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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el pasillo del hospital esa noche

Mi madre llevaba seis semanas ingresada en el pabellón B del hospital cuando empecé a entender que aquel lugar no era solo un sitio de enfermedad. Era también un territorio raro, casi suspendido, donde las horas se estiraban y los pasillos olían a desinfectante y a café malo de las máquinas.

Mi turno empezaba a las nueve de la noche. Trabajaba todo el día en una agencia de seguros y solo podía cuidarla cuando los visitantes ya se habían marchado y las enfermeras pasaban cada tres horas con su carrito de medicación. La habitación 312 tenía dos camas, pero la otra estaba vacía desde hacía días. Mi madre dormía casi siempre, sedada por la morfina, y yo me sentaba en un sillón verde de plástico con un libro que nunca terminaba de leer.

Mariana empezó a venir la segunda semana.

Éramos amigas desde el instituto. La conocí cuando teníamos catorce años, en una clase de literatura, y desde entonces no nos habíamos separado. Habíamos compartido cumpleaños, mudanzas, dos viajes a la costa, novios que iban y venían. Hacía ya años que ella había dejado de tener novios. Lo había anunciado una tarde, en el bar de la esquina, sin dramas: que le gustaban las mujeres y que se acabó. Yo asentí, le pedí otra cerveza y seguimos.

Pero algo había en cómo me miraba que no se acababa con su declaración. Siempre lo había notado. La manera en que se quedaba quieta cuando yo entraba a un sitio, como si el aire cambiara de espesor. La forma en que me apartaba el pelo de la frente cuando hablábamos cerca, con cualquier excusa. La sonrisa nerviosa que se le escapaba a veces, esa que se mordía enseguida para que no se notara.

Yo nunca había hecho caso. Estaba casada con Andrés y la vida era esa: una casa con hipoteca a treinta años, dos coches, vacaciones repartidas entre sus padres y los míos. Mariana era mi mejor amiga y nada más. Lo otro era una idea que ni siquiera me dejaba acercar a la cabeza.

Hasta aquel invierno.

Andrés y yo llevábamos seis meses sin tocarnos cuando ingresaron a mi madre. Habíamos hablado de separarnos, sin llegar a hacerlo, dos veces. La tercera fue la definitiva: él alquiló un apartamento en el centro y yo me quedé en la casa con el perro y un colchón demasiado grande. Una semana después, mi madre se descompensó y no volvió a salir del hospital.

Mariana lo supo todo casi sin que yo se lo contara. Eso era lo suyo: leerme la cara. Empezó a escribirme cada noche por el chat, justo cuando ella debía dormirse para entrar a trabajar a las siete de la mañana. Hablábamos hasta las dos, las tres, a veces las cuatro. De mi madre, de Andrés, de tonterías. Cuando me quedaba dormida con el móvil en la mano, ella seguía escribiendo y yo lo veía al despertar.

Una noche apareció en la sala de espera del piso 3 con dos cafés en vaso de cartón.

—No tenías que venir —le dije.

—Ya lo sé —respondió y me dio uno de los vasos.

Se sentó a mi lado en el banco del pasillo. Llevaba un suéter gris que le quedaba grande y el pelo recogido en una coleta floja. Olía a su champú de siempre, ese olor a manzana verde que yo conocía desde los quince años.

Empezó a venir tres veces por semana. Después, cuatro. A veces se quedaba hasta las dos de la mañana y se iba directamente a trabajar sin pasar por su casa. Yo le decía que estaba loca, que se cuidara. Ella se encogía de hombros y me preguntaba por mi madre, por mí, por cómo había dormido.

La noche en que todo cambió fue un jueves.

Mi madre llevaba dos días peor. Le habían subido la dosis de morfina y dormía en un sueño pesado y húmedo del que no salía ni cuando le tomaban la tensión. Yo había llorado un rato en el baño y Mariana lo notó nada más entrar a la habitación.

—Vamos a estirar las piernas —dijo.

Salimos al pasillo. El piso 3 tenía un ala antigua, en obras desde meses atrás, con la mitad de las habitaciones cerradas con cinta amarilla. La luz allí era distinta. Solo tres bombillas funcionaban, espaciadas, y entre una y otra había tramos de penumbra donde casi no se veía el suelo. Caminamos sin hablar hasta el fondo, donde había un ventanal cerrado y una máquina de bebidas apagada.

Nos quedamos ahí, apoyadas contra la pared. Yo respiraba hondo, intentando no llorar otra vez. Ella miraba al techo.

Y entonces la bombilla de encima de nosotras zumbó un par de veces, parpadeó y se apagó.

—Joder —murmuré.

No me dio tiempo a más. Mariana se giró hacia mí, me tomó la cara con las dos manos y me besó.

