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Relatos Ardientes

El secreto que guardo sobre la madre de mi novio

La madre de Tomás tiene sesenta y dos años, aunque jamás se lo darías. Quedó embarazada de él a los cuarenta y cuatro, después de años de intentos y de dos pérdidas que casi la rompen. El padre era diez años más joven que ella, y entre los dos levantaron una vida que se nota apenas cruzás la puerta de su casa en Acassuso.

Son dueños de tres restaurantes. Uno de lujo, con mantel blanco y lista de espera, y dos más populares, de barrio, esos a los que va la gente común. Contra lo que cualquiera pensaría, son los dos populares los que dejan casi toda la plata. Ella me lo explicó una tarde con una claridad que me dejó callada, como si me hablara de algo evidente que yo todavía no había entendido.

La describo y no le hago justicia. Renata mide un metro setenta y ocho, es delgada, estilizada, con esa manera de moverse que solo tienen las mujeres que alguna vez vivieron de su cuerpo. Aparenta cincuenta como mucho. Es inteligente, leída, y se viste siempre con una elegancia que no parece esfuerzo. El padre de Tomás era robusto, un metro setenta y dos, de esos hombres que se nota que hicieron mucho deporte de jóvenes y nunca lo dejaron del todo.

Renata fue modelo. De las elegantes, de las de antes. Si buscás su nombre todavía aparecen tapas de revistas, campañas de alta costura, alguna foto en ropa interior de un catálogo importado. Es, sin vueltas, la mujer más hermosa que vi en mi vida. Y eso lo pensé desde la primera vez que la vi, mucho antes de entender qué significaba pensarlo.

Yo tenía veinte años cuando empecé a salir con Tomás. Me recibieron en esa casa como a una hija desde el principio. Me cuidaban, me preguntaban por la facultad, me servían el plato más grande. Nunca me hicieron sentir una invitada. Eso, con el tiempo, hizo todo más confuso.

***

Una tarde de otoño me quedé sola con ella. Tomás había salido con el padre a uno de los locales por un problema con un proveedor, y Renata me ofreció quedarme a esperarlos con un té. Acepté sin pensarlo. Me gustaba escucharla.

Empezó a contarme de su vida. Los viajes, las temporadas en Milán, los desfiles, la gente que conoció. Yo la escuchaba como se escucha una película, con la taza enfriándose entre las manos, fascinada por un mundo que me quedaba enorme.

—Esperá —dijo de pronto, levantándose—. Tengo algo que quiero mostrarte.

Volvió con dos álbumes pesados, de tapa dura, y se sentó a mi lado en el sillón. Tan cerca que sentía su perfume, algo amaderado y caro, y el calor de su brazo casi rozando el mío.

—Esta fue una de mis primeras sesiones —dijo, abriendo el primero.

En la foto había una chica de unos veintidós años, en ropa interior, en un estudio, haciendo poses con una naturalidad que no se aprende. Era ella. Cualquiera de mis amigas habría matado por ese cuerpo. Yo me quedé mirando más de la cuenta y disimulé pasando rápido la página.

—Espero que no te incomoden estas fotos —dijo, sin dejar de mirar el álbum.

—Para nada —contesté, y la voz me salió más firme de lo que esperaba—. Fuiste y sos una mujer hermosa. Solo siento admiración.

Era verdad a medias. Sentía admiración, sí, pero por debajo había otra cosa, una corriente tibia que me subía por el pecho y que conocía bien. Yo me había venido asumiendo bisexual desde hacía un tiempo, casi en secreto, casi de mentira. No saldría con una mujer, me decía a mí misma. Pero algunas me encendían. Le había dado besos a amigas en alguna fiesta, había mirado a alguna profesora más de lo debido. Esto era distinto. Esto era la madre de mi novio.

No la mires así. Es la madre de Tomás. Dejá de mirarla así.

