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Relatos Ardientes

Acogí a la joven huérfana en mi cabaña aquella noche

El fuego del hogar se había reducido a un rescoldo dorado, y las brasas dibujaban sombras temblorosas sobre las paredes de madera. El niño, saciado y dormido, descansaba en su cuna improvisada con una respiración suave que parecía marcar el ritmo del silencio. Marisol, todavía con ese calor sordo que la lactancia le dejaba en el pecho, se incorporó despacio y se acomodó el vestido sobre las caderas. La tela, arrugada por el día, se ceñía a su cuerpo y dejaba intuir la curva pesada de su busto, hinchado y tenso, con los pezones marcados bajo el algodón, gordos y oscuros por el uso reciente.

Carmela estaba sentada junto a la mesa, con las manos apoyadas en el regazo y la mirada baja. La huérfana no podía tener más de diecinueve años, y había llegado a la cabaña al atardecer con un vestido oscuro y nada más. Cada tanto alzaba los ojos y los volvía a bajar, como si tuviera miedo de mirar demasiado.

—Hace frío esta noche… y no tengo casi nada que ofrecerte para que te cambies. Solo esta bata vieja en la que duermo —susurró Marisol, y una sombra de pudor le cruzó la cara mientras le tendía la tela blanca.

Carmela aceptó la prenda con las manos temblando. El roce de los dedos de Marisol le erizó la piel, y por un instante se quedó quieta, sin saber qué hacer con esa cercanía. Tenía la garganta cerrada por la pérdida reciente de su madre, y el calor del fuego no alcanzaba a derretirle la pena.

—No traje nada más… solo lo que llevo puesto —murmuró con la voz quebrada.

Dejó caer el vestido al suelo y se quedó desnuda apenas un segundo antes de envolverse en la bata. La tela fina se le pegó a la piel todavía húmeda del rocío del camino, y dibujó la suavidad apenas formada de sus tetitas y la línea estrecha de sus caderas. Entre los muslos, un triángulo oscuro de vello se marcó contra la tela clara, y los pezones diminutos se le endurecieron por el frío hasta pinchar el algodón. Era un cuerpo joven, apretado, virgen en su forma, y contrastaba con la plenitud de Marisol, cuya silueta de madre reciente parecía contener todo el peso de una vida ya vivida.

Marisol no quiso mirar. O quiso, pero apartó los ojos a tiempo. Se acercó al hogar para avivar el fuego y poner una olla con agua, y la bata raída se le pegó al culo mientras se inclinaba, marcándole la raja entre las nalgas anchas y blancas. Carmela, desde su rincón, observó la silueta de la viuda con una atención que no entendía del todo, una mezcla de gratitud y otra cosa más nueva que no se atrevía a nombrar. Un pinchazo húmedo se le encendió entre las piernas, y apretó los muslos sin querer, sorprendida por el flujo tibio que le empapó los labios del coño.

—Podemos arreglarnos con lo que hay. La tina está ahí… si quieres lavarte, te caliento un poco de agua —dijo Marisol, sin girarse.

La cabaña era pequeña y todo cabía en una sola habitación: la cama con la colcha tejida en un rincón, la mesa, la cuna del bebé, y al otro lado, la tina de madera y metal, sin más separación que una cortina raída que colgaba a un costado. No había paredes ni puerta, no había manera de esconder nada.

***

Carmela se acercó a la tina cuando el agua ya humeaba en la olla. El espacio era tan estrecho que sus brazos rozaron los de Marisol cuando alzó el cubo, y ese contacto le mandó un escalofrío sin nombre por la columna. Dejó caer la bata sobre un taburete con un movimiento tímido y se metió en el agua tibia, desnuda del todo. La luz del candil le brilló sobre los hombros y le marcó la curva delicada de la espalda mientras se acomodaba. Los pezones, al hundirse en el agua caliente, se le pusieron duros como piedritas rosadas, y Marisol lo vio de reojo y tragó saliva.

Marisol se volvió y le sonrió con esa timidez que solo conocen las mujeres que han perdido mucho.

—Puedo dejarte un rato sola… si lo prefieres —dijo, y su voz tembló sin querer.

Carmela negó con la cabeza. El pelo castaño le cayó sobre la cara y se lo apartó con el dorso de la mano mojada.

—No… está bien. No quiero estar sola.

La esponja pasaba despacio por sus hombros, por el cuello, por el contorno de sus tetitas firmes y respingonas. Marisol, fingiendo ocuparse del agua, no podía evitar que la mirada se le fuera. El agua resbalaba por la piel joven en hilos finos y reflejaba la luz del candil como si la cabaña entera estuviera hecha de oro y de vapor. Vio cómo la esponja bajaba entre los pechitos, se demoraba en el vientre plano, y desaparecía debajo del agua hacia la mata oscura que se adivinaba entre los muslos abiertos.

