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Relatos Ardientes

Espié a mi madre con un hombre mucho más joven

Para entender lo que pasó esa noche primero tengo que hablar de Marisol, una amiga de la infancia de mi madre. Crecieron juntas en el mismo barrio, iban a todos lados de la mano y eran inseparables, hasta que Marisol dejó la escuela siendo muy joven porque se quedó embarazada de un albañil que vivía a la vuelta de su casa. Sus padres, escandalizados, la mandaron a vivir con aquel hombre, y mi madre la perdió de vista durante años.

Se reencontraron por casualidad en un mercado, mucho tiempo después. Para entonces Marisol ya se había separado del padre de su hijo y rehecho su vida con un señor bastante mayor que ella. Mi madre me lo contaba con una mezcla de ternura y nostalgia, como quien repasa una vida paralela a la suya.

Y es que su historia se parecía a la nuestra. Mi madre me había tenido a mí siendo joven, con mi padre, un hombre veinte años mayor que la había conquistado cuando ella apenas pasaba los veinte. Pese a todo, mi madre seguía teniendo el cuerpo de siempre: cintura estrecha, caderas anchas, unas tetas grandes y firmes que llenaban cualquier vestido, y una sonrisa que hacía girar la cabeza de los hombres por la calle. Yo lo notaba, aunque entonces fingía no darme cuenta.

Aquel verano nos escapamos unos días a la costa. Mis abuelos maternos, mi madre y yo, que por entonces rondaba los veintidós y todavía vivía en casa. Un hotel sencillo frente al mar, sombrillas alquiladas y tardes largas sin nada que hacer salvo dejar que el tiempo pasara.

La primera mañana en la playa fue cuando todo empezó, aunque yo aún no lo sabía.

Pasó un tipo de unos veintisiete años caminando por la orilla. Alto, delgado, con esa seguridad de quien sabe que lo están mirando. Varias mujeres giraron la cabeza, y entre ellas mi madre, que apartó la vista enseguida con una media sonrisa. No le di importancia. Pero unos minutos más tarde una mujer cruzó frente a nosotros, mi madre soltó un grito y las dos se fundieron en un abrazo entre risas y lágrimas.

—¡No puede ser, Marisol! —decía mi madre—. ¡Después de tantos años!

Mi abuela tardó un instante en reconocerla, pero al final también la abrazó y le dijo que conservaba la misma cara de niña. Marisol se sentó con nosotros, y mientras ponían al día toda una vida en diez minutos, apareció de nuevo aquel muchacho de la orilla.

—Este es Damián, mi hijo —dijo Marisol con orgullo.

El destino tiene un humor extraño. Damián saludó con una efusividad exagerada, y yo me di cuenta enseguida de que sus ojos no se despegaban de mi madre, que llevaba un traje de baño de dos piezas que dejaba poco a la imaginación. Él se había quitado la camiseta. Tenía el abdomen marcado y los brazos cubiertos de tatuajes, y caminaba como si la playa entera fuese suya. Bajo la lycra mojada del bañador se le marcaba un bulto que ninguna de las mujeres cercanas dejó de notar, mi madre incluida.

Las dos amigas se quedaron conversando largo rato mientras Damián se metía al agua. Y ahí noté algo que me incomodó sin saber bien por qué: mi madre no dejaba de buscarlo con la mirada. Cada vez que él salía del mar, escurriendo agua y pasándose la mano por el pelo, ella lo observaba un segundo de más. No era la única, todas las mujeres de la playa lo seguían con los ojos. Pero mi madre lo hacía de una manera distinta, más callada, más atenta, con la lengua asomándose apenas por la comisura de los labios.

Como si el azar hubiera decidido juntarlos a la fuerza, resultó que Marisol y su familia se hospedaban en el mismo hotel que nosotros. Quedaron en cenar juntos esa noche para que conociéramos al marido de ella.

—Así nos ponemos al día con calma —dijo Marisol—. Tenemos cuarenta años de chismes pendientes.

