La esposa madura que su marido me presentó esa noche
Después de una temporada larga trabajando en el sudeste asiático, demasiadas horas y un virus estomacal que no quería soltarme, regresé a España con una sola idea fija: recuperar mi vida. Antes de volver a casa tenía que pasar unos días en Barcelona para cerrar gestiones que no podían esperar. Quise alojarme en el hotel de siempre, pero estaba lleno, y como había quedado con mi hermano Leo, el conserje me consiguió una habitación en otro sitio que, para mi sorpresa, resultó una maravilla.
Llegué, me di una ducha y me tiré un momento sobre la cama. Desperté con la luz entrando por el ventanal a la mañana siguiente. Llevaba meses sin dormir así. Acudí a mi primera reunión, que me ocupó casi toda la mañana, y de ahí salimos a comer porque no hubo forma de rechazar la invitación. Éramos seis, todos hombres, dos de la ciudad y el resto de fuera, aunque yo hubiera nacido a media hora de allí.
Sobre las cinco terminamos. Había hecho buenas migas con uno de los asistentes, Rubén: rondaría los cuarenta y siete, la cabeza afeitada, los ojos oscuros, delgado y con pinta de atleta. Buena conversación, simpático, agradable. Solo había algo en él que no sabía nombrar y que me desconcertaba. Lo achaqué a mis tres meses de viaje y a las ganas que tenía de volver a sentirme persona.
Propuse irme paseando hasta el hotel y Rubén preguntó si el suyo le quedaba muy lejos del mío. Le pillaba de camino, así que fuimos andando. Le iba contando cosas de la ciudad, le señalé una cafetería que, según mi paladar, servía el mejor café de Barcelona. Me preguntó cómo sabía tanto y le dije que era de allí. Al llegar a su hotel insistió en que tomáramos algo, y por no hacerle un desaire acepté.
Nos sentamos en la cafetería del vestíbulo. En cuanto pedimos, Rubén sacó el móvil y tecleó algo rápido, apenas unos segundos. Seguíamos hablando cuando vi entrar a una mujer que se detuvo de golpe, abrió el bolso, sacó el teléfono y se apartó un poco para hablar. No suelo opinar en voz alta sobre el físico de una mujer, y si lo hago es con mucha confianza y mucha mesura.
Pero esta lo merecía. Metro sesenta y tres, melena castaña con reflejos más claros, cintura estrecha y unas caderas que dibujaban un culo en forma de reloj de arena. Llevaba un suéter ajustado color verde esmeralda, vaqueros muy ceñidos y botas cortas. Era de las que no pueden quedarse quietas mientras hablan, y cada movimiento me regalaba un detalle nuevo de aquella figura.
Rubén se removió en la silla. Cambió de tema de forma brusca y empezó a opinar sobre las mujeres de la cafetería. También se metió en lo personal: me contó que llevaba muchos años casado y que tenía hijos. Luego me preguntó si yo había estado casado, si tenía pareja. Para zanjarlo le respondí.
—No y no. Nunca me casé. Tuve cerca a la mujer ideal, pero no era el momento y fui bastante idiota. Con eso te he contestado todo.
Pareció dejarlo fuera de combate, pero no se rindió. Después de tantear mi opinión sobre varias mujeres, me preguntó por la que hablaba por teléfono. Con la excusa pude mirarla con descaro, y si su físico me gustaba, más me gustó su sonrisa. Sus gestos me recordaban a Mónica Bellucci, pero lo mejor era ese aire de misterio, la elegancia, el porte. Todo lo que transmitía sin proponérselo.
—Está bien la mujer —dije, midiéndome.
—¿Solo bien? —preguntó, extrañado.
—Atrae la atención. Y me recuerda muchísimo a una actriz. Búscala: Mónica Bellucci.
—Qué tío más raro eres. Se ve a una mujer y se sabe si está buena, y esa está buenísima.
—Para gustos, colores. Pero sí, está muy bien. ¿Satisfecho?