Un salpicón le mojó la bata a Marisol y la tela se le adhirió al pecho. La forma de su busto cargado de leche quedó dibujada con una claridad que hizo que Carmela contuviera el aliento. Los pezones se marcaron gordos y turgentes bajo el algodón mojado, y una gota blanca —leche que se había escapado sola— manchó la tela a la altura del pezón izquierdo. Un calor desconocido le subió por el cuello a Carmela y se le concentró entre el ombligo y los muslos, un calor que no tenía nombre todavía, que la confundía y la asustaba. Sin darse cuenta, una mano se le fue debajo del agua y se apoyó tímida sobre el coño, apretando apenas, buscando calmar ese latido nuevo.

Marisol, al inclinarse para verter más agua, sintió esa mirada. Era una mirada distinta a las que conocía. No tenía malicia, tenía hambre, una clase de hambre que ella misma había sentido alguna vez de joven y que creía olvidada. Le subió un pulso húmedo entre las piernas, un secreto que latía bajo la tela mojada de la bata, y le bajó un estremecimiento por todo el cuerpo. Los pezones se le endurecieron tanto que le dolieron, y un hilo de leche tibia le mojó la tela por dentro.

—Puedo ayudarte con el agua… si quieres —susurró, y le pasó la esponja con los dedos rozando el brazo de Carmela.

Fue un contacto mínimo, casi accidental, pero las dos se sobresaltaron.

***

Carmela siguió lavándose en silencio, pero ahora los dedos le temblaban. La esponja subía y bajaba por sus tetitas y le rozaba los pezones cada vez con más lentitud, y sentía la mirada de Marisol clavada como una lengua tibia sobre su piel. Sin pensarlo, dejó caer la esponja al agua y con la mano libre se acarició un pecho, apretándose el pezón entre el pulgar y el índice. Un gemido apenas audible se le escapó de la boca.

Marisol lo oyó. Se acercó al borde de la tina y se arrodilló despacio, sin decir palabra. Los ojos le brillaban como carbones.

—¿Quieres que te ayude yo? —susurró, y la voz le salió ronca, distinta.

Carmela asintió sin poder hablar. Marisol metió la mano en el agua tibia y le tomó la esponja. La pasó primero por el cuello, después bajó por el escote, y cuando llegó a los pechitos duros, dejó caer la esponja al agua y usó los dedos. Le rozó los pezones con las yemas, dando vueltas suaves, y Carmela arqueó la espalda con un jadeo largo. La joven abrió los muslos bajo el agua sin darse cuenta, y Marisol vio cómo se le abría el coño como una flor rosada entre el vello oscuro y mojado.

—Nunca me habían tocado así —murmuró Carmela con la voz temblando.

—Yo tampoco había tocado así a nadie —contestó Marisol, y bajó la mano por el vientre plano hasta encontrarla entre las piernas.

Los dedos de la viuda recorrieron los labios hinchados del coño de la huérfana, resbalaron entre los pliegues empapados, y encontraron el clítoris pequeño y duro. Carmela dio un respingo y se agarró del borde de la tina con las dos manos. Marisol empezó a frotar en círculos lentos, y el agua se agitaba con el movimiento de sus caderas. Los pezones de Carmela sobresalían del agua, tiesos y brillantes, y Marisol se inclinó y se los chupó, primero uno y después el otro, mordiéndolos con cuidado, tirando con los dientes.

—Ay, Marisol… no pares —gimió Carmela con la voz quebrada.

La viuda le hundió un dedo en el coño estrecho. Estaba tan apretado que casi no entraba, y Carmela dio un grito ahogado que se comió mordiéndose el puño. Marisol lo movió despacio, hacia adentro y hacia afuera, mientras el pulgar seguía frotándole el clítoris. La huérfana se retorcía en el agua, jadeando, y de la boca se le escapaban palabras rotas que nunca había dicho.

—Métemelo… métemelo entero… así… ay, mi coño…

Marisol le metió un segundo dedo y empezó a follarla con la mano, cada vez más rápido. El agua saltaba fuera de la tina, y las tetitas de Carmela rebotaban con cada empujón. Cuando la joven arqueó la espalda del todo y se apretó contra los dedos con un gemido largo y agudo, Marisol supo que se estaba corriendo. Los músculos del coño le apretaron los dedos como un puño, y un temblor le recorrió el cuerpo entero. Carmela se dejó caer contra la pared de la tina, con la respiración deshecha y la piel roja hasta el cuello.

