Mi profesora me encontró tocándome en el jardín
Aquel viernes, último día antes del receso de invierno, la facultad respiraba esa mezcla extraña de alivio y abandono que solo aparece cuando todo el mundo quiere irse y nadie termina de hacerlo. Yo tampoco quería irme, pero por una razón muy distinta. Tenía veintitrés años, el pelo castaño hasta los hombros, los ojos color miel y una idea fija metida entre las piernas desde el desayuno.
Me había vestido a propósito. Una falda corta de cuadros que me hacía sentir colegiala otra vez, una blusa blanca casi transparente y unas bragas de algodón que pensaba quitarme en cuanto encontrara el rincón adecuado. La adrenalina del último examen me había dejado el cuerpo encendido, y no era el aprobado lo que me ponía así. Era la idea, esa que llevaba meses dándome vueltas, de que alguien me sorprendiera. Que me encontraran. Que vieran lo que soy cuando nadie mira.
El jardín trasero de la Facultad de Humanidades era el lugar perfecto. Siempre estaba semivacío, oculto detrás del pabellón de filosofía, con dos hileras de jacarandás y un césped que olía a tierra mojada después del riego automático. Me había paseado por ahí tantas veces fingiendo estudiar que conocía cada banco, cada rincón ciego, cada ángulo desde el que se veía o no se veía la entrada.
Caminé sin prisa, con el bolso colgado del hombro y los muslos apretados. Me senté primero en un banco, abrí un libro y fingí leer durante diez minutos. Cuando comprobé que no pasaba nadie, me deslicé hacia un parche de hierba detrás de un seto de boj. Me tumbé boca arriba, con el libro abierto sobre el vientre, como si fuera una siesta inocente.
Pero yo no había bajado al jardín a dormir.
Empecé por encima de la blusa, despacio, pellizcándome los pezones por la tela. Estaban duros antes de que llegara a tocarlos. Sentí el aire caliente entrar y salir por mi boca entreabierta, y un cosquilleo familiar bajándome por el pecho, por el ombligo, hasta detenerse en ese punto exacto que ya pedía algo más. Me mordí el labio para no soltar un gemido. Todavía no.
Subí una mano por debajo de la falda. La piel del muslo estaba erizada. Me toqué por encima de las bragas y casi me dio risa de lo empapada que estaba. Llevaba así toda la mañana sin saberlo. Tracé un círculo con dos dedos, presionando justo donde el algodón ya estaba caliente, y se me escapó el primer gemido de verdad. Bajo, ronco, impaciente.
—Mierda —susurré.
Miré a un lado y a otro. Nadie. Solo el zumbido de una abeja perdida en los jacarandás y, lejos, el motor de un coche saliendo del aparcamiento del personal. Tenía el corazón en la garganta. La idea de que alguien apareciera en cualquier momento, lejos de frenarme, me empujaba a seguir. Eso era exactamente lo que había venido a buscar.
Aparté la tela de las bragas a un lado y me toqué directamente. Estaba abierta, hinchada, resbalando contra mis propios dedos. Dos pasadas lentas de arriba abajo y supe que no iba a aguantar mucho. Me bajé las bragas hasta las rodillas y las dejé ahí, atrapándome las piernas, dejándome a medio camino entre la decencia y el desastre. Si alguien aparecía, no me daría tiempo a recomponerme. Esa era justamente la cuestión.
Cerré los ojos. Hundí dos dedos. Me dejé caer hacia ese lugar tibio donde una se olvida de la luz, del jardín, de la facultad entera. Mi cadera empezó a moverse sola contra mi mano. Solté un gemido más largo, descuidado, y me di cuenta tarde de que se me había escapado en voz alta.
—Camila —dijo una voz a mi espalda.
Me quedé congelada con los dedos dentro.
—Sé que eres tú. Te reconozco de cintura para arriba.
Era la voz de la profesora Beltrán. Adriana Beltrán. Filosofía contemporánea, segundo semestre. La mujer cuyas clases me había aprendido de memoria mientras le miraba la nuca, las manos, la forma en que se sentaba al borde de la mesa para hablar de Deleuze. La mujer que llevaba meses metiéndoseme en sueños sin que yo se lo hubiera pedido.
Saqué los dedos. Me incorporé como pude. Las bragas seguían enredadas en las rodillas, la falda alborotada, la blusa entreabierta. Intenté cubrirme con dignidad y solo conseguí hacerlo peor.
—Profesora, yo… puedo explicarlo —dije, sabiendo perfectamente que no podía.
Adriana estaba de pie a tres metros, con una carpeta apretada contra el pecho. Llevaba una camisa de lino gris, unos pantalones rectos, el pelo recogido en un moño bajo del que se le escapaban dos mechones. Me miraba sin enfado y sin escándalo. Me miraba con una calma que era casi peor.
—Acompáñame a mi despacho —dijo simplemente—. Camina.
***
Tardé más de la cuenta en subirme las bragas. Las manos me temblaban. La seguí por el sendero de gravilla con la cabeza baja y el corazón saliéndoseme por la boca. Lo único que me consolaba era que el pabellón estaba prácticamente vacío y nadie nos vio cruzar el vestíbulo.
