Mi alumna llamó a mi puerta la última noche en Praga
Llevaba ya bastantes años acompañando a sus alumnos en el viaje de fin de curso. Como tutora de segundo de Bachillerato, era una de sus obligaciones, y tenía que reconocer que le gustaba pasar esos cinco días lejos del aula, de las correcciones y de la pizarra. Acompañar a un grupo de jóvenes fuera del país era una responsabilidad enorme, pero compensaba: se creaba un vínculo distinto con ellos, y aprendía cosas que en el instituto jamás habría sabido.
Era la última noche del viaje en Praga. Al día siguiente tomarían el avión rumbo a casa y aquella semana de risas, museos, paseos por el puente Carlos y cervezas bebidas a escondidas pasaría a engrosar otro álbum más de recuerdos imposibles de olvidar.
Carla estaba ya en su habitación individual del hotel, en la cuarta planta. Esa era una de las pequeñas ventajas de ser profesora acompañante: no compartías cuarto con nadie. Acababa de hacer la ronda nocturna con sus dos compañeros para comprobar que los alumnos seguían más o menos en su sitio, aunque sabía perfectamente que durante la noche habría un trasiego constante de una habitación a otra. A esa edad no se duerme, y mucho menos en un viaje.
Se había duchado rápido y se había puesto el pijama. En abril, la temperatura en Praga era fresca, así que el suyo era de algodón afelpado: chaqueta rosa pálido y pantalón blanco. Cómodo, nada favorecedor, perfecto para meterse en la cama con un libro.
Carla tenía treinta y seis años, pero más de un camarero la había confundido durante la semana con una de sus alumnas. Era menuda, de melena castaña a la altura de los hombros, cara redondeada y unos ojos verdes muy claros que se les quedaban mirando a los chicos cuando los reñía. Bajita y delgada, sí, pero con un trasero firme que llamaba la atención cuando se ponía vaqueros.
Acababa de meterse entre las sábanas cuando llamaron a la puerta. Tres golpes suaves, dudosos. No le extrañó. Siempre acababa pasando algo la última noche.
—Hola. ¿Puedo hablar contigo?
—Claro, Nuria, pasa. ¿Qué te ocurre, cariño? —respondió Carla mientras hacía entrar a su alumna y se sentaba con ella en el borde de la cama.
Conocía bien a Nuria. La había tenido como tutelada los dos últimos cursos y habían tenido muchas conversaciones, de esas que se alargan al final de la última hora cuando ya nadie queda en el aula. Nuria era de las que entraba a preguntar por un examen y acababa contándote que su madre llevaba seis meses sin dirigirle la palabra a su padre, o que no sabía si presentarse a Derecho o a Filología. Carla sabía cosas de su vida que probablemente ni sus amigas más cercanas sabían. Por eso sabía también que llevaba unos meses saliendo con Iván, un chico del mismo grupo que a Carla nunca le había terminado de convencer.
—¿Qué te pasa, cielo? —preguntó al ver los ojos de la chica enrojecidos.
Nuria siempre le había caído especialmente bien. Le gustaban esos ojos marrones que parecían arrastrar siempre algo de tristeza, y le gustaba esa melena larga y ondulada que le caía casi hasta la cintura. Le gustaba que fuera bastante más alta que ella, y esa figura estilizada que se adivinaba bajo el camisón blanco de tirantes con el que había bajado al pasillo.
—Es Iván. Me ha engañado —contestó Nuria entre hipidos.
—Cuéntame qué ha pasado, mi vida —la animó Carla, acariciándole el pelo.
—Acabo de pillarlo… en su habitación… liándose con Marta —explicó Nuria a trompicones—. Se suponía que iba a estar conmigo esta noche, como las otras. He entrado sin llamar y… ahí estaban. Le he dicho de todo y él se ha reído. Que era una tontería, que no significaba nada. Me he ido y… no quería volver a mi cuarto sola, porque Sara también está allí y no me apetecía explicarle nada.
—Oh, cariño. Cuánto lo siento, de verdad —murmuró Carla, abrazándola contra su pecho.
—Es que ya no es la primera vez. Y siempre se lo he perdonado. He sido una idiota.
—Nuria, los chicos a esa edad son así. Y a otras edades también, te aviso. Pero esta vez piénsalo bien, piensa si quieres seguir con alguien que te trata así.
—No. Esta es la última vez que me hace algo —dijo con una rabia que las sorprendió a las dos.
—Bien. Pues puedes quedarte aquí conmigo el tiempo que necesites, hasta que se te pase. Nadie tiene por qué enterarse.
Nuria seguía apoyada contra el pecho de Carla, que le acariciaba el pelo despacio. Era suave, recién lavado, y olía a fruta dulce. Albaricoque, pensó Carla. O melocotón.
—Te has lavado el pelo —dijo, casi por decir algo.
—Sí. Así por la mañana gano tiempo y puedo dormir un poco más.
—Huele muy bien. Y lo tienes precioso. Me gusta tocarlo.
—Gracias —sonrió Nuria con timidez.