Mi madre se rió con una soltura que hacía mucho no le veía.

***

El restaurante quedaba a unos pasos del hotel. Mi madre bajó con un vestido corto y veraniego que se ajustaba a su silueta y resaltaba el escote hasta casi mostrar los pezones cada vez que se inclinaba. Los demás fuimos vestidos como cualquiera, salvo Damián, que llegó con una bermuda y una camisa abierta que dejaba ver el pecho. No hacía falta ser muy observador para notar que se había arreglado pensando en alguien.

La cena fue agradable. Conversamos, reímos, brindamos. El marido de Marisol contaba anécdotas viejas y mi abuela se desternillaba. Pero por debajo del mantel, en el aire, había otra conversación que nadie nombraba: la de las miradas que cruzaban mi madre y Damián cada vez que creían que nadie los veía. Una sonrisa de él, una respuesta demasiado rápida de ella, un roce de copas que duró un instante de más. En un momento vi la mano de Damián desaparecer bajo el mantel y a mi madre dar un pequeño respingo, morderse el labio y seguir hablando como si nada, mientras un rubor le subía por el cuello.

Yo lo notaba todo y no decía nada. Son imaginaciones mías, me repetía. Mi madre era una mujer seria, y aquel chico tenía edad para ser otra cosa muy distinta de lo que mi cabeza empezaba a sospechar.

La familia de Marisol estaba alojada un piso por debajo del nuestro. Cuando nos despedimos en el ascensor, Damián le dio dos besos a mi madre que se demoraron un segundo más de lo normal, casi rozándole la comisura. Ella bajó la mirada. Yo aparté la mía.

***

En nuestra planta cada uno tenía su propia habitación, aunque mi madre y yo compartíamos el baño que las comunicaba. Me dormí enseguida, agotado por el sol y el vino. Pero pasada la medianoche me despertó un ruido apagado, pasos, una puerta que se cerraba con cuidado.

Me levanté pensando que algo iba mal. Al salir al pasillo me crucé con una sombra: Damián, descalzo, en ropa interior, entrando al baño compartido. El bóxer le marcaba una polla larga y gruesa que se le adivinaba semierecta, tensando la tela hacia el costado del muslo, y aun así mi mente todavía inocente buscó una explicación absurda. Quizá el baño de su planta está ocupado, pensé. Quizá se equivocó de puerta.

Me acerqué solo para avisarle que ese baño era el nuestro. Y entonces, por la rendija de la puerta entornada, lo vi todo.

Mi madre estaba con él, bajo el agua de la ducha, completamente desnuda. Sus tetas grandes rebotaban ligeras cada vez que ella se movía, con los pezones erguidos y morados por el calor del agua, y entre sus muslos abiertos se veía un coño depilado que brillaba bajo la luz amarilla del baño. Se besaban con una intensidad que no parecía improvisada, sino largamente esperada; ella le mordía el labio inferior y él le metía la lengua hasta el fondo de la boca mientras le apretaba una nalga con cada mano. Las manos de ambos recorrían cuerpos que ya se conocían, la regadera caía sobre ellos y el vapor empañaba el cristal. Era la primera vez que veía a mi madre así, sin nada encima, y me quedé clavado en el sitio, incapaz de moverme, con el corazón golpeándome el pecho.

Sabía que tenía que irme. Una parte de mí gritaba que me apartara de esa puerta y volviera a la cama y olvidara lo que estaba viendo. Pero no me moví. Me quedé ahí, conteniendo la respiración, espiando algo que no me correspondía.

Damián le bajó la boca al cuello y de ahí a las tetas. Le chupó un pezón, luego el otro, tirando con los dientes hasta que mi madre le clavó las uñas en la nuca y soltó un jadeo ronco. Después le fue mordiendo el vientre hacia abajo, arrodillándose lento entre sus piernas mientras el agua le corría por la espalda. Le abrió los muslos con las dos manos y le hundió la cara en el coño sin ningún preámbulo. Vi la lengua de él lamiéndole el clítoris, larga y aplicada, subiendo y bajando por los labios abiertos, y a mi madre echar la cabeza hacia atrás y agarrarse del toallero con una mano mientras con la otra le empujaba la cabeza contra su sexo.

