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Relatos Ardientes

Sólveig me vio guerrero antes que yo mismo

El valle se abría entre montañas afiladas, como si la tierra misma hubiera querido esconder a quienes el mundo no sabía nombrar. Las tiendas de cuero se alineaban en hileras torcidas, sus cuerdas crujiendo bajo el viento que bajaba de las cumbres con olor a humo, a piel curtida y a hierba pisada. Yo había llegado hasta allí huyendo, y por primera vez en mi vida nadie me pidió que fuera otra cosa que lo que era.

En el sur me llamaban Aurelia. Era esclava, una niña que aprendió a callar bajo las manos de Cornelio, mi amo, cuyo sudor agrio todavía vuelve a mí en los peores sueños. Aquí me llamo Ravn, y me lo gané. Me corté el pelo hasta la nuca, me vendé el pecho con piel de lobo y dejé que el hollín me cubriera las pecas, y nadie en el clan de Skadi me miró como a una mujer disfrazada. Me miraron como a un guerrero más.

—Eres fuerte, Ravn —me dijo Halvar la primera semana, dándome una palmada en la espalda mientras cargábamos troncos. Tenía la barba rojiza y una risa que retumbaba en el valle—. Pronto blandirás un hacha como cualquiera de nosotros.

No lo decía por cortesía. En ese pueblo había sitio para los que no encajaban en ningún molde. Ingrid, de trenzas apretadas y brazos cruzados de cicatrices, me enseñó a trenzar cuerda con dedos rápidos. Gunnhild, de mirada fiera, partía leña a mi lado sin preguntarme nunca por mi cuerpo. Y estaba Vali, que no se sentía hombre ni mujer, con el pelo largo cayéndole sobre un rostro delicado y unos ojos grises que parecían pedir permiso para existir.

Una noche, junto a una hoguera que olía a resina, Gunnhild señaló las vendas bajo mi túnica.

—¿Por qué sigues escondiéndote, Ravn? —preguntó, sin malicia.

—Porque así soy quien quiero ser —respondí, apretando el amuleto de madera que llevaba al cuello.

Vali asintió, los ojos fijos en las llamas.

—Yo tampoco encajo —susurró—. Ni hombre, ni mujer. Solo yo.

Gunnhild nos apretó la mano a los dos, y por primera vez entendí lo que significaba tener una familia que no juzga. No era poco. Era todo.

***

Pero el centro de mi mundo tenía nombre, y era Sólveig. La hija del jefe del clan, una guerrera de cabello dorado que le caía en ondas sobre los hombros y una voz grave que parecía salir de la tierra. Cada vez que pasaba cerca, yo perdía el hilo de lo que estuviera haciendo.

Entrenábamos juntos en un claro al borde del bosque, donde un río murmuraba entre las piedras. Ella me corregía la postura con una espada de madera, y sus manos me rozaban los brazos como si no supiera el incendio que dejaban detrás.

—Levanta la guardia, Ravn —decía, su aliento cálido contra mi cuello.

—No puedo concentrarme contigo tan cerca —confesé una tarde, y me arrepentí en cuanto lo dije.

Ella se rió. No se apartó.

—Entonces aprende —murmuró, y su mano me apretó la cintura un segundo de más.

Días después me llevó a un altar de piedra escondido entre pinos, una losa tallada con runas dedicadas a Skadi, diosa de la guerra y del deseo. Encendió un fuego pequeño y echó salvia y lavanda sobre las brasas hasta que el humo nos envolvió.

—Cierra los ojos —dijo—. Tu cuerpo es tuyo. Nadie más decide lo que eres.

Me puso en la mano un amuleto nuevo, una madera áspera con una runa grabada más honda que la del anterior.

—¿Qué quieres ser, Ravn? —preguntó.

—Fuerte —dije, con la voz rota—. Como tú.

—Lo serás —respondió, y su pulgar me acarició el dorso de la mano. Quise besarla allí mismo, pero me contuve, porque algunos fuegos hay que dejarlos crecer antes de tocarlos.

