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Relatos Ardientes

La noche que Laura perdió la calma y yo la gané

Las vacaciones en la costa duraron diez días. Diez días con Laura sin apagarnos, sin el ruido de siempre, sin tener que separar las manos cuando alguien nos miraba raro. Salíamos abrazadas a caminar por el malecón, entrábamos a los bares sin pedir permiso con los ojos, y había algo en eso —en esa normalidad que no deberíamos tener que conquistar— que me hacía quererla más.

Esa noche particular salimos a tomar algo. Laura llevaba un vestido negro con tirantes, ajustado, que le marcaba cada curva. Yo tenía puesto un vestido corto de color arena que me sentaba bien al tono de piel. Entramos al bar de la esquina de la playa, nos gustó la barra de madera oscura, y nos sentamos en los taburetes. Estábamos distraídas mirando la carta de cócteles, riéndonos de algo que ya no recuerdo, cuando noté que un par de tipos al fondo no nos quitaban los ojos de encima.

No me importó. Soy la más calma de las dos.

Un chico se acercó, educado en las formas pero no tanto en la intención:

—Hola, ¿puedo sentarme aquí con mis amigos?

Laura alzó una ceja, tomó mi mano y la apoyó sobre la barra. Llevábamos los anillos que nos habíamos regalado el año anterior.

—Ay, perdón —dijo él, y se fue.

La bartender, una chica con rastas recogidas y una sonrisa de quien ya vio todo, se acercó mientras nos servía.

—¿Saben que cuando entraron, todos los hombres de la barra les clavaron los ojos? Ustedes ni se dieron cuenta.

—No, para nada —dije yo, riéndome.

—Son pareja, ¿verdad?

—Sí —respondimos casi al mismo tiempo.

Ella asintió con esa expresión de quien tiene razón desde el principio.

—Los hombres, cuando ven algo que les gusta, se quedan ciegos para todo lo demás. Y después se sorprenden cuando no son bienvenidos.

Las tres nos reímos. Pedimos los tragos, nos acomodamos, y la noche tomó ese ritmo lento y bueno que tienen las vacaciones cuando no hay nada que cumplir.

***

No duró.

Una voz masculina, desde atrás, en el tono de quien está acostumbrado a que le hagan caso:

—Oigan, chicas, acá no pueden estar.

Sentí que Laura se tensó a mi lado antes de que yo procesara lo que había escuchado. La miré de reojo. Tenía la mandíbula apretada.

Llamó a la bartender con un gesto seco:

—Disculpame, ¿hay algún problema con que estemos sentadas aquí?

—Ninguno.

Laura se dio vuelta despacio. El tipo era alto, con cara de aburrido, y traía consigo esa convicción inamovible de tener razón de fábrica.

—Entonces —dijo Laura, con una voz que yo reconocía, la que usaba cuando ya había tomado una decisión—, ¿quién te dio vela en este entierro? ¿Querés que me levante, o preferís que te reviente la nariz?

No llegó a responder. Dos de seguridad aparecieron de la nada y lo escoltaron hacia la puerta. Él intentó decir algo mientras lo sacaban, pero salió sin armar ruido.

Me levanté, tomé a Laura del brazo y le hablé cerca del oído:

—Ya pasó, amor. Ya está.

La bartender nos acercó un vaso de agua sin que lo pidiéramos.

Nos quedamos otro rato. Terminamos los tragos despacio, abonamos, y salimos. Laura caminaba rápido, con los hombros tensos, la cartera apretada contra el cuerpo.

***

Cuando llegamos al departamento, dejó la cartera en el suelo —no en la silla donde siempre la ponía— y se desplomó en el sillón. Soltó un insulto largo y cargado que resumía perfectamente cómo se sentía.

Me senté a su lado. No dije nada de entrada. Le puse una mano en la rodilla.

—A mí tampoco me gustó —dije después—. Pero no podés ir por la vida a los golpes, Laura.

—¿Por qué no? —me miró de frente—. ¿Por qué tenemos que aguantar?

—No te estoy diciendo que aguantes. Te estoy diciendo que si armás un escándalo, te llevan a vos. No a él.

Ella cerró los ojos. Los tenía húmedos.

—Me pone loca —dijo, más suave—. No jodemos a nadie. No le hacemos nada a nadie. Y sin embargo.

—Lo sé.

—Lo sé que lo sabés. —Hizo una pausa—. Perdoname.

—No hay nada que perdonar.

La abracé. Le acaricié el pelo, que olía a la crema de coco que usaba en verano. Sentí cómo poco a poco el cuerpo se le iba destensando, la respiración se le aflojaba.

—Sos la única que me calma —me dijo contra el cuello—. Con cualquier otra persona estaría en la calle buscando problemas.

—Lo sé —dije, y me reí—. Por eso estoy yo.

