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Relatos Ardientes

Lo que pasó con la morena del autobús de las seis

El despertador suena a las cinco menos cuarto desde hace tres años, pero algo cambió desde el invierno pasado. Ya no me cuesta abrir los ojos. Ya no maldigo el frío del piso de cerámica cuando apoyo los pies descalzos. Me visto con más cuidado del que merece una oficina cualquiera, me perfumo aunque vaya a estar nueve horas frente a una pantalla, y bajo los cuatro pisos del edificio con el pulso un poco acelerado.

No es por el trabajo. Es por ella.

La vi por primera vez una mañana de junio, cuando subió al autobús de las cinco y cincuenta con un vestido de algodón claro y unas sandalias que no abrigaban nada. Se sentó dos filas adelante de mí. Yo me pasé todo el trayecto mirándole la curva del cuello, el modo en que el pelo negro y larguísimo le caía sobre un hombro, las pecas finas que se le adivinaban en la nuca cuando la luz del amanecer entraba por la ventanilla.

Desde entonces, espero ese autobús como quien espera una llamada que sabe que no va a llegar. Llego a la parada cinco minutos antes, miro la avenida vacía, las luces de las panaderías que recién encienden los hornos, la bruma que sube del río que pasa al fondo. Cuando aparecen los faros amarillos a lo lejos, contengo el aliento. Si ella sube, el día es otro. Si no sube, igual llego a la oficina, igual contesto correos, igual sonrío en las reuniones, pero algo me falta hasta la mañana siguiente.

Me gusta cómo se viste. Faldas tableadas hasta la rodilla, blusas de algodón con todos los botones cerrados, alguna chaqueta liviana cuando hace fresco. Nada de marcas estridentes, nada de escotes. Es como si hubiera decidido que la belleza tenía que ser silenciosa para no asustar a nadie. Y, sin embargo, hay algo en su forma de caminar por el pasillo del autobús que me detiene la respiración. La cintura estrecha. Las caderas que se le mueven apenas, pero que se le mueven. Las nalgas firmes que las telas finas no logran disimular del todo. Los pechos generosos que se adivinan debajo de los botones.

Yo no era de las que miraban a otras mujeres en la calle. O no lo era. Antes de ella, los ojos se me iban hacia los hombres por inercia, por costumbre, por mandato. Después de ella, descubrí que me había estado mintiendo a mí misma durante años.

***

Aquel martes el autobús venía atrasado. Lo supe porque, cuando llegó, ya había una pequeña multitud esperando en la parada. Subimos todos apretados, empujándonos sin querer, disculpándonos en voz baja. La conductora arrancó antes de que termináramos de acomodarnos y la inercia me empujó contra la barra del medio.

Entonces la vi.

Estaba subiendo justo detrás de mí, con su falda de cuadros marrones y una blusa blanca abrochada hasta el cuello. El autobús dio un bandazo y ella se vino encima de mí, una mano apoyada en la barra, la otra contra mi cintura para no caerse. Murmuró un perdón. Yo no contesté porque no me salía la voz.

Habrá durado un segundo, dos como mucho. Pero alcanzó para que entendiera que ella olía a jabón blanco y a algo más, algo cálido y vegetal que no supe nombrar. Alcanzó para que sintiera el calor de su cadera contra la mía a través de las telas, y para que algo se desordenara en mi estómago.

El autobús siguió llenándose en las paradas siguientes. La gente nos fue aplastando contra el pasamanos. Ella terminó delante de mí, de espaldas, las nalgas casi rozándome el bajo vientre cada vez que la conductora frenaba. Yo intenté guardar una distancia prudente. Apoyé las dos manos en la barra alta, por encima de su cabeza, para no tocarla sin querer.

Y entonces ella se echó hacia atrás.

No fue un movimiento brusco. Fue lento, casi imperceptible, como si el vaivén del autobús la empujara, pero los vaivenes ya habían pasado y ella seguía pegándose. Sentí sus nalgas contra mí con tanta claridad que se me cerró la garganta. La miré de reojo en el reflejo de la ventanilla. Tenía la vista al frente, la cara serena, pero las puntas de las orejas se le habían puesto rojas.

Entendí que no era casualidad.

Bajé la mano derecha de la barra. La dejé caer despacio, con la palma vuelta hacia su cuerpo, y la apoyé en la curva de su cadera. La falda era de tela liviana y se sentía el calor de la piel debajo. Esperé. Ella no se apartó. Al contrario, suspiró, casi inaudible, y se acomodó un milímetro más cerca.

***

La luz del amanecer entraba apenas por las ventanas empañadas. Los pasajeros que nos rodeaban miraban el teléfono o tenían los ojos cerrados, derrotados por el sueño. Nadie nos miraba. Y aunque alguien hubiera mirado, no habría visto nada raro: dos mujeres apretadas en un autobús lleno, una con la mano apoyada distraídamente en la cadera de la otra.

Moví la mano un poco. La deslicé hacia atrás, hasta la curva donde la cadera se vuelve nalga. La piel debajo de la tela era firme, redonda, exactamente como me la había imaginado todas esas mañanas. Apreté apenas con la palma. Ella inclinó la cabeza hacia adelante y vi cómo se mordía el labio inferior en el reflejo de la ventanilla.

El autobús dobló en una curva y todos nos balanceamos. Aproveché el movimiento para meter la mano por debajo del dobladillo de la falda. La tela cedió sin oponer resistencia. Mis dedos rozaron la parte trasera del muslo, después el borde de la ropa interior. Era de encaje, una de esas culotes pequeños que apenas cubren. La acaricié sobre la tela, con la yema de los dedos, dibujando círculos lentos sobre la curva.