Esa noche, en mi tienda, bajo una manta que olía a paja y a humo, no pude dormir. Apreté el amuleto contra mi pecho vendado y dejé que la otra mano bajara despacio, colándose bajo la túnica hasta encontrar el calor entre mis muslos. Ya estaba mojada, empapada, mi coño palpitando de sólo pensar en ella. Separé los pliegues con dos dedos y me toqué el clítoris en círculos lentos, imaginando que era la lengua de Sólveig, que era su boca comiéndome despacio, que era ella la que me abría las piernas contra el jergón. Me metí un dedo, después dos, sintiendo cómo mi coño los apretaba de puro deseo, y empecé a follarme sola con la muñeca en tensión, subiendo el ritmo. Me mordí el labio hasta el sabor a hierro para no gemir su nombre. Con la otra mano me pellizqué un pezón por encima de las vendas, y me la imaginé encima de mí, su polla imaginaria hundiéndose en mí a cada embestida, su boca en mi cuello, susurrándome que era suyo, que era su guerrero, que me iba a correr para ella. El orgasmo me partió en dos, me arqueó la espalda del jergón y me dejó los dedos empapados hasta la palma. Me los llevé a la boca y los chupé, y en ese sabor había una promesa. Cuando terminé, temblando, tenía los ojos húmedos, y no sabía si era deseo o miedo. Quería ser suyo. Todavía no sabía cómo.

***

El cielo se teñía de púrpura cuando Sólveig me llevó a un manantial caliente, un lugar que el clan tenía por sagrado, escondido entre rocas cubiertas de musgo. El agua humeaba bajo la luna llena, y el vapor subía como un velo entre los pinos. Olía a tierra mojada, a flores aplastadas, a algo antiguo.

—Desvístete —dijo, y no era una orden, sino una invitación.

Dejé caer la túnica. Después, despacio, solté las vendas. Mi pecho quedó al descubierto bajo la luz fría, con sus cicatrices y esas curvas que tanto me empeñaba en esconder. Me quedé quieto, esperando ver decepción en su cara.

—Eres hermoso —susurró, y lo dijo de un modo que no contradecía nada de lo que yo era.

Se desnudó ella también, sin apartar los ojos de mí. Su cuerpo apareció trozo a trozo bajo la luna: los hombros anchos de guerrera, las tetas altas y firmes con los pezones ya duros por el frío, el vientre plano cruzado por una cicatriz vieja, la mata de vello dorado entre los muslos. Se me secó la boca de mirarla.

Nos metimos en el agua. El calor me subió por las piernas mientras ella se acercaba, su cuerpo destellando, el pelo dorado pegado a los hombros. Me besó. Fue lento, cálido, y noté cómo todo el miedo que cargaba desde el sur se aflojaba un poco. Después el beso se hizo hambriento, su lengua metiéndose entre mis labios, buscando la mía, chupándomela con un gruñido bajo que me hizo temblar.

—No sé cómo hacer esto —admití contra su boca.

—Yo te enseño —dijo ella.

Sus manos encontraron mis tetas bajo el agua y me las apretó, tirándome de los pezones hasta arrancarme un gemido que no supe callar. Se agachó y se llevó uno a la boca, chupándomelo mientras el vapor nos envolvía; con la lengua me lo lamía en círculos, con los dientes me lo mordía apenas, y yo sentía cada tirón directo entre las piernas, como un hilo que me tensaba el coño. Llevé mi mano a su cadera, a su cintura, descubriendo su cuerpo con una torpeza que ella no se molestó en corregir. Le encontré una teta y la apreté con más fuerza de la que quise, y ella sonrió contra mi piel.

—Más —dijo—. No tengas miedo de tocarme.

