La noche que probé la leche de mi mejor amiga
Llevaba tres días en la casa de Marisol cuando el silencio entre nosotras empezó a pesar más que las palabras. Había subido hasta la sierra para ayudarla con el bebé, eso le dije a mi madre, eso me repetí a mí misma durante el viaje en autobús. Pero la noche anterior, en la cocina, mientras yo lavaba las tazas, ella se había acercado por detrás. Me besó en la mejilla. Y yo, sin pensar, giré la cara. Nuestros labios se rozaron apenas, un segundo, quizá menos. Lo suficiente para que ninguna de las dos durmiera el resto de la noche.
Por la mañana evitamos hablarlo. Desayunamos en silencio, ella con el pequeño Tomás en brazos, yo con la mirada clavada en la taza de café. La casa se enfriaba rápido en esas zonas de montaña, y la única estufa que funcionaba era la del salón. Allí pasábamos las horas: ella amamantando al niño, yo fingiendo leer una novela que llevaba abierta tres páginas desde el lunes.
—Camila —dijo de pronto, sin levantar la vista del bebé—. Lo de anoche…
—No hace falta hablarlo.
—Sí hace falta.
Se le quebró un poco la voz. Marisol nunca lloraba en voz alta. Desde que Iván había muerto en aquella curva de la carretera, hacía cinco meses, la había visto llorar dos veces, las dos en silencio, mordiéndose el labio para no asustar al niño. Esta vez también se mordió el labio, pero no del todo le funcionó.
—Yo te besé —dijo—. Y tú no te apartaste.
—No me aparté.
—¿Por qué?
No supe responder. Llevaba años buscando esa misma respuesta de mil maneras distintas. Marisol era mi mejor amiga desde el colegio. Habíamos compartido litera en campamentos, secretos en la sobremesa, llantos en cada ruptura. Cuando se casó con Iván lloré en su boda, y nadie supo del todo por qué. Cuando él murió, fui la primera en llegar a esta casa.
—Anoche te besé porque hacía meses que quería —murmuró—. Y porque no encuentro otra manera de decirte lo que pienso cuando me miras.
Tomás soltó un gemido suave y empezó a buscar el pecho. Marisol se desabrochó el camisón con una mano, sin dejar de mirarme. La luz gris de la mañana le caía sobre el hombro, y vi cómo el pequeño se prendía y empezaba a tragar con esa avidez ronca que tienen los bebés muy hambrientos. La piel de ella estaba más blanca de lo que recordaba, surcada por venas finas que se le habían marcado con la lactancia.
***
Esa noche dormí mal. La habitación de invitados estaba al final del pasillo, separada de la suya solo por una pared fina. Oía cada movimiento del bebé, cada paso de Marisol cuando se levantaba a calmarlo. A eso de las tres y media, lo oí llorar otra vez. Y oí, también, un sollozo que no era del niño.
Me puse el suéter sobre el camisón y crucé el pasillo descalza.
La puerta estaba entornada. Empujé despacio. Marisol estaba sentada en el borde de la cama, con el bebé contra el pecho, completamente desnuda de cintura para arriba. La luz de la lámpara de mesa le daba a contraluz, y vi que tenía la cara mojada, no de leche, de lágrimas.
—Pasa —dijo, sin levantar la vista—. Está bien. Pasa.
Entré. Cerré la puerta. Me senté en la silla baja que estaba frente a la cama, la misma donde solíamos hablar hasta el amanecer cuando me quedaba a dormir en su casa de adolescente. Tomás succionaba con los ojos medio cerrados, satisfecho. Marisol lo sostenía con un brazo, y con la otra mano se enjugaba la cara.
—No sé qué me pasa hoy —susurró—. No paro de llorar.
—Es la falta de sueño.
—No es solo eso.
Levantó la vista y me miró. Y entonces ocurrió algo que no había imaginado: el otro pecho, el que el bebé no tenía en la boca, empezó a derramar leche solo. Un hilo tibio y blanco le bajó hasta el ombligo, le siguió por el abdomen y se perdió en el camisón arrugado a la altura de las caderas.
Ella no se movió. Yo tampoco.
—Pasa cuando estoy alterada —dijo, casi disculpándose—. Iván decía que era una grosería del cuerpo. Que no le pedía permiso a nadie.
Me reí sin querer. Se rio ella también, y la risa fue tan triste que tuve que tragar saliva para no llorar yo.
***
—Acércate —dijo, después de un rato.
Lo dijo bajito, como si no quisiera asustarme. Me acerqué. Me arrodillé en la alfombra a sus pies. La leche seguía cayendo, ahora más despacio, y el aroma dulzón se mezclaba con el del jabón de lavanda que usábamos las dos desde el colegio.
—Marisol…
—No tienes que hacer nada —me interrumpió—. Solo quédate cerca. Necesito que alguien esté cerca.
Apoyé la frente contra su rodilla. Tenía la piel cálida, y los muslos firmes de quien camina mucho por la sierra. Le pasé la mano por el gemelo, despacio, sin saber qué hacía. Ella me dejó hacer.
El bebé se durmió contra su pecho. Marisol lo separó con cuidado, se levantó conmigo aún arrodillada delante, y lo acostó en el moisés de al lado. Cuando volvió a sentarse, el camisón se le había bajado del todo. Quedó frente a mí, casi desnuda, con la leche todavía resbalándole por el vientre.
