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Relatos Ardientes

El hombre maduro que me pagaba por mi ropa interior

Todo había empezado por un anuncio que ni siquiera pensé contestar. Una de esas páginas donde la gente vende cosas que no usa, y donde un mensaje en la madrugada me ofreció más dinero del que ganaba en una semana por algo que yo daba por sentado todos los días. A mis veintiséis años creía que esas cosas solo le pasaban a otras. Resultó que también me pasaban a mí, y que me gustaban mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Se llamaba Ernesto. Tendría unos cuarenta y tantos, el pelo entrecano peinado hacia atrás y unas manos grandes que yo no podía dejar de mirar cuando nos vimos la primera vez. Fue de día, en la terraza de un café medio vacío. Le entregué una bolsa pequeña con una tanga doblada y él me entregó un sobre, como si cerráramos un trato de oficina. No hubo más que eso. Pero al volver a casa esa tarde caminé distinta, sintiendo el roce de la tela contra mi piel con cada paso, pensando en él más de lo que quería.

Esa noche no pude dormir bien. Me descubrí repasando cada detalle de él: la forma pausada en que hablaba, como si tuviera todo el tiempo del mundo, el modo en que sus ojos se habían quedado un segundo de más en mi escote antes de subir hasta mi cara. No era un hombre guapo en el sentido obvio. Era algo distinto, una seguridad de hombre mayor que ya no necesita demostrarle nada a nadie, y esa seguridad me desarmaba. Me metí la mano bajo el pantalón del pijama esa madrugada, pensando en él, y me corrí mordiendo la almohada para no despertar a nadie, con los dedos empapados de mi propio jugo y la imagen de sus manos ásperas metida entre las piernas. Me pasé los días siguientes inventando excusas para no admitir que esperaba su mensaje.

Dos semanas después volvió a escribirme.

—¿Me darías otra? —preguntó, y luego, tras una pausa que pude sentir aunque fuera solo texto—: Esta vez de noche, si te animas.

Si me animaba. Como si hubiera algo que decidir.

Esa noche me arreglé distinto. Me puse una falda larga, ligera, muy diferente al jean ajustado del primer encuentro, y arriba una blusa corta que dejaba ver el ombligo. Nada debajo. Quería que lo notara, quería que su mirada se quedara enganchada en mí sin que yo tuviera que decir una palabra. Pero soy cuidadosa, y antes de salir me puse unas pezoneras adhesivas para que en el camino nadie adivinara que iba sin sostén. Solo cuando estaba a un par de cuadras de él, en la penumbra de una calle tranquila, me las quité y las guardé en el bolso. Bajo la falda tampoco llevaba tanga: quería llegar a él con el coño desnudo bajo la tela, sintiendo el aire fresco subiéndome por los muslos con cada paso.

Llegué con el corazón golpeándome el pecho. Él estaba apoyado contra su auto, esperándome, y al verme sonrió de un modo que no era amable. Era la sonrisa de alguien que sabe exactamente lo que tiene delante.

—Estás preciosa —dijo, y la palabra sonó casi como una advertencia.

Repetimos el ritual. Yo le entregué la prenda, él me entregó el dinero. Pero esta vez no se apartó. Se quedó mirándome, sopesando algo, y cuando habló su voz había bajado un tono.

—Te propongo algo. Si me dejas tocarte, te doy el doble.

No especificó dónde. No hizo falta. Yo sabía perfectamente a qué se refería, y el calor que me subió por el cuello no tenía nada que ver con la vergüenza.

—De acuerdo —dije, y me sorprendió lo firme que sonó mi propia voz.

No era por el dinero. Quiero ser honesta, aunque cueste. El dinero era una excusa, un permiso que me daba a mí misma. Lo que de verdad me encendía era esa otra cosa: sentirme como una puta a la que un hombre pagaba por meterle mano, por manosearla como si yo fuera algo que se podía comprar por una noche. Esa idea, que de día me habría dado pudor, de noche me derretía el coño hasta empaparme los muslos.

Nos metimos en el auto, en la oscuridad de la calle. Él subió una mano despacio, por encima de la blusa, y luego, con paciencia, la coló debajo. Cuando su palma cubrió mi pecho contuve la respiración. Tenía la piel áspera, encallecida, la mano de un hombre que había trabajado con ella toda la vida, y ese contraste contra lo blando de mi teta me arrancó un gemido que no pude tragar.

—Suave —murmuró, más para sí mismo que para mí.

