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Relatos Ardientes

La asistenta que me hizo olvidar a las chicas de mi edad

El calor de agosto caía a plomo sobre la piscina cuando mis padres me anunciaron que pasarían el mes entero en el apartamento de la Costa Brava. Lo habían comprado hacía treinta años, recién nacido yo. Mis recuerdos de aquella casa eran preciosos, nada que ver con la frialdad de los últimos veranos en familia.

—La costa está imposible de turistas. Deberíais venderlo y comprar en un sitio más tranquilo —solté.

—No sabes lo que dices, hijo —rezongó mi padre con su suficiencia habitual—. Esos cincuenta metros cuadrados son la joya del patrimonio familiar.

—Lo más importante de una familia son las personas, papá.

—Vamos, vamos… —intervino mi madre con un gesto para que me callara—. Lo mejor es que tú te quedes aquí estudiando tranquilo, cariño. Buscaré una asistenta y así no tendrás que preocuparte por nada.

—Sé cuidarme solo, mamá. En La Haya me planchaba las camisas y me cocinaba sin ayuda de nadie.

—Y así estás, delgado como un junco —contraatacó ella.

Lo de discutir era inútil. Cualquiera le torcía la voluntad a Pilar en cuestiones de casa. Mi padre, Fernando Alcázar, era un ejecutivo de sesenta y dos años que aún no había digerido mi decisión de estudiar Derecho en lugar de Económicas. Yo había vuelto de Holanda con la idea fija de opositar al cuerpo de letrados de la administración: buen sueldo, plazas técnicas que a veces quedaban desiertas por lo exigentes. A pesar de mis notas, a mi padre le costaba creer que tuviera un plan propio.

Así que el uno de agosto, dos horas después de que su avión despegara, sonó el videoportero del chalé de Mirasierra. Abrí tras ponerme una camiseta.

—Buenas tardes, soy Yamile, la sirvienta.

¿Sirvienta? ¿De qué siglo venía esta mujer? Bajita, de pelo negro recogido, labios gruesos y rostro agraciado. Le calculé unos cincuenta y pico, piel canela, pómulos marcados y unas caderas que llenaban el vano de la puerta. Parecía un cervatillo a punto de salir corriendo. Sonreí para tranquilizarla.

—Sí, la asistenta. Yo soy Marcos, el hijo de Pilar y Fernando. Encantado.

La hice pasar al salón y le serví un té frío. No daba crédito, como si hubiera aterrizado en otro planeta.

—Perdona la pinta, estaba en la piscina —dije al notar sus ojos clavados en mi bañador—. ¿De dónde eres?

—De Colombia, señor. De Barranquilla.

—No soy ningún señor, soy un tío normal que necesita estudiar muchas horas al día. Te agradeceré que cocines y limpies, pero no pretendo esclavizarte. Quiero que estés cómoda.

Se quedó muda al ver su habitación, en la parte de atrás, con baño propio y un sillón bajo la ventana.

—Es… es preciosa… —Se puso de puntillas y me dio dos besos que me produjeron ternura—. He dormido en cada cuartucho que… bueno, no se lo tome a mal, pero a las extranjeras nos dan el garaje o el cuarto de la limpieza.

—Pues esto es tuyo. Y no me trates de usted, por favor. ¿Cocinas bien?

—De fábula, aunque esté mal que yo lo diga.

***

Nos acoplamos enseguida. Yamile limpiaba en silencio, apenas me interrumpía en mis encierros, y cocinaba como los ángeles. Plátano frito para picar, una sopa espesa que sabía a gloria. La primera vez que la vi hacer ademán de llevarse el plato a su cuarto, la obligué a comer conmigo en la cocina. Tenía carácter y siempre estaba de buen humor; no daba ninguna lástima.

Un sábado salí a cenar con una chica con la que llevaba semanas tonteando. Estaba seguro de que esa noche caía. Me equivoqué. Volví frustrado por las calabazas de aquella pija, hija de un fiscal forrado, y encontré a Yamile medio dormida en el sofá con un vestido fino y muy corto para el calor. Espatarrada como estaba, los muslos dejaban entrever parte de las bragas. Llevaba la melena rizada suelta, todavía húmeda de la ducha. Joder, qué pedazo de mujer. De tanto mirarla, tropecé como un pasmarote y la desperté.

—¡Qué susto, Marcos! —Se recolocó el vestido, azorada, privándome de la vista—. Estaba viendo una peli, lo siento.

—No te preocupes, la tele se apaga sola. —Sonreí—. ¿Quieres una copa? Mi plan se ha ido al traste y necesito relajarme.

—Yo no bebo en el trabajo, Dios bendito.

—Hoy no trabajas.