Y fue entonces cuando Carla hizo algo que no tenía planeado, algo que llevaba meses sin atreverse a pensar siquiera. Le levantó la barbilla con dos dedos, le miró los ojos marrones todavía húmedos, le secó con el pulgar el resto de una lágrima y le dio un beso en los labios. Un beso suave, lento, casi pidiendo permiso.
—Déjame que esta noche, que ibas a pasar con él, sea distinta. Déjame que te demuestre lo que podrías sentir. Quiero que no llores más, mi niña. Pero solo si tú quieres.
Nuria se quedó quieta. La miraba con los ojos muy abiertos, sin saber qué decir. Pero había escuchado la dulzura de su voz, había sentido la suavidad de aquellas manos pequeñas y, sobre todo, había sentido aquel beso. Y supo que le había gustado más que cualquier beso que le hubiera dado Iván.
—Sí, Carla —susurró.
Se abrazaron y empezaron a besarse de nuevo. Primero despacio, juntando los labios para saborearlos sin prisa. Besos cuidadosos que iban explorando la boca de la otra. Después empezaron a usar las lenguas: las puntas se rozaban, se reconocían, entraban una en la boca de la otra y volvían a salir. Se mordisqueaban los labios. Los besos se hicieron más largos, más profundos, más hambrientos.
—Besas muy bien, mi niña —susurró Carla. Notaba ya cómo se le humedecía la entrepierna bajo el pantalón del pijama.
—Me gusta besar —jadeó Nuria con los ojos cerrados—. Pero los chicos siempre quieren acabar con eso enseguida. Para ir a otra cosa.
—Aquí nadie tiene prisa.
Siguieron así un buen rato, hasta que Carla la apartó unos centímetros y, tirando del camisón hacia arriba, se lo sacó por la cabeza. Nuria no llevaba sujetador y sus pechos quedaron al aire. Carla se quedó mirándolos un instante sin tocarlos.
—Qué bonitos los tienes —dijo en voz baja.
Eran grandes, firmes, con unas areolas de un marrón claro y unos pezones que de momento todavía estaban tranquilos. Le pasó las palmas por encima sin apretar, luego con los dedos dibujó círculos lentos alrededor de los pezones. Nuria empezó a respirar más hondo y se dejó caer hacia atrás en la cama.
Carla se inclinó sobre ella y empezó a usar la lengua. Pasaba la punta por las areolas, despacio, y notaba cómo los pezones se le iban poniendo duros bajo su boca solo con eso. Se los metía en la boca y los chupaba, los soltaba para soplar un poco encima y volvía a chuparlos. Nuria gemía bajito y le clavaba los dedos en el pelo. Cuando los pezones estaban completamente erguidos, Carla los apretó entre los dedos al mismo tiempo que le mordía el cuello. Nuria pegó un pequeño grito.
—Shh, niña, que estamos en un hotel —susurró riendo.
Inclinada como estaba sobre ella, Carla empezó a bajar con la lengua. Le lamió el esternón, le pasó la punta por el ombligo, le rozó el vientre plano con los labios. Las manos seguían acariciándole los costados, las caderas, los muslos por encima de la tela del pantalón.
Cuando llegó al pantalón del pijama, tiró de la cinturilla con cuidado y se lo sacó por los pies. Nuria se quedó en bragas. Unas bragas rosas de algodón, sencillas, casi infantiles, que a Carla en ese momento le parecieron lo más excitante que había visto en su vida. Antes de quitárselas pasó la palma por encima de la tela: notó el pubis duro, y más abajo, la humedad que ya había traspasado el tejido.
Metió los dedos en el elástico y las bajó despacio. Vio el triángulo de vello oscuro, recortado pero sin afeitar del todo. Se incorporó un momento y se quitó ella también el pijama. La camiseta primero, luego el pantalón, luego las bragas. Se quedó de pie junto a la cama, completamente desnuda.
—Mírame, Nuria. Mira a tu tutora.
Nuria obedeció. El cuerpo de Carla apenas tenía pecho: dos manzanas pequeñas, casi sin areola, con pezones oscuros y puntiagudos. El vientre liso, los muslos firmes, una pequeña línea de vello sobre el sexo. Era un cuerpo trabajado, sin un gramo de grasa.
—Somos muy distintas. Pero tenemos lo mismo para darnos placer. ¿Te gusto?
—Sí —contestó Nuria casi sin voz.
Había visto cuerpos de mujer toda su vida: en los vestuarios del colegio, en la playa, con sus amigas. Pero ninguno la había puesto así. Lo que la excitaba era saber lo que iba a pasar a continuación, saber que iba a tocar ese cuerpo, que iba a probarlo, que iba a comerse un coño por primera vez en su vida. Y que sería el de Carla, su tutora.
***
Carla se arrodilló en el suelo y le pidió a Nuria que se acercara al borde del colchón y abriera las piernas. La chica obedeció. Tenía una vulva simétrica, con los labios pequeños recogidos dentro de los grandes, el vello recortado, y la entrada brillante de tan mojada que estaba. Carla le abrió los labios con dos dedos y se quedó mirando un segundo. Pasó la lengua despacio, de abajo hacia arriba, recogiendo el flujo. Nuria pegó un respingo y cerró los ojos.
