Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Primeras vacaciones con mi novia en la playa

La Navidad la pasamos en casa de Marcela, la hermana de Valentina. El Año Nuevo, en la de mi familia. En ambas hubo demasiada comida, demasiado abrazo y esa calidez un poco caótica que tienen las familias grandes cuando se juntan. Las dos salimos de esas semanas agotadas pero enteras, sintiéndonos queridas.

En casa de Marcela aproveché un momento a solas para contarle lo que había pasado con su hijo Lucas. Me temblaban las manos mientras hablaba, aterrada de que una sola palabra equivocada pudiera arruinar algo que tanto nos había costado construir. Valentina dormía en el cuarto de al lado. Marcela me escuchó sin interrumpirme, con esa serenidad que tienen las personas acostumbradas a ver lo mejor y lo peor de sus hijos, y que saben cuándo hace falta hablar y cuándo hace falta callar.

—No sé qué tiene en la cabeza a veces —dijo cuando terminé—. Pero descuida, yo hablo con él. Después de todo lo que vivimos con Valen, estoy infinitamente agradecida de que estén juntas.

Se me hizo un nudo en la garganta. Nos quedamos ese fin de semana entero y volví al trabajo sintiéndome más liviana, como si alguien me hubiera sacado un peso de los hombros que yo ni sabía que estaba cargando.

Una semana de trabajo, y por fin: vacaciones. Dos semanas por delante, las dos juntas, sin horarios ni obligaciones. Marcela nos prestó su departamento en la costa. Hicimos las valijas entre risas y una pelea menor por el espacio en el bolso, y salimos a la ruta una mañana de enero con el sol ya pegando fuerte y la música alta.

***

Llevábamos cuarenta minutos de viaje cuando Valen apoyó la mano en mi muslo.

—Sofi —dijo con esa voz baja que yo ya conocía demasiado bien—, deberías ir preparándote.

—¿Para qué? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—Para la cogida que te voy a dar apenas crucemos la puerta. Hace semanas que no cojemos, Sofi. Tengo el coño hinchado de pensarte.

Me reí sin apartar los ojos de la ruta. La mano de Valen seguía sobre mi muslo, quieta pero firme, y de pronto empezó a subir, muy lento, hasta rozarme por encima del short.

—Quitá la mano antes de que nos matemos —le dije, con la voz más ronca de lo que quería—. Y para que sepas: yo también estoy mojada desde que salimos. Hace días que me toco pensándote.

—¿Sí? ¿Te tocás pensando en mí? Contame.

—Después.

—Ahora.

—Valen, dejame manejar en paz si querés llegar entera y que te coja bien.

Se rió bajito, apoyó la cabeza en el respaldo y miró por la ventanilla. Pero la mano no la movió, y cada tanto sus dedos me apretaban el muslo despacio, como recordándome lo que se venía.

El departamento era pequeño, con ventanas que daban al mar y una terraza angosta con dos sillas de plástico blancas que habían visto mejores épocas. Olía a protector solar y a madera vieja, de la manera más agradable posible. Estacioné en la cochera del edificio mientras Valen me pellizcaba el trasero cada vez que le daba la espalda. Subimos las valijas en dos viajes lentos. Cuando cerramos la puerta del segundo, puse la llave en el pestillo y antes de que pudiera decir nada, Valen ya me tenía arrinconada contra la pared del pasillo.

Me besó despacio al principio, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Tenía las manos apoyadas a ambos lados de mi cabeza, sin tocarme, y eso fue lo que me volvió loca: ese centímetro de distancia entre su piel y la mía que podría haber desaparecido en cualquier momento y no desaparecía todavía. Le sentía la respiración pesada, el pecho subiendo y bajando cerca del mío, los pezones marcándose contra la remera fina que traía puesta.

—Rompeme la ropa —le dije al oído.

—Eso pensaba hacer.

Sus manos encontraron el dobladillo de mi remera y la levantaron sin pedir permiso, sacándomela de un tirón. Me arrancó el corpiño con dos dedos rápidos y se agachó a chuparme un pezón antes de que terminara de caer al piso. Se me escapó un gemido corto. Mientras me mordía y me lamía, sus manos ya estaban peleándose con el botón del short. Le desabroché el cierre del jean como pude, metí la mano dentro de la bombacha y la encontré empapada. Coño hinchado, clítoris parado, los labios resbalando entre mis dedos como si llevara semanas guardando eso.

—Estás chorreando —le dije.

—Ya te dije que me tenés loca.

