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Relatos Ardientes

A mis cuarenta, un extraño me tocó en el cine

Había reservado esa noche para mí desde hacía días. Mi hija pasaba el fin de semana en casa de su padre, el silencio del piso empezaba a pesarme y mi amiga Carla me había convencido de salir. Quedamos en vernos en el cine del centro comercial a las nueve, para el estreno de una película de terror que ninguna de las dos terminaba de tener ganas de ver, pero que servía de excusa.

Llegué con veinte minutos de margen. El mensaje de Carla entró justo cuando recogía mi entrada en la máquina.

«Perdóname, se me complicó con los niños. No llego. Disfrútala tú, ya saldremos otro día.»

Me quedé mirando la pantalla del móvil con la entrada en la mano. A mis cuarenta y dos años una aprende a no dramatizar estas cosas. Podía irme a casa, devolver la entrada, abrir una botella de vino y dormirme en el sofá como tantas otras noches. O podía entrar.

Entré.

La sala estaba sorprendentemente vacía para ser un estreno. Conté apenas una docena de cabezas repartidas por las filas, casi todas hacia el centro. Mi butaca asignada estaba arriba, a la derecha, en una fila donde solo había otra persona: un hombre, sentado dos asientos más allá del mío.

Lo miré de reojo mientras me acomodaba. Cuarenta y pocos, calculé, aunque la barba corta y bien cuidada le daba un aire que costaba precisar. Camisa blanca de manga larga, pantalón oscuro, un reloj que reflejaba la luz cada vez que se movía. Tenía esa clase de presencia tranquila de los hombres que no necesitan ocupar espacio para que se note que están. Supuse que también lo habían dejado plantado y no le di más vueltas.

Me había puesto una falda recta color arena, una blusa de seda y unos tacones que reservaba para las ocasiones en que quería sentirme yo misma. Debajo, un tanga negro de encaje que había elegido más por costumbre que por expectativa. Me quité los tacones con disimulo en cuanto se apagaron las luces y dejé los pies descalzos sobre el reposapiés.

La película arrancó con el habitual estruendo de gritos y silencios falsos. No tardé en notar algo que no tenía que ver con la pantalla.

Lo notaba mirándome.

No era una sensación, era una certeza física, ese cosquilleo en la nuca que reconocemos antes de pensarlo. No giré la cabeza. Mantuve la vista al frente, fingiendo concentración, mientras por dentro se me aceleraba algo que llevaba mucho tiempo dormido.

Entonces su mano apareció en el reposabrazos que separaba su asiento del vacío entre los dos. Sin prisa. Sin tocarme. Solo ahí, a la vista, como una pregunta dejada sobre la mesa.

Por fin lo miré. Y él miraba la pantalla, absolutamente inmerso en la película, como si esa mano no fuera suya. La contradicción me desconcertó. Pensé que me lo había imaginado, que el aburrimiento y el vino que no me había tomado me estaban jugando una mala pasada. Volví a la película.

***

Pasaron unos minutos largos. Y la mano se movió.

No hacia el reposabrazos esta vez, sino hacia mi rodilla. Apenas un roce, la yema de los dedos sobre la piel desnuda justo donde terminaba la falda. Me sobresalté. Giré la cabeza de golpe y él seguía con la mirada clavada al frente, el perfil iluminado por el azul de la pantalla, sereno, indescifrable.

Tendría que haberme levantado. Lo sé. Una mujer de mi edad, con mi vida ordenada, con mi trabajo y mi hija y mis reglas, debería haberse levantado y cambiado de fila sin decir una palabra.

No lo hice.

Me quedé quieta, conteniendo la respiración, mientras aquellos dedos dibujaban círculos lentos sobre mi rodilla y empezaban a subir. Centímetro a centímetro, con una paciencia que era casi insoportable. Cada vez que pensaba que iba a detenerse, avanzaba un poco más. La falda cedió, se arrugó bajo el avance de su mano, y yo seguía sin moverme, con el corazón golpeándome las costillas y un calor que me subía desde el vientre hasta la cara. Ya notaba el coño mojado, la tela del tanga pegándose contra los labios, y me daba una vergüenza absurda que un desconocido fuera a comprobar en cuestión de segundos hasta qué punto lo estaba deseando.

Cuando sus dedos llegaron a la cara interna del muslo, mi propia mano voló hacia su muñeca para detenerlo.

Él giró la cabeza por primera vez. Y sonrió. No fue una sonrisa de disculpa ni de súplica, sino de complicidad, la de alguien que sabe perfectamente lo que está haciendo. Se llevó un dedo a los labios pidiéndome silencio.

Lo último que quería era un escándalo en una sala oscura llena de desconocidos. Esa fue la excusa que me di a mí misma mientras, despacio, retiraba mi mano de su muñeca y la dejaba caer sobre mi propio regazo.

Él lo interpretó como lo que era: un permiso.