Se separó un poco para mirarme. Tenía esa expresión que me conocía de memoria, la que venía antes de algo.

Me besó. Largo, profundo, con las dos manos en mi cara. Me metió la lengua sin pedir permiso y yo se la mordí despacio, tirándosela hacia afuera con los dientes. Sentí que se le escapaba un gruñido bajo, de esos que le salen cuando se le empieza a mojar la tanga.

***

Me puse de pie y, sin decir nada, me quité el vestido. No llevaba sostén. Me quedé en tanga, de pie frente a ella, y la miré. Me pasé las manos por las tetas, me pellizqué los pezones hasta que se me pusieron duros y oscuros, y bajé una mano hasta la tela de la tanga para que viera bien dónde estaba mirándome.

Laura tardó exactamente dos segundos en entender.

Me tumbó en el sillón con un empuje suave pero decidido. Se me tiró encima con toda la ropa puesta y me besó la boca mordiéndome el labio de abajo, tirando de él. Bajó por el cuello lamiéndome, dejándome el rastro de saliva fría, y cuando llegó a las tetas se me metió un pezón entero en la boca y lo chupó fuerte, con los cachetes hundidos. Después el otro. Iba pasando de uno al otro mordiendo el pezón con los dientes y yo arqueaba la espalda buscándole la boca.

—Qué ricas tetas tenés, puta —me dijo contra la piel, y me lamió desde el esternón hasta el ombligo.

Siguió bajando. Me besó el ombligo, me metió la lengua dentro, y cuando llegó a la tanga la apartó con dos dedos sin quitármela del todo. Me abrió los labios del coño con el pulgar y el índice, se quedó un segundo mirándome ahí, respirándome encima.

—Ya estás toda mojada.

—Pará de mirar y chupame.

Se rió y me dio un lengüetazo largo, de abajo hacia arriba, plano y lento, recogiéndome todo lo que ya tenía chorreando. Empezó despacio, dando vueltas por los pliegues, metiéndome la punta de la lengua en la entrada, subiendo hasta el clítoris y bajando otra vez. Después dejó de jugar y se me clavó ahí, en la punta del clítoris, chupando con los labios cerrados alrededor, moviendo la lengua en círculos apretados. Le enredé los dedos en el pelo y le apreté la cabeza contra mí sin ninguna vergüenza.

—Así, así, no pares.

Me metió dos dedos al mismo tiempo, hasta el fondo, y empezó a curvarlos hacia arriba mientras seguía chupándome el clítoris. Los sentía entrando y saliendo, haciendo ese ruido húmedo que me pone loca de escuchar. Alternaba la presión de la lengua con el ritmo de los dedos con una precisión que me hacía perder el hilo de los pensamientos. Yo movía las caderas contra su cara, cabalgándole la boca, sintiendo cómo se me juntaba todo en el vientre bajo.

Me corrí con un temblor que me recorrió desde las piernas hasta la nuca. Le apreté la cabeza con los muslos y grité algo que ni yo entendí. Ella no me soltó, siguió chupándome despacio mientras el clítoris me palpitaba en su boca, sacándome los últimos espasmos.

Cuando levanté la cabeza, ella estaba sonriendo con la cara brillante de mí de la nariz al mentón.

—Vamos a la cama —dije.

***

En el dormitorio me saqué la tanga y la tiré al piso. Me puse en cuatro al borde de la cama, de espaldas a ella, con las rodillas bien abiertas y la cara apoyada de costado en la almohada. Sabía perfectamente lo que estaba mostrándole.

Laura sabe leerme. Sabe lo que necesito antes de que yo lo diga, y sabe también que cuando me pongo así es porque le estoy dando algo: permiso para descargar, para usar ese espacio que existe entre las dos donde ninguna tiene que contener nada.

La escuché desnudarse. La escuché abrir el cajón, sacar el arnés, ajustarse las correas alrededor de las caderas. Cuando se giró y la verga de silicona negra le colgó entre las piernas, se me escapó un gemido de solo verla. Sentí su mano en la espalda baja, recorriéndome la columna, bajando hasta agarrarme de las caderas y clavarme los dedos.

—Mirá cómo estás —me dijo—. Toda abierta para mí.

Me escupió en el coño y me lo esparció con dos dedos, mezclándolo con lo que yo ya tenía. Después me pasó el glande del arnés por los labios de arriba abajo, sin meterlo, hasta que empujé las caderas hacia atrás buscándola.

—Metémela ya.

—Pedila bien.

—Metémela, Laura, por favor.

Me la empezó a meter despacio, de a poco, y yo respiré hondo y abrí más las rodillas para recibirla. La sentí ir entrando centímetro a centímetro, estirándome. Cuando estuvo del todo adentro, con las caderas de ella pegadas a mi culo, se quedó quieta un momento, dejándome sentir lo llena que estaba. Yo moví las caderas hacia atrás para pedirle que siguiera.

