Lo que pasó con la capitana en el vestuario
El ensayo del jueves siempre terminaba tarde. Las demás se habían marchado en cuanto la entrenadora dio el visto bueno, pero yo me había quedado practicando el último salto, ese que todavía no me salía limpio. Cuando por fin lo bordé, el gimnasio ya estaba a oscuras y solo quedaba la luz amarillenta del pasillo que llevaba al vestuario. Estaba empapada en sudor, con el flequillo pegado a la frente y las piernas temblando por el esfuerzo. Lo único que quería era una ducha caliente y volver a casa.
Pensé que el vestuario estaría vacío. Era lo lógico a esa hora. Por eso ni siquiera me molesté en colocarme bien la toalla cuando salí de la ducha, con el pelo chorreando y la piel todavía enrojecida por el agua. Caminé descalza sobre las baldosas hacia mi taquilla, pasando una mano por el vapor que se había acumulado en el espejo. Fue entonces cuando la vi.
Lorena estaba apoyada contra la pared, todavía con el uniforme completo. La falda corta, la camiseta blanca con el escudo del colegio bordado en azul, las medias hasta media pantorrilla. No había sudor en su frente. No parecía cansada. Parecía esperar.
—Pensaba que ya te habías ido —dije, intentando que la voz no me delatara.
Ella sonrió, y fue una sonrisa lenta, que se le formó primero en una comisura y después en la otra. No respondió. Solo me miró de arriba abajo, sin disimular nada, como quien evalúa un caballo antes de comprarlo. Sentí el calor subirme por el cuello hasta las mejillas. Me ajusté la toalla, aunque no servía de mucho.
—Así que ya te crees parte del equipo, ¿no? —dijo por fin.
No supe qué contestar. Llevaba tres semanas entre las animadoras, después de pasar las pruebas que ella misma había dirigido. Había sido la única novata que sobrevivió aquel filtro. Lorena era la capitana desde hacía dos años y tenía fama de exigente, de imposible. Las chicas la admiraban y la temían a partes iguales. Yo todavía no sabía a cuál de las dos cosas se parecía más lo que sentía cuando la veía.
Empezó a caminar hacia mí. No deprisa. Sin teatro. Solo dando un paso después de otro, mientras se quitaba la chaqueta del uniforme y la lanzaba sobre el banco más cercano. Yo no me moví. No supe moverme. Las taquillas a mi espalda estaban frías y, cuando ella me apoyó suavemente contra ellas, me arrancaron un estremecimiento que no tuvo nada que ver con la temperatura.
—Tienes el cuerpo de quien lo trabaja —dijo, y sus dedos me rozaron la clavícula. Eran finos, largos, con las uñas cuidadas y muy cortas—. Eso me gusta.
El dedo bajó por el esternón sin prisa. Me apartó la toalla con la otra mano, como si tuviera todo el derecho a hacerlo, y la dejó caer al suelo. No la recogí. Me quedé desnuda contra el metal frío, con el corazón golpeándome las costillas y la respiración entrecortada. Ella no me miró a la cara. Le interesaba el camino que estaba dibujando con la yema del índice, que ahora rodeaba la curva de mi pecho derecho.
Cuando rozó el pezón, suspiré sin querer.
Lorena se detuvo y, por primera vez desde que había empezado, levantó los ojos. Me sostuvo la mirada un segundo entero, lo suficiente para que entendiera quién mandaba ahí, y después volvió a sonreír.
—Bien —dijo, casi para sí misma.
Su dedo siguió bajando. Pasó por el vientre, donde se me erizaba la piel a cada centímetro, y se detuvo justo encima del pubis. No me tocó todavía. Solo se quedó ahí, esperando, mientras yo notaba cómo todo el peso de mi cuerpo se concentraba entre mis muslos. Estaba palpitando. Llevaba palpitando desde que ella me había dicho «así que ya te crees parte del equipo». A lo mejor desde mucho antes.
—Mírame cuando te toque —ordenó.