Bajó una mano por mi vientre y me abrió los muslos bajo el agua. Cuando sus dedos se hundieron en mi coño, lentos y firmes, dos a la vez, el agua caliente amplificó cada sensación hasta volverla insoportable. Me estaba follando con los dedos, curvándolos dentro de mí, apretándome un punto que me hacía ver chispas, mientras con el pulgar me frotaba el clítoris en círculos exactos.

—Siente —murmuró contra mi oído—. Estás aquí. Eres real. Este coño es tuyo, este placer es tuyo, nadie más decide.

—Sólveig —jadeé, aferrándome a sus hombros—. No pares, por favor no pares.

—No pienso parar hasta que te corras en mi mano, Ravn.

La toqué a mi vez, mi mano deslizándose entre nosotros, buscando su calor bajo el agua. Encontré su vello, después los labios de su coño, hinchados y abiertos ya. Le pasé un dedo por la raja de arriba abajo antes de meterlo, y su gemido resonó entre las rocas. Le metí otro, imitando lo que ella me hacía, follándola despacio, sintiendo cómo se apretaba caliente alrededor de mis dedos. Su clítoris estaba duro como un guijarro; se lo froté con el pulgar y ella echó la cabeza atrás y dejó escapar un gruñido ronco que rebotó en la piedra.

—Así, así, más adentro —jadeó—. Métemelos hasta el fondo.

Nos sostuvimos así, dándonos placer la una al otro, sus ojos azules clavados en los míos sin apartarse ni un instante. Me subió la otra pierna alrededor de su cadera para tener más acceso, y de pronto sentí su muslo apretándome el coño desde atrás, presionándome sobre sus propios dedos, obligándome a cabalgarla. Empecé a moverme sobre ella como si la estuviera montando, mi clítoris rozando su piel húmeda con cada embestida. El agua se agitaba entre nosotros, chocaba contra las rocas, se colaba entre nuestros cuerpos pegados.

No me miraba como a una mujer ni como a un hombre. Me miraba como a Ravn, y eso bastaba.

—Voy a correrme —le avisé, con la voz rota—. Voy a correrme, Sólveig.

—Córrete para mí, guerrero mío. Empápame la mano.

El orgasmo me llegó como un rayo, doblándome contra ella, el agua confundiéndose con el sudor de nuestras frentes. Sentí cómo mi coño se apretaba en oleadas alrededor de sus dedos, cómo se me escapaba un chorro caliente que se perdió en el manantial. Antes de bajar del todo empujé mis dedos más adentro de ella, curvándolos, y le froté el clítoris con el pulgar sin piedad. Ella terminó poco después, mordiéndome el hombro para no gritar, apretándose contra mí con espasmos que le recorrieron todo el cuerpo, y nos quedamos abrazados mientras el vapor nos cubría, mis dedos todavía dentro de su coño, los suyos todavía dentro del mío.

—¿Esto es lo que adora Skadi? —pregunté, todavía temblando.

—Esto somos nosotros —respondió—. Tú eres fuerte. Eres mío.

***

La paz no duró. El padre de Sólveig, un hombre de barba gris y voz de trueno, gobernaba el clan con las viejas reglas: las mujeres no mandaban, y los que eran como Vali no pasaban de mercancía. A Vali lo tenían encadenado en la forja, con las muñecas marcadas por el hierro, y cada vez que sus ojos grises encontraban los míos yo volvía a sentir el peso de mis propias cadenas del sur.

Una noche nos reunimos en secreto junto al altar. Sólveig alzó una runa frente al fuego.

—Mi padre quiere encadenarnos a todos —dijo—. A Vali, a mí, a ti. No pienso vivir así.

—Quiero un lugar donde podamos amarnos sin escondernos —respondí, y mi mano buscó la suya.

Ingrid clavó su hacha en la tierra.

—Fundaremos un clan donde cada cual sea quien es —gruñó.

Brynja, que reía suave y manejaba el hacha con furia, asintió. Gunnhild apretó la mano de Vali.

—No soy hombre ni mujer —dijo Vali, con lágrimas en los ojos—. Solo Vali.