Pero la miraba igual. Y mientras la miraba, sentía cómo se me humedecía la bombacha, despacio, con una traición callada que no le podía frenar. Apreté los muslos disimulando, y el roce me mandó una corriente que me subió hasta el ombligo. Estaba mojada por ella. Por la madre de Tomás. Y la seguía mirando.

***

—Si no te molesta —dijo, y por primera vez noté algo parecido al orgullo en su voz—, me gustaría mostrarte el último set de fotos que hice en mi vida.

—Por supuesto —dije, demasiado rápido.

Se levantó y fue hasta otra habitación. Tardó un poco. Yo aproveché para respirar hondo, para acomodarme en el sillón, para repetirme que no estaba pasando nada, que era solo una mujer mostrándole fotos viejas a la novia de su hijo. Metí la mano rápido entre las piernas, por encima del jean, y sentí la tela caliente y húmeda. Me llevé la mano a la nariz un segundo, con vergüenza, y me olí. Olía a mí encendida. Cerré los ojos. Cuando volvió, traía un álbum distinto, más delgado, con la tapa forrada en tela.

—Este lo armé para mí y para mi marido —dijo, sentándose otra vez a mi lado—. Para conmemorar uno de los momentos más felices de nuestra vida.

Lo abrió despacio, con cuidado, como quien abre algo sagrado.

En la primera foto estaba ella embarazada. De seis o siete meses, con un top corto que le dejaba la panza al aire. La piel le brillaba. Tenía los pechos llenos, turgentes, con los pezones marcándose contra la tela fina del top, oscuros y grandes por el embarazo, y una sonrisa que no era de pose, era verdadera. Se veía radiante de una manera que las fotos de estudio no alcanzaban.

—Estaba esperando a Tomás acá —dijo, tocando la imagen con la punta del dedo.

Se me cerró la garganta. Estaba mirando a mi novio dentro de ella, y estaba mirando a su madre más deseable que en cualquier campaña de revista. Las dos cosas a la vez, y no sabía qué hacer con ninguna. Pensé, sin poder evitarlo, en el semen del padre de Tomás dentro de ese cuerpo, en cómo la habría cogido para dejarla así, en si ella habría gritado, en si se habría corrido con él encima. Y me clavé las uñas en la palma para volver.

Pasó la página. Y la siguiente. Fotos de ella en ropa interior de encaje, importada, de esa que cuesta una fortuna. El embarazo le había cambiado el cuerpo y la había vuelto, si eso era posible, todavía más hermosa. Las poses variaban, todas sensuales, todas pensadas. La luz le caía en diagonal sobre la curva de la panza, sobre el nacimiento de los pechos hinchados, sobre el triángulo apenas cubierto de la bombacha, donde se le marcaba la forma del coño detrás del encaje.

—Mi marido sacó casi todas —dijo en voz baja—. Decía que nunca me había visto tan linda. Yo le creía.

Yo también le creía. No podía ni respirar.

Me descubrí estudiando cada foto con un detalle que me daba vergüenza. La línea de la espalda, la forma en que el encaje le marcaba la cadera, la manera en que sostenía la mirada a la cámara sin pudor, como si el mundo entero le perteneciera. En una de las fotos estaba de perfil, con el corpiño abierto y los pechos afuera, sosteniéndose la panza con las dos manos. Los pezones se le veían enormes, de un marrón rosado que yo no había visto nunca en un cuerpo real. Se me hizo agua la boca. Pensé en chuparle esos pezones, en apretárselos entre los dientes, en si le habría salido leche cuando Tomás nació. Pensé en mis propias amigas, en lo lejos que estábamos todas de esa seguridad, y pensé en Tomás, que existía gracias a ese cuerpo, y todo se me mezcló de una forma que no sabía cómo desarmar.

—¿Te puedo confesar algo? —dije, y me arrepentí en el mismo instante de abrir la boca.

—Claro.