Apretó, sin prisa, midiéndome, pellizcándome el pezón entre el índice y el pulgar hasta ponérmelo duro como una piedra, y yo sentí cómo cada apretón viajaba directo al coño. Me arqueé en el asiento sin querer, y él se dio cuenta. Entonces la otra mano bajó, subió por debajo de la falda, y sus dedos ásperos se encontraron con mi coño desnudo, sin nada que se interpusiera.

—Puta —murmuró, con una sonrisa lenta—. Vienes sin bragas.

—Sí —jadeé.

Metió un dedo. Solo uno, hasta el fondo, muy despacio, y yo sentí cómo se abría paso entre mis pliegues empapados, cómo mi coño lo apretaba sin que yo se lo ordenara. Lo sacó, lo miró brillando bajo la luz débil de la calle, y se lo llevó a la boca.

—Chorreas —dijo, chupándose el dedo entero—. Estás chorreando por un desconocido en un coche.

Me quemaba la cara de humillación y de gusto, todo a la vez. Volvió a meter la mano, ahora dos dedos, y empezó a bombearlos dentro de mí con el pulgar rozándome el clítoris en círculos lentos. Yo abrí más las piernas, hundiéndome en el asiento, sin quitarle los ojos del bulto que se le marcaba en el pantalón. Se le tensaba la mandíbula. Saberme la causa de eso me excitó más que sus propios dedos moviéndose dentro de mí.

—Córrete —me ordenó, sin subir la voz—. Córrete en mi mano y vete a casa.

Y me corrí. Rápido, sucio, con los dientes clavados en el labio para no gritar dentro del coche, apretándole los dedos con el coño mientras las piernas me temblaban solas. Él siguió moviéndolos hasta que se me escapó un gemido de más y le tuve que apartar la mano.

Podríamos habernos quedado horas así. Pero yo tenía que volver, había una vida ordinaria esperándome al otro lado de esa calle, y cuando me bajé del auto las piernas me temblaban de verdad. Caminé hasta la esquina con la respiración entrecortada, con el coño palpitándome todavía, sintiéndome usada y poderosa al mismo tiempo, sin saber muy bien cómo era posible sentir las dos cosas a la vez.

Esa misma noche, ya en mi cama, llegó su mensaje.

—Mañana. Déjame probarlas.

No dudé ni un segundo en responder que sí.

***

Pasé el día siguiente con la cabeza en otra parte. En el trabajo me equivocaba en cosas tontas, releía el mismo correo tres veces sin entenderlo, miraba el reloj cada media hora. Por dentro solo pensaba en una cosa: en cómo iba a presentarme esa noche.

Quería que me viera como a la puta más descarada que hubiera tenido jamás. Quería darle algo que recordara. Así que me armé con cuidado, como quien prepara una trampa. Por fuera, ropa de calle, un vestido sencillo, una chaqueta liviana, nada que llamara la atención. Debajo, un body de red negra que dejaba adivinar todo, con los pezones marcándose oscuros a través de los agujeros, y una tanga roja que era casi una provocación en sí misma, tan fina que apenas me tapaba la raja. Me miré al espejo antes de salir y por un instante no me reconocí. Me gustó esa desconocida.

Ernesto me había dado la dirección de un departamento. Subí en un ascensor estrecho repasando mentalmente lo que iba a pasar, y para cuando toqué el timbre ya estaba húmeda, con la tanga pegada al coño, lista, impaciente.

Abrió en camisa, con el cuello desabotonado. Me miró de arriba abajo, todavía vestida, y cuando le dejé ver lo que llevaba debajo —me quité la chaqueta despacio, dejé caer el vestido al suelo— soltó el aire por la boca como si le hubiera dado un golpe.

—Mírate —dijo—. Pareces hecha para esto.

—¿Para qué? —pregunté, jugando, porque ya sabía la respuesta.

—Para volver loco a un viejo como yo. Para que te folle un viejo como yo.

—Eso no estaba en el trato —susurré, mordiéndome el labio.

—Ya veremos qué está en el trato.

Me llevó al sillón y se recostó. Al principio fue casi tierno, casi torpe en su ansiedad: me tendió a su lado, me bajó los tirantes del body y empezó a mamarme las tetas una por una, chupándome los pezones con hambre, con los ojos cerrados, como si estuviera recuperando algo que llevaba años sin probar. Me los mordisqueaba, los soltaba con un chasquido, volvía a metérselos en la boca enteros. Yo le sostenía la cabeza, le pasaba los dedos por el pelo, y sentía cada tirón de su boca como una corriente que me bajaba directo al coño. Echaba la cabeza hacia atrás y dejaba que el placer me recorriera entera.