Me cambié a unas bermudas y preparé dos gin-tonics, el suyo flojo de ginebra. Le conté mi cita fallida, charlamos. Su voz dulce, con ese acento que conservaba, me calmaba. Cayó otra ronda, y una tercera. Se le soltó la lengua: tenía una hija en Barranquilla que apenas veía, ya la había hecho abuela tres veces. Se casó joven con un calentón de juventud que la dejó embarazada y la abandonó. Llegó a España sin papeles, con los ahorros justos para un par de meses.

—Eres muy atractiva —dije, envalentonado por el alcohol—. Seguro que has tenido a más de uno detrás.

—Ay, Marquitos… —Se rio como una niña traviesa—. Hace mucho que un hombre lindo no me dice un piropo.

Me acerqué despacio, por si se arrepentía, y la besé. No lo hizo. Sus labios eran suaves y olía de maravilla. En cinco minutos nos magreábamos en el sofá: yo medio empalmado, ella suspirando con la lazada del vestido ya abierta. Descubrí un cuerpo maduro pero firme, mucha cadera y dos pechos enormes dentro de un sujetador estampado.

—Llevo mucho sin un delicioso —murmuró.

—¿Y eso qué es? —Le mordí el cuello.

—Un delicioso, Marquitos… una buena cogida. ¿Te dejó caliente la novia estrecha esa?

Le desabroché el sostén y quedaron libres dos pechos generosos de areolas oscuras. Me empalmé como un toro antes de besárselos. Cuando le bajé las bragas y le hundí un dedo, buscando su clítoris con paciencia, no tardó en jadear.

—Así, así… qué rico…

Le di velocidad mientras le mordisqueaba los pezones y se corrió entre temblores. Aquel sexo parecía el de una mujer de veinticinco. Abrió los ojos y me devolvió un beso hambriento.

—Me diste ganas de comerte, cariño… es mi vicio.

Me bajó la ropa con maestría y mi polla salió sola. Dio un par de lametones y tuve que cerrar los ojos. Jamás había recibido una mamada igual: acompasaba mano y boca a la perfección, tragaba con ansia sin atragantarse. Me estaba matando de gusto.

—Ohhh… Yamile…

—Cógeme —respondió ella, mirándome con los ojos brillantes.

Se arrodilló de espaldas en el sofá, ofreciéndome sus nalgas descomunales. Me eché sobre ella.

—Estoy bastante borracho, no sé si podré ponerme un condón…

—Dale, que ya no me embarazo, mi rey.

Entrar en aquel cuerpo maduro fue mucho más placentero de lo que jamás habría imaginado. A la segunda embestida empezó a jadear como loca; se notaba que llevaba años sin un hombre. Le daba a mi ritmo, viendo temblar todo su cuerpo, y de vez en cuando un azote que ella recibía pidiendo más. Se corrió un par de veces, casi con lágrimas, hasta que me exprimió. Me vacié dentro con tres descargas y quedé aferrado a sus caderas, sin aliento.

—La comes mejor que una profesional —dije cuando recuperé la voz.

—Con un hombre guapo, soy la reina —respondió, y nos quedamos dormidos en el sofá.

***

El sol entraba a chorros cuando desperté, con la boca seca. Me duché y bajé a preparar el desayuno. Yamile apareció después, con ropa limpia y un perfume cítrico, intentando arrebatarme la tarea.

—Siéntate. Hoy tu sirviente soy yo —le dije.

Desayunamos en silencio. Cuando por fin me miró, había vergüenza en su cara.

—¿Se lo vas a contar a tus papás? Puedo irme si quieres.

—No tienen por qué saberlo. Soy adulto. Y no quiero que te vayas; me gustas, y tu presencia me ayuda a concentrarme.

Se hizo un silencio largo. Luego me clavó sus enormes ojos oscuros con una sonrisa luminosa.

—Yo fui puta, ¿sabes? —soltó de pronto—. Unos meses, en un piso de la calle del Olvido, cuando se me acabó el dinero. No tenía papeles. De algo hay que vivir. Mi suerte fue enfermar de una neumonía: estuve ingresada y en el hospital conocí a mi primera patrona, una viuda que vivía sola. Así empecé de asistenta.

¿Qué se responde a eso? Cualquiera sabe que esa realidad existe, pero nadie la nombra, como si así desapareciera. Acerqué mi mano a la suya.

—Es fácil juzgar a los demás. Yo intento no hacerlo. Tu vida no ha sido fácil.

***

Todo cambió a partir de aquel sábado. Mis horarios de estudio siguieron igual, pero después de comer Yamile me miraba fijamente y susurraba:

—Tengo sed. Quiero leche templadita.

Se arrodillaba, me sacaba la polla y mamaba como una diosa. Sus lamidas y su forma de tragar me arrancaban jadeos. Acababa descargando en su garganta y me dejaba limpio, con un beso en la boca.

—Ale, ya puede usted estudiar, señor abogado —se relamía la muy golfa.

