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Relatos Ardientes

La repartidora que volvió a tocar mi puerta

Verla dormir en mi cama es como mirar el paraíso desde la ventana equivocada. Tiene el pelo castaño larguísimo desparramado sobre la almohada, los hombros tostados y unas piernas que parecen no terminar nunca. La luz de la mañana entra filtrada por la cortina y le dibuja un halo blanco en la espalda. Respira despacio, con una calma que envidio. Querría detener el reloj acá, en este segundo, pero los temblores que me dejó la noche anterior siguen sacudiéndome la pelvis cada tanto. Me quedo quieta para no despertarla. Mi paz depende de la suya. Y aun así, los recuerdos vuelven en pedacitos brillantes y todo, otra vez, empieza a pasar.

Eran las diez y media de la noche y acababa de cerrar la laptop. Trabajo de forma independiente, traduciendo manuales aburridos, y los domingos los uso para adelantar carga de la semana. Tres documentos en un solo día. Tres. Mi cabeza estaba hecha mermelada. Me di cuenta de que no había comido nada desde el desayuno cuando el estómago empezó a quejarse como un perro encerrado. Cocinar quedaba descartado. Agarré el celular y pedí una docena de empanadas surtidas a un lugar nuevo del barrio.

Veinte minutos después, sonó el portero. Una voz suave del otro lado dijo «delivery». Le abrí la puerta de calle y le indiqué el piso. Subió rápido. El golpecito en la puerta de mi departamento llegó al rato. Abrí, recibí la bolsa todavía caliente, dejé la propina en su mano y me despedí con una sonrisa cansada. Cerré, dejé las empanadas sobre la mesa y empecé a separar platos. No habían pasado dos minutos cuando volvieron a golpear. Miré por la mirilla, sorprendida, y ahí estaba ella otra vez, con los ojos enrojecidos y un brillo de agua que se le acumulaba en las pestañas.

—¿Estás bien? —pregunté apenas abrí.

Era una pregunta estúpida. Era evidente que no.

—¿Te molesta si paso al baño un segundo? —dijo casi sin voz.

—Pasá, dale —contesté, y le señalé el pasillo.

Cerró la puerta del baño y, a los pocos segundos, el llanto se hizo ruidoso. No era llanto de tristeza limpia. Era de esos que parecen vómito, que se rompen contra la garganta y vuelven a salir. Esperé en la cocina, con los brazos cruzados, sin saber muy bien qué hacer. A los cinco minutos golpeé suave la puerta y le pregunté si necesitaba algo. Abrió enseguida. Tenía la cara hinchada y los ojos verdes mucho más verdes por el agua. Intentó sonreír.

—Ya estoy. Gracias —dijo, y me abrazó con fuerza, como si me conociera de hace años.

La invité a la cocina y le serví un vaso de agua. Se lo tomó de un trago, con esa sed que tienen los que vienen llorando del desierto. Nos quedamos calladas un rato, las dos paradas como dos estatuas torpes. De repente le brotó una sonrisa tibia, casi tímida, pero los ojos todavía mojados le daban un brillo raro. La sonrisa creció hasta convertirse en una carcajada absurda, ruidosa, sin motivo. La acompañé. Nos reímos las dos como locas durante un par de minutos, sin entender bien qué nos había agarrado. Cuando se calmó, respiró hondo.

—Gracias. Y perdón. No suelo ponerme así en el trabajo. Soy Lucía.

—Tranquila. La situación es rara, pero ya está. Yo soy Camila.

Nos quedamos otra vez sin decir nada. Mi cabeza intentaba ubicar la escena en algún registro conocido, pero no entraba en ninguno.

—¿Me querés contar qué pasó? Capaz te hace bien soltarlo —ofrecí.

—Hoy no, no tengo cabeza. Pero gracias —respondió.

Recién ahí, con el llanto ya seco y la luz amarilla de la lámpara, me di cuenta de lo hermosa que era. El pelo castaño caía pesado hasta la mitad de la espalda. La boca, todavía hinchada de tanto llorar, tenía algo magnético. Y entonces me pasó algo que no supe nombrar. Una corriente seca, un impulso. Me acerqué hasta quedar a centímetros de ella. La miré a los ojos sin pedir permiso. Le rodeé la cintura con las dos manos. Su mirada osciló entre la sorpresa y la pregunta. No sé por qué la besé. No tenía sentido. Pero ella me devolvió el beso, despacio primero, y después con esa urgencia que aparece cuando una descubre que estaba esperando algo sin saberlo.

Sus manos imitaron a las mías y se pasearon por mi espalda sin un destino claro. La distancia desapareció. Fue su boca la que abandonó la mía para bajar por mi cuello, morderme apenas el escote, mojar el hueso de la clavícula. Levanté los brazos y me dejé sacar la blusa. Después fue el corpiño el que cayó al piso. Lucía me tomó las tetas con las dos manos y se las llevó a la boca, una por una, chupando, mordiendo, pellizcando con los dedos lo que la lengua no alcanzaba.

Encendida hasta los huesos, me tomé unos segundos para desvestirla. Le saqué la campera de delivery, la remera negra y el corpiño deportivo. Sus tetas eran chicas, redondas, paradas, con los pezones oscuros y duros. Las besé varios minutos, mientras ella me apretaba el culo con las dos manos. Me bajó el pantalón hasta las rodillas y metió la mano por debajo de la bombacha. Encontró todo empapado. Sonrió contra mi boca cuando dos dedos entraron sin ningún esfuerzo.