En ese instante la mujer miró hacia nosotros, dobló el brazo y movió los dedos en un saludo. Yo estaba seguro de no conocerla y ya pensaba cómo quitarme a Rubén de encima para acercarme a ella, cuando vi que él respondía al saludo. Me quedé sin palabras al oírle decir que era su esposa. Lo dijo con un orgullo raro, los ojos encendidos como faros, y entendí de golpe lo que me desconcertaba: Rubén era de esos hombres a los que les gusta que miren a su mujer, que la deseen, que fantaseen con ella delante de él.
Ella llegó, le dio un beso y él me la presentó. Se llamaba Renata. De cerca era todavía mejor: los ojos castaños claros, la sonrisa espectacular, una presencia que llenaba la mesa. Se notaba decidida, pero con el freno de mano echado. Si Rubén era transparente como el agua, ella resultaba inexpugnable. Debía andar con cuidado, no fuera que mi abstinencia me jugara una mala pasada.
Me llegó un mensaje de Leo avisando de que se retrasaría. Mientras tanto observé a Renata con discreción. Estaba firme y segura, pero nerviosa, y yo no había dicho ni hecho nada que justificara esos nervios. Salvo que, dentro de mi conjetura, su marido le hubiera prometido que algún día le llevaría a otro hombre, y ella pensara que ese día había llegado sin avisarla, sin estar arreglada para la ocasión.
Era menudita, pero impecable. Nos reíamos y nos fuimos soltando. Rubén dejó de intervenir poco a poco, hasta que la conversación quedó en un mano a mano entre ella y yo. Como Leo seguía retrasado, los invité a cenar y a tomar una copa. La primera en saltar fue Renata.
—No, no, imposible cenar. Una copa sí.
Se había puesto nerviosa, quizá por querer arreglarse, porque no se veía bien. Me pareció perfecto: así me quitaba el traje de encima e iba más cómodo.
—Yo subo a la habitación —dijo levantándose— y vosotros os ponéis de acuerdo en la hora y el sitio.
Se marchó moviendo las caderas con un ritmo que daban ganas de seguirla. Cuando nos quedamos solos, decidí no andarme con rodeos, aunque tampoco ser brusco.
—¿Sigues pensando eso de gustos y colores? —me preguntó Rubén.
—La verdad, no.
—¿Y ahora qué dices?
—Que esta noche deberías dejar que disfrute de la belleza con la que estás casado.
Le encantó. Vi cómo se le encendía la cara.
—¿A qué te refieres? —preguntó, con voz nerviosa pero excitada.
—Está claro. Esta noche pienso acostarme con Renata. Algo que me da que tú deseas.
Me miró fijamente, y en su rostro se mezclaron la sorpresa, la excitación y el alivio de saberse descubierto.
—¿Me estás insinuando que… esta noche?
—No lo insinúo. Es lo que estás pensando y deseando. Pero esta noche también será para ella. El único término es que tu mujer tenga los orgasmos más increíbles de su vida. Tú y yo somos secundarios. Primero ella, luego ella.
—Veo que no es tu primera vez en esto. ¿Y ahora qué?
—Ahora subes, le dices que me la quiero llevar, o que te gustaría ver cómo me pone cachondo. Ella dirá que no le gusto, o que no estoy mal. Luego, después de arreglarse, se pondrá lencería bonita y buscará en la maleta lo más provocativo, esperando que tú se lo aconsejes.
—¿Tan seguro estás?
—Si me equivoco, me equivoqué. Pero si no, que se ponga algo corto. Y sin sujetador, que tiene un pecho demasiado bonito para llevarlo comprimido.
—Joder, tienes buen ojo —murmuró—. A pesar de haber sido madre.
Me levanté y di la conversación por terminada. Quería dejarlo caliente, sin darle margen a poner condiciones como hacen los primerizos. Volví a mi hotel, comí algo rápido y llamé a un amigo de toda la vida, dueño de un club selecto donde la gente lleva años intentando entrar sin conseguirlo. Se alegró de oírme y me prometió el reservado más discreto.
***
Cuando fui a buscarlos, los vi por el ventanal de la entrada y me cayó un jarro de agua fría: Renata llevaba un vestido que le llegaba a los tobillos. Pero al entrar y darse la vuelta, me quedé mudo. Era difícil sorprenderme, y lo logró. Por delante el vestido era una minifalda, con un escote generoso que dejaba claro que no llevaba sujetador. Más que el cuerpo, me golpeó lo que irradiaba su mirada.