Obedecí. Levanté la barbilla y la miré a los ojos en el instante exacto en que su dedo medio se deslizó entre mis labios. La sensación me arrancó un gemido seco, breve, que se me escapó por la garganta sin permiso. Ella no apartó la mirada. Sonrió un poco más y empezó a moverse muy despacio, dibujando círculos diminutos sobre mi clítoris, midiendo mi reacción con la precisión de quien ha hecho eso mismo muchas veces.
—Estás empapada —murmuró.
—Sí —contesté, porque me lo había preguntado.
Acercó la boca a la mía y me besó. No fue un beso suave. Me lamió el labio inferior, después me lo mordió, y cuando abrí la boca su lengua entró buscando la mía con una avidez que me hizo apretarme contra las taquillas. Mientras tanto, la mano seguía abajo, sin acelerar, sin cambiar de ritmo. Era cruel y era perfecto. Mi cuerpo empezó a temblar de una forma que no podía controlar.
—Todavía no —dijo, despegándose un segundo de mis labios—. Quiero que aguantes.
Asentí porque no podía hacer otra cosa. Dos de sus dedos se deslizaron dentro de mí, profundos, y se curvaron hacia arriba en un gesto que encontró algo que yo ni siquiera sabía que tenía. Sentí una corriente eléctrica que me subió por la columna y me obligó a apoyar la nuca contra el metal para no caerme. Ella me sujetó por la cadera con la otra mano para mantenerme de pie.
—Dime cuánto me deseas —susurró contra mi oído.
—Mucho —respondí, y la voz me salió ronca, casi rota.
—Más concreto.
Tragué saliva. Tenía la boca seca y la entrepierna en llamas.
—Quiero que sigas. No pares, por favor.
Lorena se rió bajito, con una risa que no era cruel pero tampoco era amable. Era la risa de alguien que sabe que ha ganado. Sacó los dedos despacio, casi del todo, y volvió a hundirlos. Los curvó otra vez. Me arrancó un gemido más largo que rebotó contra los azulejos del vestuario.
—Calla —ordenó—. Todavía puede haber alguien por aquí.
Me mordí el labio. No funcionó del todo. Cada vez que sus dedos rozaban ese punto interno, un sonido se me escapaba por la nariz, contenido pero audible. Ella seguía mirándome a la cara, observando cada gesto, cada contracción involuntaria, como si estuviera estudiando un mapa.
Entonces me agarró de la muñeca y tiró de mí hacia el centro del vestuario. Había un banco largo entre las dos filas de taquillas, de madera gastada por décadas de chicas sentándose a atarse las zapatillas. Me empujó suavemente para que me tumbara y me abrió las piernas con una mano firme en cada rodilla.
El aire del vestuario era fresco y, durante un instante, sentí frío entre los muslos. Duró poco. Lorena se arrodilló en el suelo y acercó la cara a mi sexo sin tocarme aún. Sentí su aliento, cálido y muy cerca, y aquello bastó para que se me tensara todo el cuerpo. Luego un primer lametón, casi tímido, que recorrió mis labios de abajo arriba.
—Joder —se me escapó.
—Esa boca —murmuró ella, sin levantar la cara—. Que las niñas buenas no dicen palabrotas.
Y siguió. Otro lametón. Otro. Cortos, midiendo, mientras una de sus manos me presionaba el muslo derecho contra el banco y la otra me rodeaba la cintura para mantenerme en su sitio. Yo intentaba respirar y no podía. Cada uno de aquellos roces me arrancaba un espasmo distinto, como si estuviera pulsando notas en un instrumento que solo ella sabía tocar.
Cuando pegó la boca entera contra mí y dejó que la lengua se moviera con todo su ancho, perdí cualquier control que me quedara. La espalda se me curvó sobre la madera, las manos buscaron algo a lo que agarrarse y se cerraron sobre el borde del banco con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas. Mi clítoris ardía de una forma que dolía y que no quería que parara nunca.
—Por favor —dije, sin saber qué le estaba pidiendo.
Ella entendió. Apartó la boca solo lo justo para que dos dedos volvieran a entrar en mí, y esta vez no fueron pausados. Empezó a moverlos con un ritmo constante, fuerte, mientras su lengua seguía trabajando arriba sin descanso. Su mano libre subió por mi vientre y encontró mi pecho izquierdo. Me pellizcó el pezón entre el pulgar y el índice, justo lo suficiente para que el dolor se mezclara con todo lo demás y se convirtiera en otra forma de placer.