En cuanto empezamos a subir las escaleras, mi cabeza, que siempre ha sido un desastre, hizo lo último que tenía que hacer. Empezó a fantasear. Mientras subíamos un escalón tras otro, yo le miraba la espalda y me imaginaba que cerraba la puerta del despacho detrás de las dos, que dejaba la carpeta sobre el escritorio, que me ponía contra la pared y me decía al oído lo que acababa de ver. Me imaginaba sus dedos terminando lo que los míos habían empezado en el césped. Me imaginaba sus pechos pequeños contra mi boca, esos pezones oscuros que se le marcaban a veces bajo las blusas finas. Me imaginaba esa boca seria entre mis muslos, diciéndome con la misma voz pausada que usaba en clase lo zorra que había sido al bajar al jardín a tocarme.
Cuando entramos al despacho, yo estaba peor que en el jardín.
Adriana cerró la puerta. No con violencia, con cuidado. Dejó la carpeta en el escritorio y se apoyó contra el borde, cruzando los tobillos. Yo me quedé de pie en mitad de la alfombra, sin saber qué hacer con las manos.
—Siéntate —me dijo, señalando el sillón.
Me senté. La falda se me subió un poco. No hice nada por bajarla.
Ella me miró un rato largo, sin hablar. Tenía los ojos oscuros, casi negros bajo la luz cálida de la lámpara. Yo no podía sostenerle la mirada más de tres segundos seguidos.
—Sabes que tendría que reportarte —dijo al fin—. Por conducta indecorosa en recinto universitario. ¿Lo sabes?
—Sí —murmuré.
—Es tu último día antes de las vacaciones. Si esto entra en tu expediente, no vuelves a pisar este pabellón en septiembre.
Tragué saliva. Cerré las rodillas. Las apreté tanto que me dolieron.
—Por favor —dije, y me odié un poco por la voz que me salió, demasiado fina, demasiado de niña pillada—. Lo que sea. Le hago lo que sea para que no lo escriba.
Adriana levantó una ceja. Una sola. Lentísima.
—Lo que sea —repitió.
Me ardía la cara. Me ardía todo.
—No te voy a pedir eso, Camila —dijo, y por primera vez sonrió un poco, una sonrisa breve que se le fue tan rápido como vino—. No soy así. Y desde luego no aquí.
Respiré. Una mezcla de alivio y, sin querer admitirlo, decepción.
—Pero —siguió ella— sí te voy a pedir una cosa. Una sola. Para que las dos sepamos que esto pasó y que las dos lo recordamos.
—Lo que quiera —dije, esta vez con la voz aún más baja.
—Dame las bragas que llevas puestas.
El silencio del despacho se volvió enorme. El reloj de pared marcaba los segundos con un tictac que de pronto se me hizo obsceno.
—¿Aquí? —pregunté, como una idiota.
—Aquí. Ahora. Y luego te vas, y no le cuentas esto a nadie. Ni a tu mejor amiga, ni a tu pareja si la tienes, ni a tu psicóloga. A nadie. Las dos nos vamos de vacaciones y volvemos en septiembre como si esto no hubiera pasado. ¿Estamos de acuerdo?
Asentí. No me salía la voz.
Me puse de pie. Me bajé las bragas con torpeza, una pierna primero y luego la otra, intentando no levantar la falda más de lo necesario y al final levantándola entera porque no había manera de hacerlo de otro modo. Sentí su mirada en mí todo el rato. No la mirada de quien quiere humillarte. La mirada de quien archiva, de quien guarda una imagen para revisarla más tarde.
Se las tendí. Estaban empapadas. Las dos lo sabíamos.
Adriana las tomó con dos dedos, sin reparo, y las metió en el cajón superior de su escritorio. Lo cerró con llave.
—Buen verano, Camila —dijo, y volvió a sentarse en su silla como si no hubiera ocurrido nada.
Salí del despacho con las piernas temblándome, la falda raspándome directamente contra la piel desnuda, y la sensación rarísima de estar caminando por los pasillos de la facultad con un secreto guardado entre los muslos.
***
Llegué al aparcamiento sin acordarme del trayecto. Me metí en mi coche, eché el seguro, bajé el respaldo del asiento. No pude esperar más. Me subí la falda otra vez, me toqué con la mano que todavía olía a césped y a mí misma, y terminé en menos de un minuto lo que había empezado en el jardín. Pero esta vez no pensé en desconocidos imaginarios.
Pensé en Adriana abriendo el cajón de su despacho dentro de un rato, cuando ya no quedara nadie en el pabellón. Pensé en ella sacando mis bragas, mirándolas, oliéndolas quizás. Pensé en sus dedos largos, en su moño bajo, en esa sonrisa breve que se le había escapado al decir no soy así. Pensé en lo que pasaría en septiembre, cuando volviéramos las dos de vacaciones y nos cruzáramos en algún pasillo. Pensé que ninguna de las dos iba a poder mirar a la otra como antes.
Me corrí con la frente apoyada en el volante y la respiración rota.
Tres meses después, Adriana me llamó al móvil un martes por la tarde para devolverme las bragas. Eso, claro, ya es otra historia.