—Eres la prueba de que la belleza y la elegancia van de la mano —le dije sin poder contenerme—. Y, sobre todo, eres un sueño hecho realidad.
Se puso roja, sorprendida, pero sus ojos decían que no le molestaba en absoluto. Rubén, en un descuido de ella, apretó los labios y negó con la cabeza: su mujer había dicho que no, y a la primera tontería se cogería un taxi.
El trayecto fue normal. Mi amigo nos recibió y nos llevó al reservado. Un camarero trajo champán, pero Renata pidió una cola light y yo me sumé con un mojito sin alcohol; esa noche prefería tener la cabeza despejada. Rubén sí pidió algo fuerte. Sin el chaquetón, Renata se separó un poco para mirar la pista, y Rubén me susurraba que no la enfadara, que tenía mucho carácter. Mientras él hablaba, yo tenía la vista clavada en aquel cuerpo moviéndose con la música.
—¿Qué hablabais? —preguntó ella al volverse.
—Le decía a tu marido que tus curvas y tus movimientos son la definición exacta de la tentación —respondí.
—¿Y cómo me dices eso delante de él? ¿Y si se enfada?
—Sabes igual que yo que no se va a enfadar. Míralo: tiene la cara de un hombre feliz, inquieto como un niño al que han pillado en una travesura.
Renata se rió, indecente, y le dio un beso corto a su marido.
Salimos a bailar los tres entre la gente. Nos rozábamos, nos acariciábamos con una discreción que se rompía a cada segundo, y dejé que ella notara mi erección. No la rechazó. A Rubén lo veía como un espectador atrapado en una película cuya protagonista era su esposa: celos e inseguridad por un lado, una excitación que no había anticipado por otro. Ganaba la excitación.
Al sentarnos, asomó el borde de sus medias y ella no hizo nada por taparlo. Al contrario: era una exhibición. Su mirada era un reto. Puse la mano sobre su rodilla como por accidente y sentí su escalofrío. Volvimos a la pista y mis manos recorrieron todo su cuerpo. Al regresar al reservado le di un azote firme en el culo, comprobando una dureza fuera de lo común, y me agaché a su oído.
—Qué culo más duro y apetecible.
Como no dijo nada, le di otro. Rubén oyó el ruido y preguntó qué había sido.
—Cariño, solo el eco de mis pensamientos más traviesos —contestó ella, riéndose.
Lo tenía claro: Renata no era tan dulce ni tan tímida como aparentaba. Descontrolada, era de armas tomar. Como me gustan. Después de un par de copas y de aquellos azotes aceptados, la noche había empezado de verdad.
La tensión estalló cuando nos abrazamos siguiendo la música. El contacto era intenso, ella alzaba la cara y sonreía, una sonrisa prohibida. Eché una mirada a Rubén: celos y excitación, ganando la excitación. Renata, que había llegado diciendo que se iría sola en un taxi, ya no tenía ninguna inhibición. Se arqueaba contra mí buscando la fricción, pegada hasta sentir mis intenciones.
—Coño, lo que tienes aquí —se le escapó cuando palpó mi dureza por encima del pantalón—. No sé si esto va a entrar.
Deslicé la mano bajo su vestido y ella abrió las piernas, facilitándome el camino. Cuando aparté la tela y la acaricié, un gemido profundo escapó de su boca, un sonido que vibró en el silencio del reservado. La besé, y aquel beso se convirtió en un morreo largo y sucio.
—Vamos a otro sitio —jadeó separándose—, porque vamos a acabar follando aquí en medio.
***
Justo entonces apareció Leo. Después de las presentaciones y la consabida explicación de nuestro parentesco, propuse subir a mi hotel a tomar la última. Rubén prefería el mío al suyo, donde los conocían. Pedí dos tarjetas de la habitación, como hago siempre, y le pasé una a Leo, que se fue a la suya al otro extremo del pasillo.