***
No sé cuánto tiempo estuve así. Podrían haber sido cinco minutos o veinte. El vestuario, las taquillas, el olor a cloro de la piscina del piso de arriba, todo se había vuelto irreal. Solo existía aquel banco, su boca, sus dedos y la sensación de estar a punto de romperme en mil pedazos sin que ella me dejara hacerlo.
Cada vez que notaba que me acercaba al final, Lorena bajaba el ritmo. Sus dedos se hacían más lentos, su lengua se separaba un segundo, y yo me quedaba colgada al borde, jadeando, frustrada, con el cuerpo entero pidiéndole que continuara. Después volvía. Más rápido cada vez. Más profundo. Hasta que mi cuerpo no recordaba ya cuál era la dirección del techo y cuál la del suelo.
En un momento dado se incorporó, se sentó a horcajadas sobre mis muslos sin dejar de hundir los dedos en mí, y se inclinó para besarme. Sentí mi propio sabor en su boca, salado y dulce a la vez, y aquello, no sé por qué, me encendió todavía más. Le rodeé el cuello con un brazo y la atraje hacia mí con desesperación.
—Buena chica —susurró contra mis labios—. Casi.
Me agarró la muñeca y la presionó contra la madera, encima de mi cabeza. Quedé sujeta, abierta, expuesta. Ella no dejó de moverse abajo. Aceleró todavía un poco más, y noté que esta vez no me iba a frenar.
—Hazlo ya —ordenó, con la boca a un dedo de mi oído—. Córrete para mí.
No fue una sugerencia. Fue una instrucción, y mi cuerpo la obedeció sin consultarme. Algo estalló entre mis caderas y me subió por la columna como una ola caliente, y oí mi propia voz gimiendo de una manera que no había gimoteado en toda mi vida. Se me cerraron los ojos. Se me cerraron los puños. Las piernas se me tensaron alrededor de su cintura sin que yo decidiera nada. Y ella seguía, más despacio ya, prolongándolo, dejándome temblar de las réplicas durante lo que pareció una eternidad.
Cuando por fin se detuvo, estaba sin aire. Apoyé las dos manos sobre la cara y me reí, una risa floja y rara, porque no se me ocurría qué otra cosa hacer. Notaba cada músculo del cuerpo flojo, como si me hubieran vaciado. Lorena se incorporó del banco con una elegancia que parecía ofensiva, dadas las circunstancias, y recogió la chaqueta del uniforme.
Se la puso despacio, mirándose en el espejo del lavabo, atusándose el flequillo. Se pintó los labios con un movimiento rápido. Cuando se volvió hacia mí, era otra vez la capitana impecable que había estado dirigiendo los ensayos durante toda la tarde.
—¿Estás bien? —preguntó, y aquello me sorprendió. No era una pregunta retórica. Esperaba respuesta.
—Sí —contesté, todavía tumbada—. Estoy bien.
—Bien.
Recogió mi toalla del suelo y la dejó doblada sobre el banco, a un palmo de mi cabeza. Después caminó hacia la puerta. Antes de salir se giró, apoyó una mano en el marco y me miró por encima del hombro con la misma sonrisa con la que me había recibido al salir de la ducha.
—Sabía que eras buena elección —dijo.
Yo solo pude asentir.
—Mañana hay entrenamiento a las cinco —añadió—. No llegues tarde. Y, por cierto… —hizo una pausa diminuta—. La próxima vez te toca a ti.
Me guiñó un ojo y se marchó. La puerta se cerró detrás de ella con un golpe seco que rebotó en los azulejos. Me quedé tumbada en el banco un rato más, mirando el techo lleno de lámparas fluorescentes, intentando entender qué me acababa de pasar. No lo conseguí del todo. Solo sabía dos cosas con certeza: la primera, que al día siguiente iba a llegar al entrenamiento con muchísima antelación. La segunda, que no podía esperar a quedarme otra vez la última.