—Así —susurré—. No pares. Chúpamelas fuerte.

Y me las chupó fuerte, hasta dejármelas rojas, hasta que yo estaba empujando la pelvis contra el aire buscando algo, cualquier cosa, que me llenara. Me metió una mano entre las piernas, corrió la tanga a un lado y me hundió tres dedos de golpe, sin aviso. Grité. Se me escapó, no pude contenerlo.

—Cállate —dijo, sonriendo contra mi teta—. Y déjame ver cómo mojas.

Empezó a follarme con la mano mientras seguía succionándome los pezones, y yo empapé el sillón, empapé su muñeca, empapé todo. Se apartó, se quitó la camisa, y me pidió con un gesto que le sacara los pantalones. Los desabroché con dedos torpes. Cuando la polla saltó libre casi se me escapó un jadeo: gruesa, roja, con una vena marcada corriéndole por el lomo, la punta ya brillante de líquido. Más grande de lo que me había imaginado.

—Chúpamela —dijo, poniéndomela contra los labios—. Que quiero verte con esa boquita llena.

Me la metí entera hasta donde me dio la garganta. La chupé despacio primero, saboreándola, pasándole la lengua por la punta y por debajo, por esa vena, por los huevos. Él me agarró del pelo, me guio, empezó a marcarme un ritmo, follándome la boca sin brutalidad pero sin pedir permiso. Yo dejaba que me lo hiciera. Me caía saliva por la barbilla, se me llenaban los ojos de agua, y no me importaba nada. Le miraba desde abajo y él me miraba desde arriba con esa sonrisa torcida.

—Buena chica —murmuraba—. Qué buena chica.

Cuando me soltó la cabeza yo estaba jadeando y él tenía la polla brillándole entera de mi saliva. Con esas manos enormes me tomó de la cintura y me subió encima de él, a horcajadas, mis piernas abiertas a cada lado de su cuerpo, yo sentada de frente sobre su regazo. A través de la red negra y de la tanga corrida yo lo sentía duro, caliente, palpitándome debajo, y empecé a frotarme contra él sin pensarlo, buscando el roce, persiguiendo ese punto exacto donde la presión se volvía insoportable de tan buena. La punta de su polla me resbalaba entre los labios del coño, me golpeaba el clítoris, me amenazaba con entrar sin llegar a hacerlo nunca.

—Quítamela —le pedí, con la voz quebrada, tirándome de la tanga.

Lo hizo. Me la arrancó de un tirón, literalmente, con un ruido de tela rompiéndose que me disparó otro latigazo entre las piernas. Y seguí frotándome, ahora piel contra piel, su dureza deslizándose entre mis muslos empapados sin entrar nunca, la punta empujando en la entrada, retirándose, empujando otra vez. Esa era la parte que más me enloquecía, lo confieso: que no hubiera penetración de verdad. Que nos quedáramos justo en el borde, en esa frontera donde todo es promesa y nada es todavía. Lo prohibido no estaba en el acto, estaba en lo que decidíamos no hacer.

—No vamos a llegar más lejos —dijo él, leyéndome el pensamiento, con una sonrisa torcida, agarrándome de las caderas para frenarme cuando yo bajaba demasiado—. ¿Verdad que no quieres?

—No —mentí a medias, y la mentira fue parte del placer.

—Dilo. Di que no quieres que te la meta.

—No quiero que me la metas —jadeé, moviendo las caderas contra él como una loca, resbalándome sobre esa polla dura sin dejar que me penetrara—. No.

—Buena chica.

Se incorporó un poco y empezó a deslizarse contra mí de otra forma, hacia arriba, pasando su verga entre mis pechos. Yo me quité el body por completo y me los junté con las manos para él, los apreté uno contra otro formándole un hueco tibio, y lo dejé follarme las tetas a su gusto. Él escupió entre mis pechos para lubricarlo mejor, y la polla empezó a resbalar arriba y abajo, la punta asomándome bajo la barbilla en cada embestida. Yo sacaba la lengua para lamerla cada vez que subía, chupándole la punta con un beso rápido antes de que volviera a bajar. Lo miraba a la cara mientras lo hacía: la mandíbula apretada, la frente perlada, los ojos clavados en mí con una mezcla de gratitud y de algo más oscuro. Verlo deshacerse así, un hombre que de día seguramente parecía respetable e inalcanzable, era el verdadero premio de la noche.