Marisol sacó los dedos despacio, brillantes de flujo, y sin pensar se los llevó a la boca y los chupó. El sabor le encendió algo por dentro que llevaba meses dormido.

***

Cuando el baño llegó a su fin, el agua resbalaba en hilos plateados sobre la piel de Carmela y le dejaba un rastro de humedad en los hombros y en la espalda. Se incorporó todavía temblando, y un leve estremecimiento le recorrió la figura entera. Marisol se acercó con una toalla vieja pero limpia.

—Déjame ayudarte… el frío puede calarte los huesos —dijo, y su voz fue un suspiro que se quedó flotando en el aire.

Carmela bajó la mirada y volvió a alzarla. Cuando los ojos se encontraron, hubo un instante en el que ninguna respiró.

—Gracias… no estoy acostumbrada a esto —murmuró, y se quedó quieta dejando que Marisol se acercara.

La toalla bajó despacio. Marisol secó primero los hombros, después los brazos, y sus dedos rozaron la clavícula de Carmela en un movimiento que parecía casual y no lo era. La bata húmeda se le abrió al inclinarse y le dejó ver de lleno la piel tirante del pecho lleno, la teta pesada terminando en un pezón oscuro y goteante. Carmela, al notar ese destello, sintió un calor subirle por el cuello y sin pensarlo estiró la mano y le tocó el pecho por encima de la tela.

Marisol se quedó quieta. Después, muy despacio, se abrió la bata del todo y dejó las tetas al aire, plenas, cargadas, con los pezones goteando gotas blancas.

—Pruébala —susurró—. No la desperdicies.

Carmela se acercó temblando y le tomó el pezón entre los labios. Chupó despacio al principio, y cuando la leche tibia le llenó la boca, cerró los ojos y empezó a mamar con avidez, como el niño horas antes. Marisol le pasó la mano por la nuca y la apretó contra el pecho, con un gemido bajo que le salió del vientre. La lengua de la huérfana se enroscaba alrededor del pezón, tiraba con los labios, y la leche le bajaba por el mentón y le mojaba las tetitas.

—Ahora la otra… ay, sí… así, chupa fuerte —jadeó Marisol.

Carmela pasó al otro pecho y siguió mamando, y con una mano buscó a tientas entre los muslos de la viuda. Le levantó la bata de un tirón y encontró el coño empapado, mucho más carnoso que el suyo, con los labios gruesos y abiertos. Metió los dedos y Marisol dio un gemido largo, apoyando la frente contra el pelo mojado de la joven.

—Date la vuelta —pidió Marisol con un hilo de voz, y se separó apenas.

La toalla siguió bajando por la espalda de Carmela, por la curva de la cintura, por las caderas estrechas. Marisol se mordió el labio. Cada vez que sus dedos rozaban la piel mojada, sentía ese pulso entre las piernas avivarse y avivarse. Le apoyó la boca en la nuca, le besó los hombros, y bajó lamiendo hasta la raja del culo. Le abrió las nalgas con las dos manos y le pasó la lengua entre ellas, y Carmela dio un chillido corto y se dobló hacia adelante, agarrándose del borde de la tina.

—Marisol… qué haces… ay, Dios…

—Callate y abrí las piernas —contestó la viuda, ronca.

Carmela obedeció. Marisol se arrodilló detrás y le hundió la cara entre los muslos, buscándole el coño desde atrás. Le lamió los labios empapados, le chupó el clítoris desde abajo, y le metió la lengua todo lo que pudo. La huérfana gemía sin poder contenerse, se apretaba contra la boca de Marisol, y la leche que le había mamado le seguía chorreando por el mentón y le caía en gotas blancas sobre las tetitas.

—Me vuelvo a correr… Marisol, me corro otra vez…

Marisol le clavó dos dedos en el coño y le siguió comiendo el culito con la lengua, y Carmela se corrió por segunda vez con un grito largo que tuvo que ahogar contra el brazo para no despertar al niño. Se le doblaron las rodillas y cayó contra la viuda, que la sostuvo con los dos brazos.

***

Cuando la respiración de la joven se calmó, Marisol tomó la otra bata, una de tela fina y vieja, casi transparente de tan gastada. La extendió entre las manos como si ofreciera una bandera de tregua.

—Ponte esto… te dará un poco de calor.

Carmela se deslizó dentro, pero ahora la tela le pareció una molestia. Se la ajustó a las caderas y miró a Marisol de otra manera, con los ojos brillantes y la boca todavía manchada de leche.

—Y tú… tú también quieres, ¿verdad?