—Así, así, no pares… —la oí susurrar entre dientes, y esa voz, la voz de mi madre pidiendo que se lo comieran, me revolvió por dentro de una forma que me costó reconocer.

Me di cuenta, con una mezcla de culpa y excitación, de que se me había puesto durísima. La polla me latía dentro del bóxer, tirante contra la tela, y sin pensarlo la saqué y empecé a acariciármela despacio, mirando cómo aquel tipo se cebaba con el coño de mi madre.

Quise odiarme por sentirlo. No pude.

Damián le metió dos dedos y siguió chupándola, y mi madre empezó a menear las caderas contra su boca, cada vez más rápido, mordiéndose el labio para no gritar. Le vi la cara reflejada en el espejo empañado: los ojos entornados, la boca abierta, esa expresión de hembra a punto de correrse que yo no había imaginado nunca en ella. Se corrió apretándole la cabeza a él con los dos muslos, sacudiéndose, tapándose la boca con el dorso de la mano para que no se le escapara el gemido largo que se le vino de dentro.

Después fue ella la que se arrodilló. Le bajó el bóxer que él aún tenía puesto y la polla de Damián saltó dura, gruesa, con el glande hinchado y brillante, y mi madre se la quedó mirando un segundo antes de agarrársela con las dos manos y metérsela en la boca de una sola vez. La chupó hasta el fondo, con los ojos cerrados, con esa entrega de las que saben lo que hacen, sacándosela despacio y volviéndosela a tragar. La lamió toda, desde los cojones hasta la punta, jugueteó con la lengua alrededor del glande, y volvió a metérsela hasta que él le puso una mano en la nuca y empezó a marcarle el ritmo, empujándole la cara contra su ingle una y otra vez. Ella se dejó, con la saliva y el agua chorreándole por la barbilla hasta las tetas.

Yo seguía detrás de la puerta, con la mano cerrada sobre la polla, meneándomela al ritmo de lo que veía sin atreverme a hacer el menor ruido. La vergüenza y el deseo se mezclaban hasta volverse una sola cosa. Era mi madre. Era lo más prohibido que podía imaginar. Y no lograba apartar la vista.

Damián la levantó con una facilidad asombrosa, sujetándola por el culo, y ella le rodeó la cintura con las piernas. Vi cómo él, sin dejar de sostenerla, se la clavaba de una embestida honda; a mi madre se le escapó un grito ahogado y le hundió las uñas en los hombros. Él empezó a follársela así, colgada de él, hundiéndosela hasta el fondo con cada empujón. El choque de sus cuerpos bajo el agua llenaba el baño de un sonido húmedo y rítmico, plas, plas, plas, mezclado con la respiración entrecortada de los dos.

—Qué rico… más… más fuerte… —le pedía mi madre al oído, y él le mordía el cuello y se la metía más adentro cada vez.

La apoyó contra los azulejos y siguió embistiéndola contra la pared, cada vez más brutal. Mi madre había perdido cualquier compostura, tenía la boca abierta, los ojos entornados y las tetas rebotando con cada empellón. Se buscaban la boca a medias, entre jadeos, y él le susurraba cosas al oído que la hacían gemir aún más fuerte, cosas de las que solo entendí «así te gusta, puta».

Después la bajó, la giró contra los azulejos, le apoyó las manos en la pared y le abrió las piernas de una patadita suave. La penetró por detrás, sujetándola por las caderas, y empezó a hundírsela con ese ritmo tranquilo y profundo que se toman los que saben que la mujer que tienen delante ya no les va a decir que no. Le agarraba las tetas por debajo, le retorcía los pezones, le mordía la nuca. Mi madre apoyaba la mejilla contra los azulejos, con los ojos cerrados, murmurando obscenidades que yo nunca había oído salir de sus labios.