—¿Quieres? —preguntó.
—¿Qué?
—Probar.
No me lo había pedido nadie nunca de esa manera. No era una orden, no era una invitación de seducción de las que aparecen en las películas. Era una pregunta sencilla, casi infantil, hecha por una mujer que tenía miedo de la respuesta.
—Sí —dije.
Me incliné. Acerqué la boca al pezón izquierdo, el que goteaba más, y rocé la piel con los labios antes de cerrarlos alrededor. El primer sabor me sorprendió: dulce, sí, pero también un dejo terroso, casi salado, como agua de manantial que ha pasado por la tierra. Tragué. Tragué otra vez. Marisol soltó un suspiro tan largo que pensé que iba a romperse en dos.
Le pasé la mano por la espalda. Le sentí el corazón latiendo contra mi mejilla. Seguí bebiendo, despacio, porque tampoco sabía hacerlo de otra manera.
—Camila…
Su voz era distinta. Más baja, más cerrada. Le sentí el cuerpo contraerse contra el mío, las caderas adelantándose un poco, las rodillas abriéndose despacio sin que yo le hubiese pedido nada. Le solté el pecho. Levanté la cara. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta.
—No pares —murmuró.
***
Volví al pezón. Esta vez cambié de lado, busqué el otro, el que el bebé había vaciado en parte. Apenas salía. Pero ella suspiró igual, más fuerte incluso, y me agarró el pelo con una mano. No para guiarme: para sostenerse.
Le subí la otra mano por el muslo. Despacio. Esperando a que me parara. No me paró. Le rocé el interior de la pierna, esa zona suave donde el muslo deja de ser duro y se vuelve cálido. Marisol contuvo el aire.
—¿Estás segura? —le pregunté.
—Llevo cinco meses sin estar segura de nada —dijo—. Solo de ti.
Le solté el pecho otra vez. Me incorporé un poco para besarle la boca, y este beso ya no fue como el de la noche de la cocina. Este beso era largo, lento, con sabor a su propia leche entre las dos. Marisol me agarró la cara con las dos manos y me besó como si llevara años esperando.
Nos pasamos a la cama. Le quité el camisón del todo. Me quité el suéter, el camisón mío, todo. Quedamos las dos desnudas bajo la luz amarilla de la lámpara, ella todavía con la piel húmeda de leche y de lágrimas, yo temblando, no de frío.
La recorrí con la boca. Le besé el cuello, los hombros, los pechos pesados que aún goteaban un poco cuando los tocaba. Bajé despacio, le besé el abdomen ablandado del embarazo, las caderas anchas. Llegué a su pelvis, al vello oscuro que ella nunca se había depilado y que olía a ella, a su jabón, a su sudor de madre. Le pregunté con la mirada. Me dijo que sí con un gesto mínimo de la cabeza.
La probé. El sabor fue distinto al de la leche, más intenso, más ácido, más vivo. Marisol arqueó la espalda y se llevó el dorso de la mano a la boca para no hacer ruido. El bebé seguía dormido a un metro de nosotras, y esa precaución suya me pareció lo más tierno del mundo.
Le pasé la lengua despacio, buscando la cadencia que la hiciera respirar más fuerte. La encontré rápido. Marisol me agarró el pelo otra vez, y esta vez sí me guiaba, sin decir nada, marcándome el ritmo con la pelvis. Sentí cómo se le tensaban los muslos a ambos lados de mi cara, cómo se le aceleraba la respiración hasta convertirse en jadeos cortos. Y entonces se le rompió.
Le sentí el cuerpo entero estremecerse. Le sentí, también, una humedad nueva, distinta a la anterior, más caliente, mojarme la barbilla y el cuello. No me retiré. La acompañé hasta que dejó de temblar.
***
Después me dejé caer a su lado. Marisol se giró hacia mí y se acurrucó contra mi pecho. La abracé. Estuvimos un buen rato así, sin decir nada, oyendo solo la respiración tranquila del bebé al otro lado de la habitación.
—Tengo miedo —dijo al fin.
—¿De qué?
—De que mañana te arrepientas.
—No me voy a arrepentir.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevo doce años queriéndote así —dije, y al decirlo en voz alta me di cuenta de que era verdad. Doce años exactos. Desde el campamento de verano en que ella tenía catorce y yo trece, y dormíamos en la misma litera y yo no entendía por qué me costaba tanto cerrar los ojos.
Se quedó callada. Le sentí una lágrima caerme en el hombro.
—Iván lo sabía —murmuró—. Me lo dijo una vez. Que si algún día te perdía a ti me perdía del todo.
No supe qué contestar. Le besé la frente. Le acaricié la espalda hasta que se quedó dormida.
Cuando amaneció, el bebé se despertó hambriento. Marisol se incorporó, todavía desnuda, y lo cogió del moisés. Volvió a la cama, se sentó contra el cabecero, y se lo prendió al pecho. Yo me quedé tumbada a su lado, mirándola.
—Quédate unos días más —dijo, sin mirarme.
—Me quedo todo el invierno —contesté.
Sonrió, y la sonrisa esta vez no tenía sombras. Apoyé la mejilla contra su muslo desnudo y cerré los ojos. El bebé succionaba con esa fuerza ronca de la primera mañana del mundo, y por primera vez en cinco meses, en la casa de mi amiga, había paz.