Le hundí dos dedos de una y ella gimió contra mi hombro, mordiéndome para no gritar. Me apretó las tetas con las dos manos, me pellizcó los pezones fuerte y bajó la boca por mi vientre hasta arrodillarse frente a mí en el pasillo. Me arrancó el short y la bombacha de un tirón y me abrió las piernas separándome los muslos con los hombros.

—Mirame —dijo desde abajo.

La miré. Me lamió el coño de abajo hacia arriba, lento, con toda la lengua plana, y después se quedó ahí, chupándome el clítoris con la boca entera. Cerré los ojos un segundo y ella me pellizcó el muslo.

—Dije mirame.

Los abrí de nuevo. Me metió dos dedos mientras me seguía chupando y empezó a moverlos rápido, curvados, tocándome ese punto que solo ella sabía encontrar. Le agarré la cabeza con las dos manos, hundí los dedos en su pelo y le apreté la cara contra mi coño. Ella gimió con la boca llena y esa vibración me atravesó entera. Se me doblaron las rodillas y ella me sostuvo con el hombro contra la pared.

—Me voy a correr —le avisé.

—Corréte en mi boca.

Terminé así, con las piernas temblando, la espalda pegada al empapelado del pasillo y su lengua sin soltarme el clítoris hasta que la última contracción me sacudió el vientre. Cuando levantó la cara la tenía brillante de mí. Se relamió.

—Vení —le dije, tirándola de la muñeca hacia el cuarto.

La empujé sobre la cama, le terminé de sacar el jean con la bombacha adentro y me trepé sobre ella al revés. Le puse el coño en la cara y bajé la boca al de ella al mismo tiempo. Valen me agarró el culo con las dos manos y me apretó contra su boca, empezando a comerme de nuevo aunque yo todavía estaba temblando. Le chupé el clítoris despacio primero, después más rápido, metiéndole la lengua entera adentro y volviendo arriba. Estaba tan mojada que me chorreaba por el mentón.

—Metéme los dedos —me pidió con la voz ahogada contra mi coño.

Le metí tres de una. Los tenía apretados. Empecé a cogérsela con la mano mientras le chupaba el clítoris, y ella hacía lo mismo conmigo desde abajo. Nos movíamos las dos al mismo ritmo, gimiendo contra la carne de la otra, con los dedos hundidos hasta el nudillo. La sentí apretarse alrededor de mi mano justo cuando yo empecé a correrme otra vez. Terminamos casi al mismo tiempo, con la cara hundida la una en la otra, ahogando los gritos contra los muslos porque no sabíamos qué tan delgadas eran las paredes.

Después nos quedamos un rato inmóviles, con el sexo pegajoso y la respiración entrecortada, los dedos todavía entrelazados.

—Mamita —había murmurado ella en algún punto, con la boca contra mi cuello, cuando ya nos habíamos dado vuelta y estábamos abrazadas.

Me quedé quieta un segundo.

—¿Mamita?

Ella levantó la cabeza. Nos miramos. Y entonces nos atacó la risa al mismo tiempo: una de esas risas que no podés controlar, que te sacuden entera, que se alimentan solas en cuanto intentás cortarlas. Valen intentó explicarse dos veces y se volvió a reír sin poder terminar la frase. Yo tampoco podía articular nada. Estábamos las dos desnudas y muertas de risa en la cama de un departamento prestado, a metros del mar, con las valijas todavía sin deshacer en el pasillo y el olor a sexo llenando el cuarto.

—Salió solo —logró decir por fin, limpiándose los ojos—. Me pareció que… no sé. Que con vos puedo decirte cualquier cosa.

Me senté sobre los talones y la miré.

—Me encantó —le dije—. Lo que pasa es que nunca me lo habías dicho y me agarró de sorpresa. Podés decirme lo que quieras cuando estamos cogiendo. Soy toda tuya.

—¿Sí?

—Sí. Aunque si me decís «papito» algo no va a funcionar en la ecuación.

Se rió de vuelta, apoyando la frente en mi hombro.

—¿Y si te digo mamita?

—Eso ya lo sabemos que funciona.

***

A la tarde decidimos que sería un desperdicio quedarnos encerradas. Valen se repasó la depilación en el baño mientras yo buscaba las bikinis en la valija. Después nos pusimos el protector solar ayudándonos mutuamente: ella se distraía con mi trasero, yo con el suyo. Tardamos el doble de lo que habría tardado cualquier persona razonable, porque cada vez que le pasaba la mano por las tetas se me olvidaba lo que estaba haciendo, y ella me metía los dedos entre las nalgas «para asegurarse de que llegara bien la crema».

