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Relatos Ardientes

Mi amiga del gimnasio terminó en mi cama

Después de lo de Martín, decidí que no necesitaba a nadie.

No era amargura, o al menos eso me repetía cada mañana mientras colgaba cuadros y acomodaba almohadones en mi nuevo departamento. Era claridad. Había pasado demasiado tiempo mirando hacia afuera, esperando que alguien me completara, y ese ciclo había terminado. Cajones organizados, estantes llenos de mis libros, una cocina que olía a las velas que yo elegía. Eso era suficiente.

Tardé casi dos semanas en arreglar cada rincón. Pinté la pared del cuarto con ese azul pizarra que siempre había querido y que Martín vetó sin siquiera consultarme. Moví el sillón tres veces hasta encontrar el ángulo exacto desde el que la luz de la tarde entraba sin molestar. Me tiraba a dormir cada noche con los músculos adoloridos y la cabeza en paz, que era exactamente lo que necesitaba.

Pero llegó el momento en que no quedaba nada más que hacer.

Entonces busqué un gimnasio.

Encontré uno a seis cuadras, moderno, con buenas máquinas y clases grupales a las ocho de la noche. Me anoté sin pensarlo demasiado. La primera sesión fue un desastre glorioso: llegué convencida de que estaba en buena forma y salí con las piernas temblando en el ascensor. En casa, mientras esperaba que se calentara el agua de la ducha, me senté en el borde de la bañera y me reí sola de mi propia soberbia.

Esa noche, bajo el agua caliente, noté cómo mi cuerpo reaccionaba al tacto del jabón. Llevaba semanas sin tocarme en serio, sin buscarme, y de golpe los pezones se me pusieron duros contra la palma y el coño empezó a latirme con una insistencia que no podía ignorar. Me pasé la mano enjabonada entre los muslos, despacio, y solté un gemido bajo cuando los dedos se hundieron entre los labios ya resbalosos. Me acaricié el clítoris en círculos lentos, apoyada de espaldas contra los azulejos fríos, con las piernas abiertas y el agua cayéndome por encima de las tetas. Metí dos dedos y sentí lo apretada que estaba, lo mojada por dentro, y me sorprendió cuánto extrañaba esa sensación de tener algo llenándome. Aumenté el ritmo del pulgar sobre el clítoris hasta que se me escapó un jadeo más fuerte y me corrí ahí de pie, con el agua chorreándome por la cara y las piernas temblando otra vez, esta vez por razones distintas. Después cené unas tostadas, puse una serie que no terminé y me dormí en diez minutos.

***

Al día siguiente llegué al gimnasio con los músculos resentidos de la clase anterior y toda la intención de no exigirme demasiado. Estaba guardando mis cosas en el casillero cuando una mujer a mi lado cerró el suyo de golpe y me miró con una sonrisa franca.

—¿Primera vez? —me preguntó.

—Segunda —respondí—. Pero la primera me dejó para el arrastre.

Soltó una carcajada corta y directa que me cayó bien de inmediato.

—Renata —dijo, extendiendo la mano.

—Valeria.

—Llevo un año viniendo y todavía hay días que salgo igual que tú el primero. Es normal.

Tenía el pelo oscuro recogido en un moño que se deshacía por los lados, y una manera de pararse que transmitía tranquilidad sin esfuerzo. No tardé en contarle que me dolía la espalda desde la clase anterior, y antes de que yo terminara la frase ya tenía sus manos en mis trapecios, presionando con los pulgares con una precisión que me hizo cerrar los ojos involuntariamente.

—Eso es un nudo —diagnosticó—. ¿Mejor?

—Mucho —admití, y era verdad.

***

Nos hicimos amigas con esa velocidad que solo ocurre cuando dos personas se encuentran en el momento justo. Renata era administrativa en una consultora, vivía a cuatro cuadras del gimnasio, le gustaba el cine de autor y detestaba las alcaparras. Yo le contaba mis experimentos en la cocina nueva y ella me traía recortes de revistas de decoración que, según ella, iban «perfectos» para mi cuarto azul. En los descansos de clase íbamos juntas a la fuente de agua y nos quedábamos charlando más de la cuenta.