—Dámelo todo, córrete adentro, dámelo…

Yo estaba a punto. Me apreté la polla más fuerte, mordiéndome el antebrazo para no gemir, y me corrí a chorros contra el marco de la puerta, temblando entero, mientras veía cómo aquel tipo aceleraba las embestidas y sus cojones chocaban contra el coño de mi madre. Damián soltó un gruñido bajo, la agarró de las caderas con las dos manos y se hundió hasta el fondo con dos, tres embestidas duras antes de quedarse quieto, apretando los dientes, corriéndosele dentro con la cara pegada a su nuca. Mi madre soltó otro gemido largo y bajó una mano para restregarse el clítoris mientras notaba cómo se le llenaba, y se corrió otra vez, temblando contra la pared, con él todavía dentro.

Cuando por fin pararon, los oí reírse bajito mientras se enjabonaban el uno al otro, cómplices, como dos adolescentes que acabaran de salirse con la suya. Ella le pasaba las manos enjabonadas por el pecho y le bajaba a acariciarle la polla todavía dura, y él le enjabonaba las tetas con una lentitud descarada. Mi madre le dijo algo al oído y él soltó una carcajada que tuvo que tapar con la mano.

Volví corriendo a mi cuarto y me quedé pegado a la puerta, escuchando. Damián salió primero, con la ropa al hombro, terminando de vestirse en el pasillo. Mi madre se asomó apenas cubierta con una toalla, con las tetas medio al aire y el pelo mojado pegado a los hombros, para despedirlo, y el beso que se dieron fue largo, lento, con lengua, de los que no se dan por casualidad. Vi cómo él le metía la mano por debajo de la toalla y le apretaba una nalga una última vez.

—Mañana —le oí susurrar a él antes de irse.

—Mañana —repitió ella.

***

Al día siguiente no dije absolutamente nada. Ni una palabra, ni una mirada que me delatara. Desayunamos los cuatro como si el mundo siguiera intacto, y cuando Marisol y Damián aparecieron por la tarde para acompañarnos un rato, fingí una normalidad que estaba lejos de sentir.

Esa tarde mis abuelos salieron con otros conocidos. Mi madre dijo que estaba «cansada» y prefería quedarse en el hotel. Yo me inventé una excusa y salí también, porque no soportaba la idea de quedarme cerca y no saber.

Volvimos a casa al final del fin de semana. Mi madre y Marisol se despidieron prometiéndose un nuevo encuentro, abrazadas, con los ojos brillantes. Nunca supe si aquella promesa se cumplió, si volvieron a verse, si Damián y mi madre encontraron otra noche como aquella.

Lo que sí sé es que nunca volví a mirar a mi madre de la misma manera. Y que cada vez que recuerdo el sonido del agua cayendo en aquella ducha, y los gemidos de ella pidiéndole a Damián que se la metiera más fuerte, todavía siento la misma mezcla de culpa y excitación que me clavó al otro lado de la puerta con la polla en la mano.

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Comentarios(7)

Gaston_RLP

Buenisimo, me saque la gorra. Sigue subiendo relatos asi!

LauraRosario22

Quede con ganas de mas, por favor una segunda parte. Me dejo temblando jajaja

CuriosoNight

Me recordó algo parecido que me pasó de adolescente, aunque en mi caso no llegué a ver tanto jaja. Bien narrado.

Marcos_1985

Increible relato, se siente muy real. La tension de esa escena se percibe en cada parrafo

nochequemada

Y despues que paso?? la historia justo corta donde mas intriga genera, cruel jajaja

VeroMzaXX

Excelente!!!

ElPintor82

Muy buen relato, lo lei de un tiron. Esos momentos inesperados que te cambian la perspectiva de todo... bien descripto.

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