Lo que firmamos en mi despacho no fue solo papeleo
Llevar la alcaldía de un pueblo de veinte mil almas implica renunciar a muchas cosas, y la primera que me arrancaron fue la vida sexual. Antes de la campaña podía escaparme a un hotel en la capital sin que nadie se enterara; ahora, si pido un café distinto en la plaza, lo sabe hasta el cura.
Mi marido lleva años conformándose con un misionero del jueves y, sinceramente, a mí el misionero del jueves me aburre. Cumplí los cuarenta y siete hace dos primaveras y, lejos de apagarse, me ha empezado a quemar por dentro un picor que ni el matrimonio ni el cargo logran disimular.
Me he vuelto experta en pedir cosas por internet con la dirección de mi hermana. Lencería que jamás me pondría delante de mi marido, juguetes de silicona que guardo bajo llave en un cajón, libros que prefiero no dejar sobre la mesita. La discreción es mi nueva forma de placer.
Lo de las mujeres, debo confesarlo, no me pilla de nuevas. En los años de la universidad compartí cama, dedos y lengua con dos amigas de la residencia. Eran encuentros sin etiqueta: nos desnudábamos, nos comíamos a besos, nos hacíamos correr y al día siguiente íbamos a clase como si nada. Aún recuerdo aquellas tardes como las mejores que me ha dado nadie.
El paso de los años, el espejo que ya no perdona y la sensación de que se me escapaba el tren me empujaron a recuperar viejos apetitos. Y entonces apareció Mariela.
Mariela es jueza titular del partido judicial. Tiene casi mi edad, voz grave, melena cobriza y una fama de bollera que en el pueblo nadie pronuncia en voz alta. Coincidimos en varios expedientes urbanísticos, en alguna ceremonia oficial y en dos cenas de la cámara de comercio. Cada vez que estábamos cerca, yo notaba que sus ojos se quedaban un segundo de más en mi escote.
Empecé a vestirme para ella sin que ella lo supiera. Cambié mis americanas cerradas por blusas más finas. Estrené unos tacones que me alargaban la pierna hasta lo indecente. La primera tarde que me presenté en su despacho con una falda dos dedos por encima de la rodilla, Mariela tardó un instante de más en saludarme. Esa noche me masturbé pensando en su mirada.
***
—Tenemos pendientes los convenios de la zona vieja —me dijo por teléfono un viernes.
—Hoy mismo si quieres —contesté con un tono que ni yo me reconocí—. Pásate por la alcaldía sobre las siete. Te espero.
Las siete de la tarde de un viernes en mi ayuntamiento era el escenario perfecto. El edificio queda vacío salvo por una chica de la limpieza, y mi secretaria se había marchado ya con las llaves del archivo. No habría nadie que llamara a la puerta, nadie que oyera nada.
Esa tarde me preparé como quien se viste para una primera cita. Saqué del cajón un conjunto que había encargado dos semanas antes: sujetador y tanga de gasa negra que prometía mucho más de lo que tapaba, liguero y medias de costura recta. Encima me puse una falda de tubo color burdeos y una blusa de seda casi traslúcida.
A las seis y cincuenta, mirándome en el espejo del baño privado, decidí que la blusa sobraba. Me la quité, doblé la prenda dentro de un cajón del escritorio y me cerré solo una americana fina sobre el sujetador. El escote era una invitación firmada. Si esto no funciona, es que no le gustan las mujeres y todo el pueblo se equivoca.
Apenas se cerró la puerta tras mi secretaria, sonó el interfono. Bajé yo misma a abrirle el portón principal. Subimos en silencio, dejé que ella entrara primero al despacho y eché el pestillo. Su perfume —algo entre cuero y vainilla— se mezcló con el calor de la calefacción que llevaba dos horas a tope.
—Hola, guapa. ¿Vienes con las firmas preparadas? —pregunté, intentando ganar tiempo.
—Siempre directa al asunto —respondió ella, dejando una carpeta sobre mi mesa—. ¿Nunca aflojas?
—Primero el deber, después el placer. Es una vieja regla mía.
—¿Hoy también habrá placer? —dijo, sin disimular la sonrisa.
—Eso depende de ti, Mariela. Pero creo que sí.
Nos sentamos juntas al borde de la mesa larga de reuniones. Ella llevaba un vestido cruzado de punto verde que se le abría cada vez que se inclinaba a señalar un párrafo. Yo me había recogido el pelo en una coleta floja para dejar el cuello al descubierto. Repasamos los convenios entre risas, miradas más largas de la cuenta y silencios que ya no eran profesionales.
Hacía calor de verdad. Me desabotoné el segundo botón de la americana con un gesto distraído. Mariela bajó los ojos un segundo, luego volvió al papel y luego otra vez al escote. Adrede deslicé un dedo bajo el aro del sujetador para colocarme la copa, dejando entrever el pezón. Ella tragó saliva con cuidado.
—Me gusta tu lencería —dijo al fin, casi en un susurro.
—Y eso que no has visto lo que queda debajo. Te aviso de que la tuya parece muy escasa también —contesté, mirándole los muslos que asomaban bajo el vestido subido.
Se giró hacia mí. Su mano me rozó el muslo por encima de la media. Aguantamos las dos un segundo larguísimo, comprobando si la otra retiraba. Ninguna lo hizo.
—Igual quieres comprobarlo tú misma —murmuró.
—Levántate la falda —le pedí.
—Hazlo tú.
***
Tiré de la tela hasta dejarle la cintura al descubierto. Llevaba un tanga de hilo, mínimo, mojado en el centro. Pasé los dedos por encima de la prenda y noté que estaba empapada.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.
—Más de lo que esperaba. ¿Puedo quitártelo?