Yo creí que iba a apartarme. Lo creí durante un segundo entero, mientras mi cabeza se preguntaba qué hacía y por qué no me movía. Pero no me aparté. Le devolví el beso con una urgencia que no sabía que tenía dentro. La sentí temblar y eso me terminó de derretir. Sus manos bajaron de mi cara a mi cuello y de ahí a la cintura, y me apretó contra ella como si llevara años queriendo hacerlo y hasta esa noche no se hubiera atrevido.

Su boca sabía a café y a algo dulce que no supe identificar. Tenía los labios más suaves de lo que había imaginado. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso, buscó la mía y la enredó despacio, con una seguridad que me hizo apretar los muslos. Sentí que se me humedecía la ropa interior en cuestión de segundos, como si mi coño llevara años esperando exactamente esa boca y no lo hubiera sabido hasta entonces.

Nunca la había imaginado, me dije. Y supe enseguida que era mentira.

Escuchamos unos pasos al otro extremo del pasillo. Una enfermera, probablemente, en su ronda.

—Ven —susurró Mariana.

Me tomó de la mano y tiró de mí hasta el hueco que había entre dos habitaciones cerradas, un recoveco de apenas medio metro que el hospital usaba para guardar carros de limpieza. Cabíamos justas, una pegada a la otra, con las piernas entrelazadas y la espalda contra la pared fría.

Los pasos pasaron de largo. Se alejaron. Volvió el silencio, roto solo por el zumbido lejano de la máquina del aire.

—¿Estás bien? —me preguntó.

No le contesté. La besé otra vez, más despacio, decidida. Y le dije lo único que tenía claro.

—No pares. Cógeme aquí mismo. Lo necesito.

Mariana soltó un jadeo bajo, como si esa palabra le hubiera pegado en el vientre. Metió una rodilla entre mis piernas y me apretó ahí, contra el pubis, hasta que sentí toda su pierna dura empujándome el coño por encima del pantalón. Empecé a moverme sobre ella sin darme cuenta, restregándome como una perra en celo, y ella me lo dejó hacer, mordiéndome el labio inferior.

—Mira cómo estás ya —me susurró—. Puta.

Nunca nadie me había hablado así. Andrés jamás me habría dicho algo parecido, ni yo se lo habría permitido. Pero en la boca de Mariana esa palabra me atravesó y me tensó los pezones bajo el jersey.

Sus manos entraron por debajo de la ropa. Subió las dos por la espalda hasta el cierre del sostén y lo soltó con un movimiento que ni mi marido había aprendido en ocho años. Lo sacó por una manga, sin quitarme el jersey siquiera, y lo dejó caer al suelo. Después me bajó el cuello de la prenda con los dientes y me besó la clavícula, el hombro, la curva del pecho. Sus dedos me pellizcaron los pezones a la vez, uno con cada mano, y los retorció despacio hasta que se me escapó un quejido.

—Tápate la boca —me dijo bajito—. O nos van a pillar y no he ni empezado contigo.

Me llevé la mano a los labios. Justo a tiempo. Cuando su boca encontró mi pezón y lo apretó con los dientes, el gemido que se me escapó habría llenado todo el pasillo si no lo hubiera frenado contra la palma. Lo chupó fuerte, tirando de él hacia arriba, y después pasó al otro y le hizo lo mismo. Tenía los pezones tan hinchados que me dolían al roce del jersey. Sentí un hilo de saliva bajarme por el costado.

—Están duros como piedras —murmuró contra mi piel—. Te encanta que te muerdan las tetas, ¿verdad?

Asentí con los ojos cerrados. Le puse una mano en la nuca y la empujé para que siguiera.

***

Llevaba meses sin sentir nada parecido. Quizá años. Era una mezcla rara de pánico —porque cualquiera podía aparecer doblando la esquina— y de hambre. Una urgencia que no me reconocía. Yo, que siempre había sido la prudente, la que pensaba dos veces todo, estaba en un pasillo de hospital con la mano de mi mejor amiga subiéndome por la pierna y no quería que parara.

Mariana volvió a mi boca, me besó largo, me metió dos dedos entre los labios para que se los chupara. Se los lamí despacio, mirándola a los ojos en la penumbra, y ella soltó otro jadeo. Cuando los sacó, brillantes de mi saliva, se agachó y se arrodilló frente a mí en el suelo sucio del pasillo.

—¿Puedo? —preguntó.

Asentí. Y enseguida me di cuenta de que en la oscuridad ella no me veía, así que repetí en voz baja.

—Sí. Chúpamelo. Chúpame el coño, por favor.