Siguió. Se la sacó casi entera y me la volvió a meter de una, hasta el fondo, y yo grité contra la almohada. Otra vez. Otra vez. Sus movimientos se volvieron más rápidos, más profundos, cada embestida golpeándome el culo con las caderas, haciendo ese ruido de piel contra piel que llenaba todo el cuarto. Yo respiraba con la boca abierta, la cara hundida en la almohada, mis tetas se sacudían hacia adelante y hacia atrás con cada estocada.

—Así te gusta, ¿no? —me dijo entre jadeos, agarrándome del pelo y tirándomelo para atrás—. Que te la meta bien fuerte.

—Sí, así, más fuerte.

Me lo dio más fuerte. Me la clavaba hasta el fondo con cada empujón, sin darme respiro. Con una mano me alcancé y empecé a masturbarme al mismo tiempo, frotándome el clítoris en círculos rápidos mientras ella me seguía cogiendo por detrás. La otra mano de Laura se me hundió en la nuca, apretándome la cara contra la almohada, mientras seguía golpeándome el culo con las caderas.

—Correte —me dijo—. Correte con mi verga adentro.

Y me corrí. Se me apretó todo alrededor del arnés, se me contrajo el coño en espasmos que ella sentía a través del silicona, y se me escapó un sonido largo, animal, que no controlé del todo. Las piernas me temblaban tanto que me hubiera caído si ella no me estuviera agarrando de las caderas.

Se la sacó despacio y sentí el vacío. Me tumbé de espaldas, agotada de la mejor manera posible. Mis propios fluidos me resbalaban por la cara interna del muslo, mezclados con la saliva de ella. El arnés seguía puesto, brillante, chorreando lo mío.

Me miró desde arriba, con la respiración agitada, y se sacó las correas con dos movimientos. Se recostó a mi lado, desnuda, y me besó la sien.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Perfectamente.

—Fui un poco bruta.

—Laura. —Le tomé la mano y me la bajé al coño, para que sintiera lo empapada que seguía—. Me puse en cuatro porque quería. ¿Entendés eso?

Ella asintió, pero vi que seguía con algo en los ojos. Me metió dos dedos adentro, despacio, casi con ternura, y los movió lentos mientras me miraba.

—Te conozco —dije, con la voz rota—. Sé cuándo necesitás soltar algo. Y yo también lo necesitaba. No hay nada de qué disculparse.

—¿Cómo hacés para tenerlo tan claro?

—Práctica —dije, y nos reímos las dos, con sus dedos todavía dentro de mí.

Me abrazó fuerte, se acomodó contra mi cuello, y me acarició el pelo hasta que las dos nos quedamos quietas.

***

Las vacaciones siguieron. Días de playa, de dormir hasta tarde, de caminar sin apuro. La noche del bar quedó atrás como quedan las cosas que ya no tienen más que enseñarte.

El 30, último día antes de volver, estábamos terminando de ordenar las valijas cuando sonó mi teléfono. Un mensaje de Camila, la hermana de Laura.

«Hola Valeria, ¿están bien? ¿Vuelven mañana? Así organizamos algo para el cumpleaños de mi hermana.»

Me quedé mirando la pantalla.

El cumpleaños de mi hermana. El 31. Mañana.

Fui al baño. Me senté en el borde de la bañera y procesé en silencio. Diez días en la costa. Diez días con Laura. Y en ningún momento habíamos hablado de cumpleaños. Como si vivir juntas en ese departamento pequeño hubiera suspendido el tiempo.

¿Qué hago? Estamos en la playa. No compré nada.

Salí del baño con cara de nada.

—¿Estás bien? —me preguntó Laura, doblando una remera.

—Sí, sí —dije—. ¿Querés ir a la playa un rato más antes de que oscurezca?

***

Nos sentamos en la arena, mirando el agua. Yo tenía la cabeza en otro lado y Laura se dio cuenta antes de que yo abriera la boca.

—¿Qué pasó?

—Nada malo.

—Eso no es una respuesta.

La miré. Me conocía demasiado bien para mentirle.

—Escuchame —dije—. ¿Mañana es tu cumpleaños?

Se quedó callada un segundo.

—No sé. Perdí la cuenta de los días.

—Mañana es 31.

—Ah. —Hizo una pausa. Luego se rió—. Sí, es mi cumpleaños.

—¿Y me lo decís así, como si nada?

—¿Y vos por qué lo decís como si fuera una catástrofe?

—Porque no te compré nada, Laura. Estamos en la playa. Nunca me dijiste cuándo cumplías. Yo tampoco te dije el mío. ¿Cómo puede ser que en todo este tiempo no hayamos tenido esa conversación?

Ella se rió más fuerte. Esa risa suya que empieza despacio y termina con todo el cuerpo.

—Somos un desastre —dijo.