Retrocedí un paso, me saqué el resto de la ropa y le saqué a ella el pantalón ajustado, los borceguíes, las medias. Quedamos las dos desnudas en la cocina, mirándonos como si nos estuviéramos descubriendo recién. La besé otra vez, le agarré la mano y la llevé al living. La empujé sobre el sofá, me arrodillé en la alfombra y le abrí las piernas con suavidad. No esperé. Bajé la cara y me sumergí en ella. Estaba caliente, mojada, salada, perfecta. Lucía soltó un gemido ronco y se le arquearon las caderas. El primer orgasmo le llegó en menos de cinco minutos, con un temblor seco que le subió por las piernas.

Antes de que terminara, me agarró del brazo y me tiró hacia arriba. Me senté a horcajadas sobre ella, con las tetas a la altura de su boca. No le hizo falta indicación. Las chupó sin delicadeza, con los dientes, y eso me prendió fuego en la nuca. Cuando empezó a doler de tan rico, me bajé y me acosté en el sofá. Ella se acomodó entre mis piernas con esa naturalidad de quien sabe lo que está haciendo. La lengua de Lucía debería estar en un museo. Me la chupó como nadie. Despacio, después más rápido, después dibujando círculos imposibles. Dos orgasmos me partieron al mismo tiempo, uno detrás del otro, y me agarré del respaldo para no caerme.

Se subió encima mío y nos besamos, sintiendo cada una el gusto de la otra en la boca. Mis dedos buscaron su entrada y los suyos la mía. Nos acariciamos con una sincronía rara, como si lleváramos meses entrenando. Y ahí, en medio de la calma, se me cruzó una idea por la cabeza.

La levanté del sofá, sin soltarle la mano, y la llevé hasta mi habitación besándola por el camino. La frené al lado de la cama y caminé hasta el placard. En el último cajón, debajo de unas remeras viejas, estaba el arnés. Lo había comprado meses atrás, después de una separación larga, y nunca había tenido las agallas de estrenarlo. Lo armé varias veces a solas, frente al espejo, pero nada más. Lucía abrió los ojos cuando lo vio salir del cajón. Después le creció una sonrisa perversa que me terminó de derretir.

Me ajusté el arnés en pocos segundos. Ella se acomodó sola en el borde de la cama, apoyada en las rodillas, con la espalda arqueada y el culo levantado. No le pedí nada. Me arrodillé detrás y le di otra chupada larga a la concha. Estaba inundada. La saliva y sus propios jugos le bajaban por la cara interna de los muslos.

—Dale, Camila, cogeme —dijo entre risas y suspiros.

Me paré detrás de ella y le pasé la cabeza del consolador entre los labios. Iba del clítoris a la entrada, de la entrada al perineo, jugando, sin terminar de meterla. Y ahí me agarró otra fantasía vieja. La tomé del pelo con firmeza y la obligué a darse vuelta y a quedar de rodillas en la alfombra.

—Chupala —dije, bajito pero serio.

Sonrió como si la propuesta la hubiera estado esperando. Empezó con besos cortos, ruidosos, a lo largo de todo el silicón. Después con la punta de la lengua, despacio. No sentía nada físico, claro, pero verla así, arrodillada, lamiendo algo mío, me prendió fuego de una manera que no había sentido jamás. Poco a poco se la fue metiendo entera en la boca. Le entraba casi toda. Le agarré la cabeza con las dos manos y la ayudé a llegar hasta el fondo. Lucía se atragantó, lagrimeó un poco, y yo casi me vengo solo de mirarla.

—Volvé a la cama —ordené.

Obedeció. Volvió a apoyarse en cuatro y separó las piernas sin que se lo pidiera. Esta vez no jugué. Le metí el consolador de una sola estocada y ella largó un gemido grave que me erizó la nuca. Le costó un poco al principio, pero enseguida encontramos un ritmo. La agarré de la cintura, le clavé los dedos en la cadera y empecé a empujar con cada vez más fuerza. Siempre fantaseé con la idea de tener pija, no por envidia, sino por curiosidad. Aquella noche, con Lucía gimiendo debajo, me sentí absurdamente poderosa. Y, sobre todo, me encantaba estar dándole placer.

Después de un rato así, me acosté boca arriba y le pedí que se subiera. Verla cabalgar fue lo más lindo de toda la noche. El pelo castaño cayendo, las tetas moviéndose, los ojos cerrados, la boca abierta. Cada tanto se bajaba a besarme con fiereza, después volvía a sentarse y se movía con más intensidad. En el momento exacto en el que largué un orgasmo larguísimo, ella se desplomó encima mío. Quedamos las dos transpiradas, agitadas, abrazadas. Le saqué el arnés sin separarme demasiado y dormimos así, una pegada a la otra, como si nos hubiéramos buscado durante años.

***

Verla dormir en mi cama es como mirar el paraíso desde la ventana equivocada. Sé su nombre. Nada más. ¿Por qué lloraba anoche? ¿A dónde va a ir cuando despierte? ¿Vamos a volver a vernos alguna vez? Son preguntas que me empujan a hacer cosas, pero no estoy lista para escuchar las respuestas. Por eso me quedo así, sin moverme, sin hacer ruido, mirando cómo sube y baja su espalda. Cuando abra los ojos, el universo va a decidir qué pasa con esta historia.

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Comentarios (6)

ViajandoSola

Que final tan hermoso... me dejo con el corazon apretado. Esas historias que terminan con mas preguntas que respuestas son las que mas duran en la cabeza.

Luzdeluna_88

Por favor que haya una segunda parte!!! quede con ganas de saber si ella vuelve

lectora_silenciosa

increible como transmitis esa mezcla de deseo y angustia. Me lei el relato dos veces seguidas

MarcelaRosario

Me recordo a una situacion de hace años que guardo con mucho cariño. Hay noches que uno no olvida nunca. Muy lindo lo que escribiste.

CarlosRQ

buenisimo!!!

NochedeVerano

La ultima linea es una joya. Quede pensando en eso un buen rato

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