Me bajó el pantalón con cuidado, hasta los tobillos. La ropa interior fue después, un poco más despacio, como si quisiera memorizar el momento. Sentí su aliento caliente contra el pubis antes de sentir nada más. Me olió. La escuché aspirar hondo, como si le hubieran dado algo que llevaba años buscando.

—Estás empapada —susurró—. Se te está cayendo por dentro del muslo, tía.

Me pasó dos dedos por toda la raja, de abajo arriba, muy despacio, recogiendo lo que salía de mí. Después se los llevó a la boca. La escuché chuparlos con un gemido bajo que casi me hizo correrme ahí mismo.

—Ábrete —me dijo—. Abre las piernas todo lo que puedas.

Separé los pies hasta donde el pantalón bajado me permitía y apoyé las dos manos contra la pared, el cuerpo en tensión, los ojos cerrados. Cuando su lengua me tocó por primera vez, mordí la palma de mi propia mano para no gritar. Me lamió de abajo arriba, entera, con la lengua ancha y plana, y terminó apretándome el clítoris con los labios y chupándolo.

Iba despacio. Lento, atento, paciente, como si cada movimiento fuera un experimento. Me abrió los labios con dos dedos y me trabajó el clítoris con la punta de la lengua, en círculos pequeños, mientras con la otra mano me apretaba el culo y me pegaba más contra su boca. Cada poco se separaba un segundo y susurraba contra el muslo.

—¿Sigo así? ¿Estás cómoda? ¿Te gusta cómo te la como?

—Sí, joder, sí, no pares —le contesté entre dientes—. Métemela. Métemela dentro.

Sentí cómo su lengua bajaba y se me metía en el coño, entrando y saliendo, follándome despacio con la boca. La sentía respirar contra mí, la nariz apretada contra el pubis, la barbilla mojada. Yo le agarraba el pelo con las dos manos y la empujaba contra mí, moviendo las caderas sobre su cara. Esa era la respuesta que sabía darle. Tenía las piernas a punto de fallarme. La pared fría me sostenía la espalda, pero todo lo demás temblaba.

Volvió al clítoris y me lo chupó fuerte, tirándolo hacia fuera con los labios, y en ese momento me metió un dedo. Sentí cómo se hundía en mí de golpe, hasta el fondo, y se me escapó un gemido que la mano no llegó a tapar del todo. Empezó a moverlo hacia dentro, curvándolo, buscando ese punto que ni yo misma me sabía encontrar. Cuando lo tocó, se me dobló el cuerpo entero hacia delante.

—Ahí —jadeé—. Ahí, joder, ahí, no te muevas de ahí.

Metió el segundo dedo. Los sentí abrirse dentro de mí, presionando esa zona esponjosa, mientras la lengua no dejaba de trabajarme el clítoris. La otra mano me subió por la barriga y me buscó un pezón. Me lo pellizcó con fuerza, girándolo, y la mezcla me arrancó un temblor en las piernas que no pude controlar.

No sé cuánto tiempo pasó. En el hospital el tiempo no se contaba como afuera. Podían haber sido cinco minutos o veinte. Cuando sentí que se me venía encima —una ola caliente subiendo desde los muslos hacia el vientre—, le tiré del jersey hacia arriba.

—Espera —dije—. Espera, no quiero correrme así.

Ella se levantó, confundida, con la boca todavía brillante, la barbilla empapada de mí. Se pasó el dorso de la mano por los labios y se lamió los dedos, uno por uno, sin dejar de mirarme.

—Quiero que me penetres. Fuerte. Como si me estuvieras follando de verdad.

Lo dije como si llevara toda la vida ensayándolo. Ella sonrió en la penumbra, una sonrisa que más bien se intuía.

—Date la vuelta —me ordenó—. Manos contra la pared. Culo para fuera.

Obedecí. Apoyé las palmas contra el yeso frío, arqueé la espalda y saqué el culo hacia atrás, con el pantalón todavía enredado en los tobillos. Mariana pegó su cuerpo al mío por la espalda, me mordió la nuca y me pasó una mano por el pecho, apretándomelos, mientras la otra bajaba entre mis piernas.

Me metió primero un dedo, entero, de una vez. Después el segundo. Sentí cómo se abrían dentro de mí y empezaban a moverse, entrando y saliendo, cada vez más rápido, mientras con la palma me golpeaba el clítoris en cada empuje. Su otra mano me cubrió la boca, sabiendo que yo sola ya no iba a poder controlarme.

—Cállate —me susurró al oído—. Cállate, guarra. Que te van a oír follar en el pasillo.

