris. Se me escapó un tirón involuntario de las caderas.
—Dejate de joder y comémelo —gemí.
Cuando me lamió por primera vez se me escapó el aire de los pulmones. Tenía la lengua firme, paciente, con un ritmo regular que me llevó muy rápido al borde. Me chupaba el clítoris como si supiera exactamente lo que hacía — o quizás la ponía tan caliente el momento que le salía natural —, alternando lengüetazos anchos con succiones cortas que me hacían levantar el culo del piso. Le hundí las manos en las trenzas y se la apreté contra el coño, sin vergüenza, y ella gimió con la boca llena de mí.
Y cuando empezó a alternar la lengua con los dedos — dos, después tres, entrando y saliendo despacio, después más rápido —, supe que iba a venirme en menos de un minuto. Los dedos me hacían un ruido húmedo cada vez que salían, un chapoteo obsceno que se mezclaba con los gemidos que ya no me estaba callando.
—Así, así, no pares, cogeme con los dedos —le pedí, y ella aceleró.
No me importó nada. Ni las cámaras, ni el dueño, ni el ruido, ni que fuéramos dos desconocidas en el depósito de un minimarket a las diez de la noche.
Me vine fuerte, mordiéndome la mano izquierda, con la otra enredada en sus trenzas. Sentí cada contracción, cada palpitación, y le empapé la cara y la mano mientras me venía. Camila no aflojó: siguió lamiéndome despacio mientras me bajaba, chupándome el clítoris cada vez más suave, con la boca entera pegada al coño, hasta que las contracciones se hicieron más lentas y me quedó ese vacío suave y dulce, como cuando se apaga un incendio.
Camila apoyó la cabeza en mi cadera y se quedó así un rato, con la boca todavía mojada de mí, mientras yo le acariciaba el pelo y trataba de volver al cuerpo. Le levanté la cara con dos dedos en el mentón y la besé profundo, saboreándome en su boca, y ella me devolvió el beso con la misma naturalidad, como si lleváramos años haciendo esto.
***
Nos vestimos en silencio, pero con sonrisas tontas, mirándonos de reojo cada vez que alguna se ponía una prenda. Las bragas de ella seguían en mi bolsillo. Las mías seguían en su zapato. Acordamos sin decirlo que el intercambio quedaba firme.
Antes de salir, me pasé la mano por el pelo, me acomodé la cartera y ella me marcó el total en la caja como si nada.
—Bolsa de plástico, tres pesos —dijo, con la sonrisa profesional otra vez, esta vez con un brillo distinto en los ojos.
—Pago con efectivo —contesté—, lo que tengo.
Le di lo que tenía. Ella tipeó la diferencia como descuento y me imprimió el ticket. La traba de la puerta principal seguía echada. La sacó, abrió la puerta y mientras me daba las bolsas me deslizó un papelito doblado entre los dedos.
—Mi número —dijo—. Si quieres que tomemos un café algún día. O que lo repitamos en un lugar más cómodo.
Lo agarré sin mirarlo y me lo guardé al lado del corazón, donde se guardan esas cosas. Le di un beso corto en la mejilla, susurré gracias contra su piel, y salí a la noche de la avenida con dos bolsas pesadas y una sensación que no tenía nombre.
Caminé hasta casa con las bragas de Camila rozándome la pierna desde el bolsillo del pantalón, todavía húmedas.
Esa noche le mandé un mensaje. Me contestó a los diez minutos. Quedamos en vernos el sábado, en un bar lejos del minimarket, lejos de su jefe y de sus cámaras, en un lugar donde yo no tuviera que pedir descuentos para que pasara algo entre nosotras.
Todavía tengo sus bragas. Las uso a veces, sola, cuando me acuerdo de cómo respiraba contra mi cuello, de cómo se le hinchaba el clítoris entre mis labios, de cómo me clavaba el talón en la espalda cuando se venía. Me meto dos dedos hasta el fondo y me imagino que es su lengua otra vez, y me vengo pensando en el sabor que tenía. Espero que ella esté usando las mías. Espero que también se toque pensando en cómo la hice gritar contra su brazo. La próxima vez que la vea, voy a preguntárselo.
Y voy a llevarle el cambio que le debo.