—Y eres libre con nosotros —respondió Sólveig.

Días después celebró un rito para afirmar mi fuerza y romper las cadenas de Vali. Me ató a la cintura un arnés de cuero tallado con runas, sólido y mío, con una polla de madera pulida encajada en él, y sentí su peso como una verdad que por fin podía llevar puesta sin pedir perdón. Luego alzó el hacha y partió los grilletes de Vali de un solo golpe. El metal cayó al suelo, y Vali sonrió por primera vez sin miedo.

—Soy yo —susurró—. Por fin soy yo.

El jefe se enteró, claro. Estalló en pleno consejo, señalándonos con un dedo tembloroso.

—¡Las mujeres no lideran! ¡Ese esclavo no es un guerrero!

Di un paso al frente, el hacha firme en la mano.

—Somos libres —dije, sosteniéndole la mirada. En un duelo me midió contra su mejor hombre, y gané, no por rabia, sino porque por fin tenía algo por lo que pelear. El clan nos dejó marchar, aunque las miradas de los viejos ardían de desprecio a nuestra espalda.

***

En el camino acampamos en un bosque oscuro, y una noche Sólveig, Vali y yo compartimos una tienda. La luz de una vela temblaba contra las paredes de cuero, dibujando sombras que parecían moverse con nosotros.

—Quiero amarte —le dije a Sólveig.

—Entonces ámame —respondió.

Me quité la túnica y dejé puesto el arnés, la polla de madera erguida entre mis piernas como si siempre hubiera estado ahí. Sólveig se desnudó despacio delante de mí, la piel dorada por la vela, los pezones duros, el coño ya brillante entre los muslos. Sacó unas tiras de cuero y me ató las muñecas con un cuidado que era su propia forma de ternura, mirándome a los ojos en cada vuelta para asegurarse de que yo seguía con ella. Cuando terminó, me tendió de espaldas y me alzó los brazos por encima de la cabeza, sujetándomelos a un poste de la tienda.

—Más fuerte —pedí.

—Solo si me lo pides bien —murmuró, y la obediencia que me arrancó no se parecía en nada a la que conocí en el sur. Esta la entregaba yo, libre, porque quería.

Vali se removió en un rincón, intentando hacerse invisible.

—Tú quédate —le dijo Sólveig, con voz firme pero cálida—. Mira cómo se aman tus compañeros. No te toques. Solo mira.

Vali obedeció, los ojos grises fijos en nosotros, la respiración entrecortada. Saber que nos miraba encendió algo nuevo en mí, una mezcla de pudor y orgullo que me recorrió entero. Sólveig se subió a mí y me besó con hambre, su lengua reclamando la mía, mientras me chupaba el labio inferior y me mordía la barbilla. Bajó por mi cuello dejándome marcas rojas, me lamió las cicatrices del pecho, me chupó las tetas hasta hacerme arquear la espalda. Yo tiré de las cuerdas, no para soltarme, sino para sentir que me sujetaban.

Siguió bajando. Me pasó la lengua por el vientre, por las caderas, y llegó al borde del arnés. Se llevó la polla de madera a la boca y la chupó despacio, sin dejar de mirarme, hundiéndosela hasta el fondo de la garganta. La base del arnés me presionaba el clítoris con cada movimiento de su cabeza, y aunque no era mi carne, cada empuje me llegaba en oleadas al coño empapado. Vali dejó escapar un sollozo bajo desde su rincón, con las manos apretadas contra los muslos, sin tocarse como se le había ordenado.

—Es tuya —le susurré a Sólveig, con la voz temblando—. Fóllame con ella.