Metió el tercer dedo. Sentí un estirón que me quemó un segundo y después la pura presión de tenerla dentro, llenándome, moviéndose. Me follaba con la mano igual que un hombre me habría follado con la polla, con ritmo, con ganas, empujándome contra la pared con las caderas. Su otra mano me apretaba la boca y me tapaba también la nariz un instante, y en cada vez que me soltaba para dejarme respirar se me escapaba un gemido ahogado que ella volvía a cortar de inmediato.

—Córrete —me dijo con la boca pegada a mi oreja—. Córrete en mi mano, quiero sentirlo todo.

Me corrí con la cara aplastada contra la pared fría. Fue una corrida larga, sucia, que me hizo apretar los dientes en su palma y le dejé la marca. Sentí cómo me contraía alrededor de sus dedos, apretándolos, y cómo un chorro caliente me bajaba por dentro de los muslos y me mojaba las bragas caídas. Ella no paró. Siguió moviéndolos, más despacio, alargándome el orgasmo hasta que me tuve que agarrar de su antebrazo para pararla.

—Basta —jadeé—. Basta, no puedo más.

Sacó los dedos con cuidado. Los oí despegarse de mí con un sonido húmedo, obsceno, que rebotó en el pasillo vacío. Cuando terminé, me temblaban las rodillas tanto que ella tuvo que sostenerme un momento, abrazada por detrás, mientras yo intentaba respirar despacio. Sentí su mano subir a mi boca y meterme los dos dedos empapados. Se los chupé sin pensarlo, saboreándome en ella, mientras me besaba el cuello.

—Shhh —dijo, riéndose bajito en mi oído—. Buena chica.

Los pasos volvieron. Esta vez más cerca, en serio. Una linterna iluminó un tramo del pasillo y se acercó hacia nosotras.

Nos vestimos a toda prisa. Yo recogí el sostén del suelo y me lo guardé en el bolsillo del abrigo. Las bragas las sentí frías y empapadas al subírmelas de vuelta. Ella se peinó con los dedos y se limpió la barbilla con la manga del jersey. Cuando salimos del hueco y empezamos a caminar de vuelta a la habitación 312, lo hicimos como si estuviéramos regresando de la máquina de café. La enfermera nos cruzó, nos saludó con la cabeza y siguió de largo. No sé cómo no nos olió a lo que acabábamos de hacer.

***

No volvimos a hablar de eso esa noche. Yo me senté en el sillón verde junto a mi madre y le puse la mano sobre la suya, que estaba caliente por la sábana eléctrica. Mariana se sentó en el sillón de al lado, sacó el móvil y fingió leer algo. Cada poco, cuando creía que yo no la miraba, me miraba. Y yo, cuando creía que ella no me miraba, hacía lo mismo. Todavía la tenía entre las piernas. Cada vez que cambiaba de postura, sentía mi coño hinchado rozarse contra las bragas mojadas y me daban ganas de arrastrarla otra vez al pasillo.

A las cinco de la mañana, mientras el cielo empezaba a aclararse detrás del ventanal, ella se quedó dormida con la cabeza apoyada en mi hombro. Le toqué el pelo. Olía a manzana verde y a hospital y, muy de fondo, a mí. Pensé que no quería volver a casa.

Mi madre falleció diez días después. Mariana estuvo en el entierro, en la primera fila, con un abrigo negro que no le había visto nunca. Andrés también vino, por respeto, y se fue temprano. Mi hermana lloraba a mi lado y a mí me costaba sentir nada que no fuera esa mano, la de Mariana, agarrándome el codo para que no me cayera.

Esa noche, después de todo, Mariana se quedó conmigo en mi casa por primera vez. No por la urgencia del pasillo. Por otra cosa, algo más lento, que todavía estoy aprendiendo a nombrar.

Lo que pasó en aquel hospital fue solo el principio. El comienzo de una vida que yo no sabía que era la mía, y que iré contando en los relatos que vienen.

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Comentarios(9)

LauritaBA

Que lindo relato, me dejo con escalofrios. Muy bien escrito!

Claudia_noche

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue esto...

AnaBL_nocturna

Me llego al alma esto. Hay situaciones que uno lleva guardadas mucho tiempo sin saber nombrarlas. Gracias por contarlo.

Mateo_Bn

Hace falta valor para contar algo tan intimo. Muy bien logrado.

VikiRdz

El ambiente del hospital le da un toque muy original, nunca habia leido algo ambientado asi. Se agradece la creatividad!

Romina_Cba

Buenisimo!! me quede leyendo de un tiron sin darme cuenta jaja

NocheViajera

jajaja la luz que se apaga en el momento justo, parece de pelicula pero funciona perfecto

RosarioLectora

De los relatos lesbicos que lei aca, este es de los que mas me gusto. Tiene emocion de verdad, no solo morbo. Segui escribiendo porfa!!

Tania_Vz

Se hizo cortisimo, quiero mas!!

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