Me puse una bikini azul oscuro y una camisa de playa blanca encima. Valen eligió una de lunares blancos sobre fondo negro y un vestido de tirantes que le caía perfecto sobre la cadera. Nos miramos antes de salir y las dos sonreímos al mismo tiempo, sin decir nada.

Afuera nos golpeó una brisa suave que venía del mar. Nuestros pezones respondieron antes de que el cerebro procesara el frío. Caminamos tomadas de la mano por la costanera, entre familias con sombrillas y grupos de adolescentes que corrían hacia el agua. Era una sensación extraña y hermosa estar así en otro lugar, entre gente que no nos conocía y que tampoco nos debía ninguna explicación.

Encontramos un lugar decente cerca de la orilla. Enterramos la sombrilla en la arena, extendimos las mantas y nos quedamos un rato mirando el mar en silencio, con los dedos todavía entrelazados entre las dos.

—Esos dos de la izquierda nos están mirando —dijo Valen sin girar la cabeza.

Los encontré sin esfuerzo: dos tipos de unos treinta años, sentados en reposeras bajas, con los anteojos de sol apuntando hacia nosotras.

—¿Y? —dije.

—Nada. —Valen se giró hacia mí—. ¿Les damos algo que valga la pena mirar?

No esperó mi respuesta. Me tomó la cara con las dos manos y me besó. Un beso corto pero sin apuro, con la lengua justa para que quedara claro lo que éramos. Cuando nos separamos, los tipos miraban para otro lado.

—Listo —dijo ella, satisfecha, volviendo a recostarse en la manta.

Le preparé un mate y se lo pasé. Tomamos un rato sin hablar demasiado, mirando el agua, hasta que la señora que estaba sentada a nuestra derecha nos ofreció cuidar las cosas si queríamos metemos al mar.

—Sí, gracias —dijimos casi al mismo tiempo.

El agua estaba fría y perfecta. Una ola grande nos agarró desprevenidas: tuve que agarrarme el corpiño con ambas manos para que no se fuera, y cuando pude enderezarme, Valen estaba a un metro, muerta de risa.

—Casi —dijo.

—Casi nada —respondí, ajustando los nudos por las dudas.

—Igual te hubiera acomodado yo.

—Eso lo sé.

Volvimos a la manta sacudiéndonos el agua del pelo. Agradecí a la señora y saqué los mates del bolso. Valen hablaba de qué haríamos al día siguiente cuando vi pasar a un vendedor ambulante con una bandeja llena de bijouterie. Algo brilló entre los collares y las pulseras.

—Espera —le dije. Lo llamé antes de que se alejara.

—¿Qué hacés? —preguntó Valen en voz baja.

No le contesté. En la bandeja había dos anillos idénticos, simples, regulables, de metal plateado sin ninguna pretensión. Los pedí sin dudar. Pagué antes de que Valen pudiera abrir la boca.

Me giré hacia ella y le extendí la mano.

—Dame el dedo. El del corazón.

Valen me miró fijo mientras yo le colocaba el anillo. Se quedó callada. Lo giró un poco sobre el dedo, lo acomodó, lo volvió a mirar.

—Ahora dame tú el mío, tonta —dijo con la voz un poco más apagada de lo normal.

Me lo puso ella misma, despacio, como si quisiera que durara. Las dos nos miramos las manos un momento largo.

—Son de bijouterie —aclaré.

—Lo sé.

—No valen nada.

—Valen todo —dijo. Y después me miró con una expresión que yo no tenía nombre para definir pero que me conocía de memoria—. Mirá lo que sos, Sofi.

Hice el gesto con el índice entrando y saliendo del círculo de los otros dedos. Ella se cubrió la boca con la mano para no reírse a los gritos.

***

Volvimos al departamento cuando el sol ya empezaba a bajar sobre el agua. Las dos traíamos arena en todas partes y la piel caliente de haber pasado el día afuera. Entramos al baño juntas, lo cual retrasó todo considerablemente: en cuanto el agua caliente empezó a caer, Valen me arrinconó contra los azulejos y me metió la mano entre las piernas. Me la cogió con dos dedos ahí mismo, parada bajo la ducha, mientras me chupaba los pezones uno tras otro. Me hizo acabar rápido, mordiéndose el labio para no gritar, y después se puso de espaldas, apoyó las manos en la pared y me pidió que le devolviera el favor. Me arrodillé y le comí el culo con la lengua mientras le metía dos dedos en el coño desde atrás, y ella terminó apretando la frente contra los azulejos con un gemido largo que sonó a puro cansancio y placer mezclados.

Mientras yo buscaba algo en la cocina, todavía envuelta en la toalla, Valen apareció detrás de mí, me tomó de la cintura y me besó el cuello. Ese punto exacto, detrás de la oreja, que ella sabía que me hacía perder el hilo de cualquier pensamiento.