Sólveig sonrió, se limpió la boca con el dorso de la mano y se subió encima de mí. Se sostuvo la polla de madera con una mano y se la fue metiendo despacio en el coño, gimiendo mientras se abría alrededor. La vi hundirse pulgada a pulgada, la vi tragársela entera hasta que sus muslos golpearon contra el arnés. Empezó a cabalgarme, subiendo y bajando con las tetas balanceándose sobre mi cara, y yo alzaba la cadera para embestirla desde abajo. La base del arnés me frotaba el clítoris con cada bajada suya, y cada vez que se dejaba caer sobre mí un latigazo de placer me subía por la espalda.

—Fóllame más fuerte, guerrero —jadeó, echando la cabeza atrás—. Rómpeme.

La embestí desde abajo con toda la fuerza de las caderas, atada como estaba, viendo cómo su coño se tragaba mi polla postiza una y otra vez, viendo cómo sus tetas rebotaban con cada golpe, oyendo el chapoteo húmedo de nuestros cuerpos. Le solté las manos de mi pecho y ella se llevó dos dedos a la boca, los ensalivó y se los bajó al clítoris, frotándoselo mientras me montaba. Vali gemía en su rincón, temblando, con los ojos vidriosos y las mejillas ardiendo.

—Dilo —ordenó Sólveig, agachándose sobre mí, sus pezones rozando los míos, su boca casi encima de la mía.

—Te amo —gemí—. Te amo, joder, te amo.

—Otra vez.

—Te amo. Soy tuyo. Todo tuyo.

Se corrió sobre mí con un grito ronco, apretándose alrededor de la polla, su coño empapándome los muslos y el arnés, mordiéndome el hombro para amortiguar el aullido. Yo la seguí un segundo después, el placer estallando entre las cuerdas que me sujetaban, temblando entera mientras ella se dejaba caer sobre mi pecho. Vali sollozó en silencio en su rincón, y los ojos grises que nos guardaban como testigo brillaban con algo que no era tristeza.

Después, Sólveig me soltó las muñecas y me besó las marcas que el cuero había dejado, una por una, despacio. Se acostó a mi lado y me pasó una pierna por encima. Vali temblaba en su rincón, conmovido.

—Quiero formar parte de esto —susurró.

—Lo serás —dijo Sólveig, tendiéndole la mano—. A tu manera, cuando estés listo.

***

Tras semanas de camino llegamos a un fiordo donde los acantilados se alzaban como guardianes y el agua brillaba como plata bajo las estrellas. Olía a sal, a pino, a tierra mojada. En cuanto lo vi supe que estábamos en casa.

—Este es nuestro hogar —dijo Sólveig, mirando el agua, su silueta recortada contra el cielo.

—Contigo, cualquier sitio lo es —respondí, y la besé.

Ingrid, Gunnhild y Brynja alzaron sus hachas. Vali, con el pelo al viento y el rostro alto, sonrió sin una sola cadena encima.

—Aquí seremos quienes somos —dijo Gunnhild.

Y así nació nuestro clan, un refugio para los que el mundo no supo nombrar. Todavía no sé qué palabra me describe del todo —hombre, guerrero, algo que aún no tiene nombre—, pero ahí, junto al fiordo, con Sólveig a mi lado y los míos alrededor del fuego, por primera vez no necesité ninguna. Me bastaba con ser Ravn. Me bastaba con ser libre.

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Comentarios(8)

PatriLectora

tremendo, me llegó de verdad. esas confesiones que se sienten tan reales son las mejores!!!

CaminanteLibre

¿habrá continuación? quede con ganas de saber mas

Valeria_mdp

me recordó a alguien que también me hizo sentir que me veía de verdad. Esas personas son raras. Muy bueno el relato.

Turco_BA

Buen relato, se nota que es de confesion real. Saludos

BeatrizLec

se me hizo cortisimo! quiero mas

FlorenciaR

Que nombre tan hermoso el de ella. El relato me atrapo desde la primera linea, sigan escribiendo asi!!

lectornocturna22

lo lei de noche con el silencio y quede pensando un rato largo. Hay relatos que te dejan algo. Este es uno de esos.

Martin_BA

jajaja me mato el titulo pero despues me puse serio leyendo. muy bueno

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