***

Su mano subió del todo. Apartó la tela de la falda con una destreza que me hizo entender que no era su primera vez, y por encima de la ropa interior empezó a acariciarme con una lentitud calculada. Los dedos se pasearon a lo largo del encaje, presionando el clítoris a través de la tela, dibujando el contorno de los labios, apretando justo donde ya estaba empapada. Mordí mi labio inferior para no hacer ruido. A mis cuarenta y dos años conocía mi cuerpo de memoria, sabía exactamente qué me gustaba y cómo, y precisamente por eso me sorprendió tanto la rapidez con la que respondí a un completo desconocido en la última fila de un cine.

Él lo notó. Palpó la mancha de humedad que ya había traspasado el encaje y soltó una risa baja, apenas un soplo de aire, y supe que había sentido lo evidente. «Estás empapada», me susurró al oído, tan bajo que apenas fue un aliento cálido contra mi cuello, y esas dos palabras me clavaron al asiento. Me ardía la cara de vergüenza y, al mismo tiempo, esa misma vergüenza era parte de lo que me encendía. Eso era lo más perturbador de todo.

Sus dedos apartaron la tira del tanga hacia un lado y encontraron el camino directo a mi coño. Cerré los ojos. Un dedo se deslizó entre los labios, empapándose de inmediato, y subió hasta el clítoris trazando círculos pequeños, precisos, húmedos. La pantalla seguía gritando sus sustos baratos y nadie, absolutamente nadie en aquella sala, tenía la más mínima idea de que un desconocido estaba metiéndome los dedos en la última fila.

Un dedo entró primero, después dos, hundiéndose despacio hasta el fondo mientras el pulgar seguía trabajándome el clítoris. Empezó a moverse con un ritmo preciso, atento, leyendo mis reacciones en la tensión de mis piernas y en el modo en que se me cortaba la respiración. Yo apretaba los reposabrazos con las dos manos y separaba las rodillas casi sin darme cuenta, ofreciéndole más, y rezaba para que el grupo sentado unas filas más abajo no se girara, aunque una parte oscura de mí casi deseaba que lo hicieran. El sonido de sus dedos entrando y saliendo de mí me parecía atronador, aunque quedaba enterrado bajo la banda sonora, y cada vez que curvaba los dedos hacia arriba y me tocaba justo ese punto de dentro se me escapaba un jadeo que tenía que tragarme.

Lo más enloquecedor era su indiferencia. Mientras su mano me follaba con los dedos, él miraba la película. Ni una sola vez se giró para regodearse en lo que me estaba provocando. Esa distancia, esa frialdad estudiada, me excitaba más que cualquier caricia.

Y entonces empezó a jugar conmigo.

Aceleraba justo hasta el punto en que yo sentía que iba a perder el control, los dedos entrando fuerte, el pulgar apretando el clítoris hinchado, y entonces, sin aviso, frenaba. Sacaba los dedos casi del todo, dejando solo la yema rozándome la entrada, y reducía el movimiento a una lentitud agónica, dejándome suspendida, temblando, al borde de algo que se alejaba en cuanto creía tenerlo. Lo repitió una vez, dos, tres. Me estaba torturando, y lo hacía con una calma que rozaba la crueldad. Se llevó los dedos empapados a la nariz, respiró hondo, y los volvió a meter en mí como si nada. Yo estaba a punto de suplicarle en voz baja que me dejara correrme.

Decidí devolvérselo.

***

Giré apenas la cabeza y bajé la vista hacia él. La tensión en su pantalón era inconfundible. La polla se le marcaba por debajo de la tela oscura, dura, apretada contra la costura, y verlo así, comprobar que toda aquella serenidad de fachada escondía un deseo tan evidente como el mío, me devolvió algo del poder que había perdido. Llevé mi mano hasta él, despacio, y lo acaricié por encima de la tela. Recorrí toda la longitud con la palma, apreté la punta con los dedos, sentí cómo se sacudía bajo mi mano.

Le bajé la cremallera con el pulso más firme de lo que esperaba. Metí la mano dentro, aparté la ropa interior y la saqué. Estaba caliente, gruesa, palpitándome contra la palma, y una gota de líquido preseminal ya le brillaba en la punta. Empecé a masturbarlo con la muñeca, sin dejar de mirar la pantalla como si nada, el mismo juego que él me había hecho a mí. Subí hasta el glande, resbalé el pulgar por la humedad del capullo, bajé hasta la base apretando fuerte, y volví a subir marcando un ritmo lento, torturante.

Por fin reaccionó.

Su control se quebró. Se me escapó un gemido cuando sus dedos volvieron a entrar en mí con una urgencia distinta, sin pausas, sin juegos, tres dedos ahora, follándome el coño con fuerza mientras el pulgar no soltaba el clítoris. El ritmo de sus dedos se volvió urgente, certero, y esta vez no se detuvo. Yo seguía masturbándolo en paralelo, apretando más rápido, notando cómo la polla se le ponía todavía más dura en mi mano. Me llevó hasta el final sin tregua, y el orgasmo me alcanzó como una ola que llevaba años sin sentir, un espasmo que me subió desde el coño hasta el pecho, las paredes cerrándose alrededor de sus dedos, las piernas cerrándose contra su mano, intenso, callado, mordiéndome el labio hasta hacerme daño para no gritar. Me quedé deshecha contra el respaldo, con las piernas temblando, el tanga hecho un desastre y la respiración rota.