Tanto le gustaba mi sabor que más de una vez me corría a escondidas sobre el yogur de su merienda, y ella lo saboreaba sin saberlo… o fingiendo no saberlo. Era una cocinera extraordinaria; por ella me aficioné a la gastronomía colombiana. Me tenía en palmitas. Algún fin de semana huíamos del calor a un pueblo de la sierra, donde nadie nos conocía, y comíamos como una pareja cualquiera.

***

El último viernes que pasamos solos, antes de que volvieran mis padres, se me ocurrió un plan que llevaba tiempo rondándome. Cenamos viendo una peli, con helado de postre. Absorta en el final, Yamile derramó una cucharada en su escote. La excitación me pudo y se la limpié con la lengua.

—Ay, bobo, me haces cosquillas.

Le abrí los botones del vestido —no llevaba sujetador— y ella, lejos de detenerme, echó más helado a propósito cerca de los pezones, que se le pusieron duros al instante.

—Quiero echarte un polvo —le dije.

—Pero…

—Ven. —Le di la mano y apagué la tele.

Me siguió sin protestar hasta que entramos en el dormitorio de mis padres.

—Aquí no… me da reparo, Marcos.

—De eso nada. Quiero follarte como la señora de la casa que eres.

Se sentó en la cama, encendió la lamparita y me desabrochó las bermudas. Me la metió en la boca aún semierecta, acariciando el tronco hasta que me puse duro, y comió a su gusto. Era la gloria.

—Cógeme bien fuerte, que llevo años sin esto —pidió.

Se puso a cuatro patas. Al bajarle las bragas de encaje, su sexo brillaba de excitación. Le di un azote y la penetré de una sola vez. Ambos gritamos.

—Nunca me cogieron así —jadeaba—. Dámela toda.

Empecé a bombear suave y me fui poniendo bestia, soltándole guarradas al oído.

—Te gusta una buena polla porque eres una golfa… pero a mí no me cobras.

—A ti no, cielo… tú me coges gratis.

Subimos de marcha hasta que solo salían jadeos de nuestras bocas. El único sonido era el choque de mi cuerpo contra el suyo. Se corrió dos veces más, hasta dejarme agotado. Le mordí el lóbulo de la oreja.

—Me corro…

—Échala dentro, mi rey —chilló, y me vacié con dos descargas profundas.

Caímos exhaustos sobre el colchón.

—Qué gusto, Marcos. La novia que tengas algún día va a ver las estrellas —suspiró.

***

Agosto terminó muy distinto de como había empezado. Convencí a mis padres para que mantuvieran a Yamile como asistenta fija; llevaban meses sin ayuda y les venía bien. A finales de septiembre arrancó mi oposición, que se alargó casi tres meses. Ella pasó la Navidad en Barranquilla y yo con mis padres; volvió en Nochevieja, justo el día que me iba con unos amigos a Canarias.

—¿Sabes algo de los exámenes? —me preguntó mientras hacía la maleta.

—Espero que pronto lo celebremos por todo lo alto. —Le di un azote y soltó una risita.

El doce de enero salieron las notas: cuarta mejor de toda España. Podía elegir plaza. Mi padre no tuvo más remedio que felicitarme, con abrazo incluido. Tenía claro que no me quedaría en Madrid, donde el alquiler estaba imposible incluso para un funcionario soltero. Una semana después tomé posesión como letrado en Valladolid, a una hora en tren.

Encontré pronto un ático luminoso en el barrio de la Victoria, propiedad de un diplomático destinado a Corea del Sur. Lo tenía todo a mano, en una ciudad tranquila y mucho más barata que la capital. En cuanto dejé la casa lista, llamé a Yamile.

—¡Hola, barranquillera! Este letrado quiere que cojas el tren del viernes. Acabo de enviarte el billete.

—¡Marcos! Tu mamá me contó que tienes piso de dos dormitorios. ¡Qué alegría! ¿Te hago la sopa que te gusta? ¿Los patacones?

—Necesito verte. Pero no para ser mi asistenta. En Valladolid el mayordomo seré yo.

—Señora en tu casa… y tuya en tu cama —respondió con su dulce picardía, y supe que la felicidad llevaba su nombre.

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Comentarios(7)

Inesita_cba

excelente!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

RobertoV_arg

Por favor una segunda parte, no puede quedar asi!!!

Marcos_lect

Me encanto como lo contaste, se siente natural y real. Sigue escribiendo!

Juanchi_BA

Jajaja me recordó algo parecido que me pasó de pibe con una conocida de mi vieja. Tremendo relato, me llevó directo ahí

Pamela_SF

La descripcion del primer momento fue lo mejor, me quede enganchada desde el principio y no pude parar hasta el final

SilvioRdr

Las maduras tienen una seguridad que las jovenes no tienen todavia, y eso lo captaste muy bien en el relato

ElisaQ

se hizo cortisimo... quiero mas!!

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