Ella separó los pies unos centímetros. No mucho, solo lo necesario para que mi mano pudiera pasar entre sus muslos.

Lo entendí como una invitación.

Llevé la mano hacia adelante, todavía por debajo de la falda, y la acuné contra su pubis sobre el encaje. Sentí la humedad atravesar la tela. La sentí caliente, hinchada, latiendo. Ella exhaló por la nariz, un soplo corto, y se inclinó apenas hacia adelante para apoyar la frente contra la espalda del hombre que iba en el asiento delantero, fingiendo que el cansancio la vencía.

Empecé a frotarla con dos dedos, despacio, sobre la tela. Buscando el punto exacto. Lo encontré por el modo en que ella se sacudió, casi imperceptible, cuando pasé sobre él. Volví. Una, dos, tres veces. Tracé círculos. Subí y bajé. Aumenté la presión. Su respiración cambió, se volvió más profunda, más entrecortada. Yo seguía con la otra mano apoyada en la barra alta, la cara hacia adelante, como si no estuviera haciendo nada.

Aparté el encaje a un costado y la toqué de verdad por primera vez.

Estaba empapada. Mis dedos resbalaron entre sus labios mojados y se hundieron en ella casi sin que yo lo decidiera. Uno primero. Después dos. Ella se mordió tan fuerte el labio inferior que pensé que iba a sangrar. Empecé a moverlos despacio, profundos, mientras el pulgar le buscaba el clítoris más arriba. Tres, cuatro paradas pasaron así, con mi mano metida bajo su falda, ella temblando contra mí, yo respirando hondo para no perder la calma.

Que nadie mire. Que nadie nos mire ahora.

El autobús se detuvo en un semáforo largo. Sentí cómo se le contraían los músculos internos alrededor de mis dedos, una vez, otra. Ella apretó la mandíbula. Echó la cabeza un poco hacia atrás, lo justo para que la nuca casi me tocara la boca, y dejó escapar un sonido mínimo, un quejido breve que solamente yo escuché porque mi oído estaba a centímetros de su pelo.

Se vino entre mis dedos en pleno semáforo, mientras la conductora cambiaba la radio y la mujer del asiento de adelante hablaba por teléfono sobre un turno con el dentista.

***

Saqué la mano despacio, cuando entendí que el temblor se había pasado. Limpié los dedos sin pensarlo demasiado contra el pliegue interior de su falda, donde nadie iba a notarlo. Después subí la mano de nuevo a la barra y me quedé ahí, mirando por la ventana, con el corazón golpeándome las costillas y los dedos todavía olientes a ella.

Faltaban dos paradas para la mía. La de ella era la siguiente.

Cuando el autobús empezó a frenar para su parada, ella se acomodó la falda con un gesto rapidísimo, se pasó una mano por el pelo y por fin giró la cabeza. Me miró a los ojos durante un segundo, tal vez dos. Tenía las pupilas dilatadas y la sonrisa apenas asomada en la comisura derecha. No me dijo nada. Solo arqueó las cejas, despacio, como una pregunta. Después se abrió paso entre los cuerpos y bajó.

La vi alejarse por la vereda hacia un edificio de oficinas, los tacos bajos repiqueteando contra las baldosas, la falda balanceándose como si no hubiera pasado nada. Antes de doblar la esquina giró la cabeza una vez. Buscó la ventanilla. Buscó mi cara. Y cuando me encontró, sonrió de verdad.

***

Bajé en mi parada con las piernas flojas. Caminé las dos cuadras hasta la oficina sin registrar nada del recorrido, ni los semáforos ni los kioscos ni los perros que paseaban los porteros del barrio. Saludé a la recepcionista con un gesto, dejé el bolso en mi escritorio y me metí en el baño antes de prender la computadora.

Me encerré en el último cubículo, el que tiene la cerradura que funciona bien. Me apoyé contra la puerta. Tenía la respiración entrecortada todavía. Olí mis dedos. Olía a ella, a sal y a algo dulce, y se me dobló otra vez algo dentro.

Me bajé los pantalones hasta las rodillas y me toqué con la misma mano que la había tocado a ella, mientras me mordía el dorso de la otra para no hacer ruido. Tardé menos de dos minutos. Me vine pensando en su nuca, en su labio mordido, en el modo en que sus músculos se habían cerrado alrededor de mis dedos como si quisieran quedarse con ellos para siempre.

Cuando salí del baño, me lavé las manos durante mucho rato. Después miré mi cara en el espejo. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes, como si acabara de descubrir un idioma que llevaba años sospechando que existía.

«Mañana», me dije. «Mañana subo al mismo autobús, a la misma hora.»

Y al día siguiente subí, con un vestido de algodón claro que casi nunca uso, perfumada como si fuera a una primera cita. Ella estaba parada en la esquina de siempre, con la falda de cuadros marrones, esperando. Cuando me vio acercarme, no sonrió. Solo se mordió el labio inferior, igual que el día anterior, y me sostuvo la mirada hasta que el autobús nos puso adentro otra vez, apretadas, pegadas, todavía sin habernos preguntado siquiera el nombre.

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Comentarios (6)

Valentina_M

increible!!! el final te deja con el corazon acelerado. Que bueno que lo publicaste

RocioLectora

Por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de saber como sigue todo entre ellas

CrisRio45

jaja los autobuses de las seis de la mañana son otra dimensión 😂 buen relato

SofiaArgenta

Me recordó a esa sensacion de cuando alguien te mira en el transporte y no sabés si es casualidad o no. Muy bien captado, se siente autentico.

NocheSinFin_22

Me gustó mucho como esta contado, con suspenso y sin apurarse. Se nota que hay talento.

delfi_03

diosss me encanto!! sigan subiendo relatos asi

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