Un jueves, mientras recogíamos las colchonetas, me preguntó qué hacía el viernes.

—Nada —le respondí—. ¿Por qué?

—Podríamos salir. Tomar algo por el centro, si quieres.

Dudé un segundo. No porque no quisiera, sino porque salir de noche todavía me daba una pereza extraña, como si la versión de mí que frecuentaba bares y quedadas seguía siendo la misma que había estado con Martín, y esa versión no me interesaba recuperar todavía.

—Prefiero algo más tranquilo —dije—. Si quieres, ven al departamento. Pedimos pizza, tomamos algo. Así hablamos sin música a cien decibelios de fondo.

—Me parece perfecto —respondió, sin dudar.

***

Llegó a las ocho y media con una botella de vino que nadie le había pedido pero que no podía sino agradecer. Llevaba una camisa entallada de rayas finas y jeans negros, y cuando cruzó la puerta y miró el apartamento con esa expresión de quien evalúa en silencio, sentí algo parecido al orgullo.

—Está muy bien —dijo—. El azul era la decisión correcta.

Comimos en el sillón, con las piernas cruzadas y las cajas de pizza sobre la mesita de centro. Le conté que me había mudado hacía menos de dos meses, que venía de una situación que prefería no detallar. Ella no preguntó más de lo necesario. Abrimos el vino después de las pizzas, y con el vino bajó la guardia que siempre mantengo sin darme cuenta.

No sé en qué momento empecé a contarle lo de Martín. No los detalles escabrosos, sino la textura general de esos últimos meses: la sensación de estar siempre un paso detrás, de ajustar mis ritmos a los suyos hasta que ya no sabía cuáles eran los míos. Cuando terminé, el silencio que siguió no fue incómodo.

Renata me miraba sin decir nada. Después apoyó la mano sobre la mía, encima de mi rodilla.

—Eras demasiado para él —dijo simplemente.

No me rompí, pero estuve cerca. Ella lo notó antes que yo y se acercó sin hacer ruido, pasó el brazo por detrás de mis hombros y me dejó apoyar la cabeza un momento. Olía a algo cálido, madera y vainilla, y no supe si era el perfume o solo ella.

Cuando levanté la cabeza, su cara estaba muy cerca.

El primer beso fue despacio, casi con permiso. Sus labios apenas rozaron los míos antes de separarse. Nos miramos. El apartamento estaba quieto. Afuera se escuchaba el ruido lejano de la calle, y dentro solo el sonido de las dos respirando un poco más rápido de lo normal.

Fui yo quien cerró la distancia la segunda vez.

Su boca respondió con más confianza entonces, y algo que había estado tenso en mi pecho se soltó de golpe. Sentí sus dedos en mi nuca, en mi pelo, y le devolví el gesto enredando mis manos en su camisa. Nos besamos con la lengua ya sin disimulo, mordiéndonos los labios, y su mano bajó por mi costado hasta apretarme la teta por encima del vestido. Se me escapó un jadeo dentro de su boca y sentí cómo sonreía contra mis labios.

—Podemos parar —dijo ella, separándose apenas.

—No quiero parar —respondí—. Quiero que me cojas.

***

La llevé al dormitorio de la mano y encendí solo la lámpara pequeña de la mesita. La luz era suficiente para verla pero no demasiada. Me desabotoné el vestido despacio mientras ella me observaba, y cuando lo dejé caer al suelo me quedé en bragas y sin corpiño, con los pezones ya duros de anticipación. Ella se mordió el labio de arriba mientras terminaba de sacarse la camisa, y cuando quedó solo con el sujetador negro le vi las tetas llenas apretadas contra el encaje y se me hizo agua la boca.

—Sos hermosa —murmuró, y no era un cumplido, era una constatación.

Me empujó suavemente hacia la cama y se subió encima mío a horcajadas. Su boca bajó por mi cuello, chupándome despacio, marcándome, y las manos me apretaron las tetas al mismo tiempo, los pulgares girando sobre los pezones hasta que se me arqueó la espalda. Se agachó y me chupó un pezón con la boca entera, dejándolo entrar hondo, mientras la otra mano me pellizcaba el otro con la fuerza justa para que doliera un poco. Yo le enredé los dedos en el pelo y la apreté contra mí.