Empezó por abajo, casi por el ano, que se contraía solo al sentir la lengua cerca. Jugueteó allí un momento sin llegar a penetrarlo, subió por el perineo, lamió toda la vulva entera, metió la lengua dentro de la vagina y se quedó un rato bebiendo. Sabía bien. Distinto a lo que se había imaginado, más suave, más dulce. Subió por fin al clítoris, que ya estaba fuera del capuchón, inflamado y rojo, y cuando lo tocó con la punta de la lengua, Nuria se arqueó entera.
—Iván no te lo hacía así, ¿verdad? —murmuró Carla deteniéndose un segundo.
—No —jadeó Nuria—. Él iba muy rápido. Y a veces parecía que no le gustaba. Esto que me estás haciendo es… ah…
—Voy a ser un poco mala. No te vas a correr todavía. Antes quiero que tú me lo hagas a mí. ¿Sabes lo que es comerse un coño?
—Solo de oídas.
—Es tu primera vez, entonces.
—Sí.
—No te preocupes. Eres una mujer, sabes mejor que nadie dónde tienes que tocar. Es exactamente igual que tocarte a ti misma, pero con la boca.
Se subió a la cama y se colocó con cuidado encima de la boca de su alumna, apoyando las rodillas a los lados de su cara. Nuria vio una vulva pequeña, perfectamente afeitada, completamente empapada. Sacó la lengua y empezó a lamerla con torpeza al principio, sin saber muy bien por dónde. Carla la guio con un movimiento de caderas. Enseguida Nuria encontró el clítoris —más grande de lo que esperaba— y empezó a chuparlo, a darle pequeños lametones, a rodearlo con la punta de la lengua.
—Así, mi niña, así. No pares. Lo estás haciendo perfecto —jadeaba Carla.
—Tócame las tetas, agárramelas.
Nuria subió las manos y se las cogió. Le cabían enteras en las palmas. Las apretaba, las amasaba, pellizcaba los pezones pequeños y duros mientras seguía comiéndole el sexo. Carla se movía cada vez más, dejaba de hablar, jadeaba más fuerte, le agarraba la cabeza para que no se separara.
—No pares, no pares, me corro, me corroooo…
Un chorrito de líquido caliente y transparente le llenó la boca a Nuria, que tragó casi sin pensar. Carla se quedó un momento quieta encima, temblando, y luego se dejó caer a su lado y le dio un beso largo con lengua, todavía con el sabor de ella misma entre las dos.
—Cielo, esto ha sido increíble. Pero tú aún no te has corrido y no quiero que te quedes así.
Nuria seguía con el cuerpo encendido, con cosquilleos por todas partes, con el coño tan mojado que las sábanas estaban empapadas debajo de ella. Carla volvió a colocarse entre sus piernas y le dio un par de lametones más, solo para reactivarla.
—Has tenido pollas dentro. Quiero que te corras con algo que te penetre. Y ese algo van a ser mis dedos.
Le puso la mano en la entrada y metió un dedo, que entró sin resistencia. Luego el segundo. Después el tercero. Nuria los notó dentro: no eran como Iván, pero la llenaban distinto, más preciso, más controlado. Carla empezó a moverlos, primero despacio, después más rápido. Curvaba los dedos hacia dentro buscando un punto concreto. Cuando lo encontró, Nuria pegó un grito que las dos supieron que se había oído en el pasillo.
—Shhh, cielo. Que no nos descubran.
Pero ya no había manera de parar. Nuria se mordía la mano para no chillar, se clavaba las uñas en el muslo con la otra, se contorsionaba en la cama mientras Carla seguía moviendo la mano cada vez más rápido. Los jugos salpicaban, le mojaban el antebrazo, le caían por el codo. Carla sabía dónde estaba ese punto. Lo había encontrado en otras y en sí misma muchas veces. Cuando Nuria empezó a temblar entera de las piernas para arriba, supo que estaba a punto.
—Ya, yaaa…
Tres chorros le salieron del coño, le empaparon la mano a Carla, le salpicaron el pecho. Nuria se quedó quieta, con la respiración entrecortada, mirando al techo sin verlo.
Carla se acostó a su lado, la abrazó, le dio un beso suave en la frente y le acarició el pelo, ahora pegado a las sienes por el sudor.
—Ha sido tu primera vez con una mujer, cariño. No sé si tendrás más. Pero espero que esta no se te olvide nunca. Y que por una noche te haya hecho olvidar a ese imbécil.
—Carla, nunca había hecho nada con una mujer. Y no sé si lo haré con otras. Pero contigo lo volvería a repetir mañana mismo. Has sido la cosa más bonita que me ha pasado en este viaje. En este curso. En este año.
Se quedaron así, abrazadas, en silencio, oyendo de lejos el ruido de otras habitaciones donde otras cosas estaban pasando. Y se quedaron dormidas hasta que el despertador del móvil sonó a las siete.