—Daría cualquier cosa por tener la mitad de tu confianza. La forma en que mirás a la cámara. Yo me saco una foto y me escondo.

Se rió bajito, una risa de garganta, y me apoyó la mano en el antebrazo.

—Eso no se hereda ni se compra —dijo—. Se aprende. Y una aprende cuando alguien la mira como se merece. A vos te falta alguien que te mire así.

Tragué saliva. No supe si me estaba hablando de Tomás o de otra cosa. Tampoco quise averiguarlo, porque cualquiera de las dos respuestas me daba miedo.

***

No sé cuánto tiempo estuvimos así, hombro contra hombro, pasando esas páginas. En algún momento ella apoyó la mano sobre mi rodilla, sin intención, solo para señalar un detalle de una foto, y la dejó ahí un segundo de más. Un segundo que yo conté entero, con el corazón golpeándome en los oídos y el coño latiéndome contra la costura del jean. Sentí cómo se me apretaban los pezones adentro del corpiño, duros, dolidos, tan marcados que estaba segura de que se me notaban a través de la remera.

—Sos muy linda vos también —me dijo de repente, mirándome a los ojos—. Tomás tuvo suerte.

Su mano seguía en mi rodilla. Y sin dejar de mirarme, la subió apenas, dos, tres centímetros, hasta la mitad del muslo. Fue tan poco y fue tanto. Yo separé las piernas un milímetro, sin pensarlo, y ella lo notó. Le vi el brillo en los ojos. Le vi la punta de la lengua asomarse un segundo para humedecerse el labio de arriba.

—Renata —dije, y me salió como un pedido de auxilio.

—¿Sí, mi amor?

Y esa palabra, «mi amor», dicha con esa voz baja, con la mano sobre mi muslo y su cara a diez centímetros de la mía, me hizo perder cualquier resto de sentido común. Me acerqué. Ella se acercó. Nos besamos. Un beso lento, adulto, sin apuro, con la lengua entrando de a poco, con sabor a té frío y a labial caro. Me chupó el labio de abajo, lo mordió apenas, y me metió la lengua hasta el fondo. Se me escapó un gemido dentro de su boca.

La mano le subió del todo. Me pasó la palma por encima del jean, justo sobre el coño, y apretó. Solo apretó. Sintió el calor y la humedad a través de la tela y sonrió contra mi boca.

—Estás empapada —me susurró—. Nena, estás empapada.

—Perdoname —dije, con los ojos cerrados.

—No. No pidas perdón por esto.

Me desabrochó el botón del jean con una lentitud que me hacía doler. Bajó el cierre. Metió la mano por adentro de la bombacha y me tocó directo. Los dedos se le hundieron enseguida en lo mojado, y yo abrí las piernas todo lo que el jean me dejó. Me encontró el clítoris con la punta del dedo mayor y empezó a girar, despacio, como si supiera exactamente cómo me tocaba a mí misma.

—Callate —me dijo, cuando gemí—. La puerta está cerrada, pero callate igual.

Me metió un dedo. Después dos. Los movía adentro con una calma que era peor que cualquier apuro, apretándome contra la palma de la mano el pubis, con el pulgar sobre el clítoris. Yo le agarré la nuca con las dos manos y la besé como una loca, chupándole la lengua, mordiéndole el labio, apretándome contra sus dedos.

—Bajate el jean —me dijo al oído—. Rápido.

Me lo bajé hasta las rodillas, con la bombacha adentro. Me quedé ahí abierta, en el sillón de su living, con la madre de mi novio arrodillándose entre mis piernas. Me miró el coño de cerca, con la boca entreabierta, como se mira algo que se va a comer despacio.

—Qué hermosa sos —dijo—. Qué coño hermoso tenés.