En la habitación, Renata salió del baño sin las botas, más pequeña, más dulce. Separó las cortinas para mirar las vistas y se apoyó en la ventana dejando el culo en pompa. Me acerqué, lo acaricié y le di un azote medido. Al levantarle el vestido descubrí que se había quitado la ropa interior. Ella se dejó hacer hasta que se apartó y se encaró con su marido.
—¿Estás completamente seguro de esto?
—Claro que sí. Te lo he dicho muchas veces, y verte la cara que se te está poniendo me lo confirma.
—Ya sabes cómo me pongo. Y que no habrá vuelta atrás.
—Lo sé perfectamente.
—Pues no hay más que hablar.
Le pidió a Rubén que la ayudara a quitarse el vestido y, una vez desnuda, le ordenó que me desnudara a mí. Él no se lo esperaba, pero ella había tomado el mando. No dejó que me quitara la ropa interior. Acarició mi pecho, me besó, y se arrodilló para liberar por fin mi erección, que saltó como un resorte.
Le decía a su marido lo mucho que la ponían las venas que se marcaban mientras me la trabajaba con la boca, lenta y profunda, sin dejar de mirarlo a él, sentado a un lado sin perder detalle. Le aparté el pelo para que Rubén lo viera todo. Era salvaje, y eso me encendía aún más, pero quería que ella gozara. La cogí en brazos como una pluma, la coloqué a cuatro patas mirando hacia su marido y bajé a lamerla. Estaba empapada. No paraba de gemir, y Rubén, incapaz de aguantarse, se desabrochó el pantalón.
—No te dé vergüenza, mírame —le decía él—. No apartes la mirada.
Renata tuvo un orgasmo repentino, sin darme tiempo a frenar. Me protegí y entré despacio, hasta el fondo, sintiendo cómo disfrutaba cada centímetro. En un giro se vio reflejada en el espejo del armario y se quedó mirándose, fascinada por su propia cara de deseo. Empecé a embestirla con fuerza, sujetándola con una mano y azotándola con la otra, mientras ella soltaba gritos de placer sin dejar de mirar a su marido entregado a sí mismo.
Le tiré del pelo hacia atrás para que Rubén le viera bien la cara. Sin que él se diera cuenta, Leo había entrado en la habitación. Ella lo vio y no dijo nada. Cuando Rubén lo notó, se puso de pie, algo ridículo, pero fue Renata quien le ordenó que se sentara y callara. Leo se desnudó en un segundo.
—En eso sí que sois hermanos —dijo ella, divertida.
Pasó de una boca a otra hasta que llamó a su marido.
—Vamos, acércate y échame una mano con estos dos.
Rubén se sumó, torpe al principio, más diestro después con los consejos de ella. Le hice una seña a Leo, que la levantó en brazos y la penetró en esa postura. Me acerqué por detrás, despacio, mientras ella gritaba que no paráramos y le pedía a su marido que se acercara a besarla. Notábamos que estaba al borde de algo que ni ella imaginaba, porque nunca le había pasado.
El orgasmo se desbordó en algo más intenso, una corrida que nos empapó a todos, seguida de varias más, una detrás de otra, hasta que pareció desmayarse. La dejamos sobre la cama, agotada, repitiéndole a su marido gracias y gracias por haberla llevado tan lejos. Le pusimos la sábana por encima y se quedó adormilada. Leo se vistió y volvió a su habitación. Rubén prefirió quedarse en la silla; yo me tumbé junto a ella y apagué la luz.
Algo me despertó de madrugada: la pareja me la estaba comiendo a dúo. Ella quería montarme sin protección y Rubén insistía en lo contrario.
—Se va a correr dentro de mí —dijo ella— y luego te toca a ti. Así era tu fantasía, y quiero que la cumplas.
Follamos hasta corrernos juntos. Después se tumbó boca arriba y Rubén cumplió su parte, y ella tuvo otra corrida brutal como las de la noche anterior.
Renata se duchó y salió ya vestida. No eran de los que se arrepienten.
—Bueno, amor, ya somos pecadores modernos. Lo malo de pecar es que ya estoy pensando cuándo repetir, porque en un hotel me siento cohibida.
Rubén y yo nos echamos a reír. Les dije que por mí no había problema y quedamos en vernos en Sevilla. Era una pareja con mucho potencial.