—Me decepcionaría si no lo hicieras.
Tiré de la goma con un poco más de fuerza de la prudente y el tanga se rompió por la cadera. Me quedé con la prenda colgando entre los dedos, todavía húmeda, y la levanté como un trofeo. El olor de Mariela me golpeó la nariz: cálido, metálico, vivo.
—Vaya. Se ha roto —dije, fingiendo lamento—. Tendrás que volver a casa desnuda bajo la falda.
—O me llevo el tuyo. Si me lo cambias, claro.
—Quítamelo tú.
Sus manos se colaron bajo mi falda como si conocieran ya el camino. Mi tanga era todavía más frágil que el suyo; al primer tirón también se rasgó. Mariela se quedó con la tela en la palma, se la llevó a la cara y la olió sin pudor.
—Las dos volveremos al coche con el coño al aire, alcaldesa.
—Suena justo —contesté.
Dejó caer los dos trozos de tela sobre la moqueta. Lo siguiente fue su mano deslizándose entre mis muslos sin permiso ni excusas. Sus dedos encontraron el clítoris con una precisión que solo dan los años. Yo respondí en su sexo y comprobé que también estaba abierta, deshecha, dispuesta.
Nos besamos para callarnos las dos. Era un beso largo, baboso, con los gemidos atrapados entre las lenguas. Sentadas frente a frente en mi mesa de reuniones, nos hicimos correr la una a la otra con los dedos antes de que cualquiera hubiera terminado de desnudarse. Tuve mi primer orgasmo allí mismo, mordiéndole el labio inferior para no gritar.
—Acabas de venirte muy rápido —susurró.
—Llevaba semanas pensando en esto, Mariela. No me juzgues.
—Soy jueza. Yo siempre juzgo —dijo, y se rio bajito contra mi cuello.
***
Me empujó suavemente hasta sentarme sobre el escritorio, entre la pantalla y la pila de informes. Me abrió la americana del todo, me liberó los pechos del sujetador y se quedó un instante mirándolos antes de bajar la cabeza. Su boca chupó, lamió y mordió con una mezcla de hambre y método que me hizo entender por qué tenía la fama que tenía.
Cuando empezó a descender por mi vientre supe lo que venía. Se arrodilló entre mis piernas, apartó la falda recogida sin contemplaciones y pasó la lengua por mis labios con una calma de profesional. Me agarré al borde de la mesa con las dos manos para no derrumbarme.
—Me gusta el detalle del liguero —dijo entre lametones—. Le da un punto muy guarro a una mujer tan formal.
No fui capaz de contestar. Alternaba la lengua sobre el clítoris con dos dedos firmes dentro de mí, y la combinación me hizo correrme otra vez, ahora sí gritando, con la frente apoyada contra su pelo cobrizo. Hacía años, quizá una década entera, que ninguna boca me hacía algo parecido.
—Ven aquí —le pedí cuando recuperé el aire—. Yo también quiero probarte. Hace mucho que no como un coño, igual no me sale.
—Solo hay una forma de saberlo —contestó, y se subió la falda hasta la cintura.
Apartó las carpetas de un manotazo y se inclinó sobre la mesa, ofreciéndome el culo en pompa. Era un culo de mujer madura, ancho, firme todavía, con la marca de las medias clavada en el muslo. Me arrodillé en mi propio sillón —el que mi antecesor, un hombre de ciento veinte kilos, había soportado durante doce años— y la separé con las dos manos.
—A comer, alcaldesa —dijo ella.
—Señoría —contesté antes de hundir la cara entre sus nalgas.
***
Pasé la lengua de arriba abajo, despacio, sin saltarme nada. Le lamí el ano con la misma dedicación con la que le lamí los labios, y donde no llegaba con la boca metía dos dedos. Mariela apretaba la mejilla contra los expedientes, gemía con la voz ronca y me pedía más sin pronunciar palabra.
—No has perdido la práctica que decías —jadeó.
—Con algunas cosas merece la pena esforzarse, señoría.
Cuando se vino por tercera vez me pidió tregua. Me hizo levantarme del sillón y se sentó ella encima, a horcajadas, buscándome la boca para reconocer su propio sabor en mis labios. Nos besamos durante minutos largos, manoseándonos los pechos, pellizcándonos los pezones, riéndonos contra los dientes de la otra como dos adolescentes que se hubieran encontrado en el cuarto de baño de una fiesta.
—Hay que repetir esto, preciosa —dijo al fin—. Pero en una cama de verdad. Y con algún juguete.
—Tengo varios en casa que no he estrenado.
—Pues yo aporto los míos. Y un buen vino.
Cuando bajamos las pulsaciones, miré el reloj y comprobé que llevábamos casi dos horas allí dentro. La chica de la limpieza ya debía de andar por el pasillo del piso de arriba. Mariela se enfundó el vestido sobre la piel desnuda; yo me puse la blusa, recogí la falda, dejé el sujetador en el cajón junto a los dos tangas rotos. Decidí guardarlos como recordatorio: prendas mojadas con los jugos de dos mujeres que ya no podían fingirse nada delante de la otra.
Me dejé la americana colgada en el perchero. Hasta el garaje de mi casa no me vería nadie, y prefería notar la tela cruda de la blusa rozándome los pezones todavía sensibles. Nos despedimos en la puerta con un último beso largo, manchado, que sabía a las dos.
—El martes tengo audiencia hasta las seis —murmuró Mariela mientras se ajustaba el escote—. A las ocho en mi casa.
—Allí estaré, señoría.
Cerré con llave y me apoyé en la madera, todavía con el corazón a mil. Por primera vez en mucho tiempo, ser alcaldesa me parecía una idea redonda.