Y bajó la cabeza. Me pasó la lengua entera desde abajo hasta el clítoris, en una sola lamida larga y firme, y yo me llevé el puño a la boca para no gritar. Me abrió los labios con los dedos y me empezó a chupar el clítoris directo, en círculos, con toda la lengua, mientras me volvía a meter los dos dedos y los curvaba adentro. Me buscó un punto. Lo encontró. Empezó a apretarlo con la yema mientras me chupaba, y yo pensé que me moría.

—Renata —murmuraba yo—, Renata, Renata.

Ella no me contestaba. Me chupaba y me cogía con los dedos con una técnica de mujer que ya cogió mucho, sin dudar de nada. Me chupaba con hambre. Cada tanto levantaba la cara un segundo, con los labios brillosos de mí, y me miraba a los ojos antes de volver a bajar. Esa mirada me terminó de romper.

Me vine en su boca a los pocos minutos, con las dos manos agarrándole el pelo, arqueada contra el respaldo del sillón, ahogándome un grito en la garganta. La cogida de los dedos siguió mientras yo me sacudía, sacándome todo, hasta que le tuve que apartar la cara porque no aguantaba más el clítoris. Renata se rió bajito, con la boca todavía embarrada, y me subió a besarme. Me di el gusto de sentirme a mí misma en su boca.

—Ahora vos —me dijo.

Se levantó, se bajó el pantalón de vestir sin dramatismo, y se sentó a mi lado, arrodillada en el sillón, apoyando una pierna sobre el respaldo. Tenía una bombacha de encaje negra, cara, empapada en el medio. Me la corrió con dos dedos y me mostró el coño de mi suegra. Depilado, rosado, brillante, con los labios internos apenas asomando, hinchados.

—Chupame —me dijo, sin pedirlo, mandándomelo—. Chupame que hace mucho que nadie me chupa.

Me tiré encima. Le enterré la cara ahí, con hambre, sin saber qué hacía, dejándome llevar. Le pasé la lengua entera, como ella me había hecho, y sentí el gusto salado y limpio y ácido de una mujer real. Le busqué el clítoris. Lo encontré grande, marcado. Se lo empecé a chupar como quería que me chuparan a mí, y ella me apretó la cabeza contra su cuerpo y empezó a moverse debajo de mi lengua.

—Así —me guiaba, con la voz ronca—. Más despacio. Metémela adentro. Metémela.

Le metí la lengua todo lo que pude. Le entré con un dedo, después con dos, mientras seguía chupándole el clítoris. Estaba caliente adentro, apretada, mojada como no había visto nunca a nadie. Se sacó el suéter con una mano sin dejar de moverse, se bajó el corpiño y se agarró un pecho para ofrecérmelo. Levanté la cara del coño y me lo llevé a la boca. Le chupé el pezón mientras la seguía cogiendo con los dedos. Se lo mordí despacio. Se lo mordí más fuerte cuando me lo pidió con un gemido.

—Volvé abajo —me ordenó a los dos minutos—. Chupame otra vez. Me voy a venir.

Volví a bajar. Le chupé el clítoris sin parar, moviendo los dos dedos adentro, apretándole el punto que ella me había apretado a mí. Se me vino en la boca a los pocos segundos, con un gemido largo que ahogó contra el respaldo, apretándome la cabeza con las dos manos, mojándome toda la cara. Sentí las contracciones cerrarse alrededor de mis dedos. Sentí el sabor cambiar, más denso, más fuerte, y me lo tragué.

Me quedé ahí, con la mejilla apoyada en el interior de su muslo, respirando. Ella me acariciaba el pelo despacio, en silencio. Después me levantó la cara con dos dedos, me miró embarrada como estaba, y me besó otra vez, largo, tranquilo, chupándose a sí misma de mi boca.

—Vestite —me dijo al oído, sin dejar de besarme—. Ya está por volver.