—No tiene ninguna gracia.

—Tiene toda la gracia del mundo. —Me tomó la mano—. Mira, mañana antes de irnos salimos, buscamos algo, lo comprás si querés, tomamos algo rico, y listo. No necesito más.

—Quería sorprenderte.

—Ya me sorprendés todos los días. —Me besó en la mejilla—. ¿Y vos cuándo cumplís?

—El 14 de febrero.

Abrió los ojos.

—El día de San Valentín. Sos una cursilería andando.

—Lo sé. Y aun así me querés.

—Aun así te quiero. Somos acuarianas las dos, ¿te das cuenta? Ninguna de las dos pisa la tierra del todo.

—Por eso funcionamos —dije.

***

Al otro día salimos temprano. Recorrimos las vidrierías del paseo costero sin apuro. En una boutique pequeña, Laura encontró un conjunto de lino blanco —un pantalón y una blusa— que le quedaba perfecto. Me dejó pagarlo sin protestar demasiado, que ya era mucho decir.

Mientras ella esperaba el envoltorio, me escabullí un momento a la tienda de lencería de al lado. En el escaparate había un conjunto que me detuvo: corpiño y tanga negros con encaje en los bordes, y un liguero que lo acompañaba. Lo compré sin pensarlo demasiado. No era exactamente para ella. Era para los dos.

Volví al bar de la esquina donde nos habíamos sentado a esperar. Ella miró la bolsita.

—¿Qué compraste?

—Nada.

—Valeria.

—Para mí. Ya vas a ver.

Me miró con esa sonrisa que significa que ya sabe todo aunque no sepa nada.

Pasamos por una confitería y compramos algo dulce para el camino. Esa noche terminamos de armar las valijas, picamos algo liviano, y nos metimos en la cama temprano. No cogimos. Solo nos abrazamos, hablamos de cosas sin importancia hasta que la conversación se fue apagando sola, como una vela que termina de quemarse.

***

Me desperté antes que ella. La luz entraba fina por la persiana.

Me levanté sin hacer ruido. Saqué el conjunto de lencería del bolso y me lo puse en el baño: el corpiño negro con el encaje, la tanga, el liguero sin medias. Me miré en el espejo un momento, me acomodé las tetas dentro de las copas hasta que quedaron bien altas, y me pasé la mano por la tanga apretándomela contra el coño para dejarme la marca de la costura entre los labios.

Preparé el desayuno. Café, frutas, los dulces de la confitería en un plato. Lo llevé todo en una bandeja al dormitorio.

Laura dormía de lado, con el pelo suelto sobre la almohada. Me senté al borde de la cama y empecé a besarla despacio: el cuello, la mejilla, la sien.

Ella fue despertando de a poco. Primero arrugó la nariz. Luego abrió un ojo.

Me vio.

Parpadeó una vez, dos veces. Recorrió el conjunto con los ojos, todavía medio dormida, tomándose el tiempo. Los ojos se le detuvieron en el liguero, en la tanga, subieron por el vientre hasta las tetas apretadas dentro del corpiño.

—Feliz cumpleaños —le dije en voz baja.

Se le escapó una sonrisa antes de que pudiera disimularla. Estiró una mano y me la pasó por el muslo, subiendo despacio hasta engancharme un dedo en el elástico del liguero y soltarlo contra la piel.

—Sos imposible —dijo, con la voz todavía ronca de dormir—. Vení acá.

—Feliz cumpleaños —le repetí, y me subí encima de ella a horcajadas, sintiendo cómo se le despertaba el cuerpo debajo del mío.

Me abrazó sin levantarse, con las dos manos en mi culo, apretándomelo por encima de la tanga, y me acercó hacia ella en la cama. La bandeja quedó en la mesita de noche. El desayuno podía esperar.

Afuera, el sol ya estaba alto y el mar hacía ese ruido que tienen las vacaciones cuando todavía no terminaron del todo.

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Comentarios(9)

PattyBsAs

que relato tan intenso, me dejo sin palabras!!

SilencioYDeseo

Por favor necesito una segunda parte, quede con ganas de mas. Excelente como lo contaste

Dafet

Increible!!!!

lectora_pampa

Me recordo a una situacion similar, esa tension que se acumula y de repente explota... muy bien escrito, se siente real

RoxanaLeC

Me encanto la forma en que describiste la tension entre las dos. Se siente autentico, no forzado. Raro encontrar relatos de esta categoria con tanta emocion de fondo. Sigue asi!

MilaFlorR

Hay continuacion? o es historia cerrada? porque quede enganchada jaja

NocheBA

El titulo lo dice todo, que manera de arrancar el relato

tomas_sur

Buenisimo, la categoria lesbicos tiene relatos muy genericos generalmente pero este tiene algo diferente. Gracias!

CarmenSG

sigue asi!!! me encanto

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