Antes de retirar la mano, apreté una vez más su polla en mi puño y la sacudí con firmeza. Sentí cómo se tensaba entera, cómo se le contraía el vientre a mi lado, y de pronto un chorro caliente me salpicó los dedos y siguió empapándome la palma en oleadas cortas. Se corrió en silencio, sin un solo gesto en la cara más allá de un músculo que se le apretó en la mandíbula, mientras la película seguía a lo suyo. Le seguí bombeando despacio hasta la última gota, exprimiéndole el glande con el pulgar, hasta que noté que la polla empezaba a rendirse en mi mano.

Tardé unos segundos en recuperarme. Cuando abrí los ojos, él se había llevado los dedos —los que habían estado dentro de mí, brillantes de mi propia humedad— cerca de su propia boca, mirándome de medio lado con esa misma sonrisa de antes. Se los chupó uno a uno, sin apartar la vista, y luego me tendió el índice y el corazón, esperando. Entendí lo que esperaba sin que dijera nada. Y, para mi propio asombro, me incliné y abrí la boca. Dejé que esos dedos entraran hasta el fondo, los cerré con los labios y los chupé despacio, saboreándome a mí misma, la humedad de mi coño en mi propia lengua. No sé si fue la adrenalina o el morbo de todo lo ocurrido, pero no me importó. Lo hice con los ojos abiertos, sosteniéndole la mirada, hasta el final, con la mano todavía manchada de su semen apoyada en mi muslo.

Cuando me aparté, él se levantó.

Así, sin más. Se guardó la polla, se subió la cremallera, se acomodó la camisa, me dedicó una última mirada y caminó hacia la salida con una tranquilidad pasmosa, dejándome ahí, sola en la penumbra, con la película todavía a la mitad y el cuerpo entero vibrando.

Me quedé clavada en el asiento unos segundos, incrédula. Luego, sin pensarlo, recogí los tacones, los sostuve en la mano y salí tras él. El vestíbulo estaba casi vacío. No lo encontré por ninguna parte. Se había esfumado igual que había aparecido.

***

Fui al baño, más para serenarme que por otra cosa. Me miré en el espejo: el pelo revuelto, las mejillas encendidas, la blusa arrugada donde la había apretado contra el respaldo, una mujer de cuarenta y dos años que esa misma tarde había dudado si valía la pena salir de casa. Me lavé la mano bajo el chorro, viendo cómo el agua se llevaba los restos de su semen por el desagüe, y me pasé un dedo húmedo entre los muslos para limpiar lo que el tanga no había podido contener. Sonreí a mi reflejo sin reconocerme del todo.

Al cerrar el grifo, encontré un papel doblado apoyado sobre el borde del lavabo. Lo abrí. Un número de teléfono y una sola línea, escrita con letra firme.

«Avísame la próxima vez que vengas al cine.»

Me reí sola, como una adolescente, y volví a morderme el labio. A mi edad había aprendido a no fiarme de los desconocidos, a no creer en las casualidades, a desconfiar de cualquier cosa que llegara demasiado fácil. Y, sin embargo, doblé el papel con cuidado y lo guardé en el bolso como si fuera un tesoro.

Conduje a casa con las ventanillas bajadas, dejando que el aire de la noche me despejara. El asiento del conductor se me pegaba al tanga todavía empapado y cada bache me recordaba que el coño seguía latiendo. No saqué el papel hasta estar sentada en mi cama, con la luz apagada. Guardé el número en el móvil bajo un nombre que no era ninguno, porque no sabía cómo se llamaba y porque, en el fondo, prefería no saberlo.

Le escribí dos palabras: «La próxima.»

No hubo respuesta. Solo la confirmación de lectura, una línea pequeña y silenciosa al pie del mensaje. Y eso, esa noche, fue más que suficiente para mantenerme despierta mucho rato, con la mano metida entre las piernas, imaginando todas las películas que aún no había visto.

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Comentarios(7)

NocturnaR

Que bueno encontrar relatos con protagonistas de esta edad! Sigue escribiendo asi!!

LectoNocturno

Por favor que haya una segunda parte, me quede con ganas de saber mas

Marcos_B

Me recordo algo que me paso hace anos jajaja que tiempos. Muy bueno

Valentina_85

Me encanto como lo escribiste, se siente autentico, nada exagerado. Muy buena pluma.

Pablillo33

el cine nunca mas va a ser igual jajajaj tremendo relato

SilviaCba

Es autobiografico o ficcion? porque se siente muy real lo que contas

RubenCBA22

El arranque con el reposabrazos me engancho de entrada. Bien narrado, de verdad.

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