Nos vestimos rápido, en silencio, mirándonos de reojo con una sonrisa nueva. Ella se acomodó el pelo, se pintó los labios de nuevo en el espejo del pasillo, se lavó las manos y volvió a poner la pava. Yo me subí el jean con las piernas todavía flojas, me lavé la cara en el baño de visitas, me miré en el espejo y no me reconocí. Tenía los labios hinchados, los ojos brillantes, y una marca roja en el cuello que rápido acomodé con el cuello de la remera.

Cerró el álbum despacio, lo dejó sobre la mesa ratona y me sonrió como si nada de lo que acababa de pasar hubiera pasado. Quizás para ella, con toda la vida que tenía a la espalda, no había pasado tanto. Para mí había pasado todo.

Cuando llegaron Tomás y el padre, yo seguía con la taza fría entre las manos, ahora con la taza otra vez llena y humeante que ella me había servido. Mi novio me dio un beso en la frente y me preguntó si me había aburrido. Le dije que no, que su mamá me había contado de cuando era modelo. Renata me guiñó un ojo desde la cocina, cómplice, como si las dos guardáramos un secreto que ahora sí guardábamos las dos.

No pude pensar en otra cosa en todo el viaje de vuelta. Tomás manejaba y hablaba del problema del proveedor, y yo asentía sin escuchar una sola palabra, con esas imágenes pegadas a la parte de atrás de los ojos y con el gusto de su madre todavía en la boca, por más veces que me pasara la lengua por los dientes.

***

Llegué a mi casa pasadas las once. Me bañé, me puse a leer algo para distraerme y no funcionó. Apagué la luz. Me metí en la cama y me quedé un rato larguísimo mirando el techo, peleando con lo que sabía que iba a hacer.

Perdí la pelea, claro.

Apagué todas las luces, deslicé la mano debajo de las sábanas y me toqué pensando en ella. En el encaje, en la panza brillante, en la mano que se había quedado un segundo de más sobre mi rodilla, en el «sos muy linda vos también», en la lengua de mi suegra chupándome el clítoris en el sillón donde los domingos me sirve la comida. Me metí dos dedos y traté de imitar lo que ella me había hecho, la curva justa, la presión justa. No me salió igual pero alcanzó. Me lamí los dedos después, buscándome el gusto, imaginando que era el de ella. Me mordí el labio para no hacer ruido, aunque vivía sola y no había nadie a quien despertar. Tardé poco. Tardé vergonzosamente poco.

Después me quedé quieta en la oscuridad, con la respiración volviendo despacio a su lugar y una mezcla rara de culpa y alivio instalándose en el pecho.

Es el mayor secreto de mi vida y nunca se lo conté a nadie. Sigo de novia con Tomás. Sigo yendo a los almuerzos de los domingos, sigo recibiendo el plato más grande de manos de Renata. Y cada vez que ella me abraza al llegar, con ese perfume amaderado y caro, vuelvo por un instante a esa tarde de otoño, al sillón, al álbum abierto, a su boca entre mis piernas.

Esa noche, en la oscuridad de mi cuarto, me masturbé pensando en mi suegra. Y la verdad, la única verdad que me animo a escribir, es que no fue la última vez. Ni con la mano. Ni con ella.

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Comentarios(8)

ElenaVzla

Que bueno!!! me quede con ganas de saber como sigue todo esto

Lautaro_Bsas

Increible como arranca, ese final del excerpt me dejo intrigado. Hay continuacion?

NocheCaliente77

Me engancho desde el primer parrafo. La confesion se siente genuina, no forzada. Muy bien llevado

VeraLectora

Este tipo de relatos me gustan porque tienen mas misterio que los directos. Seguí escribiendo asi!

ClaraRiver

excelente!!!

PatriciaCba_

Ay, me recordo a una situacion rara que vivi hace años... uno nunca sabe como un momento te puede cambiar para siempre. Gracias por compartirlo

LectorSinDormir

quiero la segunda parte ya jajaja, me dejo con demasiada intriga el final

Martu_Rosario

Buenisimo el comienzo, se nota que hay una historia fuerte detras. Esperamos mas entrega!

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