—Así, no pares —le pedí.

Ella cambió al otro pezón sin dejar de mirarme, con los ojos clavados en los míos mientras me lo mordía suavemente. Sentí cómo se me empapaba la bragueta, la humedad corriéndome hasta el culo, y separé las piernas involuntariamente para pegarla más a mi cuerpo. Renata sonrió al notarlo.

—Estás mojadísima —dijo, pasando la mano por encima de la tela—. Se te transparenta.

—Sacámelas —le rogué.

Me arrancó las bragas por las caderas y las tiró al piso. Se quedó un segundo mirándome el coño abierto, brillante, hinchado, y bajó la boca despacio, besándome primero la cara interior de los muslos, subiendo con la lengua hasta rozar los labios sin llegar al clítoris. Yo levanté las caderas buscándola y ella rio bajo, apretándome contra el colchón con la mano en el vientre.

—Quieta —me ordenó—. Yo mando acá.

Su lengua encontró mi clítoris con una precisión que me hizo soltar un grito ahogado. Empezó lento, círculos anchos, chupándomelo suave, alternando con lametazos largos desde la entrada del coño hasta arriba. Me abrió los labios con dos dedos y hundió la lengua adentro, entrando y saliendo como si me estuviera cogiendo con la boca. Yo tenía los puños cerrados en las sábanas y no paraba de gemir.

—Metémelos —le dije con la voz rota—. Los dedos, por favor.

Metió dos de golpe y los curvó hacia arriba, buscándome el punto exacto, y al mismo tiempo volvió a chuparme el clítoris con la boca entera. La sentí bombear con los dedos, rápido, fuerte, mientras la lengua no me daba respiro. Los muslos me temblaban a los costados de su cara y podía escuchar el ruido húmedo de sus dedos entrando y saliendo de mi coño empapado.

—Me corro, me corro —le avisé, y ella no cambió nada, siguió igual, y el orgasmo me estalló entre las piernas y me subió por el estómago y me sacó un grito largo que probablemente escucharon los vecinos y no me importó una mierda. Se me apretó todo alrededor de sus dedos, palpitando, y ella los mantuvo adentro, moviéndolos apenas, prolongándomelo hasta que ya no aguanté y le empujé la cabeza para que parara.

Me quedé quieta unos segundos con el techo moviéndose lento sobre mí, jadeando, con el cuerpo entero tibio y flojo.

Después fui yo.

La di vuelta y me le senté encima. Le arranqué el sujetador y le chupé los pezones como ella me había chupado los míos, uno primero y después el otro, hasta que empezó a mover las caderas debajo mío buscando fricción. Le desabroché los jeans y se los bajé junto con las bragas, y me quedé mirándole el coño oscuro y espeso, ya brillante de lo caliente que estaba.

—Abrite bien —le dije.

Ella separó las piernas y yo me acomodé en medio, apoyándome en los codos. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba y la sentí estremecerse. Le chupé el clítoris con paciencia, aprendiéndoselo, notando cuándo apretaba los muslos contra mi cabeza y cuándo se relajaba. Le metí un dedo y después dos, y ella empezó a follármelos con las caderas, moviéndose contra mi mano.

—Más fuerte —jadeó—. Metémelos más fuerte.

La cogí con los dedos con toda la fuerza que le podía dar, y le chupé el clítoris a la vez, sin parar, sintiendo cómo se le apretaba el coño alrededor de mi mano. Hay algo que solo las mujeres saben sobre otras mujeres, una especie de mapa que no necesita instrucciones. Cuando llegó, apretó mi cabeza contra ella con las dos manos y soltó un sonido largo y profundo, gutural, mientras yo sentía las contracciones de su coño alrededor de mis dedos, una tras otra, apretándome, y ella jadeando mi nombre entre corridas.

Subí despacio, besándole el vientre, las tetas, el cuello, y cuando llegué a su boca me besó con la lengua todavía llena de su propio sabor y no le importó. Nos quedamos abrazadas en la oscuridad, sin decir nada durante un rato, con las piernas enredadas y las pieles pegadas por el sudor. Después hablamos de cosas sin importancia, como se hace cuando el cuerpo está tranquilo pero la mente todavía está despierta. En algún momento nos quedamos dormidas.