Marisol asintió sin poder mentir más. Carmela la empujó despacio hacia el catre y le abrió la bata blanca del todo. El cuerpo de la viuda quedó desnudo bajo la luz del candil: las tetas plenas goteando leche, el vientre suave, las caderas anchas, el coño oscuro de mujer parida, con los labios gruesos y brillantes de flujo. Carmela se quedó mirándola un segundo largo, como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo.

—Enséñame —susurró—. Enséñame lo que a ti te gusta.

Marisol se recostó y se abrió de piernas. Se llevó los dedos al coño y le mostró cómo se los pasaba entre los labios, cómo se frotaba el clítoris hinchado, cómo se metía dos dedos hasta el fondo.

—Con la lengua… primero acá —dijo, señalando el clítoris—. Despacito, con la punta.

Carmela se hincó entre los muslos abiertos y bajó la boca. Al principio con timidez, dando pequeños lametazos, y después con más hambre. Marisol le apretaba la nuca con una mano y con la otra se apretaba las tetas, chorreando leche sobre su propio vientre. La lengua de la huérfana aprendió rápido: chupaba, daba vueltas, tiraba con los labios del clítoris duro.

—Métemela… métemela adentro —jadeó Marisol.

Carmela le hundió la lengua en el coño y la movió como podía, y Marisol se retorció contra su cara con un gemido gutural. La viuda se agarró las tetas con las dos manos y se apretó los pezones, y chorros finos de leche le mojaron el pecho, el cuello, la boca abierta. Cuando se corrió, lo hizo con un temblor largo que le sacudió las caderas, y le apretó la cara de Carmela contra el coño hasta que se quedó sin aire.

Después la subió al catre, la acostó a su lado, y le puso una teta en la boca otra vez. Carmela mamó despacio, ya sin urgencia, mientras Marisol le pasaba los dedos por el coño empapado con una ternura nueva.

—Duérmete conmigo esta noche —murmuró la viuda—. No me dejes sola.

Carmela le contestó con un suspiro contra el pezón y se acurrucó contra ella.

***

La cabaña se sumió en un silencio sagrado, roto solo por la respiración de las dos y el leve murmullo del bebé que se había vuelto a inquietar. Marisol se levantó apenas, con el cuerpo todavía tibio del sexo, y tomó al niño. Se lo llevó al pecho libre, y mientras el hijo mamaba de un lado, Carmela seguía dormitando contra el otro, con los labios pegados al pezón como si no quisiera soltarlo.

El niño succionaba con avidez y un alivio antiguo se extendió por todo el cuerpo de Marisol. La joven, medio dormida, chupaba también con un ritmo suave, y la leche le bajaba por las comisuras. El contraste entre las dos bocas —una recién nacida, la otra recién amada— era un poema mudo que le encendía el vientre de nuevo. Sintió cómo el coño se le humedecía otra vez, cómo un latido nuevo le pedía más, y supo que la noche todavía no había terminado.

Marisol, con los párpados pesados pero el cuerpo despierto, deslizó una mano entre los muslos de Carmela y le acarició el coño mojado con dos dedos, muy despacio, mientras el bebé seguía mamando del otro lado. La huérfana gimió apenas contra el pezón, se apretó contra la mano, y siguió chupando dormida. Cerró los ojos sin saber qué hacer con esa verdad, y se dejó arrastrar por el placer y por el sueño al mismo tiempo, con un hijo en un pecho y una amante en el otro.

Afuera, el viento empezaba a calmarse. Adentro, el silencio era denso, tibio, completo, y olía a leche, a sudor y a coño. Por esa noche, el mundo de afuera se desvanecía, y dejaba que el sueño y la carne las unieran en una intimidad que ya no tenía nada de inconsciente.

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Comentarios(8)

Romina_GBA

Hermoso!!! la atmosfera de la cabaña se siente desde el principio. Muy bien escrito 👍

Maru_lectora

Por favor seguí con esta historia, quede con muchas ganas de mas

Tomi_87

Me gustó que no arranca de golpe, tiene suspenso. Eso no es comun en este tipo de relatos

LauraMar_22

jajaja al principio pensé que iba a ser algo totalmente distinto, y despues me enganché completamente

Ines_Cba

Me hizo acordar a una situacion similar que viví, obvio que no igual jaja pero la sensacion de proteger a alguien vulnerable... muy bien captado

Lucia_mdp

Se hizo cortisimo!!! queremos la continuacion ya

Maxi_bsas

La tension entre los personajes esta muy bien lograda. Raro encontrar eso aca, la mayoria va directo

DiegoNK_lector

Excelente. De lo mejor que lei en este sitio ultimamente

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