—Ven —dijo.

—Estoy cocinando.

—Después.

Apagué el fuego.

Esta vez fue diferente. Más lento, más deliberado. Valen se colocó el arnés mientras yo la miraba desde la cama con las piernas cruzadas y el corazón latiendo más fuerte de lo que hubiera admitido en voz alta. La verga de silicona negra le colgaba entre los muslos, pesada, y ella la agarró con la mano y se la sacudió despacio mirándome, como si fuera de verdad.

—Abrí las piernas —me dijo.

Se acercó, me tiró la toalla y me abrió los muslos con las rodillas. Se agachó primero y me pasó la lengua por el coño para asegurarse de que estaba mojada, aunque las dos sabíamos que lo estaba desde antes. Después se enderezó, escupió sobre la punta de la verga y me la fue metiendo despacio, centímetro por centímetro, mirándome a los ojos todo el tiempo.

—Ay… —se me escapó.

—Aguantá. Que voy toda.

Cuando terminó de entrar se quedó quieta un segundo, apoyada sobre mí, respirándome en la boca. Después empezó a moverse. Los movimientos fueron sostenidos y profundos, y yo los sentía en el abdomen, en la espalda, en los dedos de los pies. Me aferré a sus hombros y me dejé llevar completamente, acompañando su ritmo con la cintura, sin pensar en nada que no fuera esa verga entrando y saliendo de mí y su cuerpo pegado al mío.

—Así, mamita —le dije sin pensarlo.

Ella gimió al oírlo y aceleró de golpe. Me agarró una pierna, me la levantó y se la puso sobre el hombro, cogiéndome desde un ángulo que me hizo abrir la boca sin que saliera ningún sonido. Sus labios encontraron mi cuello, mi hombro, la curva de mi oreja.

—¿Te gusta cómo te la cojo?

—Sí…

—Decilo.

—Me encanta cómo me cogés, Valen, no pares.

Me dio vuelta sin sacarla, me puso en cuatro y me agarró de las caderas. Desde atrás me la metió hasta el fondo y empezó a cogerme fuerte, con la palma abierta cayendo sobre mi culo cada tantas embestidas. Yo hundí la cara en la almohada para ahogar los gemidos. Me pasó una mano por debajo y me empezó a frotar el clítoris mientras me seguía embistiendo, y en menos de un minuto yo estaba temblando entera, apretándome alrededor del arnés, mordiendo la funda para no despertar a todo el edificio.

Terminé con la cara enterrada en la almohada y las rodillas resbalando en la sábana. Ella siguió un momento más, empujando lento, sacando la última contracción de mi cuerpo, y después se detuvo y me la fue sacando despacio. Se dejó caer a mi lado, apoyando la frente contra la mía, las dos respirando fuerte en el silencio del cuarto.

—Te amo —dije cuando pude hablar.

—Yo también —respondió. Hizo una pausa deliberada—. Papito.

La miré.

—No —dije.

—Tenía que intentarlo.

Nos reímos otra vez, abrazadas, con el ventilador girando despacio en el techo y el sonido del mar entrando por la ventana que habíamos dejado entreabierta. Afuera, el sol terminaba de caer sobre el agua y el cielo se ponía ese naranja que dura apenas unos minutos antes de volverse azul oscuro.

Más tarde, cuando el hambre nos venció, calentamos lo que quedaba en la heladera y comimos en la terraza con los anillos puestos, mirando las últimas luces sobre el horizonte. Valen apoyó la cabeza en mi hombro.

—¿Cuántos días más? —preguntó.

—Doce.

—Bien.

No dijo nada más. Yo tampoco. No hacía falta.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios(9)

curiosa_del_sur

que bueno!!! me encanto de principio a fin

LecturaNocturna_V

Por favor continua, quede con ganas de saber que paso el resto de las vacaciones

ElisaLectora

Me encanto como lo contaste, se siente tan real y sin ser burdo para nada. Espero mas relatos asi

Romina_K

increible!!! sigue escribiendo por favor

SolMarina27

Me hizo acordar a un viaje que hize con una amiga hace años jaja. Muy bien escrito, se siente autentico

Julia_BA

Se hizo corto, necesito una segunda parte ya!!

Caro_Mdq

Esa descripcion del viaje en auto al principio... tremenda manera de arrancar un relato. Muy bueno

MarisolFM

Buenisimo, uno de los mejores que lei en mucho tiempo. Saludos desde aca

IgnacioPBA

La verdad que muy bien armado, se ve que le pusieron dedicacion. Siguiendo de cerca

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.