***

Me despertó el sol entrando por las persianas que siempre olvido bajar del todo.

Renata estaba boca arriba a mi lado, con el pelo suelto sobre la almohada y los ojos entreabiertos mirando el techo.

—Buenos días —dije.

—Buenos días —respondió, sin moverse—. ¿Cómo dormiste?

—Muy bien. ¿Y tú?

—Como no dormía en meses.

Me estiré y sentí el cuerpo liviano, sin el peso habitual de la mañana. Renata giró la cabeza y me miró con una sonrisa tranquila, sin expectativas en los ojos. Eso me gustó más de lo que esperaba. Bajó la mano por debajo de la sábana y me acarició la cadera, y de ahí bajó al muslo, y de ahí al medio.

—Estás mojada otra vez —dijo, riéndose bajo.

—No paré desde anoche —admití.

—¿Ducha? —pregunté después, ya con la respiración acelerándoseme por lo que me estaba haciendo con los dedos debajo de la sábana.

—¿Hay lugar para dos?

—Apenas —admití—. Pero nos arreglamos.

Bajo el agua nos reímos más de lo que hicimos cualquier otra cosa al principio, resolviendo el rompecabezas espacial del baño con más torpeza que gracia. Pero cuando el agua caliente nos envolvió a las dos y ella apoyó los labios en mi hombro, el humor se asentó en algo más serio. Me giró de espaldas a ella y me apretó las tetas por atrás con las dos manos, pellizcándome los pezones al mismo tiempo mientras me mordía el cuello. Yo apoyé las manos en los azulejos y arqueé el culo hacia atrás, buscándola.

Una de sus manos bajó por mi vientre hasta el coño y me abrió con los dedos. Empezó a acariciarme el clítoris mientras el agua nos caía encima, y con la otra mano me metió dos dedos desde atrás. Yo grité y me apreté contra los azulejos, con las piernas separadas y las caderas moviéndose contra su mano.

—Cogeme más rápido —le pedí, sin reconocer mi propia voz.

Ella obedeció, y me cogió con los dedos hasta que me corrí de nuevo contra su mano, con la frente pegada al azulejo frío y las piernas apenas sosteniéndome. Después me di vuelta y me arrodillé bajo el agua. Le abrí las piernas y le comí el coño ahí mismo, con ella agarrada del portacortina para no caerse, gimiendo mi nombre bajo el chorro de agua caliente hasta que se corrió otra vez encima de mi cara.

Después, mientras nos secábamos, fui directa.

—Quiero que esto no cambie lo que somos —dije—. No necesito que sea nada más que lo que fue.

Ella me miró un momento antes de responder.

—Yo tampoco —dijo—. Y eso me parece perfecto.

Se vistió sin prisa, tomó su bolsa y antes de irse me dio un beso breve en la boca que no tenía ninguna ambigüedad. La acompañé hasta la puerta y la vi bajar las escaleras sin mirar atrás.

Cerré la puerta, volví al sillón y me senté en el mismo lugar donde la noche anterior habíamos comido pizza y empezado algo que no tenía nombre ni lo necesitaba.

Por primera vez en mucho tiempo, el apartamento no me parecía silencioso. Me parecía mío.

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Comentarios(9)

LunaVerde22

increible!!! me encanto de principio a fin, seguí escribiendo así

carhify

Quede con ganas de saber como sigue... segunda parte por favor!

Roci_lectora

Ese detalle del vino es genial. Esas excusas que nadie necesita pero igual se usan. Me gusto mucho el relato.

PatriCiaa

jajaja 'ninguna fingió que había sido solo el vino'... esa frase me mató, tremenda

nocheW

la excusa del vino es clasica jajaja. muy bueno!!

Marito_BA

Muy buen relato, me sorprendio el giro que pegó al final. Publicá mas seguido

VeronicaQ

Se hizo cortisimo!! Queremos la continuación ya

HectorBsAs

Bien escrito y con el justo morbo sin pasarse. Eso se agradece, no todos saben hacerlo.

lectornocturna22

Me recordó algo que me pasó hace tiempo con una amiga del gimnasio también... es raro cuando pasan estas cosas jeje. Muy bien contado.

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