—Me vas a hacer terminar —jadeó—. Me vas a hacer correrme, puta.

—Hazlo —le dije, sacando la lengua otra vez, apretándole las tetas más fuerte alrededor de su polla—. Quiero verlo. Córrete encima de mí.

—¿Dónde la quieres?

—En la cara. En las tetas. Donde quieras.

Y se corrió. Terminó ahí, sobre mí, con un gemido ronco que pareció salirle del fondo del pecho, agarrándose la polla y descargándome chorro tras chorro de semen espeso encima. Me llegó al cuello, a la barbilla, entre los pechos, uno hasta la boca abierta. Sentí el sabor salado en la lengua y me lo tragué sin pensarlo, mirándolo a los ojos. Él soltó un jadeo más ronco al verme hacerlo, y me pasó el pulgar por el labio, recogiendo lo que me quedaba, metiéndomelo en la boca para que se lo chupara también. Me lo chupé.

Con la mano libre bajó, me buscó el clítoris entre los pliegues resbaladizos y me lo frotó con el pulgar, en círculos rápidos, sin darme respiro.

—Ahora tú —dijo—. Córrete para mí. Córrete con mi leche por toda la cara.

Me corrí. Otra vez. Cabalgándole la mano, con su semen goteándome por el pecho, temblando entera sobre él, con la cara ardiendo y la boca abierta soltando gemidos que no me molesté en callar. Me derrumbé encima suyo cuando terminé, pegajosa y jadeante, sintiendo su polla todavía dura latiéndome contra el vientre.

No hubo besos en toda la noche. Ni uno. Y esa ausencia, lejos de enfriarme, lo volvía todo más íntimo y más sucio a la vez, como si los besos fueran lo único demasiado personal para nosotros dos.

Después nos quedamos un rato en silencio, él recuperando el aliento, yo sentada en el borde del sillón sintiendo cómo el corazón volvía despacio a su ritmo. Me limpié con una toalla que él me alcanzó, y me vestí sin prisa, consciente de su mirada en mi espalda mientras me subía el vestido sobre las tetas todavía enrojecidas.

—No te imaginas lo que me has dado —dijo en la puerta.

—Creo que sí me lo imagino —respondí, y me fui sin mirar atrás, con la tanga rota guardada en el bolso y el coño palpitándome todavía debajo del vestido.

***

De eso ya hace un mes. Por una de esas casualidades del destino —un viaje suyo, un cambio en mis horarios, la vida que se mete donde no la llaman— no hemos vuelto a coincidir. A veces me digo que mejor así, que fue una locura, que esa desconocida que vi en el espejo no soy yo de verdad.

Pero todas las noches me meto la mano entre las piernas antes de dormir y me corro pensando en él, en su polla resbalándome entre las tetas, en sus dedos ásperos abriéndome el coño en aquel coche, en su semen caliente cayéndome en la boca. Reviso el teléfono después, esperando ver su nombre en la pantalla. Pienso en sus manos ásperas, en su boca tibia mamándome los pezones, en esa frontera que decidimos no cruzar y que por eso mismo se quedó grabada en mí más que cualquier otra cosa. Y cuando llegue ese mensaje, porque sé que va a llegar, ya tengo decidido qué ponerme. Un baby doll rojo, esta vez, sin nada debajo. Algo nuevo para él, algo que todavía no ha visto. Y esta vez, me digo, esta vez sí voy a dejar que me la meta hasta el fondo.

Lo guardo doblado en el cajón, esperando. Igual que yo.

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Comentarios(7)

tomis_rdz

que relato!!! me enganche desde la primera linea, no pude parar.

FernandoBA_83

Por favor que haya segunda parte, se corto justo cuando se ponia bueno.

LauraNorte

¿Es una historia real? Se siente muy autentica, eso es lo que mas me gusto.

roxana_nn

Me recordo a una situacion que vivi hace tiempo jaja, esas cosas pasan mas de lo que la gente cree. Bien escrito!

Clarita33

excelente!! muy buen relato

CristianHK

Me gusta que no va directo al grano sino que va construyendo la tension de a poco. Se disfruta mucho mas asi. Esperando el proximo con ganas!

Denacho72

El tipo sabe lo que quiere jaja. Muy buen relato.

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